sábado, diciembre 09, 2006

El momento de morir y otros momentos

Fragmentos de Cualquier forma de morir. Publicado por F&G Editores, Guatemala, 2006.




Los suicidas, cuando se dan un tiro, no siempre se disparan a la sien o en la boca. Ese año hubo dos que se dispararon en la boca. Uno fue mi comandante, aunque se reportó como asesinato. El otro fue el Coronel. El primero era zurdo natural. El segundo era zurdo porque no le quedaba de otra. No sé si tuviera algo que ver lo zurdo con la forma de morirse, pero ese tipo de detalles no se olvida.
Los demás se pusieron originales, a lo mejor porque era año electoral y querían quedar bien con el candidato, que también terminó con un tiro.
El primero de la serie, unos meses antes de mi comandante, fue un empresario de transporte. El tipo estaba para un anuncio de pasta de dientes: bien plantado, buena sonrisa, buena casa, esposa con mucho dinero, hijos modelo, todo el numerito. Se disparó en el corazón con un revólver.
Dos veces.
En ese entonces no sabía lo que sé ahora, pero tampoco era tonto. Con una pistola automática de gatillo sensible a lo mejor puedan irse dos tiros con un solo jalón. A lo mejor. Con un revólver se necesita fuerza para cada disparo, y los muertos se ponen débiles después del primero. Hace falta voluntad para pegarse el primer tiro, y un milagro para el segundo. Hasta ahora no he encontrado un cadáver con tanta voluntad. [...]
Hubo otro que tampoco se disparó en la sien ni en la boca, pero sólo lo consideraron suicida durante un par de días. Lo encontraron con un tiro en la nuca. [...]
Otro comandante se dio un tiro en el cuello frente a la escuela de su hijita, a la hora de la salida. Más desagradable que la clase de matemáticas. Hubo docenas de testigos que declararon lo que había ocurrido. No dejaba de ser raro, porque en esos casos nadie ve nada, así le caiga el muerto encima, y es la primera persona de la que se sabe que se mata disparándose en el cuello.




La gente se pasa toda la vida teniéndole miedo a la muerte, y a la hora de las horas se da cuenta de que no era para tanto. O ni siquiera se da cuenta y hasta se la pasa bien en lo que se va al carajo. Claro que uno no es un experto mientras no le toque por lo menos una vez, y con una es suficiente.
Todos se asombran cuando se enteran en los documentales de la segunda guerra mundial sobre los montones de judíos que se metían tranquilamente en la cámara de gas. Muchos hasta se sonreían y parecía que los estuvieran llevando a una fiesta. Y a lo mejor era una fiesta, pero a ellos les tocaba hacer de jamón de los sandwiches. Quizá hasta les habían dicho lo que les iba a pasar, pero se metían en la cámara de gas sin hacer drama. Y no porque quisieran que los asfixiaran y los convirtieran en lamparitas, sino porque uno sabe que se va a morir en algún momento, pero no cree que el momento sea ése.
Por ejemplo la abuela. Sabía que se estaba muriendo y se quejaba de que había desperdiciado la vida criando a un montón de hijos y nietos que la habían abandonado o que no servían para nada. Siempre se había quejado de lo mismo, y ni siquiera el primo se salvaba, pero en la época en que se estaba muriendo lo decía en serio.
Un día dijo “Voy a estornudar” y en vez de eso dio un suspiro y se quedó muerta. Seguro sintió los síntomas de la muerte, pero creyó que eran otra cosa y listo, adiós quejas, adiós abuela. [...]
Mamá no se suicidó. Nada más no creyó que se fuera a morir si el autobús le pasaba por encima, porque la muerte siempre está en el futuro, y el futuro nunca llega. Por eso se cuidaba tanto y tenía tanto miedo, para que el futuro no le llegara. Lo que le llegó fue el presente a ochenta kilómetros por hora, y el futuro se le quedó en el pasado, que es a lo que vamos todos.




–¿Has salido alguna vez a la calle sintiéndote contento porque todo lo que te pasa es bueno? Te atienden bien en el supermercado, te abren la puerta cuando entras al banco, no hay una pinche cola larga para llegar a la caja, y cuando llegas la cajera te sonríe y te dice buenos días. Llegas a tu casa y tu mujer te quiere y tus hijos no te chingan. Pones la televisión y están pasando una película que querías ver. Te acuestas y no tienes broncas para dormirte. ¿Te ha pasado?
–No tengo mujer.
–Digamos que te ha pasado. Ése va a ser un día que vas a recordar toda la vida. O a lo mejor no, porque uno es tonto y sólo se acuerda de lo malo. Pero todo el mundo tiene días así –había terminado de limpiar y armar la pistola–, y es por tener un día de ésos que todo el mundo hace cosas que no le gustan o que le aburren, se mete en líos, mata a otra gente o se enamora de la mujer equivocada. Sólo por la esperanza de que el día siguiente sea igual de bueno. Nunca hay dos días como ése, pero quién quita. Lo que tienes que preguntarte es cuánta gente necesita morirse para que tengas un día así.
–Que yo sepa, ninguna.
–Entonces no sabes ni madre. Nosotros somos los que nos morimos para que la gente tenga días así. El Ronco se murió para que alguien tuviera un día así. Se murió para que un pobre pendejo crea que lo mejor del mundo es que su pinche vieja lo quiera tantito. Tú eres de la misma raza, pero no estás obligado a entender. Tu papel es otro.
–¿Cuál es mi papel?
Puso el cargador y cortó cartucho. Lo siguiente era pegarse un tiro, y no quería que se muriera todavía. A lo mejor en su cerebro estaba algo que yo andaba buscando, y dentro de unos segundos ya no iba a tener cerebro. No me dio tiempo ni de respirar.
–Ser testigo –dijo, y se mató.

1 comentario:

Vanessa dijo...

Te acordás de mi accidente hace dos años? Cuando se me atravesó una pasarela... y bueno, en aquel entonces conversaba con Denise, que uno no ve la vida pasar por delante... sencillamente porque no hay tiempo. A lo mucho queda tiempo para el último "a la gran p...!!!" y luego se piensa: así que esto es, así de simple, así sin más... ok, no está tan mal después de todo.