martes, junio 20, 2006

El viejo no durmió esa noche

Del libro Terceras personas.





El viejo no durmió esa noche. Yo tampoco. Creo que no dormí, no sé, a lo mejor estaba delirando y en medio de los monstruos oía al viejo decir estupideces. El viejo sólo hablaba estupideces. Talvez ahora le esté diciendo estupideces a los gusanos y ellos se ríen cada vez que lo muerden.
Pero no eran monstruos, eran los colores oscuros llenos de formas muy así, como cuando uno tiene fiebre. Una vez vi al diablo. También era un color, pero más fuerte, por eso supe que era el diablo.
Creo que esa noche el viejo lloró. También puede ser que se estuviera riendo. A veces le pasaba. También cuando se reía se le salían las lágrimas. No me atreví a abrir los ojos porque me hubiera pedido dinero y si no se lo daba me hubiera amenazado con matarse. Como la vez que se puso la navaja en el pescuezo y me dijo que si no le daba dinero se lo cortaba. Córteselo pues, le dije, y él se rio y echó unas lágrimas como de plomo.
No sé a qué horas abrí los ojos, pero el viejo ya estaba dormido. Cuando soñaba con él era gris, lleno de puntitos raros.
Tenía la boca abierta. No aguantaba verle los dientes, no se los lavaba. Los tenía verdes, como los ojos, bien parejitos, bien recortaditos, parecían de plástico. Me daba asco pensar que tenía dientes de plástico.
Me paré despacito para que no me oyera y él se enderezó y levantó la cabeza. Se rió de medio lado, como siempre que me pedía dinero. Un hilito de saliva le cayó en la camisa. Me dijo buenos días y después se puso a temblar. Lávese los dientes, viejo cochino, le dije, pero sólo pujó.
Me dijo que si no sentía frío, que él se estaba congelando y no había podido dormir, que yo me veía tan a gusto que no me quiso despertar. ¿Y para qué me iba a despertar?, le pregunté, y me dijo que para platicar un rato.
El viejo se rascó las verijas y me dijo que ojalá que no lloviera. El viejo era tonto. No sabe que en invierno nunca llueve. No sabía, quiero decir.
Me dijo que si quería iba a comprar leche y pan para desayunar. Le dije que no, para ver qué contestaba. Entonces deme unos doscientos pesos para curármela, me dijo.
Agarré la navaja y se la enseñé. No le gustó que se la enseñara porque se hizo para atrás. Ya sabía lo que seguía, viejo ladino. No se le olvidaba la vez que le dije que me daba asco verle los dientes y le puse la navaja en la boca, detrás de los dientes. Se los voy a arrancar a navajazos, viejo puerco, le dije, a ver si así se los lava. Ni así. Parecía perro asustado. Siempre parecía perro asustado.
Doscientos présteme, me dijo, sólo ciento cincuenta. Me dio risa. Se los di, pero le dije que si se emborrachaba se quedaba afuera o en cualquier parte, que al cuarto no entraba borracho. Cada vez que se emborrachaba regresaba oliendo a mierda y no se acordaba de nada. Esa vez quiso que le diera cien pesos más y se puso necio. Entonces fue que me enojé con él. Le dije que era un viejo maricón y él me escupió y yo me enojé más.
No sé cómo aguanté tanto tiempo al viejo. Se parecía a mi abuelo, un poco más alto y más viejo. Así era mi abuelo y después se murió. Cuando lo sueño mi abuelo es amarillo.
Una vez el viejo se tomó la botella de loción que me regaló Rocío. Le dejó los labios bien resecos. Rocío también se murió, pero por puta.
Mi abuelo tomaba alcohol de farmacia con jugo de naranja. Una vez me dio un poco y mi mamá lo regañó porque vio que yo estaba llorando y me compró un helado. De fresa, me acuerdo. De leche con fresa.
El viejo llegó cuando Rocío acababa de morirse. Me hizo compañía. Viejo, vaya y cómpreme cigarros, le decía, y él iba. Siempre se quedaba con el cambio y por eso le daba el dinero justo. Una vez le di uno de a mil y lo dejé afuera toda la noche porque regresó borracho. Cuando se emborrachaba mucho lo dejaba afuera y al otro día me pedía perdón.
Varias veces me robó dinero. Lo escondiera donde lo escondiera él siempre lo encontraba. Por eso me lo ponía en la parte de adelante del calzoncillo. El viejo podía ser cualquier cosa, pero no maricón. Yo lo quería. Ahora ya le perdoné que me haya escupido.




Los colores dicen más que las caras. Uno sabe lo que está soñando porque los colores no mienten. Aquí todas las caras son iguales, sin chiste. Afuera uno escoge si está enojado o contento o con cara de estúpido como el viejo. Aquí no. Ninguna cara dice nada. Como la cara de mi mamá, ni cuando el abuelo le pegaba, o mi papá. Mi mamá tiene cara de palo.
A lo mejor yo también tengo cara de palo. Prefiero no ver el espejo porque los colores del espejo son muy sin gracia. El muchachito que se sentaba frente a mí en el comedor era el único que no tenía cara de palo, aunque no se riera nunca. Hablaba bien, casi como mujer. No era maricón, porque una vez lo soñé verde. Los maricones son azules y con brillos. Además las caras de los maricones tampoco dicen nada cuando vienen aquí. Una vez Ciro le pegó al muchachito, hasta lo mandó a la enfermería. Nadie le volvió a pegar, quizás por lástima.




A mí todavía me quedan catorce o quince años. Para entonces ya no voy a saber cómo es la vida allá afuera. Sólo dan una hora para salir al patio. Después hay que estar todo el día en el pasillo. Conmigo nadie se mete. Una vez uno me preguntó y le dije por qué estaba aquí y nadie me molestó nunca. Yo no maté al viejo, pero cuando les cuento me dejan en paz.
Tenía unos ojos bonitos, verdes y llenos de arrugas. Era lo único bonito que tenía el viejo.
Ni que se hubiera caído el mundo.
Unos siete años con buena conducta. Seis o siete. Quizás ocho. No sé. Lo peor es que aquí el tiempo no pasa. No pasa, en serio, no pasa. Ni aunque uno corra o platique hasta que le duela la cabeza. No pasa. Cuando es de día todas las horas son iguales, también cuando es de noche. Sólo cuando está oscureciendo o cuando va a amanecer son diferentes. Por eso me despierto temprano.
Los colores no son aburridos, por eso me gusta dormir. Pero no siempre puedo soñar.
De veras, ni que se hubiera caído el mundo. Ni que el viejo le hiciera falta a nadie. Pinche viejo. Le hubiera sacado las tripas. Yo lo recogí, yo lo cuidé la vez que se enfermó, yo le di para que se emborrachara. Se parecía a mi abuelo.
Le hubiera metido la navaja por atrás. Al menos me hubieran agarrado por una razón justa. Porque a quién más le importaba el viejo. Cuando andaba en la calle lo miraban con asco, la boca le olía a mierda. Pero yo lo tenía en mi cuarto, vivió conmigo dos años. El Pecas está aquí porque mató a una señora. Ni siquiera la conocía y la mató. Yo sí conocía al viejo, le daba para comida y para trago, viejo cabrón. Si no fuera por él no estaría aquí. Pero él debe estar pudriéndose y a lo mejor así se le quita el olor a mierda. También Rocío. A lo mejor ya sólo quedan los huesos de los dos, y los huesos no apestan. No sé si apestan, quiero decir.




En las películas las cárceles se ven diferentes. Verdes. Bien verdes y llenas de rejas. Aquí hay puertas. Además los policías no tienen caras de malos. Son cabrones, pero no tienen caras de malos, y también se aburren. A veces se ponen a jugar damas con el Toques y el Payaso.
Aquí no podría escaparse uno como en las películas. Los policías tienen cara de buena gente, pero no faltaría el que me diera dos balazos. Yo no sé disparar. El cuchillo sí sé usarlo, por la carnicería, pero la pistola no. El viejo olía a mierda y yo olía a sangre. Pero es preferible oler a sangre.
Por lo menos deberían poner un reloj para que veamos que el tiempo sí pasa. Pero mejor no. Siempre estaríamos viendo el reloj y las horas serían más iguales.




No sé si tengo cara de palo o qué. Por lo menos nadie se mete conmigo.
Con los colores uno no tiene tiempo de aburrirse.




Ojalá que no se haga de noche. No sé si voy a poder dormir.




Nada más salga de aquí voy a ir y le voy a pegar otra vez a ese sargento hijo de su chingada madre. Lo voy a dejar peor que la otra vez. Me encabrona que se coja a mi mamá. Mi mamá debe ser como todas las mujeres. Ni siquiera se esperó un año para estar segura de que mi papá no iba a regresar. Se murió el abuelo y a la semana ya estaba el sargento llegando todos los días. Hasta llevó una televisión, pero mi mamá nunca la encendía porque salía muy alta la cuenta de luz. El tenía una casa bonita. Una casa pintadita de blanco y rojo con cortinas de flores. Allí vivían su mujer y sus hijos. Mi mamá sabía que era casado, pero él le daba dinero y se la cogía. Mi mamá me mandaba a comprar tortillas de harina para que me tardara, siempre había bastante gente, pero yo me quedaba para oírlos. Una vez los vi. Me dio asco ver a mi mamá con los pies sobre las nalgas del gordo. El sargento casi no tenía pelos. Mi mamá se movía muy rápido, como si le gustara. Se veía ridícula, ella tan delgadita y con ese cerdo encima. Cerda ella. Respiraban como si se estuvieran muriendo. Así era Rocío, pero era diferente. Cada vez que me llevaban un puerco a la carnicería me acordaba de ellos, por eso los bisteces no me quedaban bien. Lo que más coraje me daba era que ni siquiera cerraban las cortinas, ni se desvestían bien. Mi mamá esa vez tenía el vestido remangado y el cerdo sólo se había bajado el pantalón. No me gustan los ojos de los cerdos.
Eso sí, por lo menos el, viejo la tenía grande, no como la del sargento, que era del tamaño de la mía. A veces se le paraba al viejo cuando dejaba de tomar dos o tres días y se le hacía una como carpa. Una vez se le salió. La tenía negra. A lo mejor no se la lavaba. Le dije que se la iba a cortar para colgarla en la pared y se asustó, se la metió. Después se fue al baño y cuando volvió tenía todo mojado. Viejo cerdo.




Pero las mujeres también escupen cuando se enojan.




Estoy caliente. Tengo ganas de metérsela a alguien, ya me aburrí de hacérmela, quiero meterla. Me duelen los huevos. Si estuviera Rocío se la metería.
No entienden que a uno le den ganas. A otros los visitan sus esposas cada quince días, cada mes, también sus hijas. A mí nadie. Ni mi mamá porque le pegué a su sargento hijo de la chingada cerdo. Si él puede coger por qué yo no. Ya estoy cansado de hacérmela, se me pela, se me caen pellejitos como la vez que Rocío me mordió. Si no se hubiera muerto ella vendría. Pero pendeja.




Trajeron un policía nuevo. Dicen que el otro se fue porque el Payaso lo amenazó con matarlo. Parece que le hizo trampa jugando damas.




Mi papá decía que mi mamá era puta, que le ponía los cuernos con cualquiera, y le pegaba. Al final la dejó, dijo que por puta. Yo creo que era cierto porque luego luego llegó el sargento cerdo. Me imagino que Rocío era igual. Por eso se murió, por puta. Acababa de coger cuando la mataron, y ni siquiera en un hotel de lujo. HOTEL, nada más. Le sacaron los ojos. El dueño del hotel luego dijo que ya antes la había visto llegar con hombres. A lo mejor hasta cobraba.
Yo nunca me acosté con otra cuando vivía con ella. Antes sí, con la flaquita del edificio de junto, pero porque una vez la vi en calzones cuando salió de bañarse, y con mi prima la Nena, cuando le pegué al sargento y me fui con mi tío Eloy, y después sólo con dos putas.
Al menos el viejo nunca me engañó en nada. Me tenía miedo, pero me quería. Ojalá hubiera sido mujer y treinta años más joven.

martes, mayo 09, 2006

Instructions pour vivre sans peau
(fragmento)

Versión de Thierry Davo, publicada por la editorial Cénomane de Le Mans.




Ce que vous essayez de comprendre, au fond, c’est le sens de ce nœud dans votre gorge que vous camouflez derrière votre sourire implacable, celui que vous réservez à vos amis – vous n’avez pas d’amis – et à vos éventuelles maîtresses, ce sourire que vous avez passé votre vie à repasser devant votre miroir : une structure faite d’os, de muscles, de nerfs et d’âme qui vous sert à marcher à grands pas dans la rue et à rentrer chez vous avec un soupir de soulagement : le regard bien modulé, les joues distordues, délicatement asymétriques, un haussement imperceptible des sourcils et les dents aussi pures que la conscience d’un ange, même si cette blancheur, c’est ce qu’enseigne l’histoire des anges, est plus cosmétique que spirituelle.
Vous ne parlez pas de ce dont vous avez réellement envie de parler. Vous parlementez, et vous le faites avec une certaine grâce. Vous négociez avec votre silence. Vous ne direz rien qui ne soit la stricte réponse à ce qui vous est demandé, et même ainsi, il sera nécessaire d’avoir recours à des pinces ou à des marteaux pour obtenir ce que, par ailleurs, nous n’avons nullement besoin d’obtenir : pour nous, il n’est pas nécessaire que vous parliez, et il est bon que vous le sachiez. Notre mission est tout autre, si l’on peut parler de mission, ou d’obligations, si l’on peut dire qu’il s’agit pour nous d’aller au-delà de notre volonté, à supposer qu’il s’agisse bien de volonté, et non de quelque chose de plus profond et en même temps de plus élémentaire, comme pour vous le fait de manger, ou bien, pour les autres mortels, rire et rêver (vous êtes mortel.)
Bien que vous ayez besoin de dire certaines choses, vous avez, comme tous ceux qui viennent ici, la ferme intention de ne rien dire. C’est un jeu : vous êtes venu pour vous défaire de la vérité – de ce nœud qui vous étouffe - ; mais si cela est possible, vous mentirez, ou vous évoquerez les Hauts Faits de Votre Vie comme s’ils étaient insignifiants. Vous exalterez ce qui n’a pas d’importance, vous occulterez intentions et passions. Et si vous triomphez – c'est-à-dire si vous échouez et ne parlez pas – vous vous sentirez satisfait. Satisfait, mais pas heureux, car il ne s’agit pas non plus de bonheur. En aucun cas vous ne serez heureux. Même si vous dites tout ce qu’il est nécessaire que vous disiez, même si l’on vous arrache la peau, vous ne serez pas heureux. Et peu importe que vous parliez ou non, parce que nous obtiendrons de toute façon ce que nous souhaitons : vos secrets, qui sont la géographie de votre âme, le guide permettant d’en découvrir les moindres recoins.
Ici, votre intimité n’a aucun prix, seuls comptent vos désirs et vos espoirs. Ici, votre costume – ce bouclier – n’est au plus qu’un prélude à votre nudité. Cependant, vos chaussures et vos sous-vêtements ne seront ni tachés ni éclaboussés. Vos cheveux non plus. Pas même votre âme.
Sachez-le : vos mouvements seront minutieusement enregistrés et analysés. Personne ne jugera votre manière de déféquer ou de satisfaire aux exigences de votre corps, vos petits vices et vos grands vides ; nous sommes des observateurs discrets. Nous ne voulons que les clés de votre âme.
Chacun désire quelque chose de différent : célébrité, conscience, pouvoir, sécurité, reconnaissance… Vous, ce que vous souhaitez, c’est que disparaisse ce nœud dans votre gorge. Vous voulez vomir, et c’est pour cela que vous êtes venu jusqu’à nous. Vous n’y prendrez aucun plaisir, mais si vous y parvenez, vous pourrez dormir sans craindre l’asphyxie et sortir dans la rue sans avoir l’impression que tout ce qui entre par vos yeux, vos oreilles, votre peau – la peau, cependant, est un thème à part – se dépose dans votre gorge comme le bouchon de cheveux et de graisse qui obstrue la canalisation d’un lavabo.
Ne pensez pas en termes de psychanalyse. La psychanalyse tente d’exterminer les cadavres de l’âme et promet un bonheur d’autant plus grand que la douleur nécessaire pour l’atteindre aura été intense. Elle promet le purgatoire : un enfer provisoire face auquel le bonheur se réduit au panorama ennuyeux d’une éternité passée à chanter des psaumes en présence d’un être indifférent. Mais, qui souhaite être heureux ? Et qui peut être ce qu’il est, la seule chose qu’il puisse être, sans ses cadavres ? Non seulement ces cadavres si frais et pimpants qu’ils donnent envie d’être embrassés parce qu’ils ont encore entre les lèvres la chaleur du dernier souffle ; non seulement ceux qui sont déjà os et presque cendres, si vieux qu’ils seraient décoratifs dans les meilleurs salons ; mais aussi ceux qui sont en plein épanouissement, qui grouillent de couleurs et de bactéries, qui crèvent en pustules et explosent en odeurs affolées. Ces derniers seuls remuent l’âme et les souvenirs, obligent à penser à autre chose, à penser sérieusement, à chercher des chemins et des raisons, à fuir.
Peut-être l’image des cadavres vous semble-t-elle vulgaire, mais c’est parce que les gens (s’il vous plait, pensez « les gens » entre guillemets) ont eu sur vous une influence négative. Et ce sont « les gens » - cet animal stupide – qui ont décidé pour vous, en choisissant entre la mort – vos cadavres – et une perception plus prophylactique de la vie, haleine fraîche le matin, football et quelques bières le dimanche. C’est pour cela que vous êtes certain que certaines choses ont bon goût si elles sont préparées d’une certaine façon et avec certains condiments, qu’elles ont mauvais goût si elles présentent un certain aspect ou proviennent de certaines sources ; que certaines couleurs ne sont pas appropriées à certaines choses, que l’odeur des cadavres est nauséabonde, sans parler de leur goût supposé qui, du strict point de vue des hyènes, ne doit pourtant rien présenter de mauvais ; que la matière fécale doit être occultée, voire niée, et que la fin ultime des choses – appelez-la corruption ou entropie- est une vision terrible : même en philosophie la pudeur et le dégoût sont plus forts que le besoin de savoir.
En regardant d’un peu plus près le fond de vos désirs, vous verrez qu’on éprouve également du plaisir à être replié sur soi-même, en compagnie de milliers et de milliers de cadavres, un pour chaque acte de votre vie, un pour chaque instant de plaisir et d’angoisse, de luxure et de colère. Et ces cadavres, c’est votre vie. Si vous l’oubliez, vous n’aurez plus qu’à sombrer dans la folie ou mettre fin à vos jours – il existe des techniques notables, que nous pourrions vous enseigner -, ou encore vous résigner à la pire des possibilités, celle qu’offre la psychanalyse : la paix de l’esprit.
Ce n’est pas la paix que vous recherchez, ni vous ni personne, même si c’est ce que vous proclamez dans les bars, les églises et dans la solitude des toilettes. La paix est stupide. La paix est immobile. La paix, c’est l’absence d’idées utiles. Idées utiles : celles qui font vivre compulsivement, avec dignité. Celles qui vous causent de temps en temps des insomnies et, peut-être, si vous n’y prenez garde, vous font pleurer jusqu’à ce que le vide – le vide, et non la paix – se transforme en rêve et vous permette de jouir au réveil de la douce impuissance de penser à votre nom comme à une donnée sans substance.
Vous pouvez vomir vos cadavres, mais pas oublier le plaisir ou la terreur que provoquent leur souvenir ; ni la jouissance que procurent leur odeur et leur texture. Ni leur goût, bien sûr, le goût unique de la chair de votre propre espèce. Vomir ne vaut la peine que si votre objectif est de faire du vide afin que d’autres cadavres – plus frais, plus appétissants – occupent la place des anciens : il est indispensable de se renouveler.
Ne dites pas que ces cadavres ne sont pas les vôtres, que vous les avez trouvés abandonnés dans votre cuisine, à côté du réfrigérateur, que vous n’avez pas eu le cœur de vous en débarrasser, et que vous les avez donc archivés, bien classés, au seul endroit où ils pouvaient trouver de la chaleur, un peu d’humidité et un contact humain : votre gorge. Vous avez assassiné chacun de vos morts. Vous les avez abandonnés aux intempéries afin que le soleil les dévore, ou vous les avez plongés dans la chaux vive, ou jetés à la mer, là où les cadavres, au bout de quelques jours, dévoilent leurs possibilités les plus intéressantes.
La psychanalyse désire désespérément que vous vous défassiez de vos cadavres et que vous les remplaciez par une paix sans sépultures, ce qui ferait de vous un cimetière sans morts, image pathétique s’il en est. Il y a quelque chose d’essentiel dans une âme qui serait comme une ville après la peste, aussi tranquille, aussi agitée. Et aussi belle.
Vous pouvez demander beaucoup plus, ou beaucoup moins, mais cela ne vaudrait pas la peine.

Instrucciones para vivir sin piel
(fragmento)

Novela aún inédita en español, publicada por editorial Cénomane, de Le Mans, en 2004, en traducción de Thierry Davo.




Lo que usted en realidad intenta entender es de qué se trata el nudo en la garganta que esconde detrás de esa sonrisa implacable, la que les dedica a amigos —usted no tiene amigos— y amantes eventuales, la sonrisa que durante toda la vida ha ensayado frente al espejo: esa estructura formada por huesos, músculos, nervios y alma que le sirve para salir a la calle con pasos largos y regresar con un suspiro de alivio: la expresión de los ojos bien modulada, las mejillas distorsionadas de manera suavemente asimétrica, un leve alzamiento de cejas y los dientes puros como la conciencia de un ángel, aunque la historia de los ángeles demuestra que ese blanco es más cosmético que espiritual.
Usted no habla de lo que verdaderamente desea hablar. Negocia, y lo hace con cierta gracia. Negocia con su silencio. No dirá nada que no sea estricta respuesta a lo que se le pregunte, y aun así será necesario usar pinzas o martillos para obtener lo que por otra parte no necesitamos obtener: no es nuestra necesidad el que usted hable, y es bueno que lo sepa. Nuestra misión es otra, si puede hablarse de misiones o de obligaciones, si puede hablarse de hacer cosas más allá de nuestra voluntad, si lo nuestro es voluntad y no algo más profundo y básico, como para usted lo es comer, o como lo son reír y soñar para los demás mortales. (Usted es mortal.)
Aunque necesite decir ciertas cosas, sus intenciones, como las de todos los que llegan aquí, son las de no decir nada. Es un juego: vino para deshacerse de la verdad —de ese nudo que lo ahoga—, pero si es posible mentirá, o dirá de los Grandes Hechos de Su Vida como si fueran poca cosa, magnificará lo que no tiene importancia, ocultará intenciones y pasiones. Y si triunfa —es decir: si fracasa y no habla— se sentirá satisfecho, aunque no feliz, porque tampoco se trata de ser feliz. En ningún caso será feliz. Aunque diga todo lo que es necesario que diga, aunque le arranquen la piel, no será feliz. Y no importa si habla o no, porque de cualquier manera obtendremos lo que queremos: sus secretos, que son el mapa de su alma, la guía para llegar a cualquier rincón de su alma.
Aquí su intimidad no tiene valor, sino sus deseos y sus esperanzas. Aquí su traje sastre —ese escudo— es apenas un preludio para la desnudez. Aquí, sin embargo, sus zapatos y su ropa interior no sufrirán de manchas ni salpicaduras. Tampoco su cabello. Ni siquiera su alma.
Sépalo: sus movimientos serán minuciosamente registrados y analizados. Nadie juzgará su manera de defecar o de satisfacer las exigencias de su cuerpo, sus pequeños vicios, sus grandes vacíos; somos observadores discretos. Sólo queremos las claves de su alma.
Cada quién desea algo diferente: fama, conciencia, poder, seguridad, reconocimiento. Usted desea que desaparezca ese nudo en la garganta. Usted quiere vomitar, y por eso llegó hasta nosotros. No obtendrá placer de ello, pero si lo logra podrá dormir sin miedo a la asfixia y salir a la calle sin sentir que todo lo que entra por sus ojos y sus orejas, por su piel —la piel, no obstante, es un tema aparte—, se deposita en su garganta como el tapón de pelo y grasa que obstruye la tubería de un lavabo.
No piense en psicoanálisis. El psicoanálisis intenta exterminar los cadáveres del alma y promete una felicidad más grande cuanto más intenso sea el dolor necesario para llegar a ella. Promete el purgatorio: un infierno provisional ante el cual el tedioso panorama de una eternidad de cantar salmos ante un ser indiferente es la felicidad. Pero ¿quién desea ser feliz? Y ¿quién puede ser lo que es, lo único que puede ser, sin sus cadáveres? No sólo sin esos cadáveres tan frescos y rozagantes que dan ganas de besarlos porque todavía tienen el calor del último aliento entre los dientes; no sólo los que ya son hueso y casi ceniza, tan antiguos que resultarían decorativos en los mejores salones, sino los que están en pleno florecimiento, que bullen de colores y bacterias, que revientan en pústulas y destellan olores enloquecidos. Ésos son los únicos que remueven el alma y los recuerdos y obligan a pensar en otra cosa, a pensar en serio, a buscar caminos y motivos, a huir.
Quizá la imagen de los cadáveres le parezca vulgar, pero es porque la gente (por favor, piense entre comillas: “la gente”) ha tenido una influencia negativa sobre usted. Y es “la gente” —ese animal estúpido— la que ha decidido por usted al escoger entre la muerte —sus cadáveres— y un sentido más profiláctico de la vida, con buen aliento por las mañanas, fútbol y algunas cervezas los domingos. Por eso está seguro de que ciertas cosas saben bien si se preparan de cierto modo y con ciertos condimentos, que saben mal si presentan cierto aspecto o si provienen de ciertas fuentes; que ciertos colores no son los adecuados para ciertas cosas, que el olor de los cadáveres es nauseabundo, para qué hablar de su posible sabor que, visto desde la perspectiva de las hienas, nada tiene de malo; que la materia fecal debe ocultarse y acaso negarse, y que el fin último de las cosas —llámelo corrupción o entropía— es una visión terrible: hasta en la filosofía el pudor y el asco son más fuertes que la necesidad de saber.
Si mira un poco más hacia el fondo de sus deseos, se dará cuenta de que también se regocija encerrado dentro de sí mismo, en compañía de miles y miles de cadáveres, uno por cada acto de su vida, uno por cada instante de placer y de angustia, de lujuria y de ira. Y esos cadáveres son su vida. Si lo olvida no tendrá más que volverse loco o quitarse la vida —hay técnicas notables en las que podríamos instruirlo—, o quizá la peor de las posibilidades, la que le ofrece el psicoanálisis: la paz del espíritu.
No es la paz lo que usted busca, ni nadie, aunque así se proclame en cantinas, iglesias y en la soledad del baño. La paz es estupidez. La paz es inmovilidad. La paz es la falta de ideas útiles. Ideas útiles: las que hacen vivir convulsivamente, con dignidad. Las que le crean insomnio de vez en cuando y talvez, si se descuida, lo hacen llorar hasta que el vacío —no la paz— se convierte en sueño y al despertar disfruta la dulce impotencia de pensar en su nombre como en un dato sin sustancia.
Puede vomitar sus cadáveres, pero no olvidar el placer o el terror de recordarlos y regocijarse en su olor y sus texturas. Y su sabor, claro, el sabor único de la carne de su propia especie. Sólo vale la pena vomitar si su objetivo es hacer espacio para que otros cadáveres —más frescos, más apetecibles— ocupen el lugar de los anteriores: renovarse es necesario.
No diga que esos cadáveres no son suyos, que los encontró tirados en la cocina de su casa, junto a su refrigerador, y sintió pena ante la idea de deshacerse de ellos y por eso los archivó, muy bien clasificados, en el único lugar donde podían tener calor, algo de humedad, contacto humano: su garganta. Usted asesinó a cada uno de sus muertos. Usted los dejó a la intemperie para que se los comiera el sol, o los envolvió en cal o los arrojó al mar, el lugar donde los cadáveres, después de algunos días, muestran sus posibilidades más interesantes.
El psicoanálisis desea con desesperación que usted se deshaga de sus cadáveres y los sustituya por una paz sin sepulcros, con lo que usted se convertiría en un cementerio sin muertos, una imagen harto patética. Hay algo esencial en un alma que sea como una ciudad después de la peste, igual de quieta, igual de agitada e igualmente bella.
Puede pedir más que eso, o mucho menos, pero no valdría la pena.

viernes, mayo 05, 2006

Un monde où le ciel ne cesse de tomber

Traducción de Thierry Davo de "Un mundo en el que el cielo cae y cae"




–Personne ne joue comme Charlie Parker –répétai-je.
Il jeta le saxo sur le lit. Il y eut comme un bruit de métal cassé.
–Pour qui te prends-tu –me dit-il-. Tu ne sais même pas souffler.
C’était vrai.
Il s’assit à côté du saxo, sans oser le prendre. Dessous, il y avait une bouteille de bière vide. Il l’attrapa comme si ça avait été un bouclier ou une assurance-vie.
–Tu sais combien de temps je m’entraîne? Tu sais combien d’heures je m’entraîne?
–Ce n’est pas ça –lui dis-je.
–Non. Je sais que ce n’est pas ça.
Il regarda la bouteille à contre-jour. Elle était sale, couverte de graisse et de poussière.
–Ce n’est même pas ça–dit-il.
–Ca ne veut pas dire que tu joues mal.
–Mais qui sait combien de temps j’ai dormi sur une bouteille vide. C’est ça, pas vrai? Et je ne m’en étais même pas rendu compte. Je ne me rappelle même plus quand je l’ai bue. C’est ça, hein?
–Non plus -lui dis-je.
–Je souffle comme toujours –dit-il. Où est le problème? Si tu veux j’achète un autre saxo. Donne-moi une avance et j’en trouve un pas cher.
J’ouvris la porte.
–Tu sais combien de temps je m’entraîne? –dit-il.
Il était sur le point de pleurer.
–Toute la journée, j’imagine.
–Alors?
–C’est comme ça.
Que pouvais-je lui répondre d’autre?
–Tu veux entendre quelque chose? –dit-il en saisissant le saxo-. Qu’on ne te raconte pas d’histoires. Au moins écoute-moi.
Il ferma les yeux et introduisit le bec entre ses lèvres. Il souffla. Do. Ré. Mi.
Fa. Sol.
La.
–C’est de Charlie Parker –lui dis-je.
Il me fatiguait.
–Je manque d’entraînement. Ecoute.
Do. Do dièse. Ré. Ré dièse.
Il retira le saxo de sa bouche. Il manquait de souffle.
–Tu ne sais même pas souffler –me dit-il.
Il posa le saxo sur ses genoux et le caressa. On aurait dit un animal battu. Il aurait suffit de souffler dessus pour qu’il fonde en larmes.
–Tu as cent pesos? –me dit-il.
Je jetai un billet sur le lit.
–Cigarettes?
Je lui lançai le paquet et il l’attrapa au vol. Je lui dis de le garder. Qui sait d’où il sortit une boîte d’allumettes et il alluma une cigarette. Il ne m’en offrit pas.
–Tu sais à quel âge est mort Charlie Parker? –me dit-il.
–Tu peux encore cirer des souliers –lui dis-je-. Joe Louis a fini comme ça. Je ne me rappelle plus s’il cirait des souliers mais il n’en avait pas honte.
–Je peux encore –dit-il.
De l’escalier j’entendis qu’il essayait d’extraire des notes du saxo.

miércoles, mayo 03, 2006

Un mundo en el que el cielo cae y cae

Escrito entre 1990 y 1992. Publicado en varias partes, en varias versiones.




–Nadie toca como Charlie Parker –volví a decirle.
Tiró el sax sobre la cama. Algo sonó a metal roto.
–¿Quién te crees? –me dijo–. Ni siquiera sabes silbar.
Era cierto.
Se sentó junto al sax sin atreverse a tomarlo. Bajo el sax había una botella vacía de cerveza. La agarró como si fuera un escudo o un seguro de vida.
–¿Sabes cuánto ensayo? ¿Sabes cuántas horas ensayo?
–No es eso –le dije.
–No. Ya sé que no es eso.
Miró la botella a contraluz. Se veía sucia, cubierta de grasa y polvo.
–Ya ni siquiera es eso –dijo.
–No quiere decir que toques mal.
–Pero quién sabe cuánto tiempo he estado durmiendo encima de una botella vacía. Eso es, ¿verdad? Y ni siquiera me había dado cuenta. Ni siquiera me acuerdo de cuándo me la tomé. Eso es, ¿verdad?.
–Tampoco –le dije.
–Soplo igual que siempre –dijo–. ¿Cuál es el problema? Si quieres compro otro sax. Dame un adelanto y consigo uno barato.
Abrí la puerta.
–¿Sabes cuánto ensayo? –dijo.
Estaba a punto de llorar.
–Me imagino que todo el día.
–¿Entonces?
–Así las cosas.
¿Qué más podía contestarle?
–¿Quieres oír algo? –dijo agarrando el sax–. Que no te cuenten. Por lo menos óyeme.
Cerró los ojos y se puso la boquilla en la boca. Sopló. Do. Re. Mi.
Fa. Sol.
La.
–Es de Charlie Parker –le dije.
Me estaba fastidiando.
–Estoy fuera de práctica. Oye.
Do. Do sostenido. Re. Re sostenido.
Se quitó el sax de la boca. Le faltaba la respiración.
–Ni siquiera sabes silbar –me dijo.
Se puso el sax sobre las rodillas y lo miró. Parecía animal apaleado. Bastaba con soplarlo para que se echara a llorar.
–¿Tienes cien pesos? –me dijo.
Le tiré un billete en la cama.
–¿Cigarros?
Le tiré la cajetilla y la pescó al vuelo. Le dije que se quedara con ella. Quién sabe de dónde sacó una caja de cerillos y encendió un cigarro. No me ofreció.
–¿Sabes a qué edad murió Charlie Parker? –me dijo.
–Todavía puedes lustrar zapatos –le dije–. Joe Louis terminó así. No me acuerdo si lustraba zapatos, pero no le daba vergüenza.
–Todavía puedo –dijo.
Desde la escalera oí que trataba de sacarle notas al sax.

lunes, agosto 15, 2005

Sin título

Poema publicado en varios lugares, epecialmente en Alkimia, El Salvador, 2000.




I.
¿Qué hago sin gato aquí,
cierto y ecuánime,
sin causa que juzgar?
¿Qué hago sin cara propia,
sin pies ni tambaleante? ¿Quién me busca
y no halla mi teléfono en su mesita de centro? Soy apenas
las señas particulares de alguien que me conoce,
tarjeta de identidad que se descalza un pie
y luego el otro
y dormirá hasta que sea demasiado temprano.

(Mi carne no sabe a carne. La saliva
se coagula y, oh, de nuevo es media tarde
y no ha llegado la lluvia.)

¿A qué hora habré nacido, que no recuerdo la luz?
¿A qué hora me habré muerto, que no me duelen las manos?

II.
Aún hay bancas en los parques.
Aún hay parques
y las estatuas gruñen en silencio su soledad patria.

Aún hay flores
y aún no tengo nombre. Aún
arranco flores para entender que alguien muere
cuando el amor nos mira fijamente.

¿Y de qué se habla en el parque?
¿Y a quién se espera en el parque? ¿Quién llega?
¿A quién se pide perdón? ¿A quién se paga la entrada?
¿Quién cobra?

Hoy no hubo un reloj que me llamara
y llegué tarde a la ceremonia de estar solo.

III.
Mañana será hoy, y así las cosas.
Mañana no es mañana.

(¿Qué hago sin gato aquí,
donde dormir es muerte?)

11.XI.99

viernes, agosto 12, 2005

Cimitero d’automobili

Traducción de Attilio Aleotti. Publicado en la revista italiana Crocevia No. 1/2.




Il Matto sapeva che sarebbe morto. Il dottore gli disse:
–O ti taglio la mano, o crepi.
Lui si alzò e uscì dall’ambulatorio. Non storse neanche la bocca, come soleva fare a volte. Semplicemente si alzò e se n’andò. Aveva lasciato passare troppo tempo e l’unico modo di curarlo, era tagliare. Non gli piacque l’idea.
–Fattela tagliare, Matto– gli dissi sulla porta–. E’ la sinistra, è una stronzata.
–E’ la mia mano– disse.
Erano quatto giorni che il Matto non andava a lavorare e il commissario mi chiamò.
–Portami quello stronzo o vi butto fuori entrambi. C’è un operativo e vi voglio qui alle sette.
Certe volte il Matto spariva diversi giorni, poi tornava, come se niente fosse. La cosa più probabile è che restasse in casa a lavare i panni o andasse a puttane ad Acapulco, ma gli piaceva fare il misterioso. Non era strano che sparisse quando mancavano tre giorni a Natale.
Era nel suo appartamento. Dentro la tele urlava a tutto volume. Voci di cartoni animati. Era pallido e sembrava che non si fosse lavato da un anno, lui, sempre così pulito. Grondava sudore da tutte le parti.
–Puzza di topo morto– dissi.
–Sul serio?
Quando puzza in questo modo è perché c’è qualcosa in decomposizione. Di solito sono persone. Assassini passionali, vecchiette che cadono nella vasca da bagno, suicidi, un po’ di tutto. Spiai nel bagno.
–Smetti di cercare– disse
Mi mostrò la mano sinistra avvolta in un fazzoletto con macchie nere. L’odore veniva da lì. Era gonfia, con le dita grosse come salsicce, e dello stesso colore.
–Mi hanno fottuto– disse
Si sedette davanti al televisore e bevve un sorso da una bottiglia di brandy.
–Vuoi un goccio ? – mi disse.
–No.
–Hai visto gli Antenati?
–Ti porto dal medico.
–Hai visto i merdosi Antenati?
–Sì.
–Assomigli a quel cazzone di Barney – disse– e cominciò a ridere.
Accesi una sigaretta.
–Smetti di fumare. Quella roba uccide– mi disse.
–C’è l’operativo. Ti porto dal medico che ti veda e ti metta in mutua.
Fred l’Antenato era vestito da Babbo Natale e usciva da un camino.
–Hai visto gli Antenati?– Mi tornò a chiedere.
Non riuscivo a staccare gli occhi dalla mano bendata. Lo stomaco mi andò sottosopra.
–Che t’è successo?
–Mi hanno fottuto – disse
–Chi?
–Cosa importa? –disse in un soffio –. Mi hanno fottuto. Succede.
–Una pallottola?
–No – disse.
Non riuscii a smuoverlo da lì. Era strano che non volesse dirmelo. Gli piaceva parlare di quanto gli accadeva. Era bravo a raccontare storie.
Si guardò la mano con compatimento. Un rivolo di sangue nera scivolò da sotto il fazzoletto.
–Ti sta marcendo– dissi–. Ti porto dal dottore.
–Ormai non serve piangere– iniziò a svolgersi il fazzoletto–.Non mi fa neanche male.
Me la mostrò. Dovetti correre a vomitare. Non perché non avessi visto cose peggiori, ma perché era la mano del Matto. Scoppiò a ridere e quando tornai stava finendo l’ultimo sorso della bottiglia.
–Vediamo se arrivo a Natale– mi disse.
–E chi te lo ha fatto?
–Che vada in culo.
–Ti porto dal dottore.
–Mi prenderanno in giro– disse, ma venne con me.
Lo portai con la sua macchina, non volevo che la mia s’impestasse. Quest’odore non lo dimenticherò, pensai.
–La vita è come una puttana di lusso– disse il Matto ad un semaforo.
–Come?– Domandai, per dargli corda.
–Non lo so, ma è così.
Non parlò più.
–Cancrena– Disse il medico legale –. Bisogna amputare. O ti taglio la mano, o crepi.
–Fin dove?– chiese il Matto.
–Fino qui– e indicò sotto il gomito.
Allora il matto si alzò e se n’andò via correndo. Quando giunsi al parcheggio non c’era più la sua macchina.
–Perché c’è puzza di morto? – mi chiese il Turco, uno della squadra omicidi.
–Io non puzzo di niente – risposi.
Presi una delle auto sequestrate e me ne andai a Cuemanco. Lì c’era un posto che piaceva al Matto, con alberi e prati pieni di fiori. Il Matto era strano. Certe volte passavamo di lì e mi diceva: facciamo un salto.
Vi avevano trovato un cimitero d’automobili anni prima. Tutte rubate e saccheggiate, ordinate in file eguali. Erano circa settanta. Al Matto piaceva camminare in mezzo alle auto e sedersi dentro a qualcuna a guardare i prati.
–Voglio che mi seppelliscano qui– diceva, e mi raccontava storie di suo babbo.
Lo trovai lì, infilato in una LTD senza sedili. Teneva la pistola con la destra e guardava attraverso il parabrezza con gli occhi ben aperti. Mi parve puzzasse ancora di più. Accesi un’altra sigaretta e tacqui.
–Smettila di fumare– mi disse.
Gettai la sigaretta.
–Stai male– gli dissi.
–Fa molto freddo. Niente va in cancrena quando fa freddo. Poi nei climi secchi non si va in cancrena.
–E i vermi?
–Che si fottano.
Andai a pisciare contro un albero.
–Mio babbo aveva una cicatrice nelle costole, di questa misura. Era brutta, come una bruciatura.
–Che gli era successo?
–Non lo so – stava sudando ed aveva la voce impastata –. Quando andavamo in spiaggia passavo tutto il tempo a guardargli la cicatrice. Non capivo come mia mamma lo potesse abbracciare con quella cicatrice. Mi vergognavo che lo vedessero in costume da bagno.
Provai a toccargli la fronte, ma si ritrasse e mi puntò la pistola.
–Stai male– gli dissi.
–Sai perché mi chiamano il Matto? – mi domandò.
–Perché sei matto–. Gli risposi
–Scoppiò a ridere ed abbassò la pistola.
–Una volta disarmai quatto banditi con solo le manine. Avevano delle pistolone grandi così. Con le sole manine, e li rincoglionii a furia di botte. Ero di servizio in banca. Mi dettero quattromila pesos di ricompensa. Con quelli comprai il televisore e delle camice.
S’appoggiò con la testa sul volante e si mise a piangere.
–Ti fa male?
–No.
–Sono le cinque – gli dissi. Alle sette devo essere in commissariato per l’operativo e tu vai dal medico.
Fu allora che udimmo il motore. Sembrava una macchina sportiva smarmittata. Il Matto alzò la testa.
–Vadano affanculo – disse.
Usci dall’auto impugnando saldamente la pistola, vigile, come quando dovevamo svolgere qualche lavoro delicato. Andò correndo fino dov’erano gli alberi.
Lo seguii.
–E’ un maggiolino –mi disse da dietro un pino – Romba come un Ferrari.
–Andiamocene– gli dissi.
–Son due donne –disse.
Dall’auto scesero due ragazze e un cucciolo bianco.
–Samoyedo – disse–. Ho sempre sognato averne uno.
Le ragazze camminavano nel prato, con il cane che correva e gli abbaiava attorno. Loro non gli davano retta. Parlavano gesticolando e ridendo. Avevano dei blue jeans e dei maglioni colorati. Erano vestite quasi eguali.
Il Matto le guardava con la bocca e gli occhi ben aperti, sembrava contento.
–A mia sorella mancherò – disse– Speriamo.
–Su, andiamo –gli dissi–. E che ti taglino questa stronzata.
–E’ la mia mano –disse.
–Si sta putrefacendo – gli gridai– Morirai.
Mi guardò negli occhi.
–Non urlare – e tornò a guardare in direzione delle ragazze–. Ti hanno sentito.
Il cucciolo cominciò ad abbaiare nella nostra direzione. Le ragazze si alzarono lentamente, impaurite.
–Hai sputtanato tutto – disse ed uscì.
Le ragazze al vederlo con la pistola, corsero all’auto. Anche il cucciolo corse, senza smetter d’abbaiare.
Corsi dietro al Matto. Le ragazze stavano salendo sul maggiolino. Lui si girò e mi puntò la pistola.
–Non t’avvicinare o t’ammazzo– mi gridò.
S’avvicinò all’auto e prese di mira quella che guidava. Toccai la pistola, era al suo posto.
–Ma chi cazzo sei?– sentii che gridava la ragazza –. Ma chi cazzo credi di essere?
Il cucciolo abbaiava come un ossesso. Il Matto lo ammazza, pensai.
La ragazza gli doveva aver detto qualcosa, perché abbassò un poco la pistola. Mi avvicinai lentamente.
–Non me ne frega niente – Sono già morto. Sono morto da quattro giorni. Non me ne frega niente. Tu non sei nessuno per dirmi ciò che è buono e ciò che è cattivo.
Il motore della macchina s’accese. Il Matto alzò nuovamente la pistola. Colsi l’occasione per circondarlo e avvicinarmi da dietro. Ce l’avevo a cinque metri. Che le ammazzi, pensai, poi mi pentii.
Il cucciolo smise d’abbaiare.
–Vedi che non è difficile? – disse il Matto. Stava urlando, ma sembrava che sussurrasse–. Hai visto? Dì alla tua amica di uscire, poi esci tu.
Era a tre metri. Sentii una voce stridula, apparteneva alla ragazza che era alla guida. Non capii quello che disse.
–Guarda – disse il Matto e mise la mano davanti al finestrino. Ancora una volta aveva abbassato la pistola –. Tu non hai mai visto niente di simile. Sei troppo carina. Tu profumi, ma io ho un profumo migliore – scoppiò a ridere –. Io ho un profumo migliore. Io profumo che è un meraviglia.
Sentii un colpo. Aveva rotto un finestrino con la pistola. Le ragazze gridarono ed il cucciolo riprese ad abbaiare.
–Matto– gli dissi. Chinò il capo senza girarsi.
–Non me ne frega niente – disse.
–Infilò la pistola nella cintura. Mi misi dietro di lui. Le ragazze erano sbiancate.
Quella seduta al posto del passeggero assomigliava a qualcuna che non mi tornò in mente.
–Fate tacere il cane – le urali.
La ragazza alla guida se lo mise sulle gambe e cominciò ad a accarezzarlo con le mani contratte. Il cucciolo tacque.
–Vi faccio un regalo di Natale. disse il Matto, e si tolse il fazzoletto dalla mano –. Guardate, è la mia mano.
Erano troppo terrorizzate per provare schifo.
–Matto.
–Ti ho sentito – mi disse–. Non vedi che sto discorrendo con le signorine?
–Andatevene – gli dissi.
–Col cazzo – disse il Matto–. Che guardino, che si fottano – guardo quella al posto di guida–. Cosa vuoi? – le domandò– Che cazzo vuoi?
Fu a un pelo dal toccarla con la mano marcia.
–Guarisca – gridò isterica–. Si curi, la prego.
Il Matto mise mano alla pistola. Estrassi la mia.
–Mollala o ti riempio di piombo–.gli dissi.
Si girò a guardarmi. Stava piangendo. Aveva la stessa faccia di mio figlio quando gli rubarono il gatto. Mio figlio, lo avevo abbracciato. Col Matto non potevo, anche se avrei voluto.
–Perché ?–mi chiese.
Continuai a tenerlo sotto tiro.
–Spostati Matto. Faccio sul serio.
–Forse sarebbe meglio così – disse e si allontanò tra gli alberi. Trascinava i piedi e sembrava che la testa gli pesasse.
Il cucciolo s’era addormentato sulle gambe di quella alla guida.
–Andatevene – dissi–. E non vi passi per la testa di raccontare qualcosa perché vi vengo a cercare.
Il pavimento era pieno di pezzi di vetro. L’auto lasciò le impronte delle ruote nel prato.Il motore rombava troppo per essere un maggiolino.
–Hò gia provato a spararmi, ora, due volte – disse il Matto. Era in piedi al centro del cimitero delle automobili–. Puzza.
–C’e l’operativo. Andiamo o mi licenziano.
–Pensi che arriverò a Natale? – mi chiese.
–No.
Andò verso la sua macchina.
–Ormai..– disse.
Non sentivo più la puzza. Avevo smesso di sentirla da un pezzo. Gli aprii la porta.
–Ricordi se ho spento la tele? – mi chiese entrando.
–L’ho spenta io.
–Meno male. Consuma molta corrente.
Accesi la macchina. Il Matto non sapeva dove mettere la mano, aveva perso il fazzoletto.
–Che freddo di merda –disse.

Cementerio de carros

Publicado en varias antologías de cuentos.




El Loco sabía que se iba a morir. El médico se lo dijo:
–O te corto la mano o te mueres.
Él se paró y se salió del consultorio. Ni siquiera torció la boca, como a veces hacía. Sólo se levantó y se fue. Ya había dejado pasar mucho tiempo y el único modo de curarlo era cortar. No le gustó la idea.
–Loco, que te la quiten –le dije en la puerta–. Es la izquierda, no hay bronca.
–Es mi mano –dijo.
Hacía cuatro días que el Loco no iba al trabajo y el comandante me llamó.
–Tráeme a ese cabrón o los corro a los dos. Hay operativo y los quiero aquí a las siete.
A veces el Loco se desaparecía varios días y luego llegaba como si nada. Lo más probable era que se quedara en su casa lavando ropa o se fuera de putas a Acapulco, pero le gustaba hacerse el misterioso. No era raro que desapareciera cuando faltaban tres días para navidad.
Estaba en su departamento. Adentro sonaba la tele a todo volumen. Voces de caricaturas. Estaba pálido y parecía que no se había bañado en un año, él siempre tan limpio. Sudaba por todas partes.
–Huele a rata muerta –le dije.
–¿De veras?
Cuando huele así es porque hay algo descompuesto. Casi siempre es gente. Asesinatos pasionales, viejitas que se caen en la bañera, suicidas, de todo. Me asomé al baño.
–Ni busques –dijo.
Me enseñó la mano izquierda, envuelta en un pañuelo con manchas negras. El olor venía de allí. Se veía hinchada, con los dedos gruesos como chorizos y del mismo color que los chorizos.
–Me chingaron –dijo.
Se sentó frente al televisor y le dio un trago a una botella de brandy.
–¿Quieres un trago? –me dijo.
–No.
–¿Has visto Los Picapiedra? –me preguntó.
–Te voy a llevar con el médico.
–¿Has visto a los chingados Picapiedra?
–Sí.
–Te pareces al pinche Pablo –dijo, y se empezó a carcajear.
Encendí un cigarro.
–Deja de fumar. Esas cosas matan –me dijo.
–Hay operativo. Te voy a llevar al médico para que te vea y te dé una justificación.
Pedro Picapiedra estaba vestido de Santaclós y salía de una chimenea.
–¿Has visto Los Picapiedra? –me volvió a preguntar.
Yo no podía dejar de verle la mano envuelta. El estómago se me revolvió.
–¿Qué te pasó?
–Me chingaron –dijo.
–¿Quién?
–¿Qué importa? –dio un resoplido–. Me chingaron. Así pasa.
–¿Un balazo?
–No –dijo.
No pude sacarlo de allí. Era raro que no quisiera decirme. Le gustaba hablar de todo lo que le pasaba. Era bueno para contar historias.
Se miró la mano como con lástima. Un hilo de sangre negra se le resbaló por debajo del pañuelo.
–Se te está pudriendo –le dije–. Te llevo al médico.
–Ya ni llorar es bueno –se empezó a desamarrar el pañuelo–. Ya ni me duele.
Me la enseñó. Tuve que ir a vomitar. No porque no hubiera visto cosas peores, sino porque era la mano del Loco. Él se atacó de la risa y cuando volví estaba echándose el último trago de la botella.
–A ver si llego a navidad –me dijo.
–¿Y el que te lo hizo?
–Que se vaya a la mierda.
–Te llevo al médico.
–Se van a burlar –dijo, pero me acompañó.
Lo llevé en su coche; no quería que el mío se apestara. Este olor no se me va a olvidar, pensé.
–La vida es como las putas caras –dijo el Loco en un semáforo.
–¿Cómo? –le pregunté por seguirle la corriente.
–No sé, pero así es.
No volvió a hablar.
–Gangrena –le dijo el legista–. Hay que amputar. O te corto la mano o te mueres.
–¿Hasta dónde? –preguntó el Loco.
–Hasta aquí –y señaló abajo del codo.
Entonces el Loco se paró y se fue corriendo. Cuando llegué al estacionamiento ya no estaba su coche.
–¿Por qué huele a muerto? –me preguntó el Turco, uno de Homicidios.
–Yo no huelo nada –le dije.
Agarré uno de los carros confiscados y me fui a Cuemanco. Allí había un lugar donde al Loco le gustaba estar, con árboles y unos prados llenos de flores. El Loco era raro. A veces pasábamos por allí y me decía: vamos un rato.
Habían encontrado un cementerio de carros hacía años. Todos robados y desmantelados, puestos en filas bien parejitas. Eran como setenta. Al Loco le gustaba caminar en medio de los carros y sentarse en alguno a mirar los prados.
–Aquí quiero que me entierren –decía, y me contaba cosas de su papá.
Allí lo encontré, metido en un LTD sin asientos. Tenía la pistola en la derecha y miraba por el parabrisas con los ojos bien abiertos.
Me pareció que olía peor. Encendí otro cigarro y me quedé callado.
–Ya no fumes –me dijo.
Tiré el cigarro.
–Estás mal –le dije.
–Hace mucho frío. A nadie le da gangrena cuando hace frío. Además en clima seco no da gangrena.
–¿Y los gusanos?
–Que se jodan.
Fui a orinar a un árbol.
–Mi papá tenía una cicatriz en las costillas, así como de este tamaño. Estaba fea, como si le hubieran quemado.
–¿Qué le pasó?
–No sé –estaba sudando y tenía la voz pastosa–. Cuando íbamos a la playa me pasaba viéndole la cicatriz. No entendía cómo mi mamá lo podía abrazar con esa cicatriz. Me daba vergüenza que la gente lo viera en traje de baño.
Traté de tocarle la frente, pero se hizo para atrás y me apuntó con la pistola.
–Estás mal –le dije.
–¿Sabes por qué me dicen el Loco? –me preguntó.
–Porque estás loco –le contesté.
Soltó una carcajada y bajó la pistola.
–Una vez desarmé a cuatro asaltabancos con las purititas manos. Traían pistolones de este tamaño. Con las purititas manos y los dejé locos de tanto madrazo. Estaba en la Bancaria. Me dieron cuatro mil pesos de recompensa. Con eso compré la tele y unas camisas.
Apoyó la cabeza en el volante y se puso a llorar.
–¿Te duele?
–No.
–Son las cinco –le dije–. Tengo que estar a las siete para el operativo y tú te vas con el médico.
Entonces oímos el motor. Parecía de un carro deportivo con el escape abierto. El Loco levantó la cabeza.
–Van y chingan a su madre –dijo.
Se salió del carro con la pistola bien agarrada, alerta, como cuando teníamos que hacer algún trabajo delicado. Se fue corriendo hasta donde estaban los árboles.
Lo seguí.
–Es un vochito –me dijo desde detrás de un pino–. Suena como Ferrari.
–Vámonos –le dije.
–Son dos viejas –dijo.
Del coche bajaron dos muchachas y un cachorro blanco.
–Samoyedo –dijo–. Siempre he querido tener uno de ésos.
Las muchachas caminaron por el prado, con el perro corriendo y ladrando alrededor. Ellas no le hacían caso. Hablaban moviendo las manos y se reían. Usaban pantalones de mezclilla y unos suéteres de colores. Vestían casi igual.
El Loco las miraba con la boca y los ojos bien abiertos, como contento.
–Mi hermana me va a extrañar –dijo–. Ojalá.
–Vamos –le dije–. Que te corten esa chingadera.
–Es mi mano –dijo.
–Estás agusanado –le grité–. Te vas a morir.
Me miró a los ojos.
–No me grites –y volvió a ver a donde estaban las muchachas–. Te oyeron.
El cachorro se había puesto a ladrar hacia donde estábamos. Las muchachas se levantaron despacio, alarmadas.
–Ya la fregaste –dijo, y salió.
Las muchachas lo vieron con la pistola y corrieron al carro. El cachorro también corrió, sin dejar de ladrar.
Salí detrás del Loco. Las muchachas estaban subiendo al vocho. Él se volteó y me apuntó.
–No te acerques o te mato –me gritó.
Fue al coche y le apuntó a la que manejaba. Toqué mi pistola; estaba en su lugar.
–¿Quién chingados eres? –oí que le gritaba a la muchacha–. ¿Quién chingados crees que eres?
El cachorro ladraba como poseído. El Loco los va a matar, pensé.
La muchacha debió decirle algo porque bajó un poco la pistola. Me acerqué despacio.
–Me vale madre –gritó el Loco–. Yo estoy muerto. Me morí hace cuatro días. Me vale madre. Tú no eres quién para decirme lo que es bueno y lo que es malo.
El motor del coche se encendió. El Loco levantó otra vez la pistola. Aproveché para rodearlo y acercármele por detrás. Lo tenía a cinco metros. Que las mate, pensé, pero me arrepentí.
El cachorro dejó de ladrar.
–¿Ves que no es difícil? –dijo el Loco; estaba hablando a gritos, pero se oía como si susurrara–. ¿Viste? Dile a tu amiga que salga y después sales tú.
Lo tenía a tres metros. Oí una voz aguda; era de la muchacha que manejaba. No entendí lo que dijo.
–Mira –dijo el Loco y movió la mano frente a la ventanilla; otra vez había bajado la pistola–. Tú nunca has visto algo así. Eres demasiado bonita. Hueles bien, pero yo huelo mejor –se carcajeó–. Yo huelo mejor. Yo huelo pura madre.
Oí un golpe: había roto una ventanilla con la pistola. Las muchachas gritaron y el cachorro volvió a ladrar.
–Loco –le dije. Él bajó la cabeza sin voltearse.
–Me vale madre –dijo.
Se puso la pistola en el cinturón. Me paré detrás de él. Las muchachas estaban pálidas. La del asiento del pasajero se parecía a alguien que no recordé.
–Callen al perro –les grité.
La muchacha que manejaba lo agarró y se lo puso sobre las piernas. Empezó a acariciarlo, con las manos crispadas. El cachorro se calló.
–Les voy a dar un regalo de navidad –dijo el Loco, y se quitó el pañuelo de la mano–. Miren. Es mi mano.
Ellas estaban demasiado asustadas para asquearse.
–Loco.
–Ya te oí –me dijo–. ¿No ves que estoy platicando con las señoritas?
–Váyanse –les dije.
–Ni madre –dijo el Loco–. Que vean. Que se chinguen –miró a la que manejaba–. ¿Qué quieres? –le preguntó–. ¿Qué chingados quieres?
Estuvo a punto de tocarla con la mano podrida.
–Que esté bien –gritó ella histérica–. Que se cure, por favor.
El Loco puso la mano en la pistola. Saqué la mía.
–Suelta eso o te plomeo –le dije.
Volteó a verme. Estaba llorando. Tenía la misma cara de mi hijo cuando se robaron el gato. A mi hijo lo abracé. Al Loco no podía, aunque quisiera.
–¿Por qué? –me preguntó.
Seguí apuntándole.
–Apártate, Loco. Va en serio.
–Tal vez hasta fuera mejor –dijo, y se fue caminando hacia los árboles. Arrastraba los pies y parecía que la cabeza le pesaba.
El cachorro estaba dormido en las piernas de la que manejaba.
–Váyanse –les dije–. Y no se les ocurra decir nada porque las busco.
El piso estaba lleno de pedazos de vidrio. El carro dejó las ruedas marcadas en el pasto. El motor sonaba demasiado fuerte para ser un vocho.
–Ya traté de pegarme un tiro, ahorita, dos veces –dijo el Loco; estaba parado en medio del cementerio de coches–. Se siente feo.
–Hay operativo. Vamos o me corren.
–¿Crees que llegue a navidad? –me preguntó.
–No.
Fue hacia su coche.
–Ya qué –dijo.
Ya no sentía el mal olor. Hacía rato que había dejado de sentirlo. Le abrí la puerta.
–¿Te acuerdas si apagué la tele? –me preguntó mientras se subía.
–Yo la apagué.
–Menos mal. Gasta mucha corriente.
Encendí el coche. El Loco no sabía dónde poner la mano; había perdido el pañuelo.
–Pinche frío –dijo.

domingo, agosto 07, 2005

Algo sobre la muerte de Rafael Menjívar

Publicado en Forja (San José, Costa Rica) en septiembre de 2000 y por Alkimia (San Salvador) en diciembre de 2000.




La muerte tiene una ventaja que es al mismo tiempo lo contrario: fija a las personas en el tiempo, en los diferentes tiempos en que esa persona estuvo en nosotros, con nosotros, en nuestra memoria, en nuestros deseos de que las cosas fueran de cierto modo, o que no fueran en absoluto.
La ventaja de esa fijación es que por fin puede pensarse en la persona que ha muerto como un todo, como una estructura terminada, de forma definitiva, si es que “estructura” sirve como algo más que como sinónimo (académico, pedante) de “vida”. (También implica dolor: es el precio: ¿quién quiere pagarlo?)
Todo se explica de pronto –hay que tener voluntad para ello–, y lo que vimos treinta años antes tiene sentido en las últimas palabras del que ha muerto o en los silencios terribles de su agonía, en el recuerdo de una carcajada en algún momento indefinido del pasado. (Hay imágenes que no pueden ubicarse: son destellos que llegan y se van antes de que uno alcance a aprehenderlas; y es que talvez uno no comprendió su importancia en su momento, de allí la fragilidad del recuerdo.)
Todo, también, tiene sentido cuando se hace la lista de quienes llamaron para enterarse del moribundo, de quienes no llamaron jamás, de quienes fueron sus amigos sólo a la última hora, de quienes lloraron sin saber por qué, pero con el corazón.
¿Quién cargó su ataúd, quién quiso cargarlo, quién fue espectador, quién fue víctima? La estructura se cierra con ese último hecho. Y ése es el último hecho porque a la hora de las paletadas de tierra llora casi cualquiera, o casi cualquiera debe contener el llanto, porque es sobre la imagen que tiene uno de sí mismo que están cayendo esas paletadas: un día ese ataúd será el mío –lo es desde ya, qué le vamos a hacer–, un día habrá ciertas personas presentes o ausentes y vestidas de negro que también lloren en nuestro nombre, por nuestro nombre: están en nuestra muerte desde ya. (¿Quiénes son? Y ¿por qué precisamente ellos?)
Todo es claro entonces. Uno puede decir: “Esta persona fue esto”, o “Esta persona fue esto otro”, aunque uno lleve el mismo nombre que el muerto. Y el hecho de llevarlo hace que, de algún modo, uno tenga una visión de sí mismo –parcial, de acuerdo–, una pista acerca de quién es, de qué está siendo, de quién fue y –¡vamos!– de quién será cuando llegue el momento en que suenen las paletadas sobre el ataúd propio y otro a su vez, con el mismo nombre a cuestas, se dé cuenta de que un ciclo se ha cerrado dentro de su vida, y que “la vida” significa que algo suyo, alguien que es él mismo, ha muerto y sin embargo apenas está muriendo, y así sucesivamente.

* * *

La desventaja de que una persona se quede fijada en el tiempo es la propensión a la solemnidad y al sensiblerismo.
La solemnidad evita que uno vea al muerto de frente. En realidad lo que el solemne ve es su propia imagen en un espejo distorsionado, del que la miopía le impide ver el detalle. No habla del que murió, sino de sí mismo, de lo que quiere de sí mismo, para sí mismo, y sueña con estatuas y con los discursos –solemnes, claro– que se dirán cuando su cadáver descienda a la oscuridad. Un solemne no aceptará que se le incinere; quizá en su caso sí funcione eso de la incorruptibilidad que la naturaleza reserva a algunos elegidos: se han visto casos y se verán más, no quepa duda.
La sensiblería estupidiza, si no es ella misma un síntoma de estupidez. (No tiene que ver con el IQ, sino con la inteligencia del alma.) El sensiblero llora, recuerda cualidades que el muerto no tuvo, y quiere verlo –¡ah, los espejos!– como se vería en su propio funeral si tuviera la oportunidad. (Al menos el sensiblero sabe que no la tendrá; sólo se rinde duelo antes de que sea demasiado tarde. Cuando esté a punto de morir tendrá miedo como cualquiera, humano o no, solemnes incluidos.)
Rafael Menjívar (escribo mi nombre y siento que escribo también el de otros; eso hago) se fijó en el tiempo el 7 de agosto de 2000, día de su muerte, para quienes lo quisieron, y para los solemnes (que ya reconstruirán su historia a conveniencia) y sensibleros (que ya lloraron un fragmento de su propia muerte y obtuvieron un poco de paz de espíritu). Para mí, Rafael Menjívar (escribo su nombre y el de otros y siento que estoy escribiendo el mío), el aire sigue siendo más ralo que antes y he muerto casi cada vez que he respirado desde el 7 de agosto, porque lo que enterramos (¿qué nombres esconde ese plural?) fue un pedazo de lo que soy, de lo que seguiré siendo y lo que ya nunca seré.
Ya pasará la sensación de ahogo. Siempre pasa. Eso es lo que dicen, y lo creo; hace menos de un mes y medio que un pedazo de mi nombre está muerto y hace falta acostumbrarse a que uno no obstante continúa desconcertantemente vivo.

* * *

El dolor es egoísta. Siempre. Sin excepciones.
El doliente no puede pensar más que en sí mismo. Por eso es tonto esperar que los suicidas tengan compasión de sus familias (“Su hija lo encontró, pobre niña, por qué no pensó en ella”), o que los depresivos terminales hagan algo más que ver la pared, o que los bebés con cólico dejen de llorar, llorar, llorar.
Puede no ser egoísta cierta aceptación de sufrir dolor a causa, digamos, de una causa noble: el héroe que salva a una o tres o cuatro personas del incendio, la madre que protege al hijo con su cuerpo en la erupción del Etna. O trabajar excesivamente para que las cosas mejoren –la situación económica propia, la miseria de tanta gente–, sin importar las consecuencias ni el cansancio que, de verdad, en algún momento dejará de sentirse.
Pero llegado el dolor sólo hay egoísmo y retraimiento. Por eso detesto a los mártires profesionales: necesitan de los peores dolores o del deseo de las peores torturas para que su vida tenga sentido, y cada vez que dicen “Estoy dispuesto a...” sienten el dolor anticipadamente y se retuercen de placer. El pueblo, o la religión, o la patria –siempre una generalidad: ¿cómo puede individualizar un egoísta?– son el motivo declarado de su dolor futuro, que sin embargo disfrutan de antemano. Para el mártir el dolor no es un riesgo: es un objetivo.
Los que verdaderamente “están dispuestos a...” no se andan con justificaciones: simplemente hacen lo que tienen que hacer, y saben que todo tiene un precio; si pueden, se abstendrán de pagarlo. No son gente enferma: son gente que vive a secas, al igual que la gente que “no está dispuesta a...”, esa mayoría respetable.
Doy demasiadas vueltas para decir que en las últimas semanas he fumado de más, y que eso hace daño. No he podido dormir antes de las cinco de la mañana. Me la paso frente a la computadora –ah, el maravilloso enlace a 64k– y busco discos gratis en el web, escribo por trozos las correcciones de un libro que debí terminar hace un año –añado, quito, dudo, borro, reescribo, invento–, abro el programa de música y transporto a sonido de guitarra las variaciones Goldberg que conseguí en formato MIDI (hay que ajustar velocidades, tesituras, etcétera), tomo el cuaderno y hago anotaciones a mano, abro el libro sobre etnicidad y literatura en Guatemala que acaba de enviarme Mario Roberto Morales, leo y subrayo, ceno entretanto, almuerzo, busco en el web cosas que antes no me importaban y que cuando termino de bajar olvidé para qué servían. Llega trabajo por correo electrónico. Bajo los archivos, los reviso, traduzco, envío. Repito el ciclo, me acuesto en la hamaca y el único cambio es que leo un capítulo del Manual de caligrafía y pintura de Saramago; lo demás sigue, compulsivamente.
Y de repente es de nuevo hora de despertar y otra vez la de acostarse, hora de comer, las horas del día tan iguales, el calor siempre el mismo, la tormenta eléctrica de hoy idéntica a la de cuándo. Es tanto lo que hago en estos días que no guardo registro sino en segundo plano, y es difícil que todo tenga sentido por sí mismo. Esa compulsión, lo sé, es un modo de asumir el dolor, o de impedirlo, y ya me harta. Estoy siendo egoísta: estoy encerrado en la muerte de alguien que llevaba mi nombre, aunque siempre había dicho que el proceso natural, que la última etapa de la vida y todas esas coas. Y no, no pienso en un dios; sería faltarme al respeto y faltarle al respeto a los otros Rafael Menjívar con los que comparto sangre.
(Son las 5:13 de la tarde. ¿Cómo llegamos a las 5:13? Hace apenas un rato eran las once de la mañana del día de ayer. Sí, me digo como en los días anteriores, hoy me dormiré temprano. Estoy seguro. Y me da miedo, y a la vez me es indiferente, que el reloj marque de repente las 5:30 de la madrugada y que los pájaros canten después de un largo sueño, que envidio aunque no deseo. Y allí está el peligro: en el miedo, en la indiferencia, en la envidia de algo que no se desea. Quisiera decir que el verdadero peligro está en el reloj, pero no es cierto: él sólo hace su trabajo. No quiero pagar el precio del dolor. Debo fumar menos. Ah, cómo me extraño, cómo quisiera estar de nuevo conmigo.)

* * *

¿Qué se fijó de Rafael Menjívar en el tiempo el 7 de agosto de 2000, diez días antes del cumpleaños de Rafael Menjívar su hijo, un mes y dos días antes del de Rafael Menjívar, su nieto?
Con él las cosas nunca fueron fáciles, y allí estuvo siempre su encanto: se puede saber qué fue, pero no a partir de ciertos actos, sino de todos; si esa afirmación debe expresar algo es admiración por una vida interesante. Jamás entró a trabajar a las ocho de la mañana –no por mucho tiempo, quiero decir, no definitivamente–, ni regresó a las seis de la tarde ni encendió la televisión ni abrió una cerveza ni leyó el diario mecánicamente más que como un cambio de rutina, y su rutina –nuestra rutina– era la falta de certezas: policías a veces alrededor de la casa, libros nuevos, gente interesante, a veces esconderse durante unos días por cosas que otros hacían, siempre el riesgo de la cárcel o el exilio o la muerte. Algo aprendimos: la vida puede terminarse hoy, en cualquier momento; hay que hacer las cosas que uno debe hacer antes de que “eso” llegue, qué diablos. El problema –lo veo cuando he pasado de los cuarenta años, ahora que mi padre murió entre otras cosas de cansancio– es que ese exceso de energía que se gasta cobra caro. Pero es difícil vivir de otro modo cuando no se sabe cómo.
Rafael Menjívar, en fin, jamás se acostó a las nueve de la noche y se despertó con las gallinas. (El sonido más grato de mi niñez era la máquina Olimpia sonando a 120 palabras por minuto en el entresueño. Mi hijo habla de cómo extrañó ese mismo sonido cuando cambié la Olivetti por el teclado.) Tampoco tuvo un seguro de vida, una pensión, y los ahorros le sirvieron para morir, no para vivir el resto de su vida: la diferencia es inmensa.
Mi perspectiva es limitada: Rafael Menjívar era mi padre, y esas relaciones nunca son transparentes, aunque lo intentemos. Menos fáciles son aún porque Rafael Menjívar soy yo, y es mi hijo que lleva el mismo nombre, y es mi hija que se llama Eunice, y mis hermanos, y sus amigos y sus enemigos, que los tiene aún en la muerte porque los mereció: la gente recta merece tener enemigos. (Es su premio. Es su victoria. Y son enemigos de todos nosotros, de Rafael Menjívar, porque es en nosotros en quien vive el que murió hace apenas unas semanas.) La amistad, por otra parte, es una decisión íntima; nadie hereda a los amigos como hereda algunas fotos o unos cuantos libros subrayados aquí y allá con marcador amarillo.
Y desde mi perspectiva hay cosas que a nadie le interesan –son tan banales si no se las vivió...–, pensamientos tan íntimos que no se ponen en una nota que aparecerá en una revista, hechos tan complejos que necesitarían contarse en un espacio más largo, con otra intención talvez.
Es poco entonces lo que puedo decir, más allá de nació el 3 de enero de 1935, en Santa Ana, decano de economía a los 28 años, rector de la Universidad Nacional a los 35, exiliado hasta el día de su muerte, ocurrida a los 65, homenajeado post-mortem en varias ocasiones, cerca de 30 libros publicados (muy pocos en El Salvador, qué triste, él que vivió y murió pensando en su país).
Pero puedo decir que sus delirios con la morfina que le aliviaba el dolor del cáncer me mostraron quién era de verdad: era él mismo, la persona a la que conocí desde siempre y hasta ese día.
Su obsesión en los días de agonía era el trabajo. Con el tío Juan, conmigo, hacía largas reuniones en las que los temas recurrentes eran la creación de un organismo que buscara la integración política en Centroamérica y la consecución de fondos para proyectos de investigación acerca de El Salvador. (Un par de veces, en los peores momentos, vio policías nacionales que trataban de llevárselo preso o que intentaban secuestrar a Diego, el hijo de mi hermana. Pasó pronto.)
Durante un mes lo acompañé en las noches y platicamos otra vez de todo lo que platicamos desde que tengo memoria, y que la lejanía física había hecho menos frecuente. Las primeras veces fue difícil comunicarnos; la morfina lo hacía cambiar el objeto de atención a cada momento. Si hablábamos de literatura y ladraba un perro en la calle, comenzaba a hablar de perros; si un carro chirriaba las llantas, cambiaba a los accidentes automovilísticos o al cuidado de los frenos. En unos días descubrí que en realidad seguía hablando del mismo tema, que su discurso era por completo coherente; sólo cambiaba las relaciones que hay entre los elementos literarios a las relaciones entre los perros, los frenos y sus respectivos contextos.
Las pláticas comenzaban a las once de la noche, y él las esperaba como veinte años atrás, en México, esperaba a que yo llegara del trabajo a esa misma hora, para conversar hasta muy entrada la madrugada.
A veces me reconocía como su hijo; a veces yo era él y me hablaba como sólo podía hablarse a sí mismo, en voz muy baja. A veces yo era su hijo Rafael Menjívar, pero me hablaba como si yo fuera otro hijo, otro Rafael Menjívar al que acabara de conocer. A veces me decía de lo que sentía por mí como nunca lo hizo, creyendo que era otra persona a la que se lo contaba, o así supongo. Y gracias a eso sé que el dolor pasará, aunque ahora parezca excesivo: porque me dijo tantas cosas acerca de sus sentimientos, y yo de los míos, que dejamos nuestras cuentas claras. ¿Qué más se le puede pedir a un padre, sino que le diga a uno que lo quiere antes de morir, y poder decirle lo mismo?
A veces, cuando se ponía mal, le colocaba una mano en la frente y le hablaba en voz baja. Casi siempre se tranquilizaba. Casi siempre. Casi. A veces lo llevaba al jardín en la silla de ruedas. Me pedía un cigarro, que tenía prohibido desde hacía una década pero que no abandonó sino hasta que el cáncer prometía ser incurable. Y ésos son los momentos que aún me duelen, los que no puedo quitarme de encima: mientras fumaba, miraba el jardín con una tristeza profunda, con una expresión en los ojos que no se parece a nada que haya visto, y que espero no sea la mía cuando llegue mi momento.
De pronto se volvía hacia mí y podía darme cuenta de que había emergido de entre los vapores de la morfina, que estaba absolutamente consciente y que no podía hablar, que no quería hablar, que no quería que yo le hablara. Me acercaba y me sentaba a su lado y trataba de ver lo mismo que él, sin lograrlo.
Era tristeza por haber vivido tan poco tiempo y por haber vivido demasiadas cosas. Le tomaba una mano y él lo aceptaba. Le daba otro cigarro y, después de fumarlo, me pedía que lo llevara a la cama; estaba cansado, quería dormir. Y dormía de un tirón, y a la mañana siguiente la respiración le fallaba por algo más grave que el par de cigarros que le había dado y que ese cáncer que no era pulmonar, sino en los huesos: ¿dónde más podía tenerlo?
Desde hacía mucho tiempo mi padre estaba cansado. Desde 1983 no volvió a ser feliz. Y no fue gratuito que quien le cerrara los ojos, unas semanas después, fuera Tula Alvarenga, dirigente obrera, presa tantas veces en compañía de su esposo, Salvador Cayetano Carpio. La tía Tula permaneció al pie de su cama durante buena parte de siete días y de siete noches. Es amiga de la familia –es parte importante de la familia– desde mil novecientos cuarenta y tantos: ¿quién podía negarle el derecho de cerrarle los ojos a ese hombre ya sin carne que vio desde que era un niño con todo el futuro para vivirlo?
Refraseo: ¿quién mejor para cerrárselos?
Son otra vez las 5:05 de la mañana. Quiero dormir.
Mi padre ha venido a mis sueños sólo un par de veces. La primera él estaba a punto de caer a un precipicio. Estiré la mano y no la tomó: se dejó caer luego de decirme que así estaba bien. En el sueño era joven, mucho más joven de lo viejo que me estoy poniendo. La segunda vez que me visitó, hace tres o cuatro días, salió de entre una multitud, alzó la mano y me saludó de lejos, sonriendo.
Porque eso sí: murió sonriendo.

domingo, julio 31, 2005

Ripio

Del libro Terceras personas, Universidad Autónoma Metropolitana, colección Molinos de Viento No. 96, México, 1996. La traducción de este texto al francés por Thierry Davo aparece en este mismo blog bajo el título "Reliquat".



Dios: un ente harto de vida que roba los segundos perdidos y los coloca, sin delicadeza, en un buche inmenso.



Un animal sabe cuándo debe morir.



No importa que deba morir, sino la certeza de que la muerte tiene una fecha.
El deseo de ser fantasma: el horror de la esperanza. El sufrimiento en la muerte, pero al menos subsiste la conciencia.



Un Auschwitz repleto de ancianos.
Son la víctimas perfectas: se aferran con desesperación a los meses que aún les quedan, se retuercen.
La hora de la muerte: una mancha en el pantalón.



¿Cuál puede ser, realmente, el último pensamiento?
Nadie vive su último segundo.



Las ancianas cierran los ojos de los ancianos muertos. Noche de aullidos, siempre que la noche signifique tristeza.



El olor de un viejo triste, una uña enterrada, ojos llorosos que los remordimientos hacen considerar bellos.



¿Quién recuerda la voz de un anciano?



Un ángel anciano es una herejía. El infierno está lleno de viejos.



“Aún no estoy lo suficientemente loca para hablar sola. A mi edad rezar ya no sirve de nada, pero me gusta pensar que todavía no se me olvidan las palabras para llamar a Dios”.



¿Cómo no odiar la mirada de un perro a punto de recibir un golpe? Y sin embargo el placer de descargar el golpe.



Tener un gato sólo para envidiar su gracia.



“No es un paso en falso. Es la forma más fácil de llegar al fondo de las cosas”.

sábado, julio 30, 2005

Trece (Fragmento)

Publicado por el Instituto Mexiquense de la Cultura, Colección Confines, Toluca, México, 2003. En proceso de traducción para su publicación por Cénomane, de Le Mans, en traducción de Thierry Davo.



VIII
Me he pasado horas y horas frente a este cuaderno y lo disfruto. En las épocas en que quería ser escritor me tomaba muy a la tremenda lo de la escritura: cuidaba cada coma y cada frase como si la historia de la humanidad dependiera de las palabras. Quemé todo lo que había escrito (¡ah, los rituales!) y nada ocurrió. Ahora escribo por placer, no por angustia, y porque ya no tengo que responder ante nadie de mis palabras ni de mis actos.
Fijé un plazo y de pronto todo estuvo bien. Todo ha caído en su lugar y todo lo de la vida comienza a tener sentido. Veo colores, veo caras, oigo voces, siento el sabor de lo que pasa por mi boca. “Trece”, dije, y la magia de un número mágico –es decir definitivo– me dio una nueva visión de las cosas. “Ocho”, digo ahora.
Han pasado cinco días. Hojeo el cuaderno y he escrito en cinco días más de lo que escribí en años. No me importa si vale la pena gastarme así lo que me queda de vida. Sé que no, y allí encuentro buena parte del placer que siento al escribir y de esta lucidez que me emociona.
Aun así no puedo evitar el pensamiento de que, en efecto, estoy perdiendo un tiempo valioso que podría ocupar en… ¿qué? Me entra una prisa indefinible por hacer algo más que estar aquí sentado y escribir cosas que no tienen finalidad. Dentro de una semana, me consuelo, nada tendrá finalidad.
“Vivir la vida”. Así se le llama a hacer cosas desesperadas que tampoco tienen finalidad: ruido en las discotecas, drogas para ser inmortal, alcohol para no sentir ni la borrachera, velocidad en la carretera para tomar conciencia del poder que da la fragilidad ajena, que es la propia. Escribir puede ser menos emocionante que todo lo demás, pero dentro de nueve días dará igual que haya ido a todos los museos o que haya poseído a todas las mujeres: me quedan ocho días, y en la existencia del plazo encuentro la intensidad que había perdido.
Me doy cuenta, y paradójicamente me preocupa, de que no alcanzaré a corregir lo que he escrito; es un prurito que me queda de la época en que creí que tenía algún talento: uno por ciento de talento, noventa y nueve por ciento de sudor. ¿Quién lo dijo? Alguien que tenía el talento suficiente para crear frases humillantes. Dice el manual que uno debe escribir con locura, dejar que el texto repose y se asiente, retomarlo y corregirlo como si otro lo hubiera escrito, y seguir corrigiendo, y reescribir, y otra vez el cajón, y otra vez el reposo… Es un trabajo de paciencia, y tengo paciencia; lo que no me queda es tiempo. Tampoco quiero posponer lo que ya está decidido: perdería la lucidez y entraría nuevamente en el cauce de la vida, volvería a importarme el estilo, la distribución de las comas, ciertos énfasis, y no tendría nada de qué escribir.
Quizá decida morir sobre este cuaderno, sobre la última hoja que escriba. Quedarán muchas páginas en blanco: hay quinientas, y mi letra es pequeña. Mi sangre, si se lo ve de un modo perverso, sería una firma interesante. Que la última imagen que me lleve sea la de este cuaderno, de las tachaduras, de la s que se confunde con la r, de la mezcla de letra cursiva con letra de imprenta, la a que se parece tanto a la e
No, no sería una buena imagen. Si uno está consciente de su último segundo, sería triste preguntarse si el que lea estas notas entenderá la letra, si comprenderá esa palabra que le da sentido a absolutamente todo, y de la que yo mismo no tengo noción. Quizá debí comprar una computadora portátil, escribir a gusto en un procesador de textos, cuya letra será necesariamente legible, corregir al final del día lo que haya escrito, imprimir. O dejar la computadora encendida para que quien la encuentre –quien me encuentre– vea que allí está la inútil memoria de un tipo que se la pasó escribiendo porque, a lo mejor, escribir era lo más importante para él.
No deja de haber algo de Werther en el cuaderno azul y la tinta negra. La computadora está bien, pero las tachaduras tienen un cierto calor y son, en sí mismas, parte de la nostalgia por la vida. Puede ser que esa persona llamada A Quien Corresponda trate de ver si en la frase tachada hay una pista que indique claramente el porqué de lo que hice, o intente interpretar los glifos o los dibujos y notas al margen para buscar mis motivos. Y no los encontrará, porque no los hay. ¿Qué más claridad que la que dan los hechos simples y llanos? Un cadáver sobre un cuaderno basta para que cualquier razón, más allá del hecho, sea insuficiente o superflua. Pero que busquen en mi letra; talvez encuentren algo que se me pasó por alto.
Me gustaría saber para quién escribo. Le estoy dedicando mucho del tiempo que me queda. Quizá sea para alguno de mis amigos, digamos M. Quizá, si él me encuentra, tire el cuaderno a la basura con horror y ni siquiera piense en leerlo; ¿quién puede creer que todas estas hojas garabateadas son un modo de decir “no se culpe a nadie de mi muerte”? Sí, M. sería capaz de tirarlo o, peor aún, de guardarlo sin leer. Sería un modo de negar mi muerte o los motivos probables de mi muerte.
¿Qué diría mamá? Posiblemente se pondría furiosa; posiblemente se pusiera a llorar porque es lo que se espera de una madre. Pero ella sabría qué es lo que está pasando desde la primera hoja. Mamá sabe más de lo que supongo, y de lo que ella misma supone. También papá sabe, y mi hermana, aunque tratarán de no pensar en eso, es decir en esto. Que no se culpe a nadie de mi muerte, pues, pero que nadie trate de ignorarla o de fingir inocencia. O que la ignoren y que finjan, qué diablos: por algo he de morir. Porque todo lo que escribo aquí no explicará nada. No es un manifiesto, como debe serlo una nota de suicidio. Apenas son palabras de alguien en proceso de convertirse en la carne que la da sentido a una tumba.
(Pienso en una tumba y pienso en El entierro prematuro, de Poe. Quemen mi cadáver. Por favor. No quiero que mi cuerpo se pudra aunque yo no esté en él. Que no quede nada de mí. Por favor. Los cementerios son museos perversos. No quiero ser una de las piezas de exhibición. Hasta ahora sólo he llegado al umbral, a la parte bonita, adornada por grandes monumentos, lápidas con faltas de redacción. No quiero pasar de allí: detrás de esa belleza se encuentra el horror. No quiero que siete años después, si vence el contrato, el enterrador haga su faena y alguien –quizá mi hermana– sienta que algo se le desgarra cada vez que la pala se clave en la tierra, que mi cadáver haga el camino de regreso y ella vea, me vea, se vea en lo que queda de mí. No quiero que reciba un saco con huesos, algo de pelo quemado, unos jirones de la camisa de cuadros que tanto me gustaba. ¿Hay algo más impúdico que ser desenterrado? No me gusta la idea de que todos sepan lo que me ocurrió allá abajo, lo que les pasa a todos mis compañeros de muerte: la galería de los horrores. La cara que recuerden de mí no será la misma, ni mi cabello, ni mis manos que alguna vez acariciaron a la mujer de la ventana. Mi boca ya no tendrá boca, y ellos lo sabrán, y el hecho de que lo imaginen será peor que si lo vieran. Saber, aun sin ver –especialmente sin ver–, será dolor, miedo, angustia. No quiero que piensen en mí, en algún momento, como el ser corrupto que puede abandonar la tumba, no quiero ser el cadáver doliente que se niega a morir. Pienso en los ataúdes de aluminio como el símbolo de la perversidad: no permitir que los muertos escapen, quererlos allí, disponibles, cada grano de materia atrapado en un cajón hermético, caluroso, intolerable. No eres mío, pero no escaparás. Siempre que venga estarás allí, todo, sólo para mí, irrevocable, irreconocible, te extraño. ¿Cómo sería tu cara si me oyeras? ¿Responderías con la misma voz de antes? Mamá me encerraría en un ataúd de aluminio. Por favor, que me quemen.)
Pierdo el tiempo, pero no porque escriba, sino porque no estoy siguiendo las reglas de este juego sin reglas. He gastado un par de páginas del cuaderno en vano porque no quiero hablar del escenario de mi muerte, ni de los cementerios, sino de lo que ocurrió anoche, hoy en la madrugada. (Que el ciclo de sueño sea la división entre un día y otro.)

miércoles, julio 20, 2005

Los bárbaros se van en febrero

Texto escrito en abril de 2000. Publicado en El ojo de Adrián No. 2.



Los bárbaros terminaron de irse hoy. No se llevaron más que su sombra.
Cuando llegaron éramos pobres; ahora también. Nada ha cambiado, ni siquiera la sonrisa confiada del Alcalde. No hay una silla más, un florero de menos. No rompieron nada ni construyeron nada. No violaron a nuestras mujeres.
Llegaron un 29 de febrero; hoy, 29 de febrero, han terminado de irse.
Si vuelven no será antes de cuatro años; los bárbaros sólo llegan en año bisiesto. Ahora deberán vagar cuatro años antes de llegar a ninguna parte.
¿Por qué vagarán durante tanto tiempo, si pudieron quedarse?, preguntan los más jóvenes.
Para purificar su alma, contestan los sacerdotes. Para llegar más lejos, dicen los científicos. Para que valga la pena, dicen los que en otro lugar serían descubridores de ríos y exploradores de desiertos. (Aquí sólo son gente.)
No dejaron nada, ni siquiera sus huellas. Diez de entre los más fuertes y valientes cerraban la marcha y caminaban de espaldas a las legiones, emparejaban la tierra con los pies, con movimientos complejos y sincronizados, como si bailaran.
Ahora somos libres y nadie sueña.

martes, julio 19, 2005

Reliquat

De Tierces Personnes, Cénomame, Le Mans, Francia, 2005. Traducción de Thierry Davo.




Dieu : un être débordant de vie qui vole les secondes perdues et les place, brutalement, dans un énorme gosier.



Un animal sait quand il doit mourir.



L’important n’est pas qu’il doive mourir, l’important c’est d’être certain que la mort a une date. Le désir d’être un fantôme : l’horreur de l’espoir. La souffrance de la mort, mais au moins la conscience subsiste.



Un Auschwitz rempli de vieillards.
Ce sont les victimes parfaites : ils s’accrochent désespérément aux mois qui leur restent, ils se tordent.
L’heure de la mort : une tache sur le pantalon.



Quelle peut être, réellement, la dernière pensée ?
Personne ne vit sa dernière seconde.



Les vieillardes ferment les paupières des vieillards quand ils meurent. Nuit de hurlements, pour autant que la nuit soit synonyme de tristesse.



L’odeur d’un vieux triste, un ongle incarné, des yeux larmoyants que les remords rendent beaux.



Un vieil ange est une hérésie. L’enfer est plein de vieux.



"Je ne suis pas encore suffisamment folle pour parler toute seule. À mon âge, prier ne sert plus à rien, mais j’aime me dire que je n’ai pas encore oublié les mots avec lesquels on appelle Dieu."



Comment ne pas haïr le regard d’un chien sur le point d’être frappé ? Et pourtant le plaisir de frapper.



Avoir un chat rien que pour envier sa grâce.



"Ce n’est pas un faux pas. C’est la manière la plus facile d’arriver au fond des choses."