<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283</id><updated>2012-01-27T12:28:33.341-06:00</updated><category term='Novela'/><category term='Otros'/><category term='Poesía'/><category term='Ensayo'/><category term='Cuento'/><category term='Textos de otros'/><category term='Traducciones'/><title type='text'>La mancha en la pared</title><subtitle type='html'>Cosa literaria de Rafael Menjívar Ochoa</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>42</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-3894082271644940300</id><published>2008-11-11T09:38:00.003-06:00</published><updated>2008-11-11T09:42:49.073-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuento'/><title type='text'>23 minutos</title><content type='html'>&lt;blockquote style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-size:small;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: bold;"&gt;Ejercicio inédito. Escrito alrededor de 1990.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cassette Sony UXS-60, sin caja.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Etiqueta lado A: Música suave. Tinta azul.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Etiqueta lado B: Música suave. Tinta azul.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las lengüetas en la parte posterior del cassette están quebradas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Lado A: Ocho piezas instrumentales en piano.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Lado B: Dos piezas instrumentales en piano. La segunda pieza se interrumpe a los dos minutos con treinta y cinco segundos. Después, chasquidos. Risas nerviosas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;(...) Me dijo que estaba loca, pero yo le dije que no era eso, que si no tenía imaginación. ¿Cuál es el chiste de inventarte tantas cosas?, me preguntó. Yo le dije que ninguno, y que además eso no se llamaba inventar. ¿Cómo se llama?, me preguntó. Qué te importa, le dije, y me puse a reírme. Él se enojó. Manuel, le dije, preguntas puras tonterías. Él no me dijo nada, porque así es, pero me repitió que estaba loca porque. (Voz al fondo: Violeta, ven a comer. Lávate las manos.) Voy, mamá. Lo que pasa es que está dolido conmigo, pero él se lo buscó.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;(...) Hoy no me hicieron mucho caso, pero tampoco tenía ganas de ponerme muy complicada. Lo que pasa es que el vestido que me cosió mi mamá no daba para más. Pensé en subirle el dobladillo y ponerme unos ligueros, pero dónde conseguía unos ligueros, y a quién se le ocurre ponerse ligueros con un vestido de cuadritos. Así es que llegué y les dije: Hoy amanecí en un departamento de la Colonia del Valle, con un papá medio calvo que estaba comiendo huevos revueltos con jamón, una mamá gorda, y comí corn flakes con plátano. Agarré el camión enfrente de mi casa, el que dice Iztacala-Coyoacán, y tuve que tomar un pesero para llegar a la escuela. Eso no tiene chiste, dijo Mirta, y yo le dije: así amanecí hoy y ni modo. ¿Tenías hermanas?, me preguntó Manuel. Le dije que no, que era hija única. Cuando tengas una hermana me avisas, me dijo, y se metió al salón. Los otros se rieron y también se fueron, pero Mirta se quedó. Me preguntó que de qué voy a ir mañana y que si puede llevar a su novio para que me oiga, que a él le gusta inventarse historias, pero que las escribe porque quiere ser novelista. Lo de hoy no fue invento, le dije. Además nunca invento nada: así es. Pero le prometí que mañana voy a ir de algo muy padre para que su novio oiga y escriba por lo menos un cuento. Toda la noche voy a soñar con cosas interesantes para tener algo que contarle al novio de Mirta. A lo mejor me gusta. Lo malo es que tengo que leer no sé qué sobre la revolución. Me choca la historia. Mañana a lo mejor amanezco de soldadera.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;(...) El novio de Mirta se llama Carlos. Me dio un papelito con su teléfono. Estoy a punto de llamarlo, pero no sé. No es que Manuel me siga gustando, porque después de lo que pasó ya no es lo mismo. Tampoco es que lo quiera. Si Mirta se entera que le hablé a su novio le da el infarto. No estaría mal para darle celos a Manuel, a lo mejor quiere volver conmigo, pero Mirta es mi amiga. Manuel es que no entiende que el sexo no es importante. Sí es importante, pero él es muy brusco, parece que me quiere romper. Lo que me gustó del novio de Mirta fueron sus ojos. No es que tengan nada de especial. Lo que pasa es que. Le voy a hablar, ya decidí. Lo dejé apantallado. Cuando ya estábamos todos les dije: Muchachos, hoy amanecí en una casa muy grande y muy vieja y llena de fotos de personas muertas. Así les dije. A todas esas personas las maté yo. ¿En la otra vida?, me preguntó Carlos, el novio de Mirta (digo, porque el otro Carlos no habla ni aunque lo agarren a patadas, el pobrecito). No, le dije, en esta vida. Hoy soy asesina. ¿Viuda negra?, me preguntó Carlos. Viuda negra, le dije. No se me había ocurrido lo de viuda negra, pero sonó bien. Les fui contando cómo eran los hombres de cada una de las fotos que están colgadas de las paredes de mi casa. Hay uno, les dije, que se llama Tomás. No me gustó su nombre y por eso lo maté. Una noche, cuando estaba dormido, lo amarré a los postes de la cama (porque tengo una cama con postes), le puse un trapo en la boca para que los vecinos no lo oyeran gritar y lo despellejé. Primero la piel de las piernas, después la del pecho y al final... ¿Qué le despellejaste al final?, me preguntó el vulgar de Manuel. La cara, le dije. Y así. Al último, les dije, lo maté de amor. ¿Cómo es eso?, me preguntó Mirta. Así nomás, de amor. Dos días y dos noches lo obligué a que me hiciera el amor, y cuando él ya no pudo yo se lo hice a él, hasta que empezó a sangrar por allí y se murió. ¿Por dónde?, me preguntó Manuel. Por allí. No quería ponerme roja y me puse. Manuel siempre hace que me ponga roja. Por suerte llegó el de matemáticas y ya no tuve que contestarle. Pero los apantallé. Cuando hablaba del último al que maté Carlos me miraba con la boca bien abierta. Entonces fue que Mirta se descuidó y él me dio su teléfono. Le voy a hablar.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;(...) Mirta fue la primera que me preguntó de qué amanecí hoy. De mí misma, le dije. No quería hablar con ella. Carlos me iba a esperar atrás de la tienda para llevarme a la casa. Su papá le presta uno de sus coches. Y sí me esperó. Estaba como tímido, así es que le pregunté si. Ya se va a terminar el cassette. Diez. Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Cero. Menos uno. No se acabó. Empiezo otra vez. Diez. Nueve. Och.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-3894082271644940300?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/3894082271644940300/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=3894082271644940300' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/3894082271644940300'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/3894082271644940300'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2008/11/23-minutos.html' title='23 minutos'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-1396344536515328413</id><published>2008-03-06T12:00:00.001-06:00</published><updated>2008-03-06T13:13:58.828-06:00</updated><title type='text'>Vendo cuadro de Maya y de Salarrué</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se trata de un óleo sobre lona, de 2m por 1.38m. Tiene varias características que lo hacen bastante especial: aunque está firmado por Maya, es evidente que el trazo es de Salarrué, así como algunos de los detalles del cuadro; Maya no manejaba formatos tan grandes. Tampoco utilizaba mucho el óleo. La obra fue expuesta a finales de los años cincuenta en una exposición colectiva de Maya, Aída, Olga y Zélie Lardé. Mi padre la compró alrededor de 1960.&lt;br /&gt;En la parte posterior, viene un apunte a lápiz de Salarrué para un mural que planeó durante años, pero no ejecutó. No está firmado, como es de esperarse de un apunte. (En el original el trazo es mucho más claro.)&lt;br /&gt;Otra de las características del cuadro es que fue pintado no en un lienzo, sino en una tijera de lona, es decir: en la tela de una cama rústica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/R9A6fvzmeXI/AAAAAAAABXM/EVwsZ_6kuPc/s1600-h/mayasal1.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/R9A6fvzmeXI/AAAAAAAABXM/EVwsZ_6kuPc/s400/mayasal1.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5174700288931953010" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;El tema del anverso es el mítico flechazo que recibió Pedro de Alvarado durante un ataque pipil, que lo dejó lisiado para el resto de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/R9A6f_zmeYI/AAAAAAAABXU/y9bR-SHEsPw/s1600-h/mayasal2.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/R9A6f_zmeYI/AAAAAAAABXU/y9bR-SHEsPw/s400/mayasal2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5174700293226920322" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;El tema del anverso es una deidad mexica o maya, quizá Huitzilopochtli, con atributos de varios dioses.&lt;br /&gt;Los colores del cuadro no corresponden exactamente con el original.&lt;br /&gt;Se aceptan ofertas por correo privado; hay un precio base, y a partir de allí se puede negociar. Se pide seriedad, desde luego. Escribir a &lt;a href="mailto:rafael.menjivar@gmail.com"&gt;rafael.menjivar@gmail.com&lt;/a&gt; y dejar nombre y teléfono(s).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-1396344536515328413?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/1396344536515328413/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=1396344536515328413' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1396344536515328413'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1396344536515328413'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2008/03/vendo-cuadro-de-maya-y-de-salarru.html' title='Vendo cuadro de Maya y de Salarrué'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/R9A6fvzmeXI/AAAAAAAABXM/EVwsZ_6kuPc/s72-c/mayasal1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-2644198903914899328</id><published>2007-11-24T10:55:00.000-06:00</published><updated>2007-11-24T10:57:23.875-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Breve recuento de todas las cosas (fragmento)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado por Editorial Cénomane (La Mans), en traducción de Thierry Davo, y en español por Índole Editores (San Salvador), ambas ediciones en 2007.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ¿quién es Dios, quién sería, quién debería ser? ¿Y dónde está, por favor, dónde ha estado mientras lo buscamos, mientras lo negamos, mientras lo mencionamos como una fórmula que rara vez significa algo: una muletilla, una repetición mecánica, gracias a Dios, ojalá, si Dios permite, adiós? Porque de las palabras sólo es cierto que se gastan a medida que las violenta el tiempo. Porque Dios es los miedos y los deseos: “Dios es esto” o “Dios es lo otro” o “Dios está en los cielos”, y en los cielos sólo existe el vacío, el vacío, nada más que el vacío, como lo vio Gagarin y como lo temen los sacerdotes de Dios. Y ese hombre absurdo podría ser no obstante Dios o la casa de Dios, porque no hay nada dentro de él, y entonces la humanidad ha vivido y muerto en vano, y habría que volver a las fórmulas antiguas y vacías para no matarse colectivamente: “Dios es amor”, pero el amor de Dios ha provocado mártires y guerras santas. “Dios es como un padre”, y los padres tienen sexo y lo aplican y matan a otros padres para destruir la inocencia de las hijas ajenas. “Dios es como el mar.”&lt;br /&gt;Y Dios en efecto es como el mar, que es tantas cosas y ninguna en particular, tan múltiple como único, tan monótono y convulsivo. Porque el mar es mucho más que esa cantidad estúpida de agua, sus fosfatos y naufragios, es más que las ostras y sus madreperlas, los delfines y su canto: es también los niños que se mojan los pies en la playa, los que ven desde lejos su luminosidad imposible, a un lado de la carretera; es los poemas sobre el mar, la memoria atávica de los que saborean sus propias lágrimas en la noche de su suicidio, el sudor en los ijares de los caballos, la saliva que pasa de una boca a otra en busca de la ilusión del amor. Porque Dios es más que todo lo que fue creado –incluso el mar y lo que lo habita–, es mucho más que esa cantidad infinita de silencio y de incomprensión: es los ojos de los mártires, los pujidos desesperados de las solteronas, las guerras donde los hombres son más profundamente hermanos y se odian y se matan y se dicen héroes o traidores, todo para evitar hacerse la única pregunta que vale la pena hacerse: ¿por qué?&lt;br /&gt;Y en los porqués y en los para cuándos está Dios, en los milagros y en la falta de milagros, y en el pecado –esa tristeza–, y el pecado es uno solo: amar. Porque hasta el odio es amor, hasta en el tiro en la nuca de las ejecuciones sumarias hay amor, el amor del metal a la carne, de la carne al metal, del verdugo a la víctima; porque hasta en la desesperación del homicida casual hay amor, y en ese amor el pecado encuentra su perdón, si hay perdón posible.&lt;br /&gt;Pero el mar no es sus rocas: las rocas son intrusas que buscan algo de razón en un elemento ajeno, al precio de desaparecer y convertirse en arena en unos cuantos millones de años; al precio de la humedad, porque la roca es seca y debe serlo para que sea seco el golpe y seco el paisaje y a secas la noción de que allí, en la roca y dentro de la roca, no está el mar. Y Dios no es sus creaturas –¿cómo podría serlo?–, ni la imagen de sus creaturas, porque su materia es tan diferente como la de la roca y la del mar, como la espuma y el aire, como las olas y el color del cielo; porque si Dios fuera sus creaturas se trataría de un dios múltiple y colectivo y no habría las guerras en el nombre de Dios, que dan sentido a la vida y la muerte de los hombres y dolor a las mujeres y a sus hijos, y noches frías, y veranos pálidos como un cirio que no quiere encenderse, o que no puede.&lt;br /&gt;El mar y Dios tampoco son la memoria, ni siquiera lo que hay del mar y de Dios en la memoria, porque los recuerdos son menos que agua y que infinito, menos que aire y menos que la necesidad de no estar solo, de nunca estar solo: son olvido.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-2644198903914899328?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/2644198903914899328/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=2644198903914899328' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/2644198903914899328'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/2644198903914899328'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/11/breve-recuento-de-todas-las-cosas.html' title='Breve recuento de todas las cosas (fragmento)'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-4203964307810645563</id><published>2007-08-29T00:02:00.000-06:00</published><updated>2007-08-29T23:58:52.793-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ensayo'/><title type='text'>Sobre la depresión</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:85%;" &gt;&lt;blockquote&gt;Ensayo inconcluso, pero publicado en algunos medios electrónicos. Escrito en 1994 o 1995.&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno se complace con el dolor del alma como con un buen trozo de chocolate amargo. Uno agarra esa bola llena de vellosidades y dientes y la mira fascinado, le da vuelta entre las manos, la besa, se acaricia la cara con ella hasta sacarse sangre. Y sonríe.&lt;br /&gt;Uno está encantado con la sensación. No se trata de los disgustos o dolores de costumbre: éste tiene un sabor especial, una intensidad que desarma. Se puede comer de ello a cucharadas y no hay hartazgo. Después de mucho tiempo de rutina (peleas rutinarias, aburrimiento rutinario, deseos rutinarios, trabajo rutinario, pérdidas que se hacen cada vez más constantes y rutinarias) uno encuentra que esa vividez es maravillosa: puede sentir cada centímetro del cuerpo, cada milímetro del alma, cada latido del corazón. (El corazón late con irregularidad: Pom. Pom pom. Pausa. Pom.) Es, al menos, algo nuevo.&lt;br /&gt;Uno puede sumergirse en la sensación aunque sabe que no es nada agradable, y que con el paso de los días será aun peor (¿realmente sabe uno que será peor?). Uno se mira los brazos y festeja la hiperestesia, la carne de gallina; las piernas, por las noches, están tan tensas que no dejan dormir; se pone la oreja en la almohada y el sonido del corazón desespera; pero la desesperación también es estimulante. (Pom. Pom pom. Pausa. Pom.) ¿Cuándo dejará de latir?, se pregunta uno. ¿Cuál será el último latido? (Pom. Pom pom.) Éste es el último latido, dice uno, y se incorpora agitado, aterrado, porque el cuerpo no quiere morir. Y uno se dice: Mi corazón no puede detenerse, no ahora que mis sensaciones son tan vívidas. (Pom.) Y desde ese día uno no puede dejar de pensar en los latidos del corazón, y el silencio es un enemigo siniestro porque hace que se escuchen en el momento menos deseado (todo momento es el menos deseado): POM. POM POM. Pausa. POM.&lt;br /&gt;Entonces la gula de dolor, de sensaciones nuevas, se convierte en miedo, y allí es donde uno comienza a estar en problemas.&lt;br /&gt;(Uno es incapaz de controlar la gula. Uno piensa en la bulimia: comer compulsivamente, vomitar compulsivamente, volver a comer y así en un ciclo terrible. Al principio habrá placer; después viene la angustia. Uno cree que aún se trata de placer, y sólo se da cuenta de que el placer desapareció hace mucho, cuando ya no hay regreso.&lt;br /&gt;Una garganta destrozada de tanto vomitar: una imagen desagradable para comenzar.)&lt;br /&gt;De pronto uno siente, con mayor frecuencia que nunca, que se le va la respiración en la madrugada, cuando apenas comienza a dormirse, y abre los ojos con terror. Sufre un constante nudo en la garganta, los ojos miran cada vez más tiempo hacia dentro y el exterior comienza a desdibujarse, el cuerpo se insensibiliza y también el alma. Es la muerte se va instalando. La cara de esamuerte es la misma que se ve todas las mañanas al afeitarse o lavarse los dientes. Una muerte personal, muy de uno mismo.&lt;br /&gt;No se trata necesariamente de una muerte física. Hay un grado hasta el que uno tiene noción de que está mal pero, qué diablos, una pequeña crisis de vez en cuando es incluso saludable. Uno nunca deja de creer que puede controlar la situación, que de hecho la está controlando, aunque quisiera que ya todo hubiera terminado y que fuera el año 3000 y estar riéndose por lo estúpido que fue al dejarse vencer por un monstruo que no era para tanto. Pero la muerte ya se instaló, y toda muerte es irreversible. Uno, en el año 3000, si es que llega al año 3000, estará tan muerto como el primer día en que tuvo conciencia de que se sentía mal; pero ya se acostumbró, o cree que se acostumbró, o quisiera haberse acostumbrado a esa necrosis en el espíritu, un lugar junto al que uno pasa en los momentos de mayor soledad pero que evita pisar porque se ve mal y huele mal, y siempre se verá y olerá mal.&lt;br /&gt;El dolor del alma, que en algún momento pudo resultar placentero, nunca desaparece. Uno llega a acostumbrarse a él, como a la bala enquistada junto al hueso, que no te matará, pero que te molestará un poco en las noches de frío.&lt;br /&gt;¿Cómo no pensar en el psicoanálisis, ese remedio a medias? Es incapaz de curar las heridas, porque pueden ser tan profundas que nunca cerrarán. Sin embargo logras algo de paz: estarán abiertas, pero al menos anestesiadas. Tus fantasmas no desaparecerán: sólo te acostumbrarás a vivir con ellos, a tenerlos dentro de ti sin terror. Tampoco con gusto, pero no te matarán, como sí te mataría -el alma, el cuerpo, la inteligencia, qué más da- una buena neurosis de angustia o un delicioso delirio de persecución.&lt;br /&gt;Pero uno huye del psicoanálisis o de las pastillas antidepresivas o de cualquier cosa -caricias, palabras de alivio- sobre la que no tenga control absoluto, como si hubiese algo sobre lo que se pudiera tener control. Uno -el héroe de su película particular- cree que por sí mismo podrá encender la luz y hacer que las sombras se vayan por arte de abracadabra. Entonces se escoge el mecanismo de sobrevivencia que encuentra más a mano, el que ha dado vida a refranes como "un clavo saca otro clavo" o "el fuego se combate con fuego": sustituir un dolor con otro dolor, como se sustituye una mujer por otra, un trabajo malo por otro peor, un golpe contra la pared por la muela que palpita y palpita y palpita y no deja dormir. El dolor viejo pasa a segundo plano y el nuevo, rozagante, fresco, joven, salvaje, se instala y roe y duele más, pero al menos es un cambio, y durante algún tiempo uno cree que la situación es manejable. El dolor envejecerá y se enquistará, y entonces uno se buscará otro que lo alivie. Y así sucesivamente.&lt;br /&gt;De dolor viejo a dolor nuevo, uno va llenándose de agujeros que supuran aunque se hayan olvidado, que nunca dejan de supurar. Y de pronto, zaz, uno tiene tantas heridas pendientes que se encuentra con que está muerto. Camina, pero está muerto. Come, pero está muerto. Llora -si es que quedan fuerzas para llorar, si es que uno sabe llorar- pero está muerto. En el espejo, el rostro de la muerte goza de inmejorable salud.&lt;br /&gt;(Se dice que uno vive sólo porque es capaz de despertar- actuar-dormir-despertar. Pero está muerto.)&lt;br /&gt;William Styron habla de su proceso depresivo en Esa visible oscuridad. Lo hace lúcidamente, fríamente, como diseccionando. No muy en el fondo la frialdad oculta el miedo de tocar eso y reactivarlo: el dolor tan grande que inmoviliza, la parálisis que es convulsiva, la convulsión tan violenta que lo mantiene a uno quieto en el mismo lugar, a mil temblores por segundo, tantos que nadie es capaz de ver tanto movimiento, ni siquiera uno mismo. Uno se niega a darse cuenta de que esa quietud enferma está llena de desesperación.&lt;br /&gt;(En estas cosas se es necesariamente vago. Uno no sabe cuáles son las palabras precisas para hablar de ese limbo, y no desea saber de tecnicismos porque las descripciones mienten ante el recuerdo de las sensaciones. Se puede pecar de incoherente. Pero uno ha estado dentro del pozo y, haya o no llegado al fondo, sabe lo que dice. Uno quisiera no saber lo que dice, pero lo sabe.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo se llega a una depresión? Los psiquiatras, psicólogos y neurólogos sabrán su oficio.&lt;br /&gt;Styron se involucró en su propio caso, consultó textos, habló con especialistas; quizá su modo personal de salir del agujero pasó por la comprensión de lo que física y psíquicamente le estaba ocurriendo.&lt;br /&gt;Uno carece de la lucidez necesaria para verse a sí mismo de reojo y decirse: Bueno, pues, así las cosas. Sólo queda el miedo de volver a ese lugar.&lt;br /&gt;Un lugar: eso es. La depresión parece ser un lugar común en el sentido más literal del término: todos los que caen en ella llegan al mismo páramo, sufren los mismos ataque de impotencia y sienten las mismas punzadas de adrenalina y el mismo insomnio o el mismo sueño incontrolable.&lt;br /&gt;Un lugar. Se puede pensar en Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes: el síndrome del amor es similar en todos los enamorados. Todos viven el mismo mundo de sensaciones, dudas y alegrías; sin embargo para cada uno el amor existe de un modo íntimo y único, y siempre es la primera vez, aun en una vida llena de amores.&lt;br /&gt;Barthes descubrió que existe un código común a todos los enamorados: la ausencia desencadena las mismas dudas en cada uno de los que aman, una mirada a otro es capaz de crear celos incontrolados, todos suspiran del mismo modo y se preguntan si son amados casi con las mismas palabras. Existe, en algún lado, el lugar del amor en el que, a pesar de ser tan frecuentado, el enamorado se encuentra solo, en su propia nube, con la imagen de la persona amada -no con la persona amada- como único motivo para estar allí. Pero está solo.&lt;br /&gt;Jorge Jufresa, historiador y músico, lleva un poco más allá la idea: partiendo de que el amor cambia los códigos, dice que existe música exclusiva para los enamorados; que esa música, en un estado normal del alma, puede ser rechazada por cursi o por fácil, pero allí, en el lugar del amor, se descubre su sentido más profundo. Se puede pensar en Agustín Lara sin ninguna vergüenza, se puede escuchar con placer.&lt;br /&gt;(Lo anterior no está sujeto a un análisis racional; el raciocinio crea guerras, no idilios. Pero puede hacer un experimento: enamórese y, cuando comience a pensar como en el libro de Barthes, escuche Santa, Aventurera o Pervertida. Entonces sabrá. También puede intentar con Charles Aznavour o Perry Como.)&lt;br /&gt;La depresión, pues, es un lugar muy recurrido. Pero uno llega y se encuentra solo, nada se mueve. Su música es un zumbido que crece y crece hasta que ya no se escucha más: uno se ha quedado sordo y está demasiado cansado para tratar de leer los labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno recuerda y parece que la depresión siempre se estuvo allí; que nació, creció, comió, hizo el amor, tuvo hijos, fue al baño y al cine, durmió, despertó y fue feliz sin haber estado en otro lugar que la depresión. Que ésta siempre estuvo como telón de fondo, como razón para que se hiciera todo lo que se hizo. Y uno está seguro de que no fue así, pero la tentación de creerlo es poderosa.&lt;br /&gt;Uno recuerda The Wall, de Alan Parker, y piensa: Bueno, lo mío no fue para tanto. No estuvo la droga de por medio, no hubo un padre muerto en la guerra, uno no es una estrella de rock.&lt;br /&gt;Pero la idea está allí: Pinky reescribe, recompone, reentiende toda su vida en función de la depresión. Desde que era un recién nacido vivió en la depresión. Adopta una rata que le transmite el tifus (pudo ser otra cosa), pero nunca hubiera adoptado a la rata ni la hubiera cuidado y querido si no hubiese sido por la depresión que lo atacaría veinte años después.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-4203964307810645563?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/4203964307810645563/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=4203964307810645563' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/4203964307810645563'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/4203964307810645563'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/08/sobre-la-depresin.html' title='Sobre la depresión'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-76004283709086273</id><published>2007-07-03T00:02:00.000-06:00</published><updated>2007-07-03T00:03:00.722-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuento'/><title type='text'>Retrato de mujer con canario</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado en la revista &lt;i&gt;Hablemos&lt;/i&gt;, San Salvador, 1999, y revista &lt;i&gt;Arena&lt;/i&gt;, de Excélsior, México, 2004.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;I&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Una mujer se levanta y desayuna.&lt;br /&gt;Sale a la calle.&lt;br /&gt;Después muere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;II&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Una mujer se levanta de la cama. Tiene dolor de espalda: una mala posición, talvez, o el aire frío que se coló entre la ropa de cama mientras dormía. Nada que no solucione un baño tibio. (El tiempo pasa.)&lt;br /&gt;Durante el sueño tuvo un sueño. Soñó que era un pájaro. Volaba. No recuerda lo que veía mientras volaba, sólo la sensación de volar. Tampoco puede traducir a palabras lo que sentía, ni ubicarlo en lugares de su cuerpo: era un pájaro, y hay algo en su anatomía que ahora le parece imperfecto.&lt;br /&gt;En algún momento del sueño caía, pero lo ha olvidado: ¿cómo puede caer un pájaro que vuela?&lt;br /&gt;Piensa en desayunar. Cereal, como siempre. Se sirve un plato de alpiste, casi por error.&lt;br /&gt;El canario no canta.&lt;br /&gt;Come ante la jaula pequeños puñados de alpiste. El canario ya no está, sólo su cuerpo. Los ojos diminutos parecen ver hacia el espejo de la sala.&lt;br /&gt;La mujer se peina y sale a la calle.&lt;br /&gt;Después muere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;III&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Una mujer, se levanta y desayuna alpiste. Su canario ha muerto.&lt;br /&gt;Sale a la calle.&lt;br /&gt;Siente que el pavimento pesa debajo de sus pies, que el piso se eleva, que intenta aplastarla contra el cielo. Recuerda que soñó que era un pájaro.&lt;br /&gt;Sigue caminando. A medida que camina la gente se hace más pequeña. Las cabezas de los peatones le llegan a los hombros, a las caderas. Mira a través de las ventanas de un quinto piso, de un piso doce.&lt;br /&gt;Mira hacia abajo: ve su casa.&lt;br /&gt;Recuerda que en su sueño caía, y cae.&lt;br /&gt;Tirada en el piso de la jaula, su cuerpo de canario piensa que, si pudiera volar hacia el espejo de la sala y colocarse frente a él, no reconocería su propia cara. Podría ver sólo uno de sus ojos, y tendría que girar la cabeza para ver el otro. No podría darle la espalda al espejo, porque su espalda correría casi paralela al techo; para ver sus pies tendría que hacer una absurda contorsión del cuello, poner muy rectas las piernas, que habrían perdido el torneado que a veces ha sido su orgullo. Descubriría que ya no es ella, sino un ave; que las aves comen gusanos y mueren de frío o calor, que va desnuda debajo de su plumaje amarillo. Eso piensa.&lt;br /&gt;Después muere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;IV&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Una mujer se levanta. Se rasca. Orina. Se desnuda. Enciende el agua caliente de la regadera, después la fría, regula la temperatura.&lt;br /&gt;Se mira las piernas. Le gustan. Se sonríe. Se enjabona.&lt;br /&gt;Se seca.&lt;br /&gt;Su canario está muerto. Los ojos abiertos ven hacia el espejo de la sala.&lt;br /&gt;Sale a la calle y vuela.&lt;br /&gt;Después muere.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-76004283709086273?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/76004283709086273/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=76004283709086273' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/76004283709086273'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/76004283709086273'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/07/retrato-de-mujer-con-canario.html' title='Retrato de mujer con canario'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-4798301299345842567</id><published>2007-07-02T00:10:00.000-06:00</published><updated>2007-07-02T00:14:11.733-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuento'/><title type='text'>Los motivos</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Publicado en la revista &lt;/span&gt;&lt;i style="font-weight: bold;"&gt;Hablemos&lt;/i&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;, San Salvador, 1999.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. MOTIVOS PARA EL AMOR.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella le arranca el ojo que le queda y las carcajadas suben por la escalera, se deslizan por la alfombra del pasillo y se alzan ante el espejo del baño, que no refleja a nadie.&lt;br /&gt;Él, ya sin ojos, se da cuenta de que no podrá verse en ese espejo cada vez que se afeite, y las carcajadas se hacen más fuertes aún.&lt;br /&gt;Ella le arranca un brazo, luego un riñón. Las mandíbulas les duelen de tanto reír.&lt;br /&gt;Ella le arranca la boca y él calla para siempre.&lt;br /&gt;Ella le pregunta qué pasa. Él no responde.&lt;br /&gt;Ella llora: ¿en qué ha fallado?&lt;br /&gt;Él la consuela en silencio. Ella lo besa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. MOTIVOS PARA EL DESAMOR.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él le patea las costillas. Ella sonríe y logra respirar sin perder la secuencia natural de su aliento.&lt;br /&gt;Ella le dice que le ama.&lt;br /&gt;Él le da un beso en la frente y la alza del piso, jalándola de ese cabello luminoso que le gusta como nada en el mundo.&lt;br /&gt;Él la arrastra hasta la cama. Ella grita con llanto: su fémur está roto desde hace una semana.&lt;br /&gt;Duermen.&lt;br /&gt;Siguiente día: él la ignora durante el desayuno. Ella se va de casa. Él la extraña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. SU MANO IZQUIERDA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Uno –cuenta, y alza el meñique.&lt;br /&gt;Todas las aves caen del aire y de los árboles, de los campanarios y las cornisas. El cielo deja de tener sentido, y los cazadores, y los silbidos casuales de los adolescentes que salen de la escuela.&lt;br /&gt;–Dos –decreta, y alza el dedo anular, aprisionado por un anillo de matrimonio.&lt;br /&gt;El sol se apaga, y se apaga el brillo de todos los ojos. Ya no hay espejos. Las luciérnagas vuelan con la urgencia de los ciegos.&lt;br /&gt;–Tres –solloza, y alza el dedo medio.&lt;br /&gt;El mar se hunde en la arena; los ojos se secan. Ya no hay barcos ni remos. Los marineros buscan una tubería, una fuente, una fosa séptica, y sólo encuentran sus propias manos resecas.&lt;br /&gt;–Cuatro –grita, y alza el índice.&lt;br /&gt;Los relojes se detienen. Las campanas se desploman. Las sillas se quiebran. Los perros ya no aúllan. Los timbres y las sirenas ya no suenan.&lt;br /&gt;–Cinco –susurra, y alza el pulgar.&lt;br /&gt;El aire –tan sólo queda el aire– lleva su última palabra hasta los oídos sordos de todos los hombres y mujeres. Nadie ha contestado a su ultimátum.&lt;br /&gt;Cierra los dedos en un puño y regresa a casa. Cuenta los pasos como quien cuenta un cuento. Llora aire. No escucha el eco de sus pasos porque ya no hay eco, sólo el viento.&lt;br /&gt;No ha regresado a quien llamaba. Tampoco regresará.&lt;br /&gt;Duerme. Mañana no será otro día.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-4798301299345842567?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/4798301299345842567/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=4798301299345842567' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/4798301299345842567'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/4798301299345842567'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/07/los-motivos.html' title='Los motivos'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-4943186478068465960</id><published>2007-07-01T01:01:00.000-06:00</published><updated>2007-07-01T01:19:03.050-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuento'/><title type='text'>Últimos momentos</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado en la revista &lt;i&gt;Hablemos&lt;/i&gt;, San Salvador, 1999.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. INSTRUCCIONES PARA VOLAR.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suba nuevamente en el elevador y marque el último piso.&lt;br /&gt;Baje del elevador.&lt;br /&gt;Suba hasta la azotea a velocidad regular.&lt;br /&gt;Camine hasta la cornisa más lejana.&lt;br /&gt;Salte el muro de protección y suba a la cornisa.&lt;br /&gt;De pie en la cornisa, respire profundamente.&lt;br /&gt;Cierre los ojos.&lt;br /&gt;Avance.&lt;br /&gt;Espere.&lt;br /&gt;En los segundos que le quedan de vida, dé media vuelta en el pavimento, girando sobre el eje de su cuerpo, a manera de que su cara quede en dirección al cielo. Abra los ojos.&lt;br /&gt;Repita tantas veces como sea necesario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. ÚLTIMAS PALABRAS.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y gracias especialmente a la señorita Juventina Otero, quien ha hecho posible esta transmisión, que llega en vivo hasta sus hogares.&lt;br /&gt;Y gracias especialmente a la señorita Juventina Otero, quien ha hecho posible esta transmisión, que llega en vivo.&lt;br /&gt;Y gracias especialmente a la señorita Juventina Otero.&lt;br /&gt;Y gracias especialmente.&lt;br /&gt;De verdad, gracias. Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. SÓLO UNA CALLE HÚMEDA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mamá ya no está muerta; sólo suspira.&lt;br /&gt;Papá ya no está vivo; sólo grita.&lt;br /&gt;La ambulancia ya no corre; sólo yace.&lt;br /&gt;El dolor ya no es tanto; sólo duele.&lt;br /&gt;La noche ya no es noche; sólo amanece.&lt;br /&gt;Las calles ya no están vacías; alguien viene.&lt;br /&gt;Alguien viene y no llega.&lt;br /&gt;Ya no espero a nadie; sólo trato de hablarme.&lt;br /&gt;No contesto.&lt;br /&gt;Alguien alza la mano y no es mi mano.&lt;br /&gt;Alguien corre sin pies.&lt;br /&gt;Alguien me mira. Ya no llueve.&lt;br /&gt;Al menos ya no llueve; sólo lloro.&lt;br /&gt;Alguien saca a pasear a su perro. Alguien vuelve a nacer. Alguien me habla y otro escucha.&lt;br /&gt;Alguien contesta y no soy yo.&lt;br /&gt;Si no fuera por este olor a sueño, todo estaría bien.&lt;br /&gt;Todo está bien, me dicen, pero estaría mejor si me quedara quieto.&lt;br /&gt;Pero ya no me muevo; sólo veo unos pies inmensos en el otro extremo de mi cuerpo.&lt;br /&gt;Ya no suspira mamá; sólo está muerta. Ya no grita papá; sólo está vivo.&lt;br /&gt;Ya nadie viene.&lt;br /&gt;Ya no soy yo el que piensa mi nombre. Ya no hay nombres.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-4943186478068465960?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/4943186478068465960/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=4943186478068465960' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/4943186478068465960'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/4943186478068465960'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/07/ltimos-momentos.html' title='Últimos momentos'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-5544096605118722758</id><published>2007-06-30T05:46:00.000-06:00</published><updated>2007-06-30T13:20:08.134-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Poesía'/><title type='text'>Sextina y falsos dísticos</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Escritos en algún momento entre 1981 y 1983. Inéditos. (Nótese la trampa en la rima del segundo dístico en el segundo poema: la rima del primer verso es interna.) Haga clic en las imágenes para verlas a mejor tamaño.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RoZC206uPfI/AAAAAAAAAiA/4PfLqgO61Nk/s1600-h/sextina1.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RoZC206uPfI/AAAAAAAAAiA/4PfLqgO61Nk/s400/sextina1.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5081822739219496434" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RoZC3E6uPgI/AAAAAAAAAiI/yj3Nu5gM2w8/s1600-h/sextina2.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RoZC3E6uPgI/AAAAAAAAAiI/yj3Nu5gM2w8/s400/sextina2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5081822743514463746" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RoZC3U6uPhI/AAAAAAAAAiQ/TUX0DW82tMc/s1600-h/sextina3.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RoZC3U6uPhI/AAAAAAAAAiQ/TUX0DW82tMc/s400/sextina3.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5081822747809431058" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-5544096605118722758?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/5544096605118722758/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=5544096605118722758' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/5544096605118722758'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/5544096605118722758'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/06/sextina-y-dsticos.html' title='Sextina y falsos dísticos'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RoZC206uPfI/AAAAAAAAAiA/4PfLqgO61Nk/s72-c/sextina1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-1358202524996435560</id><published>2007-06-10T23:42:00.000-06:00</published><updated>2007-06-10T23:46:01.435-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ensayo'/><title type='text'>Claudia Hernández o la renovación del cuento</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;Publicado en &lt;a href="http://centroamerica21.com/"&gt;Centroamérica 21&lt;/a&gt; en junio de 2007.&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aunque la obra de la cuentista salvadoreña Claudia Hernández aún está en elaboración, sujeta al tiempo que le falta dentro de la creación (tiene 32 años de edad), desde que comenzó a publicar relatos sueltos en el Suplemento 3000 y la revista Hablemos, a finales de los noventa, ha sido claro que se está ante un fenómeno de replanteamiento no sólo de aspectos del cuento, sino del género mismo.&lt;br /&gt;Cuando se habla de su obra –y en la mayoría de ocasiones de buena voluntad– se la liga a Julio Cortázar de manera mecánica. Quienes lo hacen se basan en factores externos: la recurrencia de “lo fantástico”, la agilidad de los relatos, un sentido del humor fino, a veces negro, siempre efectivo, y la creación de atmósferas poderosas.&lt;br /&gt;Su primer libro, Mediodía de frontera (DPI, San Salvador, 2002, republicado en Piedra Santa, Guatemala, 2007, como De fronteras) recoge, entre otros, los trabajos aparecidos en suplementos, y reúne una muestra de su obra escrita entre sus 21 y 25 años de edad. En él se muestra ya algo más que la intención de contar historias o jugar con las formas y estructuras conocidas, y más bien arma un universo en el cual caben personajes extraños, de una ternura que vista desde fuera podría parecer cruel, y juega con situaciones inéditas o enfoques bastante particulares para tratar temas cotidianos.&lt;br /&gt;Las “fronteras” del libro son múltiples: las que están dentro de cada personaje, las de la habitación o la casa que habitan y los habita, las que hay de una persona a otra. Hay quienes han querido encontrar en los relatos de este libro una visión metafórica de El Salvador de la última etapa de la guerra y de posguerra, y no se trata de una hipótesis desacertada; la aparente locura de sus situaciones y personajes, contrastada con la realidad salvadoreña, a veces parecería más un retrato en sepia que una invención.&lt;br /&gt;Quizá los textos más importantes de este libro sean “Melissa: Juegos 1 al 5”, y “Hechos de un buen ciudadano”, antologados ambos en diversas ocasiones e idiomas, así como “Demonio de segunda mano”, con el cual ganó el premio “Juan Rulfo” de Radio Francia Internacional.&lt;br /&gt;Claudia Hernández reconoce a Hans Christian Andersen como la primera y más poderosa. Es más fácil encontrar similitudes entre sus primeros cuentos con “La sirenita” (la versión no expurgada) o “La reina de las nieves” que con los textos casi teóricos de Cortázar.&lt;br /&gt;Su segundo libro, Otras ciudades (publicado antes que Mediodía de frontera, Alkimia, San Salvador, 2001), es más bien una obra de transición, de búsqueda de posibilidades y estructuras. Tiene cuentos bastante notables, como “El color del otoño” (un día del año, todas las mujeres llamadas Margarita intentan suicidarse), junto con algunos textos complejos y experimentales y otros que casi son estampas. Aunque todos los cuentos son de buena calidad, el libro es heterogéneo, y más bien constituye una “colección” de textos dispares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;UN PARÉNTESIS (IM)PERTINENTE&lt;br /&gt;La literatura es un animal de costumbres. Tiende a seguir caminos seguros, probados –a veces desgastados– por decenas y centenares de escritores que encuentran medios de expresión válidos, efectivos y duraderos en los hallazgos de algún antiguo y solitario hilvanador de historias o metáforas.&lt;br /&gt;Siempre hay innovadores en el escenario, gente que encuentra otros modos de expresión, que explora técnicas originales, ciertos giros en las temáticas o el manejo de personajes, pero rara vez aparece alguien que ponga en cuestión un género completo, que cree una tendencia, ante cuya obra uno no sepa qué pensar.&lt;br /&gt;La literatura es tan reacia al cambio que el creador del cuento moderno, Edgar Allan Poe, se encuentra a siglo y medio de distancia, un tiempo muy largo o muy corto, según el ángulo que se escoja. Se menciona también a Maupassant, nacido cuando Poe ya habia muerto, como creador del cuento moderno, pero se sujetaba a estructuras mucho más sencillas, superadas por el norteamericano, en las que a veces el simple planteamiento del tema es el cuento.&lt;br /&gt;Poe dio complejidad y profundidad al género, esa perfecta forma “esférica” que Cortázar –su nieto literario y traductor– propugnaba como ideal. Con Poe ya no se trataba simplemente de contar historias, al estilo del Decamerón, de Giovanni Bocaccio, o Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, donde lo maravilloso estaba en las historias, sino de la creación de realidades alternas completas, vistas desde los ojos de personajes que no pretendían ser copia fiel de los humanos “reales”, sino entes literarios, sumergidos en universos literarios, con vidas creíbles, pero por completo literarias.&lt;br /&gt;De Poe a Horacio Quiroga –otro de los parámetros del género– se recorrió mucho trecho y experimentación, con pocos cambios notables. Joyce, Lawrence, Anaïs Nin (la de Delta de Venus), Hemingway, jugaron, en tiempos de Quiroga, con estructuras alternas a las trazadas por Poe, más ligadas a la novela, con aportes fundamentales, pero sin definir nuevos lineamientos.&lt;br /&gt;Si Poe creó el cuento como lo concebimos ahora, Quiroga “fijó” su forma. En general los cuentos de Poe exploran en las interioridades de personajes atribulados, siempre excepcionales. Quiroga, por su parte, pone a gente ordinaria a lidiar con entornos o situaciones extraordinarias. Si se quiere, “objetiviza” el cuento: lo saca de la psique de los personajes y lo coloca en un mundo externo a éstos, siempre bajo el entendido de que lo que hay es la creación de universos radicalmente diferentes al nuestro, aunque se parezcan tanto.&lt;br /&gt;Y luego aparece Julio Cortázar, la cúspide del cuento dentro de esa vertiente. (Hay que advertir que la “línea Maupassant” sigue vigente, aún se recurre a los modos de Chaucer y Bocaccio y la experimentación no se ha detenido en las fronteras del cuento; García Márquez, Borges y Rulfo son ejemplos citables.)&lt;br /&gt;Por facilidad descriptiva, se ubica a Poe, Quiroga y Cortázar dentro de la “literatura fantástica”, y ya sabrán los académicos a lo que se refieren. Visto desde un ángulo más cercano a la creación, lo que hacen es ficción de muy alta calidad, en la que “lo fantástico” es cotidiano, y sus reglas están bien claras. Y si bien la ficción es, por definición, la negación de la “realidad real”, es también, por contraste, su afirmación: en esos mundos paralelos y coherentes podemos ver, magnificadas, las cosas de nuestro entorno y conocerlas mejor. Esto no definiría la validez de una obra literaria, pero es uno de los aspectos que hacen que ciertos autores y obras sean atractivos más allá de la gana de pasar un buen rato de ocio frente a un libro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;OLVIDA UNO&lt;br /&gt;El tercer libro publicado por Claudia Hernández es Olvida Uno (Índole Editores, El Salvador, 2005; segunda edición corregida en 2006). Es en él donde se aprecian con claridad los replanteamientos de la autora con respecto al género, de los que había fuertes vislumbres en los anteriores.&lt;br /&gt;Si ha de describirse en pocas palabras, Olvida uno es un libro de historias entrecruzadas de inmigrantes que viven en Brooklyn, provenientes de todo el mundo, gente sin nombre que puede encontrarse trabajando en cualquier cafetería, limpiando un departamento ajeno, sobreviviendo en una construcción... Unos esperan volver a su país, otros saben que no volverán, unos más esperan un golpe de suerte. Amor, interés, locura, prejuicios, solidaridad, pequeñas traiciones, todo lo que hace a los seres humanos, y en especial a ésos, a los otros, están perfilados en sus diez relatos.&lt;br /&gt;La estructura de la mayoría está trastocada, sin caer en la fórmula del “cuento novelado” o la “micronovela”, y ésa es una de las principales innovaciones. Los cuentos comienzan de manera más o menos convencional, pero no siguen el esquema de planteamiento, desarrollo y desenlace, sino “otro”. El final de la historia puede venir a la mitad del relato, y luego se arma uno nuevo que quizá no concluya; o lo que parece una “estampa” es en realidad un cuento de gran complejidad. No es que sea difícil leerlos; es que en ocasiones no hay muchos parámetros para terminar de comprender cómo están armados, ante lo cual queda el rechazo –y perderse de algo novedoso– o la aceptación, sin puntos intermedios.&lt;br /&gt;Otra característica son los personajes, todos anónimos, pero cada uno con voz y características propias. El mejor ejemplo es el relato “La han despedido de nuevo”, el más largo de la serie y eje del libro, que habla de una mujer que cambia de trabajo a cada momento para que no descubran que sufre de alucinaciones y, quizá, de esquizofrenia. Decenas de personajes pasan por sus páginas, todos con las mismas obsesiones: tener un trabajo mejor, una pareja estable o al menos adinerada, una green card, etcétera. Sin que la autora dé muchas referencias, en ese interminable monólogo de un ser colectivo, cada vez que un personaje habla el lector es capaz de verlo, escucharlo y saber de su vida tanto como se sabe de un viejo desconocido (como diría la propia Hernández en alguna página).&lt;br /&gt;Todo ocurre al ritmo a veces vertiginoso, a veces largo y tenso, de las grandes ciudades, y todo está contado por decenas de voces con decenas de matices e historias. Lo que no se dice es tan importante como lo que se grita ––si alguien es capaz de gritar en ese libro–, y bajo la aparente monotonía y casi resignación de los relatos bullen más cosas de las que hay entre el cielo y la tierra: las que hay en el interior de cada corazón humano.&lt;br /&gt;Además de los relatos, el libro tiene un “bonus” especial: su unidad. Al terminar de leerlo, y sin que la autora haya abandonado jamás el género, uno tiene la impresión de haber leído algo mucho más grande, algo similar a una novela inmensa e imposible, con todo y que el libro es pequeño y puede despacharse con comodidad en un par de horas.&lt;br /&gt;Claudia Hernández ha anunciado que tiene por lo menos tres libros terminados o en proceso de elaboración. Si continúa con la evolución que ha mostrado hasta el momento –y no hay motivo para dudarlo–, es probable que en unos años tengamos nuevas reformulaciones de un género que, desde Cortázar, ha mostrado pocas cosas nuevas e interesantes; hay varios reconocimientos internacionales que apuestan a eso.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-1358202524996435560?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/1358202524996435560/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=1358202524996435560' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1358202524996435560'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1358202524996435560'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/06/claudia-hernndez-o-la-renovacin-del.html' title='Claudia Hernández o la renovación del cuento'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-3656212294178200920</id><published>2007-04-07T09:32:00.000-06:00</published><updated>2007-04-07T10:38:21.056-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ensayo'/><title type='text'>¡Borges plagia a Menen Desleal!</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado en la &lt;i&gt;Revista de la Universidad de la Universidad&lt;/i&gt;, de Guatemala, y en &lt;i&gt;Cultura&lt;/i&gt;, de El Salvador.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1963, el escritor salvadoreño Álvaro Menen Desleal (1931–2000), con el aval de un segundo lugar en el Premio Nacional de Cultura, publicó el libro &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y maravillosos&lt;/span&gt; (Dirección General de Publicaciones, San Salvador), un evidente homenaje a Jorge Luis Borges y sus &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y extraordinarios&lt;/span&gt;, aparecidos una década &lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/Rhe8yjpB6EI/AAAAAAAAAbE/rCawaiMGJHM/s1600-h/Cuentos+breves+y+maravillosos.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 10pt 10pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/Rhe8yjpB6EI/AAAAAAAAAbE/rCawaiMGJHM/s200/Cuentos+breves+y+maravillosos.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5050713083866114114" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/Rhe9ADpB6FI/AAAAAAAAAbM/5sPoNoojfec/s1600-h/Cuentos+breves+y+extraordinarios.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 10pt 10px 10px 10pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://3.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/Rhe9ADpB6FI/AAAAAAAAAbM/5sPoNoojfec/s200/Cuentos+breves+y+extraordinarios.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5050713315794348114" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;atrás. Escritor brillante, provocador y original, de inmediato fue acusado de plagio por más de un “conocedor” de Borges.&lt;br /&gt;El título del libro y su temática parecían suficientes para la acusación, pero había otro pecado peor: el primer texto aparecía bajo el título “Carta de Jorge Luis Borges”, en la que el maestro saludaba la aparición del libro. ¿Cómo iba el gran Borges a prologar, siquiera a tomar en cuenta, a un simple escritor salvadoreño? (La autoestima literaria suele ser proporcional al tamaño del país, y El Salvador es un país pequeño.)&lt;br /&gt;El inicio del texto dice así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Mi querido amigo:&lt;br /&gt;Al conocer sus &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y maravillosos&lt;/span&gt;, pienso que no fue meramente accidental que Kafka escribiera La Muralla China: se repite en usted la nota de lo que con Bioy Casares llamamos las antiguas y generosas fuentes orientales. Se repite y se prueba &lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/Rhe_MjpB6GI/AAAAAAAAAbU/ojmNYQ8LG6U/s1600-h/Carta+-+Cuentos+breves.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 10pt 10pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/Rhe_MjpB6GI/AAAAAAAAAbU/ojmNYQ8LG6U/s200/Carta+-+Cuentos+breves.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5050715729565968482" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;mi idea de que el número de fábulas o de metáforas de que es capaz la imaginación de los hombres es limitado, pero que esas contadas invenciones pueden ser para todos, como el Apóstol.&lt;br /&gt;Limitado o no, lo cierto es que usted prueba a su vez que ese número no está en manera alguna agotado. Debo agradecerle ese descubrimiento: si repara en La perpetua carrera de Aquiles y la Tortuga verá que, en efecto, yo no solicito otra virtud que la de su acopio de informes; pero la joya la dejo allí, impenetrable, delicada, límpida, como la concibiera un día en Elea el discípulo de Parménides, negador de que pudiera suceder algo en el universo. Mas usted le da nuevo engaste y logra con intensidad lo que otros, en más de veintitrés siglos, no lograron con extensión. Por eso yo no acepto el homenaje que me rinde al declararse mi seguidor. Si de algo es usted seguidor es de sus propios sueños. […]&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;Después de hacer una valoración de cada uno de los cuentos, y de lamentar que no pudieran verse en un viaje que Menen Desleal no realizó a Buenos Aires, la carta terminaba diciendo que los relatos “son flor para los años”. La firma: “Su amigo, Jorge Luis Borges.”&lt;br /&gt;Algo es cierto: Borges no escribió ese prólogo, sino el propio Álvaro Menen Desleal. Lo dijo repetidamente hasta su muerte, y para todo el mundo fue el reconocimiento de una culpa, no la declaración de que se trataba de un juego del que Borges había trazado las reglas. Cualquier cosa que saliera de la pluma de Menen Desleal, desde ese momento, fue pasada por el rasero del plagio por académicos y escritores mucho menos talentosos, y quizá por ello mismo. Su pieza teatral Luz negra, representada casi ininterrumpidamente desde 1964 en varias partes e idiomas, ha sido vista por muchos críticos y autores salvadoreños como un plagio de algo de Samuel Beckett, aunque nadie pueda decir con certeza de qué. La costumbre ha pasado a las generaciones siguientes y basta con hacer una encuesta entre los acusadores para enterarse de que ninguno leyó &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y maravillosos&lt;/span&gt;, y la mayor parte ni siquiera &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y extraordinarios&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;Lo curioso es que ahora la “Carta de Borges” es motivo nuevamente de sospecha de plagio… pero esta vez por parte del propio Borges, o al menos de sus estudiosos y seguidores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CÍRCULO SECRETO&lt;br /&gt;En 2003, Emecé Editores publicó, en la “Biblioteca Jorge Luis Borges”, el libro &lt;span style="font-style: italic;"&gt;El &lt;/span&gt;&lt;a style="font-style: italic;" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RhfEdTpB6II/AAAAAAAAAbk/4UuwMJVhc8Q/s1600-h/El+c%C3%ADrculo+secreto.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 10pt 10pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RhfEdTpB6II/AAAAAAAAAbk/4UuwMJVhc8Q/s200/El+c%C3%ADrculo+secreto.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5050721514886916226" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;círculo secreto&lt;/span&gt;, en una “edición al cuidado de Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi”. En la página 34 aparece la “Carta de Jorge Luis Borges” escrita por Álvaro Menen Desleal para su libro Cuentos breves y maravillosos.&lt;br /&gt;En otras palabras, la “Carta” aparece como si hubiese sido escrita por Borges (y así se declara en el prólogo), lo que en términos legales podría llamarse “plagio”… si Borges lo hubiese cometido. Ese mismo texto sirvió para que el escritor plagiado fuese acusado de plagiario de Borges en 1963. El “círculo secreto” se cierra cuarenta años más tarde.&lt;br /&gt;La situación es borgiana, y de seguro el maestro y Menen Desleal hubieran tenido largo tema de conversación y diversión si se hubiesen conocido. La conclusión –es de preverse– hubiera sido que los nombres de los autores no importan, sino la pervivencia del texto; que toda la literatura es un plagio y que la historia, a través de sus inescrutables caminos, se repite y se copia a sí misma.&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RhfCqTpB6HI/AAAAAAAAAbc/u28phJuFWO4/s1600-h/Carta+-+El+c%C3%ADrculo.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 10pt 10px 10px 10pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RhfCqTpB6HI/AAAAAAAAAbc/u28phJuFWO4/s200/Carta+-+El+c%C3%ADrculo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5050719539201960050" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Quizá las compiladoras de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;El círculo secreto&lt;/span&gt; padecieran de un exceso de celo en la búsqueda de los textos dispersos de Borges; quizá encontrar un nuevo texto añada algo importante a sus carreras. Lo cierto es que se trata de un error severo, producto de una ligereza común entre muchos estudiosos con los libros que les caen en las manos.&lt;br /&gt;En efecto, las académicas argentinas (que debieron tener la obra de Menen Desleal en las manos; es lo menos que podría esperarse), como antes sus contrapartes salvadoreños, olvidaron un detalle: fijarse en la estructura de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y maravillosos&lt;/span&gt; en su nivel más básico. Es decir: en cómo está armado el libro. La estructura no deja lugar para cuarenta años de confusiones.&lt;br /&gt;Después de la portada del libro, sigue una página en blanco. Luego, la primera portadilla, en la que se lee “Colección Certamen Nacional de Cultura. 24. Cuentos Breves y Maravillosos.” Al voltear la hoja, la página legal: “Hecho el depósito que marca la ley. Primera edición: Dirección General de Publicaciones. San Salvador, 1963”, etcétera. Luego, la segunda portadilla, un poco más vistosa que la primera. En la siguiente página vienen las actas del jurado que premió el libro, y luego una nueva portadilla en la que sólo se lee: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y maravillosos. (Buenos Aires, 10 A.M.)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Ése, según todas las convenciones, es el inicio “oficial” del libro, es decir: el punto desde donde comienzan los cuentos. En la página siguiente, por si fueran pocas las señales, el lector se topa con dos epígrafes, uno de Tennyson y otro de Jules Renard. En el de Tennyson está la clave (que se repetirá al final): “…for nothing worthy proving can be proven, nor yet disproven.”&lt;br /&gt;Y en la página siguiente viene el primer cuento, titulado “Carta de Jorge Luis Borges”. No es una carta apócrifa. No es un prólogo. No es un plagio. Es el primer cuento de la colección. Y no se trata de un descubrimiento novedoso: Menen Desleal siempre lo dijo, pero nadie estuvo dispuesto a escucharlo con el humor correcto. Y también lo dijo Borges, según consta en archivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CARTAS Y DESCARTES&lt;br /&gt;El poeta guatemalteco y salvadoreño Alfonso Orantes (1898–1985), de quien su hija, la también poeta María Cristina Orantes, conserva un minucioso archivo, sí mantuvo correspondencia con Borges alguna vez. Orantes le envió a Borges una copia de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y maravillosos&lt;/span&gt;, según un recibo de correo certificado que también se conserva. La respuesta fue una carta, en papel de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, con fecha del 4 de septiembre de 1963, en la que se lee:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Señor Alfonso Orantes.&lt;br /&gt;Colonia La Rábida.&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RhfGgzpB6JI/AAAAAAAAAbs/m6paerDPWxc/s1600-h/Carta+de+Borges+a+Alfonso+Orantes.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 10pt 10pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/RhfGgzpB6JI/AAAAAAAAAbs/m6paerDPWxc/s200/Carta+de+Borges+a+Alfonso+Orantes.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5050723774039713938" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;SAN SALVADOR.&lt;br /&gt;Estimado señor:&lt;br /&gt;Mucho agradezco su carta del 29 del pasado.&lt;br /&gt;No recuerdo haber escrito la generosa y acaso justa epístola que me atribuye el señor Alvaro Menen Desleal, a quien no conozco; sospecho que se trata de un ingenioso mosaico de frases mías, tomadas de diversos textos y amplificadas por el mismo señor A.M.D.&lt;br /&gt;Ya que el volumen consta de una serie de juegos sobre la vigilia y los sueños, queda la posibilidad de que mi carta sea uno de tales juegos y travesuras.&lt;br /&gt;Suyo, muy cordialmente,&lt;br /&gt;JORGE LUIS BORGES&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;Borges comprendió desde el principio; él mismo había ejercido con fruición el juego de los textos apócrifos. Y quizá sólo fue la prisa de algunos académicos –sin descontar la mala fe de varios– lo que dio una vida difícil a Menen Desleal y atribuyó a Borges algo que nunca escribió, ni pudo escribir.&lt;br /&gt;El cuento que cierra &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cuentos breves y maravillosos&lt;/span&gt; se titula “Epílogo”. Reza así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Querido maestro Borges:&lt;br /&gt;“Mi vanidad y mi nostalgia –me digo con sus palabras– han armado una escena imposible.” De pronto despierto de un sueño y tengo su carta en las manos, como la flor de Coleridge. Entonces me repito los versos de Tennyson:&lt;br /&gt;for nothing worthy proving can be proven, nor yet disproven.&lt;br /&gt;Querido maestro Borges:&lt;br /&gt;Si este libro gana su reconocimiento, más lo deberá a su padrinazgo que a mis cuentos. Ojalá el público lo lea con aprobación, acaso porque en él reconozca la voz suya, maestro, acaso porque la práctica deficiente importe menos que la sana teoría.&lt;br /&gt;Con el agradecimiento de&lt;br /&gt;A.M.D.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;La pregunta es: ¿qué sigue? Cosas de académicos sin duda y, en el peor de los casos, de abogados de los herederos.&lt;br /&gt;Borges y Menen Desleal, por su parte, ya hicieron lo suyo. Y lo hicieron bien.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-3656212294178200920?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/3656212294178200920/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=3656212294178200920' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/3656212294178200920'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/3656212294178200920'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/04/borges-plagia-menen-desleal.html' title='¡Borges plagia a Menen Desleal!'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/Rhe8yjpB6EI/AAAAAAAAAbE/rCawaiMGJHM/s72-c/Cuentos+breves+y+maravillosos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-3822079654193486628</id><published>2007-04-02T17:45:00.001-06:00</published><updated>2007-04-11T05:08:23.794-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Textos de otros'/><title type='text'>El sepelio de los muertos, de T.S. Eliot</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Primer canto de &lt;i&gt;La tierra baldía&lt;/i&gt;. Versión (preliminar) de Rafael Menjívar Ochoa.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abril es el mes más cruel: engendra&lt;br /&gt;Lilas que surgen de la tierra muerta, mezcla&lt;br /&gt;La memoria y el deseo, entrelaza&lt;br /&gt;Raíces torpes con la lluvia de primavera, cubre&lt;br /&gt;La tierra de nieve olvidadiza, alimenta&lt;br /&gt;Un poco la vida con tubérculos desecados.&lt;br /&gt;El verano nos sorprendió al llegar a Starnbergerse&lt;br /&gt;Con un baño de lluvia; nos detuvimos en la columnata&lt;br /&gt;Y fuimos hacia la luz, hacia el Hofgarten,&lt;br /&gt;Y bebimos café, y conversamos durante una hora.&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, echt deutsch.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;Y cuando éramos niños, y mientras nos quedábamos en la casa del archiduque,&lt;br /&gt;Mi primo, me llevó en un trineo&lt;br /&gt;Y yo estaba asustada. Me dijo: Marie,&lt;br /&gt;Marie, agárrate bien. Y nos precipitamos.&lt;br /&gt;Allí te sientes libre, en las montañas.&lt;br /&gt;Leía durante buena parte de la noche, e iba al sur en el invierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué son estas raíces que se atascan, qué ramas crecen&lt;br /&gt;De estos desechos pedregosos? Hijo de hombre,&lt;br /&gt;No puedes decirlo, ni adivinarlo, pues sólo conoces&lt;br /&gt;Un montón de imágenes rotas, donde golpea el sol,&lt;br /&gt;Y el árbol muerto no da amparo, ni alivio el grillo,&lt;br /&gt;Ni sonido de agua la piedra seca. Sólo&lt;br /&gt;Hay sombra bajo esta roca roja&lt;br /&gt;(Ven bajo la sombra de esta roca roja),&lt;br /&gt;Y te mostraré algo diferente de las dos,&lt;br /&gt;Tus sombra que por la mañana te persigue apresurada&lt;br /&gt;Y tu sombra que por la noche se alza para recibirte:&lt;br /&gt;Te mostraré tu miedo en un puñado de polvo.&lt;br /&gt;&lt;blockquote style="font-style: italic; color: rgb(0, 0, 102);"&gt;Frisch weht der Wind&lt;br /&gt;Der Heimat zu.&lt;br /&gt;Mein Irisch Kind,&lt;br /&gt;Wo weilest du?&lt;/blockquote&gt;"Me diste jacintos hace un año, por primera vez;&lt;br /&gt;Me llamaron la muchacha de los jacintos."&lt;br /&gt;--Aunque cuando regresaste, ya tarde, del jardín de los jacintos,&lt;br /&gt;Tus brazos repletos, tu cabello húmedo, no pude&lt;br /&gt;Hablar, me fallaron los ojos y no estaba&lt;br /&gt;Ni viva ni muerta, y nada sabía&lt;br /&gt;Mientras miraba, en el corazón de la luz, el silencio.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Od' und leer das Meer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madame Sosostris, famosa clarividente,&lt;br /&gt;Tuvo un fuerte resfriado, así se la conozca&lt;br /&gt;Como la mujer más sabia de Europa&lt;br /&gt;Con un mazo de cartas endemoniadas. Aquí, dijo,&lt;br /&gt;Está su carta, el Marinero Fenicio ahogado.&lt;br /&gt;(Ésas son perlas que fueron sus ojos. ¡Mire!)&lt;br /&gt;Aquí está Belladona, la Dama de las Rosas,&lt;br /&gt;La dama de las dificultades.&lt;br /&gt;Aquí está el hombre de los tres mazos, y aquí la Rueda,&lt;br /&gt;Y aquí está el mercader tuerto, y esta carta,&lt;br /&gt;Que se encuentra en blanco, es algo que lleva él a la espalda&lt;br /&gt;Y que se me prohíbe ver. No encuentro&lt;br /&gt;Al Ahorcado. Tema a la muerte por agua.&lt;br /&gt;Veo multitudes caminando en círculos.&lt;br /&gt;Gracias. Si ve a la querida Sra. Equitone,&lt;br /&gt;Dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:&lt;br /&gt;Una debe ser cuidadosa en estos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ciudad irreal:&lt;br /&gt;Bajo la niebla parda de un atardecer de invierno,&lt;br /&gt;Una multitud fluía por el Puente de Londres, tantos,&lt;br /&gt;No pensé que la muerte hubiera desechado a tantos.&lt;br /&gt;Suspiros, cortos y poco frecuentes, se exhalaban&lt;br /&gt;Y cada hombre fijaba los ojos ante de sus pies.&lt;br /&gt;Fluían colina arriba y bajaban por la calle King William,&lt;br /&gt;Donde Santa María Woolnoth preserva las horas&lt;br /&gt;Con un sonido muerto en el golpe final de las nueve.&lt;br /&gt;Allí vi a uno al que conocía, y lo detuve gritándole "¡Stetson!&lt;br /&gt;"¡Tú estuviste conmigo en las naves que iban a Milae!&lt;br /&gt;"Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,&lt;br /&gt;"¿Ha comenzado a retoñar? ¿Florecerá este año?&lt;br /&gt;"¿O ha perturbado el frío súbito su lecho?&lt;br /&gt;"Mantén entonces, oh, alejado al perro, que es amigo de hombres,&lt;br /&gt;"O con las uñas lo sacará de nuevo.&lt;br /&gt;"¡Tú! &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Hypocrite lecteur!—mon semblable,—mon frère!&lt;/span&gt;"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-3822079654193486628?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/3822079654193486628/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=3822079654193486628' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/3822079654193486628'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/3822079654193486628'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/04/el-sepelio-de-los-muertos-de-ts-eliot.html' title='El sepelio de los muertos, de T.S. Eliot'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-8070369432780587516</id><published>2007-03-06T19:46:00.000-06:00</published><updated>2007-03-06T19:54:49.954-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ensayo'/><title type='text'>Los guardaespaldas</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fragmento de la tercera parte del &lt;i&gt;Manual del perfecto transa&lt;/i&gt;, PROMEXA, México, 1999.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;¿Quién es el que anda por allí?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="Prrafo1"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;En algún momento, como el lector habrá adivinado, el Guardián del Fuego tuvo graves problemas con sus gobernados. Casi todos lo soportaban por el simple hecho de que, demonios, no terminaban de entender qué era aquello del gobierno&lt;a style="" href="http://www2.blogger.com/post-edit.g?blogID=14531283&amp;postID=8070369432780587516#_ftn1" name="_ftnref1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, y alguien tenía que encargarse de eso. Pero había algunos que no sólo no lo querían como jefe, sino tampoco como habitante del planeta. Entre ellos se encontraban:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p class="Prrafo1" style="margin-left: 50.15pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;a) &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;los que sentían que el Guardián del Fuego era un abusivo, y&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="Prrafo1" style="margin-left: 50.15pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;b) &lt;span style=""&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;los que querían ocupar su lugar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Ambas categorías estaban integradas por las mismas personas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;En esa época las diferencias se resolvían de manera violenta e irracional, no de forma civilizada y pacífica, como en la actualidad, y la vida del Guardián del Fuego corría constante peligro. Así comenzó a sospecharlo la tercera o cuarta vez que una piedra se desprendió inexplicablemente a su paso y casi lo aplastó, y la décimasegunda vez que una lluvia de flechas envenenadas se precipitó sobre el lugar por el cual en ese preciso momento tenía que haber pasado según su programa de actividades, pero no lo hizo por uno de esos retrasos que desde esas épocas sufren los funcionarios públicos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El Guardián del Fuego era, como ya se dijo, un tipo listo y muy fuerte, y en la tribu no había quien lo venciera en una lucha cuerpo a cuerpo. Pero tenía varios factores en contra:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;1. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Estaba solo: era el único miembro del gobierno.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;2. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los de la tribu eran un montón.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;3. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;No sabía cuántos de ese montón, ni cuáles, querían matarlo, de preferencia a traición, aunque intuía que todos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;4. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Todavía no se habían inventado las puertas&lt;a style="" href="http://www2.blogger.com/post-edit.g?blogID=14531283&amp;postID=8070369432780587516#_ftn2" name="_ftnref2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;!--[if !supportFootnotes]--&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, y cualquiera podía entrar a su cueva y matarlo mientras dormía.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;5. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Únicamente tenía dos ojos, ubicados en la parte frontal del cráneo, que sólo podían ayudarlo a detectar el peligro cuando estaba despierto.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;6. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Las inmensas ojeras que tenía por la falta de sueño lo hacían ver menos guapo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;7. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Necesitaba dormir.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;8. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Necesitaba dormir urgentemente.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="Prrafo1"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;En fin, el Guardián del Fuego estaba en problemas, y el mayor de ellos era que se &lt;span style="color:black;"&gt;le cerraban los ojos a cada paso. &lt;/span&gt;La falta de descanso, los atentados de los que se escapaba por un pelo, y que ocurrían con mayor frecuencia; la tribu que crecía, y con ella los problemas, que además se volvían más complejos, lo hubieran tenido al borde de la paranoia si por esas fechas alguien hubiera inventado el psicoanálisis. Había que hacer algo, por el bien de la tribu (es decir de él).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Y lo hizo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Había unos prehumanos nómadas conocidos como Guar Urahs, que según los antropólogos florecieron en la región meridional de América del Norte. (&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"  style="font-size:100%;"&gt;Algunos filólogos creen que de esa raza se deriva el término “guaruras”, utilizado para designar a los guardaespaldas en lo que ahora se conoce como México. Los naturalistas, a su vez, han demostrado, a partir de restos encontrados en excavaciones y análisis de ADN, que dicha especie es una de las pocas que no ha presentado evolución genética alguna dentro del reino animal, y que los Guar Urahs actuales son muestras vivientes de la prehistoria de la humanidad.) &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Se dedicaban al saqueo de víveres y bienes, al robo de mujeres y a sembrar el miedo entre las tribus sedentarias de la zona; en suma, se divertían como locos. El Guardián del Fuego había logrado que su tribu se librara de sus incursiones, sobornándolos con generosas raciones de comida (que los Guar Urahs, en su lenguaje primitivo, llamaban “mordida”) y prestándoles algunas mujeres bajo el compromiso de que las devolvieran en condiciones de uso.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El Guardián del Fuego llamó al líder de los Guar Urahs, y durante doce días y doce noches intentó convencerlo de lo importante que era la unión entre los dos tipos básicos de caracteres predominantes: los hombres de tipo intelectual (como el propio Guardián del Fuego) y los hombres de acción (como los Guar Urahs). El líder de los nómadas terminó con un dolor de cabeza (además de que se comió la ración de mamut de un mes y a una de sus esposas) y no entendió nada de lo que le decía. Como excelente intelectual que era, el Guardián del Fuego puso en palabras sencillas un concepto filosóficamente complejo: los Guar Urahs lo cuidarían de sus propios conciudadanos y, a cambio, recibirían un generoso pago y podrían hacer los desmanes que se les viniera en gana. El jefe de los Guar Urahs entendió de inmediato y aceptó, no sin antes comerse a otra de sus esposas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Y el Guardián del Fuego por fin pudo dormir.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Y no sólo dormir: también pudo salir de su casa y visitar a sus gobernados y pronunciar discursos (que habían sido el motivo original de los atentados: el tipo era insoportable cuando abría la boca) y, en fin, hacer la vida normal de un gobernante. A su alrededor siempre había una nube de Guar Urahs que lo cuidaban con celo, a cambio de los bienes que la propia tribu tenía que pagar para mantenerlos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;En realidad al principio nadie quiso dar un quinto (o su equivalente en pieles) para mantener al montón de prehumanos que se la pasaban golpeando gente, rayando las paredes, orinándose en las puertas, acosando a las jóvenes y cosas así; pero una incursión nocturna de los Guar Urahs los convenció de que les resultaba menos caro pagar que atenerse a las consecuencias. Y hasta eso era relativo: el Guardián del Fuego era abusivo, pero al menos había aprendido a pedir las cosas por favor y a veces se sonreía; los Guar Urahs que lo protegían se la pasaban haciendo desmanes contra los que nadie se atrevía siquiera a protestar, porque iban bien armados y sacaban sus palos y lanzas a la menor provocación.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Con la llegada de los Guar Urahs a la tribu apareció entre los humanos el germen de uno de los factores fundamentales para la fructificación de la transa: la civilización. Sin saberlo, el Guardián del Fuego había inventado varias cosas que subsisten hasta nuestros días:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;1. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los guardaespaldas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;2. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los impuestos, que servían para pagar a los guardaespaldas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;3. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El concepto de indispensabilidad de los gobernantes. Es decir: que era indispensable que él existiera para que la tribu no se sumiera en el caos y la anarquía.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;4. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los conceptos de “caos” y “anarquía”. Es decir: las desgracias que ocurrirían si él no estuviera allí.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;5. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Un nivel más elevado de transas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El Guardián del Fuego no desembolsaba un solo centavo para pagarle a los tipos que lo cuidaban. Y los tipos lo cuidaban de la gente que debía estar agradecida con él, porque en realidad todos lo detestaban. Y los de la tribu necesitaban un poco de orden para vivir en paz y armonía, pero igual hubieran podido ponerse de acuerdo entre ellos, y todos felices. En otras palabras, el Guardián del Fuego, aunque fuera un tipo insoportable, no carecía de genio: había armado todo un sistema social que servía sólo para que él pudiera gozar de toneladas de privilegios.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Durante miles de años, decenas de civilizaciones han seguido su ejemplo, para orgullo de la raza humana. Y no sólo eso: a lo largo de la historia los sistemas sociales han evolucionado cada vez más, en versiones corregidas y aumentadas de una historia muy antigua. Veamos, por ejemplo, lo que ocurría en el lejano Oriente hace unos miles de años.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;Una versión corregida y aumentada&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;de una historia muy antigua&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="Prrafo1"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Al principio, y pagara quien pagara sus sueldos, el Guardián del Fuego sin duda necesitaba que alguien lo protegiera, porque en serio lo querían matar. Y usted dirá que nunca falta un loco que quiera darle un par de balazos (o pedradas) al Guardián del Fuego, sin más motivo que el que tuvo el asesino de&lt;span style="color:black;"&gt; John Lennon, es decir ninguno. &lt;/span&gt;Pero una necesidad práctica se convirtió, con el paso del tiempo, en status (es decir en símbolo de poder), y allí fue donde las cosas se pusieron interesantes en materia de transas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;En la antigua China, la respetabilidad de los señores feudales se medía por la cantidad de dinero que eran capaces de gastar. Y no había mejor modo de gastar el dinero que mantener a gente que servía para maldita la cosa. No era extraño que un señor que se respetara, cada vez que salía de su casa, fuera acompañado por:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;2,528 soldados de a pie.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1,212 soldados de a caballo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1,212 caballos militares.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Un montón de caballos no militares.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;60 palafreneros.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;76 escoltas personales.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;16 ayudas de cámara.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;8 ministros, con sus respectivas esposas, hijos y criados (2,231 personas en total).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;4 secretarios particulares.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;11 amanuenses.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;276 amigos íntimos (sin familia, para no cargarle la mano al presupuesto).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;93 conductores de carruajes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;93 pajes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;93 criados que abrían las puertas de los carruajes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;93 criados que las cerraban.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;2 manicuristas (una para cada mano).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;2 pedicuristas (una para cada pie).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;2 peluqueros (uno para cada hemisferio craneal).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1 barbero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1 bigotero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1 esposa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1 escolta personal para la esposa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1 manicurista, pedicurista y peluquera para la esposa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;15 concubinas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1 escolta que también les hacía manicure, pedicure y les cortaba el pelo a las concubinas y, en sus ratos libres, a todos los demás de la lista, excepto el señor y su esposa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;142 hijos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;142 niñeras.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;23 perros pekineses.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1 perro de raza desconocida.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;6 eunucos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;7 cuñados y cuñadas, con sus respectivos cónyuges, hijos y criados (394 personas en total).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;17 actores (incluidos saltimbanquis y magos).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;26 músicos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;5 médicos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;2 astrólogos (siempre le gustaba tener una segunda opinión).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;2 lectores para el I Ching.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;54 cocineros personales.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;·&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;1 cocinero para la tropa, los escoltas, los caballos, la esposa, las concubinas, los músicos, los médicos y todos los demás.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Sin contar, por supuesto, los cañones, rifles, municiones, ropa, forraje, provisiones para un año, libros, instrumentos musicales, cacerolas y las posesiones personales (o equinas, en el caso de los caballos, y caninas, en el caso de los perros) de todos los anteriores, y las carretas de transporte y los conductores de las mismas. Es decir: cada vez que al señor feudal se le ocurría salir a dar una vuelta se armaba la de Dios es grande, porque con menos de 7000 personas a su alrededor se sentía solito.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Hay algo seguro: el señor feudal era estúpidamente rico; darle de comer a toda esa gente, a todos esos animales, y a la mezcla de ambos, cuesta dinero. Y también las casas en las que vivían, la ropa que vestían y todo lo que consumieran corría por su cuenta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;¿Por &lt;i style=""&gt;su&lt;/i&gt; cuenta? Bueno, es un decir: el señor feudal estaba gordo como el zángano de la colmena, y era algo muy parecido a eso: ni una sola vez, desde su nacimiento, había movido las manos más que para que se las arreglaran las manicuristas (su esposa y sus concubinas podían dar fe de ello, con lágrimas en los ojos). En otras palabras, no había trabajado ni un minuto de su vida. Pero el dinero, como es bien sabido, se genera sólo mediante el trabajo. ¿De dónde salía entonces el dinero para mantener su cortejo? Del trabajo, por supuesto, pero no suyo, sino de hombres y mujeres que no tenían ni dónde caerse muertos, a menos que tuvieran la prudencia de morirse en los arrozales, en los que trabajaban de sol a sol, y evitarle así a su familia los gastos funerarios.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los señores feudales del Oriente —y algunos del Occidente— llevaron, pues, los ideales y el comportamiento del Guardián del Fuego a niveles que éste jamás soñó. Y tenían los mismos problemas: aunque había mucha gente en su séquito que sólo andaba por allí para hacer montón, siempre estaba rodeado de soldados y escoltas personales porque eran necesarios para garantizar su sobrevivencia. ¿Quienes querían deshacerse de él? Por supuesto, otros señores feudales, para quedarse con sus tierras, pero ésos le avisaban con anticipación cuándo iban a armarle una guerra y no era necesario que anduviera de un lado para otro rodeado de todo su ejército. Los más interesados en su desaparición eran sus propios siervos, que cada tanto se hartaban de mantener los lujos del señor feudal mientras ellos se morían de hambre, y desataban sangrientas rebeliones.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;A veces, por las noches, el señor feudal pensaba seriamente durante un rato y se daba cuenta de que estaba metido en un círculo vicioso: tenía guardaespaldas (todo un ejército) porque lo querían matar, y lo querían matar porque se gastaba todo el dinero en mantener a sus guardaespaldas. Y se sentía satisfecho por eso: era una muestra de que &lt;i style=""&gt;su&lt;/i&gt; riqueza era envidiada por todos. Entonces apagaba a sangre y fuego la última rebelión y contrataba otros quinientos soldados para que lo acompañaran a donde se le ocurriera ir. Y, aunque no hubiera rebelión en puertas, seguían acompañándolo cientos y cientos de personas, porque de esa manera podía demostrar que era rico, importante, poderoso y, sobre todo, transa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Si se toma en cuenta que las rebeliones campesinas se producían cada veinte o treinta años, y que duraban unas semanas o meses, resultaba que la mayor parte del tiempo los señores feudales tenían un considerable cuerpo de seguridad a su alrededor que sólo les servía de adorno. Lo que para el Guardián del Fuego había sido una necesidad imperiosa, con el paso de los milenios se había convertido en un lujo… mientras no se desatara una rebelión de los que trabajaban para pagar ese lujo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El tiempo siguió su marcha y llegamos a todos los gobiernos nacionales de, digamos, medio siglo a la fecha. (O casi a la fecha: ya quedamos que en este gobierno las cosas son diferentes.) Y nos encontramos con que los Guardianes del Fuego han proliferado, y que han evolucionado (los Guar Urahs, por su parte, conservan su pureza genética original), y que ahora el sistema de leyes ya los afecta a ellos también. Así, pues, sus transas deben ser mucho más sofisticadas y apoyadas en la ley… que desde luego ellos mismos escriben, interpretan y hacen que se ejecute. Ya no derrochan el dinero ajeno (el dinero que se transan) en todos los lujos estúpidos que les gustaban a los señores feudales del Oriente: ahora sólo se lo gastan en &lt;i style=""&gt;algunos&lt;/i&gt; lujos estúpidos; el resto lo ahorran o con él ponen empresas o construyen mansiones para que sus padres pasen su vejez (son unos hijos excelentes). Ya no traen séquitos de tres o cuatro mil personas, y ya no visten a sus caballos con piedras preciosas, por el simple hecho de que ya no usan caballos para transportarse, y porque las joyas se desprenden muy fácilmente de la carrocería de sus limusinas y hay que bajarse en cada semáforo a recogerlas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Pero sigue habiendo un lujo al que no son capaces de renunciar: los guardaespaldas. Un funcionario no es nadie si no tiene un guardaespaldas. Y no sólo uno: mientras mayor sea el número de guardaespaldas, más importante se le considerará. Y el que tiene más guardaespaldas es el que puede pagar más, es decir: es el que ha logrado transar más dinero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;No hay que ser injustos: los Guardianes del Fuego de la actualidad (o por lo menos así era hasta el gobierno pasado) corren más peligro que nunca. Tienen intereses económicos encontrados, y tienden a resolver sus diferencias a balazos, aunque convencen a la tribu, ahora formada por millones de almas, de que en realidad tales diferencias son para determinar lo que más les conviene a ellos, los gobernados. Y aquí es donde viene una de las transas más esplendorosas y por la que menos personas protestan.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los Guardianes del Fuego en realidad se cuidan los unos de los otros. Si &lt;i style=""&gt;A&lt;/i&gt; se transa a &lt;i style=""&gt;B&lt;/i&gt; en un negocio hecho a expensas del erario público, &lt;i style=""&gt;B&lt;/i&gt; manda a sus Guar Urahs para que desaparezca a &lt;i style=""&gt;A&lt;/i&gt; del mapa. &lt;i style=""&gt;A&lt;/i&gt;, por lo tanto, tiene que contratar sus propios Guar Urahs para que lo protejan de los de &lt;i style=""&gt;B&lt;/i&gt;, y que a su vez se hagan cargo de &lt;i style=""&gt;C&lt;/i&gt;, que la semana pasada se lo transó a él. Si sólo ellos tres anduvieran en ésas, no habría mucho problema; pero el abecedario no alcanzaría para mencionarlos a todos, y los números naturales apenas son suficientes. ¿Resultado? Un país en cuyas ciudades transitan toneladas métricas de funcionarios públicos rodeados de toneladas cúbicas de guardaespaldas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los hay de bajo nivel que sólo tienen un par a su servicio, además del chofer, que es una especie de Guar Urah de inteligencia superior. Sus transas seguramente son de bajo nivel, como lo demuestra el hecho de que no necesiten de tanta protección. Pero los hay que tienen ocho, diez y hasta veinte guardaespaldas: ésos son los de las transas que realmente valen la pena, y a los que el lector de este libro emulará si se le presenta la oportunidad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Es claro, sin embargo, que no todos los que traen guardaespaldas necesitan protección. Y no porque no sean transas, sino porque son lo que llamaremos “transas de escritorio” o “de bajo nivel”, cuyos negocios se limitan a algunos taxis que dan en alquiler, un par de edificios de departamentos para renta, una tienda de souvenirs para turistas… No se llevan con narcotraficantes peligrosos, ni siquiera especulan en la bolsa de valores, y se aterrarían si les dijeran que alguno de &lt;i style=""&gt;sus&lt;/i&gt; taxistas se brincó un alto. Pero, al contratar guardaespaldas, tratan de que todo mundo, especialmente los que considera sus iguales, vean que es un tipo de lo más importante y cuya vida corre peligro… y que además es capaz de pagar guardaespaldas porque sus transas son jugosas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="Prrafo1" style="text-indent: 36pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El lector se preguntará: ¿y cuál es la transa de los guardaespaldas? Sencillo: todos los paga el erario público. Y no sólo eso: todo el mundo protesta por los abusos de los modernos Guar Urahs, pero muy pocos ponen su existencia en tela de juicio. Se considera, de algún modo, que la gente importante &lt;i style=""&gt;debe&lt;/i&gt; tener guardaespaldas: funcionarios públicos, empresarios, líderes obreros y campesinos, periodistas…&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;¿Periodistas? ¡Sí! ¡Periodistas! ¿Los que se encargan de mantener informada a la ciudadanía? ¿Los paladines la verdad? Sí, esos mismos. Pero no los que andan en la calle (y que también hacen transas), jugándose la vida en cocteles, recepciones en embajadas, comidas con los jefes de prensa y, de vez en cuando, asistiendo a peligrosas conferencias de prensa, sino los que ni siquiera salen de su oficina para hacer su trabajo, que casi siempre derivan en transas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los periodistas que salen a la calle protegidos por guardaespaldas están divididos en tres categorías:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;1. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los que creen que su vida corre riesgo por su valiente ataque a las atrocidades del gobierno.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;2. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los que creen que su vida corre peligro por su valiente defensa de las bondades del gobierno.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;3. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los que creen que su vida corre peligro por su valiente ataque a las bondades del gobierno y su valiente defensa de las atrocidades del gobierno. (Los hay a los que les cuesta trazar una línea editorial clara y, por si las dudas, se hacen de un par de guardaespaldas).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;¿Quién paga los guardaespaldas de los que defienden al gobierno? El gobierno, desde luego. ¿Y de los que lo atacan? El gobierno, desde luego. ¿Y de los otros? El gobierno, desde luego. Pero eso es el tema de un estudio mucho más extenso que el que el lector tiene entre las manos, que tal vez se publique en un futuro lejano. Por ahora, quede constancia del homenaje que este autor hace a los profesionales de la información y su valiente defensa de la verdad y, sobre todo de sí mismos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;En fin: los impuestos pagan a los guardaespaldas de casi todo el mundo, funcionarios y periodistas incluidos. Y de las esposas, hijos y amantes de funcionarios y periodistas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;No sólo eso: los impuestos también pagan los automóviles que manejan los guardaespaldas, y las motos que van despejando la calle para que pase el nuevo señor feudal y no llegue más de dos horas tarde a la reunión urgente de esa mañana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;¿No le da envidia? Es una transa magnífica, porque todo el mundo la aprueba. Vea cómo funciona el proceso:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;1. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El funcionario (o Guardián del Fuego) hace transas y se forra de dinero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;2. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El funcionario se ve en peligro: los ladrones querrán robarle &lt;i style=""&gt;su&lt;/i&gt; dinero, y otros Guardianes del Fuego (a los que transó o que intentan despojarlo) quieren desaparecerlo del mapa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;3. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El funcionario contrata guardaespaldas y pasa el recibo al erario público: el pueblo lo necesita y por eso debe protegerse. ¿Y quién va a pagar, sino el pueblo?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;4. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los guardaespaldas no pueden ir —al menos no todos— en el mismo automóvil del funcionario: tiene Cosas Muy Importantes y Secretas que debe tratar por el teléfono celular (que también paga el erario, al igual que el automóvil, que será blindado y carísimo, y el bar del automóvil blindado y carísimo) o en persona con otros igual de transas que él. Entonces hay que comprarle un par de coches a los guardaespaldas (¿adivinó de dónde sale el dinero?), pero no puede ser cualquier automóvil. Tiene que ser uno que:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 86.5pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;a) &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Cuente con medidas avanzadas en caso de ataque, que sea rápido para una fuga o una persecución y que reaccione al instante. Es decir: de los que cuestan muchísimo dinero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 86.5pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;b) &lt;span style=""&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Que vaya de acuerdo con la categoría del funcionario. Y, como todos creen que su categoría es muy elevada, los automóviles de los guardaespaldas serán de lo más lujoso que el erario pueda pagar (y ya vimos que el erario da para bastante).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;6. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los guardaespaldas necesitan armas para cumplir con su tarea. (Otro pellizco al erario.)&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;7. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los guardaespaldas deben comer (otro pellizco) y necesitan instalaciones en la casa del funcionario para vivir (una tarascada).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 34pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;8. &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Y así sucesivamente.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Lo curioso es que en ninguna parte encontrará usted una partida presupuestal en la que se diga: “Sueldo para guardaespaldas: Tantosmil pesos.” Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, y en la ley no se prevé que el erario público le pague a los guardaespaldas, a menos que sea usted presidente o algo igual de elevado. Y los funcionarios públicos de alto nivel serán transas, pero respetan la ley, y jamás pondrían la fea palabra “guardaespaldas” en su lista de gastos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Entonces ¿cómo es que viven los guardaespaldas del presupuesto nacional?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Si va a la Cámara de Diputados, la de Senadores y otros lugares donde se reúnen nuestros representantes ciudadanos, verá que muchos de los que andan por allí tienen uno o dos o tres o muchos guardaespaldas. Si logra obtener su reporte de gastos y lo revisa, llegará a la conclusión de que:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 50.15pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;a) &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los guardaespaldas que está viendo son producto de su imaginación.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 50.15pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;b) &lt;span style=""&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Los propios diputados, contrario a lo que dice este libro, pagan con sus sueldos a quien los protege.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 50.15pt; text-indent: -14.15pt; text-align: justify;"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style=""&gt;c) &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Las dos anteriores.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Falso. Los guardaespaldas son demasiado concretos para que usted se los esté imaginando (¿quién tiene la imaginación suficiente para inventarse algo así?) Y los diputados, que después de todo son nuestros representantes ciudadanos, cuidan cada centavo del dinero de los contribuyentes… al menos en el rubro que corresponde a su salario, bonos, viáticos y, fundamentalmente, gastos en los que debe incurrir para cumplir con la delicada tarea que le ha asignado la ciudadanía. Lo único que hallará será que se le paga una cierta cantidad a dos o tres o siete “ayudantes” o a un montón de personas que caen en la categoría de “personal secretarial”. Un guardaespaldas es entonces una especie de secretaria ejecutora (también las hay ejecutivas) demasiado grande y fea para que el patrón se atreva a dictarle cartas sobre sus rodillas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="line-height: 100%;" lang="ES-TRAD"&gt;Los señores feudales del Oriente podían llevar un séquito de miles personas no sólo porque el presupuesto público era de su propiedad privada, sino porque los señores feudales eran muy pocos y &lt;i style=""&gt;todo&lt;/i&gt; el presupuesto era para ellos. Ahora hay muchos séquitos alrededor de muchos señores, pero entre todos se gastan más de lo que se gastaba el señor feudal en sus épocas de mayor derroche. ¿Las cosas cambiaron? ¡Por supuesto! Ahora la riqueza se reparte entre más. Y, al ritmo al que va mejorando la distribución de la riqueza, quizá dentro de otros dos millones de años todos podremos tener nuestro propio guardaespaldas (los Guar Urahs se reproducen a un nivel aceptable, y para ese entonces de seguro alcanzarán), y ya no necesitaremos de gobernantes ni representantes ni nada. Por ahora es privilegio de muy pocos, pero es un ejemplo de cómo las personas de tipo intelectual (licenciados en su mayoría) hacen un interesante equipo con las personas de acción (los descendientes directos de los antiguos Guar Urahs), y de cómo en ese feliz encuentro florece la transa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-8070369432780587516?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/8070369432780587516/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=8070369432780587516' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/8070369432780587516'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/8070369432780587516'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/03/los-guardaespaldas.html' title='Los guardaespaldas'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-1126784631623103888</id><published>2007-01-21T21:10:00.000-06:00</published><updated>2007-01-21T21:22:46.135-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ensayo'/><title type='text'>El objeto y sus palabras</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado por la revista costarricense &lt;i&gt;Fronteras&lt;/i&gt; en 2000 y por la Revista de la Universidad de San Carlos en 2004 o 2005.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;1.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Las palabras no designan al objeto: lo evocan.&lt;br /&gt;El objeto no puede traducirse a signos (&lt;i&gt;significarse&lt;/i&gt;); los signos, incluso en la escritura ideográfica, no &lt;i&gt;expresan&lt;/i&gt; el objeto, porque “el objeto” no existe de manera perfecta: no es el mismo para todos y para cualquiera.&lt;br /&gt;Las palabras, quizá, evocan el objeto ideal de quien las emite o las percibe, o el objeto en su forma más significativa según los referentes de grupo y personales.&lt;br /&gt;Los ideogramas básicos buscan fijar el objeto arquetípico; los más complejos, revelarlo. La escritura no ideográfica es incapaz de cualquiera de ambas cosas: debe apelar a los referentes particulares del lector sin el apoyo de la imagen, sin la ilusión de una imagen.&lt;br /&gt;Los ideogramas &lt;i&gt;simulan&lt;/i&gt;. En sus formas más elaboradas, no son la sumatoria de símbolos, sino el contraste entre ellos: hay contradicción, y es en esa contradicción que se revela el significado.&lt;br /&gt;Es curioso: en la búsqueda de los arquetipos (que deberían ser imágenes perfectas e indudables) se llega a rozar lo abstracto en la representación del objeto y, en fin, se termina cayendo en el juego convencional de la escritura no ideográfica: hay que saber que &lt;i&gt;eso&lt;/i&gt; es un ojo y que esas líneas en forma de &lt;i&gt;Pi&lt;/i&gt; son piernas o representan a un ser humano, y que de la unión debe resultar un significado, si no contradictorio, al menos paradójico, que revele algo que antes estaba oculto. La lógica de la metáfora, ni más ni menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;2.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El objeto es realidad, certeza, presencia. Es &lt;i&gt;historia&lt;/i&gt;: tiene una duración (se desplaza por el tiempo) y es autosuficiente con respecto a su percepción y a las palabras que lo evocan. En el tiempo el objeto se desgasta (envejece); no sólo permanece, sino que evoluciona constantemente a través de las diferentes formas que hacen su proceso histórico: se crea, deviene y se transforma en, o se fusiona con, otro objeto u objetos (“muere”).&lt;br /&gt;Las palabras evocan momentos estáticos del objeto. Lo que en el objeto es devenir y consecuencia, en las palabras es la sumatoria de estados que en lo secuencial de las palabras, apela a los referentes que un lector y sólo él tenga con respecto al objeto y su devenir.&lt;br /&gt;Las palabras simulan (o “simulan simular”) el devenir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;3.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;En el momento de enunciar el objeto, las palabras lo niegan, cuando en realidad creemos que lo afirman.&lt;br /&gt;Las palabras tienen dos destinos posibles: desaparecer en el momento de ser emitidas —las habladas— o perdurar en su forma —las escritas.&lt;br /&gt;En una descripción oral, el enunciado —la afirmación— del objeto se esfuma en el momento en que se hace el silencio: no hay devenir, pues el objeto &lt;i&gt;no está siendo&lt;/i&gt; en las palabras, sino que &lt;i&gt;fue evocado&lt;/i&gt; por éstas.&lt;br /&gt;En un texto, el enunciado del objeto permanece estático. Serán las mismas palabras las que lo designen cada vez que se lea. Es la percepción del texto la que puede cambiar a través del tiempo, no el texto mismo. En ese sentido, el texto puede ser también un objeto con historia: deviene, pero sólo con respecto a las ideas y su evolución.&lt;br /&gt;Cada vez que se lea la descripción del objeto, éste, si aun existe, será &lt;i&gt;más diferente&lt;/i&gt; de lo que era cuando se evocó en forma de texto: las palabras hablan de momentos aislados que tampoco están siendo, que necesariamente fueron; las ideas dejan atrás al objeto en su concepción original.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;4.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Las palabras, en cualquiera de sus formas, hablan en tiempo pasado, aun las de un oráculo.&lt;br /&gt;El futuro y el presente pueden designarse mediante palabras sólo desde la misma perspectiva histórica en que las palabras designan el objeto: el futuro y el presente &lt;i&gt;no están siendo&lt;/i&gt;. En cambio, lo que se evoca está siendo de nuevo, pero no en las palabras, sino en las ideas.&lt;br /&gt;El pasado y el objeto sólo pueden &lt;i&gt;estar siendo&lt;/i&gt; de un modo propio a quien hace la evocación, y sólo para él: no es el objeto, el pasado ni todo el tiempo lo que está siendo. (El presente es instantáneo; el futuro es apenas probabilidad.) Lo que &lt;i&gt;designan&lt;/i&gt; las palabras es la percepción subjetiva de las cosas.&lt;br /&gt;Las palabras, pues, denotan el objeto. Por facilidad se habla de designación o descripción, pero éstas sólo están en la idea que el transmisor o el receptor tengan del objeto. Como el lenguaje cinematográfico: para quien no haya estado expuesto al cine, no habrá una relación de causa-efecto entre un plano general seguido de un super close-up seguido de un middle-shot: habrá imágenes o secuencias cerradas, sin solución de continuidad. Para quien no tenga una imagen del objeto, la designación o la descripción no evocarán más que el caos, si es que se entiende “caos” como “confusión”: no &lt;i&gt;denotarán&lt;/i&gt;. El significado de las palabras, por extensión, se contrastará con la imagen que se tenga del objeto que se pretenda evocar. (Si el objeto está físicamente presente, no se requiere de palabras para evocarlo: &lt;i&gt;está siendo&lt;/i&gt; en la percepción del observador.)&lt;br /&gt;La escritura ideográfica sólo hace esto más evidente: los arquetipos que plantea son paradójicamente inciertos, y necesariamente remiten a imágenes previas que existen en la experiencia del lector o escritor. En el ideograma hay imágenes que se modifican: el ideograma es imagen. En la escritura no ideográfica existe la evocación de la imagen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;5.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El objeto existe (&lt;i&gt;está existiendo&lt;/i&gt;) sin necesidad de ser designado. ¿Existe el ruido de un árbol que cae en un bosque en el que no hay nadie que escuche? Evidentemente sí, y allí está la trampa: creer que es necesario pasar el objeto por el falso tamiz de las percepciones, y de las percepciones que se convierten en palabras, para que pueda existir, o más aún: para que &lt;i&gt;esté existiendo&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;Las palabras —no todas— precisan del objeto para tener cuerpo, para dar la sensación de que tienen cuerpo y de que encierran mucho más que la percepción subjetiva del objeto. Sólo sería objetivo lo que pudiera designarse de un modo tal que el objeto evocado &lt;i&gt;fuera lo mismo&lt;/i&gt; para cualquiera, es decir: que &lt;i&gt;fuera lo mismo que las palabras y tuviera una duración y una historia semejantes&lt;/i&gt;, y recaemos en la necesidad y la imposibilidad del arquetipo: las palabras, en fin, no son &lt;i&gt;objetivas&lt;/i&gt;: de allí la dificultad de trascender el analfabetismo funcional o traducir sin que algo se pierda, algo se gane y algo se modifique para que las palabras y lo que evocan tengan sentido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;6.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Un enunciado tan bueno como cualquiera otro: lo único que las palabras pueden designar son ideas.&lt;br /&gt;Escrita la frase anterior, se cae de nuevo en la imposibilidad: las palabras no son ideas, sino el vehículo mediante el cual se transmiten. De ser cierto esto último se podría dormir a gusto, porque las ideas pertenecerían sólo al reino de las palabras.&lt;br /&gt;Pero las ideas no existen &lt;i&gt;objetivamente&lt;/i&gt; en tanto no se conviertan en palabras, al igual que un libro no tiene vida propia si no se escribe.&lt;br /&gt;Al convertirse en palabras, las ideas tienen varios destinos posibles: desaparecer en el momento de enunciarse, quedar fijas en el texto o convertirse a su vez en objetos que se perciben y modifican e interactúan entre sí y con las necesidades “objetivas” (por algo la palabra), de diversos emisores y receptores que las hacen devenir. Pero las ideas nunca serán un “objeto objetivo”. Aunque las ideas sigan el mismo proceso del objeto, aunque sean un instrumento para modificar el entorno y la concepción del objeto, siempre serán palabras y se resolverán en palabras. El “objeto objetivo” simplemente no necesita de palabras para &lt;i&gt;estar siendo&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;7.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Si las palabras se designan mediante palabras, también se convierten en objetos, hasta cierto grado. Dicho de otro modo: si las palabras se convierten en objetos, no pueden designarse.&lt;br /&gt;“Esta frase es palabras” parece una obviedad, pero es una contradicción, a menos que la obviedad sea el resultado de la contradicción: en la autorreferencia se anula la evocación, y en el mejor de los casos el efecto es nulo. En el peor (pero ¿desde qué perspectiva moral, que talvez de eso se trate?) las palabras, al designar a las palabras, entran en un loop del que sólo se puede salir renunciando a las palabras y entrando en el terreno de las ideas, que a su vez requieren de las palabras para expresarse: una desviación necesaria y, en principio, lógica.&lt;br /&gt;El ejemplo perfecto son las paradojas de Epiménides, desesperantes como una banda de Moebius (un objeto que existe aunque no pueda designarse y, de hecho, aunque sea imposible su existencia según nuestra percepción del universo y sus leyes):&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;ESTA ASEVERACIÓN ES FALSA&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;o más escuetamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;MIENTO.&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;Foucault cree que el cuadro de Magritte titulado &lt;i&gt;Esto no es una pipa&lt;/i&gt; constituye la &lt;i&gt;imagen&lt;/i&gt; de un ideograma (un juego de espejos) y la negación de que la imagen y las palabras &lt;i&gt;sean&lt;/i&gt; el objeto. (Se trata de la rosa de Borges, desde luego: la imagen y las palabras son objetos en sí mismos, aunque a la vez nombren o evoquen.)&lt;br /&gt;Pero hay más. La frase&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;ESTO NO ES UNA PIPA,&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;junto a la imagen que la acompaña o sin ella, tiene un aire de obviedad que la autorreferencia hace que se resuelva en el plano de las ideas. Decir que una pipa no es una pipa es un juego elemental; es necesaria la definición de “esto” (qué designa “esto”), de “pipa”, de la relación entre la palabra y el objeto, para encontrarle sentido a las palabras, para descubrir el objeto que evocan: para generar una idea.&lt;br /&gt;Si el cuadro se llamara “Esto es una pipa” contendría las mismas paradojas que su contrario, y la simpleza del enunciado (de ambos, en realidad) debe buscar algo de complejidad dentro de un aparato —real o no— de contradicciones —algo que el ideograma es por sí mismo— para poder evocar el objeto (la pipa, la frase debajo de la pipa) y para que la relación entre el objeto y las palabras se complete.&lt;br /&gt;La imposibilidad de la escritura de &lt;i&gt;designar&lt;/i&gt; el objeto, de &lt;i&gt;mostrarlo&lt;/i&gt;, genera ambigüedad o, más bien, plurivalencia; sólo en las ideas (producto de lo que hay de subjetivo en la percepción del objeto) y en la necesaria contradicción que encierran, sólo por contraste, se puede tener noción del objeto que se pretende evocar.&lt;br /&gt;Se llega así al contraste de percepciones del objeto según el grupo (clase, elite, sector, nación, país, familia) desde el que la percepción se genere y al que pertenezca quien percibe, además de su bagaje personal intransferible. Para un campesino y para un citadino, la frase&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;ESTO ES UN ÁRBOL&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;denotará cosas diferentes, igual que para Foucault en contraste con un botánico. (Las comparaciones son siempre necesarias: todo conocimiento es comparativo.)&lt;br /&gt;La frase implica más que el imposible arquetipo del árbol, incluso que la idea de árbol (el objeto trasciende la idea): denota necesidades, perspectivas, utilidad, experiencia de vida.&lt;br /&gt;Un leñador jamás enunciará que “esto” es un árbol: es demasiado obvio que “esto” es un árbol, y esa realidad cotidiana, por su misma cotidianeidad, no necesita de ideas ni de palabras para revelarse. Tendría sentido, acaso, la aclaración del tipo de árbol del que se habla, pero para el leñador ideal en principio sólo existen dos tipos de árbol: los que se talan y los que no se talan, en cuyo caso el enunciado es igualmente inútil.&lt;br /&gt;A alguien que hubiera vivido en medio del hielo o de las arenas habría que explicarle que “esto” es un árbol, y deberá confiar en lo que se le dice. A la vez recurrirá a las ideas y palabras (evocaciones) generadas por sus referentes cotidianos para entender lo que es “esto”, y generará nuevas palabras e ideas para ajustarse a la nueva realidad y a los nuevos objetos, para transmitir su existencia o evocarlos posteriormente.&lt;br /&gt;Dentro de esta lógica, para Foucault el enunciado podría llevar a varias preguntas posibles: “¿Qué es esencialmente un árbol?” o “¿Qué relación tiene el enunciado con un árbol?” Planteado así, el objeto no tiene importancia, sino la idea del objeto: las palabras evocan árboles que, bajo cierta experiencia de vida, serán ideas precisadas por la plurivalencia de las palabras.&lt;br /&gt;La frase:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;ESTA PALABRA ES UNA PALABRA: PALABRA.&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;que es una idea que refiere una idea, y que debería ser tan evidente como un objeto, se convierte en un juego de autorreferencias, connotaciones y significados que ya no puede resolverse en ideas y es, de hecho, una abolición de las ideas y la negación de las palabras como transmisoras de ideas. Las palabras sólo pueden designar ideas, pero no ideas que se autodesignen. Esto nos lleva de nuevo a Epiménides:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;TODOS LOS CRETENSES SON MENTIROSOS&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;y en ese caso&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;ESTA PALABRA NO ES UNA PALABRA: PALABRA,&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;ESTO NO ES UN ÁRBOL, Y&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;ESTA PIPA NO ES UNA PIPA: ESTO ES UNA PIPA.&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;Lo cual no nos lleva a ningún lado.&lt;br /&gt;Pero ¿es necesario llegar a algún lado? Las palabras, con todo, son sólo palabras, los objetos no necesitan de palabras, y las ideas, aunque precisen de ellas para existir &lt;i&gt;objetivamente&lt;/i&gt;, pueden existir sin necesidad de que se las enuncie, y entonces las palabras no tendrían más que una función ornamental.&lt;br /&gt;Lo anterior, desde luego, es falso: las ideas se resuelven en palabras. Las palabras &lt;i&gt;son ideas&lt;/i&gt;, aunque no sean &lt;i&gt;las&lt;/i&gt; ideas.&lt;br /&gt;Las palabras, también, tienen historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;8.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;En la más pura tradición bizantina, las ideas &lt;i&gt;son&lt;/i&gt; las palabras: la coherencia de las ideas depende casi exclusivamente de la coherencia de los enunciados, y más: del orden de las palabras más que de la validez de las ideas que se expresan.&lt;br /&gt;Un enunciado inicial necesariamente subjetivo (“Dios existe”), producto de un acto de fe o una convicción no demostrable físicamente, lleva al encadenamiento de ideas en el que lo importante es la efectividad de las palabras, no la representación de un objeto. Se requiere de un enunciado positivo, autocontenido e imperativo para que la idea funcione.&lt;br /&gt;Un enunciado condicional (“Si Dios existiera...”) lleva a la necesidad de evocar objetos (no la idea de los objetos) y la interacción &lt;i&gt;objetiva&lt;/i&gt; con ellos.&lt;br /&gt;En el primer caso (“Dios existe”) las palabras &lt;i&gt;son&lt;/i&gt; la idea; en el segundo, denotan ideas, el sueño indirecto del materialismo dialéctico. Muchos materialistas sin embargo, al llegar a la praxis, cayeron bajo en influjo de lo bizantino: la lógica de las palabras negó lo que designaban originalmente —“la realidad”— y creó una representación cerrada y autorreferente de una idea que, en fin, se resolvía sólo en el universo de las palabras. (De Bizancio y Moscú no salió más que la negación de las ideas: como en el caso del objeto, las palabras se resolvieron en designación o descripción; pero no hubo sólo juegos de palabras y con palabras, sino injusticia concreta: ideas objetivizadas. No se tomó en cuenta la &lt;i&gt;historia&lt;/i&gt; de las ideas, su devenir, sino que se le dio a las ideas el valor de objetos. Y las ideas sólo pueden ser objetos en el reino de las palabras.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;9.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El esperanto estaba formado por palabras sin historia: el esperanto era su propia historia, jirones de historias contradictorias.&lt;br /&gt;Sin historia (sin un devenir largo y profundo) no hay ideas que puedan denotarse, y que vivan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;10.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La representación implica formas, jerarquías (de las cuales las formas son la parte más visible), discriminación, un valor de uso que se convierte en valor de cambio.&lt;br /&gt;Es imposible pensar en un ajedrez democrático, en el que todas las piezas tengan el mismo valor, las mismas funciones. El resultado sería una suerte de juego de damas (más una habilidad que un arte) o una secuencia previsible que indefectiblemente llevará a un jugador predeterminado a la victoria y a otro a la derrota: la imagen gráfica de las palabras que se designan mediante palabras y mueren de obviedad.&lt;br /&gt;Otro riesgo es el de la confusión. Imaginemos que las figuras del ajedrez poseen todas la misma forma, diferenciadas sólo por su tamaño: los peones son los más pequeños (o los más grandes, si se quiere meter algo de ideología o contradicción en el asunto), siguen los alfiles y así sucesivamente, hasta llegar al rey, en orden ascendente o descendente de tamaños según el valor de cada pieza. En la apertura todo será sencillo: el valor relativo de las piezas será perceptible a simple vista. A medida que se avance en el juego, con la eliminación de piezas, se perderá la noción del tamaño relativo y de los valores asignados a las que resten. (Los jugadores de ajedrez son propensos a la angustia, que disfrutan, pero también al orden, que en este caso es imposible.)&lt;br /&gt;La forma no sirve sin valores, y la representación es ante todo valores, aunque evoque formas.&lt;br /&gt;La representación, en suma, es cruel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;11.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El ideograma es en sí mismo una metáfora. Hacen falta muchas palabras, forzadas en sus valores convencionales, para lograr un efecto similar, e incluso para describirlo. Las palabras no &lt;i&gt;son metáfora&lt;/i&gt;: la construyen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;12.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;¿Qué palabra representa a las palabras?&lt;br /&gt;En tanto idea, ninguna. En tanto objeto, cualquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;13.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Sólo dentro del universo de las palabras el concepto “objeto” (la idea del objeto) tiene sentido: los objetos “reales” son disímiles y múltiples (no hay objeto que sea “el objeto”, y no pueden fijarse arquetipos). Los atributos de cualquiera contradicen los de cualquiera otro; es el contexto lo que afirma.&lt;br /&gt;El objeto, en las palabras, es idea. Es decir: no puede designarse, sólo ser evocado. Ése es otro modo de plantear lo enunciado en el primer párrafo de este ensayo. Esta frase, pues, es una idea. O: Esta frase, pues, es una idea: O: Esta frase, pues, es una idea: O: Esta frase, pues, etcétera.&lt;br /&gt;La idea devenida en palabras, sin &lt;i&gt;objetividad&lt;/i&gt;, es sólo palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;14.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Las sensaciones: no pueden expresarse en palabras inequívocas: es necesario recurrir al símil para evocarlas, es decir a la contradicción, a metáforas por lo menos básicas. (Quizá, en este caso, el ideograma sea más &lt;i&gt;objetivo&lt;/i&gt; que las palabras.)&lt;br /&gt;A la aseveración “Es suave”, seguirá lógicamente la pregunta “¿Como qué?” Porque el objeto puede ser suave —o duro o frío o feo— de muchas maneras, a veces contradictorias o excluyentes. La representación del objeto, además, estará sujeta a los valores, ese terreno pantanoso.&lt;br /&gt;(Otra idea tan buena como cualquiera: hay más cercanía con el objeto en un lenguaje “primitivo” de señales y onomatopeyas que en el lenguaje de las palabras. Las ideas, quizá, alejan a las palabras de la &lt;i&gt;objetividad&lt;/i&gt;, y no hay palabras sin ideas.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;15.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Las palabras evolucionan; las ideas se refinan —nacen, crecen, se reproducen y, en la medida en que desaparecen o se disgregan para dar lugar a otras, mueren: el destino de los objetos—, y van evolucionando y deviniendo en tanto las palabras las expresen mejor. Las ideas hacen que las palabras evolucionen en su capacidad denotadora, y con ellas (con ambas) se modifica la percepción y la evocación del objeto.&lt;br /&gt;La palabra escrita inmoviliza los objetos; las ideas que se fijan en el texto. A cambio, la escritura preserva buena parte de la memoria de la especie y comunica en proporciones potencialmente vedadas a la palabra hablada.&lt;br /&gt;La palabra hablada denota la esencia de las ideas: en la secuencialidad hay descripción, pero también desarrollo, evolución, debate. Las ideas se modifican desde el momento mismo de enunciarse. Pero la palabra hablada es también la inmovilidad del objeto, porque no deviene a su ritmo ni del mismo modo; es la idea del objeto la que cambia.&lt;br /&gt;Es decir: en las palabras, el objeto es abolido en su naturaleza cambiante. Como compensación, la idea del objeto se vuelve dinámica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;16.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Los ideogramas son &lt;i&gt;simuladores&lt;/i&gt; del objeto. Las palabras remiten a ideas en las que el objeto es evocado, pero no hay siquiera el intento de representar (&lt;i&gt;simular&lt;/i&gt;) el objeto sino a través de metáforas, que son una opción &lt;i&gt;objetiva&lt;/i&gt; falsa.&lt;br /&gt;Las metáforas buscan lo esencial (desde un nivel subjetivo) del objeto. Pero el objeto no es su esencia: el objeto es a secas. El concepto “esencia” pertenece al mundo de las ideas, no de las cosas. Lo esencial sólo puede plantearse y ser en palabras.&lt;br /&gt;Las ideas plantean una realidad diferente de y para el objeto; el vínculo entre la idea (esa realidad alterna) y el objeto son las palabras. Sin palabras no puede existir una identificación entre el objeto y las ideas del objeto o la influencia de las palabras sobre la percepción del objeto. Mientras más complejo el significado de las palabras, mientras más amplio el universo de denotaciones y connotaciones, más ricas las ideas y más rica la percepción de los objetos y la interacción con ellos, la noción de la interacción &lt;i&gt;entre&lt;/i&gt; ellos.&lt;br /&gt;Allí encuentran su abono la historia y la idea de historia.&lt;br /&gt;(La historia tampoco es: depende de las palabras. El objeto sólo tiene historia, entonces, cuando se percibe en palabras. Es decir: cuando se erige en idea.)&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;San José, junio-julio de 2000&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-1126784631623103888?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/1126784631623103888/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=1126784631623103888' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1126784631623103888'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1126784631623103888'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/el-objeto-y-sus-palabras.html' title='El objeto y sus palabras'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-8292548703785007347</id><published>2007-01-20T21:54:00.000-06:00</published><updated>2007-01-21T01:13:23.801-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Otros'/><title type='text'>Desfile. 1979-1981</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fragmento del texto &lt;i&gt;Mujer en la ventana&lt;/i&gt;, inédito, escrito entre 1979 y 1981.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mira: son la tiritas de papel de colores, serpentinas que caen hacia arriba y, sí, es el desfile otra vez, lleno de coches que van para dónde y de gente que ríe para qué y de muchachas arriba de las carrozas y las flores y que agitan las manos con sonrisas para quién y desde el fondo de qué lugar escondido tras esos pechos cubiertos de lentejuelas bordadas en tafetán del más brillante&lt;br /&gt;y hay un señor de chistera en esa carroza, ¿lo ves?, esa carroza que no es carroza, y viste un smoking que sólo puede ser rentado y su cara de rockefeller en su noche de derroche en un restaurante muy caro de más allá de los mares, pero sólo es la actitud, la ac-ti-tud, porque rockefeller nunca estaría tan pálido como él, ni tan flaco y encorvado de tantas hambres que ha pasado en la vida y en el último mes en particular porque tuvo que ahorrar y ahorrar para el alquiler del smoking sólo para este desfile, sólo para subirse en esa carroza, sólo para que lo vieran sonreír así, como nunca había sonreído; podrías jurar que cuando el sol caliente otro poco más, no mucho más, se desmayará y se caerá del toldo de ese chevrolet 53 cubierto con adornos de papel de china; un señor —sí, ése mismo— que gesticula y grita pero quién va a oír lo que dice, porque el ruido, ¿sí te das cuenta?, el ruido no deja oír ni siquiera la voz que sale del pecho de uno mismo, es decir tu pecho, y la gente, mucha gente, caminas entre oleadas de gente que no te dejan atravesar la calle y llegar hasta donde está Ella, nunca se podrán juntar tú y Ella, dónde está Ella, no hay Ella, no te preocupes, sólo estás soñando con un desfile, con un montón de carrozas que reptan lentamente por la calle, el señor de chistera que se te hace tan pero tan conocido, casi podrías decir su nombre, casi podría tener tu nombre, como si ayer mismo por la noche, antes de dormir y soñar, hubieras platicado horas y horas con él mientras se emborrachaban y cantaban juntos canciones del alma y se decían abrazados eres mi mejor amigo, de veras eres mi mejor amigo, salud; y no es que el tipo de chistera te caiga bien: los amigos necesitan ser simpáticos para ser amigos ni los parientes (pariente: que está pariendo; no seas tonto)&lt;br /&gt;y ya vas a despertar, ya casi, unos minutos o segundos más, quizá ya abriste los ojos tentativamente, pero si los abriste sigues viendo hacia dentro y lo que ves son las tiritas de papel tiritante, serpentinas que caen hacia arriba, y el confeto también, mucho confeti, una maravilla de papel coloreado que intenta caer hacia abajo pero en vano porque Newton no vino al desfile, porque el mundo de esta película está loco: ¿ya viste que el señor de la chistera —pariente o amigo o lo que sea— está cabeza abajo y así va subido en el coche, y el coche también va al revés, con las llantas bien pegadas al aire, a los papelitos que danzan sobre el aire, la cabeza de todos cabeza abajo, y tú recuerdas —sí, estás a punto de despertar, faltan apenas unas micras, no más— que ya has tenido antes este sueño, que hace mucho tiempo tuviste siete años, igual que ahora en el desfile, y que una vez, sólo una vez, fuiste a aquel restaurante que estaba —está— en la casi esquina de Insurgentes y Antonio Caso con tu madre y tu hermano, qué pobrecitos éramos en aquel tiempo, es decir ahora mismo, con el mundo al revés y todo&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-8292548703785007347?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/8292548703785007347/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=8292548703785007347' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/8292548703785007347'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/8292548703785007347'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/desfile-1979-1981.html' title='Desfile. 1979-1981'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-926573726928567750</id><published>2007-01-20T21:00:00.000-06:00</published><updated>2007-01-21T01:12:29.602-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Trece: Mujer en la ventana</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fragmento de la novela &lt;i&gt;Trece&lt;/i&gt;, publicada por el Instituto Mexiquense de la Cultura, Toluca, 2003, y por editorial Cénomane en Le Mans, en 2006, en traducción de Thierry Davo.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con las primeras mujeres hubo algo de maravilloso que no podía repetirse, y que no se repitió. Había una sorpresa en cada cosa que ocurría. Después uno creyó que las cosas eran tan sencillas como esas primeras veces, como con la primera mujer: se guiaba por los gemidos, por las reacciones del cuerpo que tenía entre los brazos, a veces violen-tas, a veces de una sutileza enloquecedora. No había recetas, no había premeditación: un movimiento llevaba al otro, un toque daba la pista para el toque siguiente, un beso se convertía en luz o llanto, un olor era el fuego que producía la luz o que evaporaba las lágrimas, todo maravilloso.&lt;br /&gt;Después uno se dio cuenta de que las reacciones pueden fingirse, y que los gemi-dos pueden ser de plástico. Muchas cosas dejaron entonces de tener importancia. La seducción se convirtió en un ritual controlado, en una sucesión de palabras, hechos y pensamientos predefinidos que llevaban a un final egoísta. Si cada uno cumple con su papel, todo está bien: el ritual debe respetarse, el placer debe tener un límite, la pasión es, digamos, algo de lo que se prescinde en aras de que todo vaya como debe ir.&lt;br /&gt;Uno empieza a ponerse viejo cuando ya no sabe qué reacción del cuerpo o del es-píritu es cierta o falsa, qué sonrisa esconde amargura, qué indiferencia esconde sonri-sas, qué gritos de odio esconden amor, qué gemidos son de aburrimiento y cuáles de placer, qué nombre es el que uno mismo pronuncia con deseo y cuál con lástima o de-sesperación. Uno se pone viejo cuando necesita convencer al compañero de cama de que todo está bien, de verdad, fue único, nunca como hoy, te amo.&lt;br /&gt;La segunda fue la mujer de la ventana. Era la mujer perfecta y lejana (perfecta por lejana) que no exigía nada sencillamente porque no existía, y a la que no le pedía más que ser el material del que estaban hechos mis sueños. Yo tenía quince años y tanto amor que sólo podía dárselo a alguien que pudiera vivir sin él. Era amor, de eso nunca hubo duda. Un amor tan profundo como todos los amores imposibles e inexpertos, tan egoísta como el amor de un niño. No había hablado jamás con ella (¿cómo hablar con un sueño?), no la había visto en otro lugar que no fuera su ventana, en la planta alta de una casa verde del puerto, detrás de unos cristales, asomada hacia la calle con unos ojos que apenas adivinaba, pero que en mi imaginación contenían el universo.&lt;br /&gt;Se paraba del otro lado de su ventana a eso de las tres de la tarde y se quedaba allí media hora, quince minutos, una hora, toda la eternidad, viendo hacia ninguna parte. Desde mucho antes de la hora me paraba del otro lado de la calle, apoyado en un árbol que era incapaz de ocultarme, pero que me mantenía aferrado al mundo. Me apoyaba en él y sentía en el brazo la textura rugosa de su corteza; me raspaba, me dolía, dejaba marcas. El dolor era algo terrenal que evitaba que me volviera loco de amor. Ella no parecía fijarse en mí. Miraba hacia el frente, por encima del árbol que me protegía, como viendo algo que estuviera oculto a los ojos humanos. Detrás de mi árbol no había nada: un terreno baldío, la pared trasera de una casa y, muy al fondo, un cerro plagado de viviendas miserables. Ella miraba más allá de todo eso: ¿cómo no amarla?&lt;br /&gt;Y siempre el aire del mar, que formaba remolinos a mi alrededor. El mar estaba a sus espaldas. Hubiera sido el colmo de la poesía que mirara hacia el mar.&lt;br /&gt;La mujer de la ventana vivía a unas seis o siete cuadras de mi casa, en una de las calles más populosas del puerto: un suspiro en medio del estrépito. La gente, mucha gente, formaba a mi alrededor una coraza móvil que me daba el valor de estar allí y de verla, sólo verla. Sudaba. El sol era intenso, pero el calor venía de adentro, de un lugar indefinido entre el estómago y la pelvis.&lt;br /&gt;A mi alrededor pasaban las mujeres semidesnudas que sólo se encuentran en los puertos: mulatas de cuerpos sorprendentes, rubias de piel tostada, ancianas en las que aún podía adivinarse la sensualidad que las poseyó cincuenta años atrás. Apenas me daba cuenta de que existían.&lt;br /&gt;No pensaba en nada mientras veía a la mujer de la ventana; sólo la veía. Era impo-sible adivinar su edad; la distancia era mucha y su figura se desdibujaba tras los crista-les. Sospechaba que tenía entre 23 y 28 años, un terreno lo suficientemente amplio pa-ra inventar historias en las que ella era la protagonista principal, a veces —casi siem-pre— la única. A cada edad, imaginaba —ahora lo sé—, pasan cosas que sólo son propias de esa edad; cada edad que le daba a la mujer de la ventana le otorgaba un ca-rácter diferente, una voz diferente, diferentes sueños.&lt;br /&gt;La intensidad de la luz determinaba la nitidez con la que la veía a través de su ven-tana: a veces el sol era violento y apenas adivinaba su silueta, desdibujada como cuan-do uno está en medio de una borrachera. A veces estaba nublado y veía con una clari-dad alucinante sus vestidos floreados de colores tan vivos que parecían moverse, sus piernas bien formadas, las manos recargadas contra un reborde de la ventana.&lt;br /&gt;Quince minutos. Una hora. Media hora. Hubo un par de veces que se quedó allí toda la tarde, un regalo maravilloso. Su quietud era casi total: sabía que estaba viva porque de tanto en tanto cambiaba su pie de apoyo.&lt;br /&gt;(Fue entonces, sin llegar a concebirlo, que supe que los humanos hacen mucho de lo que hacen para darle un nuevo, desesperado e inútil sentido al tiempo: deportes, drogas, sexo, cine, libros… Un corredor depende de cada centésima de segundo para ganar, para vivir más. Vive en cada centésima de segundo, vive cada centésima de se-gundo, siente pasar por su cuerpo cada número del cronómetro, siente cada gota de sudor y cada gota de resequedad en la boca, cada grano de polvo que los zapatos arrancan de la pista. Cada fracción de segundo es larga como cien años, como estar ahogándose. En el sexo también hay una noción de cosa eterna, de tiempo que no puede terminar nunca porque siempre estará sucediendo eso, esa sensación, ese roce, esa monotonía deliciosa e injustificada. La explosión debe ser placentera a un grado casi insoportable, o nada tendría sentido: después vendrá el tedio del tiempo que pasa al ritmo de siempre. Las drogas dan más de lo que ofrece cualquier religión: la eterni-dad en una dosis. ¿Quién no está harto del tiempo? Cuando quise ser escritor sentía que encerraba el tiempo en una cajita. Ahora mismo trato de encerrar el tiempo en una cajita. Si alguien lee este cuaderno será porque estoy muerto; pero seguiré viviendo y escribiendo mientras alguien lea esta frase, esta palabra, este punto y seguido. Seguiré vivo entre las tapas de este cuaderno porque aquí es donde he estado más vivo que nunca y que en ninguna parte: aquí se encierra lo que vale la pena de todos mis años. O no; quién puede saberlo. Aquí es donde el tiempo no tiene sentido: no hay tiempo más allá de la última palabra que escriba. Aquí es donde no importa más que el hoy, el hoy, el hoy, mi pluma que se desliza sobre las hojas. Siempre se vive en el hoy. Estoy vivo hoy porque estoy escribiendo. Hoy. Y tú, quien seas, lees a medida que escribo. Si todo resulta como debe resultar, en este momento —tu momento— soy un montón de ceniza. No tengo conciencia. No tengo deseos. No tengo pasado. He roto con el presente. Estoy muerto. Y sin embargo aún faltan nueve días para morir. Cuando leas la palabra FIN, si es que escribo la palabra FIN, el tiempo volverá a su cauce normal. Si lees FIN es porque has participado en mi muerte: en el momento en que termines de leer me habrás matado. Y quizá de eso se trate: de hacerte cómplice de mi muerte.)&lt;br /&gt;Fueron tres, cuatro meses de ver a la mujer de la ventana desde mi árbol. Mientras la veía no existía el tiempo del modo que existía en los demás lugares del mundo, no había pensamientos, no había más que mis ojos y ella. Después, de regreso en casa, con la luz apagada, armaba historias en las que era la protagonista. La oía hablar, aun-que no conocía el tono de su voz. La sentía respirar sobre mi cara, exhalar su último aliento en mi cuello o entre mis labios. A veces la veía desnuda, perfecta, y tocaba su piel, y era como tocar un trozo de neblina. A veces la veía bailar, y sus pies no llega-ban al suelo. No podía imaginar un nombre para ella: ¿cómo darle nombre a la belleza? Era casada, de eso no había duda: por las noches entraba en el garage de su casa un automóvil con un hombre dentro; un hombre común y corriente, moreno, de bigote, con el pelo corto y un portafolios. El que fuera su esposo no significaba absolutamente nada: ella no haría el amor con él, no le hablaría durante la cena, no le serviría la cena, no lavaría sus platos ni ninguno. Era incidental que su marido viviera con ella, y que fuera su marido; incidentalmente dormían en la misma cama, pero él era tan incapaz de tocarla como yo, o de oír su voz o de verla de otro modo que no fuera como yo la ve-ía: una imagen difusa detrás de los cristales de una ventana.&lt;br /&gt;En esa época veía todos los días a T., mi primera amante. Era una mulata seria que vivía en un cuarto, en la parte pobre del puerto. La había conocido casi por casua-lidad, una tarde en que ambos estábamos perdidos; una historia como todas las que no vale la pena contar. Mi madre nos había visto un par de veces caminando de la mano por el malecón.&lt;br /&gt;—No te cases con una negra —me decía—. Tus hijos van a sufrir. Nadie quiere a los negros, y menos a los que se casan con blancos.&lt;br /&gt;Por las tardes, después de hacer las tareas y de ver a la mujer de la ventana, iba a casa de T. y sudábamos y gritábamos hasta las ocho de la noche. Regresaba a casa, cenaba y me metía en mi cuarto a soñar. Cuando estaba con T. pensaba también en la mujer de la ventana, pero mis pensamientos no tenían que ver con sexo. La imaginaba detrás de los cristales, con los ojos clavados en ninguna parte, a veces cambiando el pie de apoyo. Jamás se me ocurrió fantasear que lo que hacía con T. lo hacía con ella; T. únicamente era el vehículo para que el tiempo funcionara de otro modo, para que la mujer de la ventana estuviera en esa otra dimensión en la que el placer físico y el pla-cer de recordarla fueran exactamente lo mismo. (Vi a T. durante algo más de un año. Antes de cierta Navidad me dijo que se casaría, que se iría a vivir a Estados Unidos con su esposo. La última vez su cuarto estaba vacío; ya había mandado a la central de autobuses las cosas que no había regalado. Sólo la cama estaba allí, con un colchón más desnudo que nosotros. Estaba pintado con las manchas oscuras del sudor antiguo. Lloró mientras hacíamos el amor y después se fue.)&lt;br /&gt;Al tercer mes dejó de llegar el marido de la mujer de la ventana. Ella seguía apare-ciendo a la misma hora, en el mismo lugar, en la misma posición, con la misma mirada que no alcanzaba a distinguir. Un par de veces me pareció que me veía, y el mundo se detuvo en seco. Me quedé recargado contra el árbol, rodeado de toda la gente que pa-saba con sus olores y prisas, y descubrí que estaba solo.&lt;br /&gt;Cuando regresaba de ver a T., las cortinas de su casa estaban corridas y, si acaso, se veía un hilo muy delgado de luz por los intersticios. (Intersticios: qué palabra pe-dante.)&lt;br /&gt;Un día oscureció y ella seguía en la ventana. Hacía meses que montaba guardia todas las tardes para verla y nunca se había quedado tanto tiempo. Hizo algo que nun-ca había hecho: abrió la ventana, se recargó en el marco y me miró de frente, sonrien-do. Mi cuerpo se quedó hueco. Alguien me arrancó las vísceras de golpe. (Fue la pri-mera vez que morí.) Pensé en ir a casa de T. para fantasear con esa mirada. Ya había pasado la hora de la cita, aunque todavía podía encontrarla. Pero los muertos no cami-nan.&lt;br /&gt;La mujer de la ventana me hizo un gesto con la mano para que esperara. Desapa-reció de su lugar. Quise correr, pero los cadáveres no corren, y mi cadáver la esperó.&lt;br /&gt;La puerta de su casa se abrió y ella apareció de cuerpo completo, por fin bien de-finida gracias al alumbrado público, que acababa de encenderse. Caminó hacia mí con una sonrisa grande. Movía el cuerpo con una naturalidad que no imaginé en mis sue-ños; las películas de vampiresas hacen estragos con la imaginación.&lt;br /&gt;A medida que caminaba se fue haciendo más pequeña. Hasta ese momento la había visto desde abajo, desde mi árbol, mientras desplegaba su inmensa belleza a tra-vés de la ventana. Cuando estuvo frente a mí apenas me daba al hombro.&lt;br /&gt;—¿Por qué no vienes y tomas algo? —me dijo.&lt;br /&gt;Se dio la vuelta y caminó de regreso a su casa. La seguí. Antes de entrar vi a mi madre pasar en el coche.&lt;br /&gt;La casa de la mujer de la ventana era más normal de lo que hubiera querido. Los muebles eran de los que se compran en cualquier tienda departamental. Había un par de libreros llenos de adornos, sin libros. El aire del mar entraba por unas ventanas traseras que estaban abiertas de par en par (las del frente, hasta ese día, habían estado cerradas). El baño era de mal gusto, de un diseño que pocos años antes hubiera sido modernista y ahora era simplemente feo, con una cortina llena de flamingos color pas-tel.&lt;br /&gt;Me dijo que me sentara. Su voz era un tanto aguda, aunque agradable. No era una voz dulce, ni siquiera sensual; era la voz de cualquier mujer. Tenía los ojos oscuros y esa sonrisa entre tímida e insinuante que sólo he visto en las costeñas. Durante todo el tiempo que llevaba de verla me había parecido que era blanca; en realidad era morena, bastante morena.&lt;br /&gt;Platicamos durante un par de horas. Me preguntó que por qué me paraba frente a su casa para verla; le contesté que no sabía. Me preguntó a qué me dedicaba; a estu-diar, le dije. Qué edad tenía. Cómo me llamaba. Si mi madre era la señora del sedán, la que se parecía tanto a mí. Me habló de sus discos favoritos (la música que sonaba en la radio), de un par de fiestas a las que fue cuando tenía mi edad (confesó treinta años, y me di cuenta de que ya tenía algunas arrugas en esos ojos que de lejos se veían perfec-tos), de lo alto que era. Era una esfinge sin enigma. No era tonta ni fea: era una mujer como tantas. La había hecho diferente el hecho de estar detrás de una ventana, tres o cuatro metros por encima de mi cabeza, como una imagen en un iglesia o sobre una puerta colonial. Había sido diferente porque yo la había visto. Se tomó seis cervezas mientras platicábamos; yo acepté un par de vasos de agua de sabor a la que le sobraba azúcar y la faltaba misterio.&lt;br /&gt;A las nueve de la noche me besó.&lt;br /&gt;T. disfrutaba del sexo sólo porque lo disfrutaba; la mujer de la ventana tenía nece-sidad de sexo, igual que alguna vez tendría necesidad de comer o rascarse o vestirse de azul. No había disfrute en ella; había necesidad.&lt;br /&gt;Despertamos a las dos de la mañana.&lt;br /&gt;—¿Te parece que soy bonita para mi edad? —me preguntó cuando regresó del baño.&lt;br /&gt;—Eres bonita —le dije.&lt;br /&gt;—¿Te parece que merezco un buen hombre?&lt;br /&gt;—No sé —empecé a vestirme—. Tengo quince años.&lt;br /&gt;Me abrazó cuando trataba de subirme el pantalón. Casi me caí y me sentí ridículo. Ella quería jugar, pero no había diversión en su juego. Era un juego instintivo. La mu-jer de la ventana era un ser instintivo.&lt;br /&gt;—Todas las tardes me ponía en la ventana sólo para que me vieras. Nadie me ha visto como tú —confesó—. ¿Qué sentías cuando me veías?&lt;br /&gt;—Amor —le dije.&lt;br /&gt;—Qué tierno —me besó—. Vas a regresar, ¿verdad?&lt;br /&gt;—No —le dije.&lt;br /&gt;Desde ese día, cuando estaba con T., a veces fantaseaba con las horas que estuve con la mujer de la ventana, pero en general no pensaba en nada; sólo me deslizaba por el tiempo que se extendía más allá de los brazos de T.&lt;br /&gt;Quizá la mujer de la ventana hubiera sido el amor de mi vida si no la hubiera oído hablar y si no hubiera estado en su cama, si la hubiera conocido unos años después, si no hubiera sido tan real, si el placer no hubiera sido tanto. Porque hubo placer. Dema-siado placer. Más del que nunca me dio T. Los amores ideales no son placenteros. Si no duelen, no sirven.&lt;br /&gt;Cuando llegué a casa, papá y mamá estaban despiertos, sentados en la sala, en pi-jama. Mi padre me miró con severidad cómplice; mi madre con odio.&lt;br /&gt;—¿Y bien? —dijo mamá—. ¿Qué explicación tienes?&lt;br /&gt;—Ninguna —le dije.&lt;br /&gt;—Dile algo —apremió a mi padre.&lt;br /&gt;—Ten cuidado con esa mujer —dijo papá—. Lo que dicen de ella no es bueno.&lt;br /&gt;—¿Qué vas a hacer si la embarazas? ¿Me puedes decir? —gritó mi madre.&lt;br /&gt;—Tengo sueño —les dije—. Quiero dormir.&lt;br /&gt;—Mañana vamos a hablar —dijo papá guiñándome un ojo.&lt;br /&gt;—¿Así nada más? —protestó mamá—. ¡Es un niño y no tiene por qué saber cier-tas cosas!&lt;br /&gt;—Vete a dormir —dijo mi padre—. Mañana hablamos.&lt;br /&gt;Papá y mamá se gritaron durante un buen rato. No quise entender lo que decían.&lt;br /&gt;Muchos años después mamá me preguntó qué había pasado entre la mujer de la ventana y yo.&lt;br /&gt;—Nada —le dije.&lt;br /&gt;Era cierto.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-926573726928567750?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/926573726928567750/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=926573726928567750' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/926573726928567750'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/926573726928567750'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/trece-mujer-en-la-ventana.html' title='Trece: Mujer en la ventana'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-1946930943725798508</id><published>2007-01-20T00:46:00.000-06:00</published><updated>2007-01-20T01:10:23.579-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Otros'/><title type='text'>Borradores</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Inicios de novelas negras, escritos entre 1987 y 1989.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la vi por última vez lucía mal. El rojo nunca había combinado con su color de piel y allí, sobre la acera, la muerte tampoco combinaba con su piel ni con nada. Era una mujer digna de mejor muerte. La horca, por ejemplo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;* * *&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vivir metido entre la mierda no es difícil. Te acostumbras. Lo difícil es mantener la nariz por encima de la línea de flotación. Si metes la nariz, estás perdido. Si alguien llega y logra hundirte la cabeza, estás perdido. Te ahogas en mierda. Lo peor es que casi siempre se trata de tu propia mierda, y ésa es la que da más asco.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;* * *&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los imbéciles no siempre son los que se mueren primero. A veces tienen suerte y se pasan la vida metiéndose en problemas y metiendo en problemas a la gente. Se ponen la pistola entre los ojos, disparan y fallan el tiro. Y, cuando fallan, alguien que vale la pena anda por allí para recibirlo. Los imbéciles a veces son gente con suerte, a veces no. Como todo el mundo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;* * *&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Desde la muerte de N*** no he salido de casa. Allá fuera hay gente. Hay una bala o un carro a exceso de velocidad o una ventana abierta.&lt;br /&gt;También podrían venir a buscarme; entrar aquí es fácil. Quizá estoy jugando al estúpido y ya me olvidaron, o nunca pensaron en deshacerse de mí.&lt;br /&gt;No quiero averiguar.&lt;br /&gt;Y, aunque saliera otra vez a la calle, aunque pasara un año o diez y nada ocurriera, no habría forma de librarme del miedo que me clavaron para siempre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;- - - - -&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Borrador para &lt;i&gt;Los héroes tienen sueño&lt;/i&gt;, escrito en algún momento entre 1987 y 1989. El personaje narrador, con modificaciones, se tranformaría en el narrador de &lt;i&gt;Los héroes&lt;/i&gt;. En esa novela el personaje no tiene nombre; en &lt;i&gt;Al director no le gustan los cadáveres&lt;/i&gt; y en &lt;i&gt;Cualquier forma de morir&lt;/i&gt; se le menciona con el apodo de &lt;i&gt;El Profesor&lt;/i&gt;, "tan helado como una culebra que hubiera estudiado matemáticas".&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–El comandante lo espera –dijo la muchacha.&lt;br /&gt;Vestía un uniforme severo, mitad militar y mitad de hospiciana. Era tan joven que daban ganas de sonreírle. Uno hubiera esperado encontrarla en una secundaria o una heladería, vistiendo minifalda y luciendo con descaro las piernas, y no allí, en la antesala del ministro del Interior de un país tan caliente.&lt;br /&gt;En la calle uno podía darse cuenta de que los jóvenes no abundaban; habían muerto miles en la guerra, hacía cuatro años. Sin embargo parecían salir de todas partes, orgullosos, demasiado seguros de sí mismo, en forma de policías mal vestidos y con armas viejas o de soldados sudorosos y con cara de tomárselo en serio. Casi todos eran adolescentes jugando a cosas de adultos. Pero no jugaban: estaban dispuestos a morir y, sobre todo, a matar por motivos que no terminaba de entender.&lt;br /&gt;Era lo que había tratado de averiguar durante buena parte de mi vida: los motivos necesarios para matar. Yo lo había hecho, una vez, sólo una vez, y seguía sin encontrar una razón suficiente. Pero todos allí parecían orgullosos de la muerte, de su muerte, de las muertes que debían. Si es que las debían: ¿quién se las iba a cobrar? Las muertes en guerra son justas, excepto cuando uno pierde. No hay castigo para los que ganan.&lt;br /&gt;Me preguntaba si algún acto en la vida podía quedar sin castigo.&lt;br /&gt;–¿Señor? –dijo la jovencita.&lt;br /&gt;–¿Sí?&lt;br /&gt;–El comandante lo espera.&lt;br /&gt;Lo dijo como si no entendiera por qué no había saltado de gusto, corrido por las paredes y después abierto la puerta para tirarme a los pies del comandante.&lt;br /&gt;–Gracias –le dije.&lt;br /&gt;Abrí la puerta y choqué contra una pared de frío. Parecía que el motor del aire acondicionado se iba a romper; zumbaba como una convención de mosquitos hambrientos. Había una alfombra verde violento, las paredes forradas de libros. En medio de uno de los libreros había un bar lleno de copas, vasos y botellas desordenadas, un refrigerador pequeño, mezcladores. Quizá no estaba tan desordenado; más bien parecía que todo había sido colocado cuidadosamente para que diera una impresión de descuido y casualidad.&lt;br /&gt;El comandante estaba sentado detrás de un escritorio, que evidentemente le quedaba grande. Tenía la cantidad justa de papeles para que uno pudiera decir que se pasaba todo el día trabajando. En esos momentos examinaba el contenido de una carpeta, lápiz en mano, con una expresión tan concentrada que resultaba obvio que estaba fingiendo. A la gente le gusta hacerse la ocupada.&lt;br /&gt;–Ah, mi amigo –dijo por fin dando una palmada sobre el escritorio–. Me encuentra en un momento difícil, pero siempre es grato recibir al emisario de un país tan querido como el suyo.&lt;br /&gt;Pensé en veinte respuestas y no se me ocurrió ninguna. Por lo menos sonreí.&lt;br /&gt;–¿Un trago? –dijo el comandante poniéndose de pie–. Acaba de llegarme un vodka estupendo, finlandés. Uno no cree que los finlandeses se dediquen a fabricar vodka. Pero se lo recomiendo especialmente.&lt;br /&gt;–Agua mineral, gracias.&lt;br /&gt;Me llegaba abajo del hombro. Vestía un uniforme de soldado raso y lentes gruesos y feos. Sirvió el agua mineral en un vaso largo sin dejar de medirme. Tenía ojos agudos, como de sastre que calcula las dimensiones del señor gordo. No me gustaron. Él mismo no me gustó. Tenía aire de burlarse del mundo, y quiza así fuera.&lt;br /&gt;Llenó el vaso de más. Me lo tendió.&lt;br /&gt;–Prefiero el ron –dijo–. Dirán que soy contrarrevolucionario, pero me gusta el Barcardí. Es... cómo le diré... más bravío que el Havana Club. Éste será un país verdaderamente grande cuando fabrique un buen ron.&lt;br /&gt;Se rió. Tampoco me gustó su risa.&lt;br /&gt;–Brindemos por la amistad –dijo alzando su vaso– y por la grandeza de dos países como los nuestros, un solo corazón y el mismo ideal: la libertad.&lt;br /&gt;El agua mineral estaba tibia, perfecta para un brindis como aquél. Había brindado por putas famosas, por putas desconocidas, por putas heroicas, por actrices que parecían putas y por putas disfrazadas de condesas, pero nunca por la libertad. Me preguntaba por qué brindaría el comandante con sus amigos, cuando ya estaba borracho. Por las putas, suponía.&lt;br /&gt;–¿Cómo está México? –preguntó–. Es un país en el que me gustaría vivir. Pero la revolución me tiene encadenado. A veces los problemas son tantos que quisiera renunciar e irme, pero no puedo abandonar a mi pueblo.&lt;br /&gt;Me miró como si esperara una respuesta. A cambio metí la mano en la bolsa interior del saco y saqué los papeles. Se los di.&lt;br /&gt;–Mis credenciales –dije.&lt;br /&gt;–Sí –dijo–. Sí, sí.&lt;br /&gt;Se puso serio y fue a sentarse detrás del escritorio. No me dijo que me sentara y me quedé donde estaba. El aire acondicionado empezaba a cerrarme la garganta.&lt;br /&gt;–Vaya –dijo leyendo los papeles–. Vaya vaya.&lt;br /&gt;–¿Hay algo mal?&lt;br /&gt;–No, espero que no.&lt;br /&gt;Tardó quince o veinte minutos en leer todas las hojas, a pesar de que sólo eran tres: dos de la carta del secretario y una con mis datos y la autorización. Estaba pensando qué decirme, era obvio.&lt;br /&gt;–No entiendo –dijo por fin, mirándome a los ojos.&lt;br /&gt;Tuvo que alzar mucho la cabeza, pero no hizo que me sentara. Peor para él.&lt;br /&gt;–Me dijeron que aclarara sus dudas.&lt;br /&gt;–No hay dudas, ése es el problema. Lo que aquí me piden es que le dé ayuda para que usted observe cosas que... vaya... que tienen que ver con la política interna de mi país. Si no viniera de su gobierno, inmediatamente llamaría a la prensa para denunciarlo como un grave intento de injerencia. ¿Me comprende?&lt;br /&gt;–Sólo soy policía.&lt;br /&gt;El comandante miró una de las hojas.&lt;br /&gt;–Aquí dice que estudió sociología.&lt;br /&gt;–No terminé la carrera.&lt;br /&gt;–También criminología.&lt;br /&gt;–Sí.&lt;br /&gt;–¿A qué rama de la policía está adscrito?&lt;br /&gt;–Seguridad del estado. Le dicen de otro modo.&lt;br /&gt;El comandante se puso de pie, cerrando con un golpe la carpeta.&lt;br /&gt;–Es inaudito –dijo–. Es humillante. Es indescriptible.&lt;br /&gt;Puso la misma cara que le vi una vez a un cura acusado de seducir jovencitas.&lt;br /&gt;–¿Se da cuenta de lo que pretenden?&lt;br /&gt;–Me dijeron que pidiera información y que examinara el lugar del crimen. De ser posible que hablara con algunas personas –saqué un sobre de otro bolsillo–. Aquí está la lista.&lt;br /&gt;Abrió el sobre con rapidez y leyó.&lt;br /&gt;–Yo estoy en tercer lugar.&lt;br /&gt;–Me dijeron que hablara primero con usted.&lt;br /&gt;Se sentó otra vez, con expresión conciliadora.&lt;br /&gt;–De acuerdo. Lo que no entiendo es por qué no se comunicaron con mi gobierno por los cauces diplomáticos acostumbrados.&lt;br /&gt;–No sé.&lt;br /&gt;–Era más sensato enviar a alguien de la embajada. Siempre nos hemos hablado con franqueza. ¿Por qué a un... policía?&lt;br /&gt;–Fue un asesinato. Los policías investigan asesinatos.&lt;br /&gt;–Usted no es de homicidios. Y, si lo fuera, no tendría por qué venir a mi país. Disculpe, pero esta situación me altera.&lt;br /&gt;–Tengo que informar hoy mismo sobre su respuesta.&lt;br /&gt;–Vaya a su hotel –dijo–. Necesito hacer algunas consultas.&lt;br /&gt;Parecía cansado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;- - - - -&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Borrador para &lt;i&gt;De vez en cuando la muerte&lt;/i&gt;. La idea original, escrita en 1989 o principios de 1990, no funcionó, pero hubo elementos ede ambientación para dos escenas en una morgue y algunos detalles del personaje central.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba muerta. Tenía el maquillaje corrido, el pelo revuelto y el cuerpo de siempre: bien formado y pálido como la piel de las gallinas. Las marcas casi negras en el cuello no la habían mejorado, pero al menos ya no hablaba.&lt;br /&gt;–¿Sí es? –me preguntó el de la morgue. Tenía cara chistosa.&lt;br /&gt;–Sí.&lt;br /&gt;–Bueno –dijo.&lt;br /&gt;No me gustó que alzara la sábana más de la cuenta, ni que la mirara con aquellos ojos; era mi esposa y uno tiene que ponerse celoso cuando miran así a su esposa. Estaba tan desnuda como la madre que la parió, pero era mi esposa. No la veía desde hacía más de tres años y había dejado de quererla hacía miles, pero era mi esposa. Tampoco podía evitar que la viera de aquel modo: cuando uno se muere pasa a ser del dominio público. Había entrado al gran mundo del dominio público, como si nunca hubiera estado allí.&lt;br /&gt;–Lástima, ¿verdad? –dijo el hombre.&lt;br /&gt;La tapó.&lt;br /&gt;–¿Qué más hay que hacer?&lt;br /&gt;–Firme en el libro y llévesela. Por ahí deje algo para los refrescos.&lt;br /&gt;Para los refrescos. ¿Cuánto se le da al tipo de la morgue por un cadáver? Mucho dinero, suponía. O muy poco. No lo mismo que a una mesera o a un taxista. Y ¿cómo transporta uno el cadáver de su esposa? Tenía que hablar por teléfono para ver si los de la funeraria podían hacerse cargo. A la mierda las funerarias. Encima de todo iba a tener que pagarle el entierro.&lt;br /&gt;Salimos de la sala y caminamos por un pasillo larguísimo. El aire ya no olía a cadáver, pero estaba seguro de que iba a sentir aquel olor por el resto de mi vida. Ahora, todavía, a veces me despierto con el olor a cadáver y formol clavado más allá de la nariz. Es algo de lo que el cuerpo no puede deshacerse, igual que del miedo a las alturas y a los aviones que caen en picada.&lt;br /&gt;–¿Cuándo le avisaron? –me preguntó el tipo. Parecía que la libreta de registro se iba a deshacer.&lt;br /&gt;–Hace dos horas. Había mucho tráfico –dije–. ¿Dónde firmo?&lt;br /&gt;–Donde está el nombre de la señora.&lt;br /&gt;La señora.&lt;br /&gt;–¿No encuentra el nombre? –me preguntó.&lt;br /&gt;–No.&lt;br /&gt;De pronto no recordaba el apellido de la mujer que había vivido conmigo durante tantos años. Algo se me atravesó en la garganta; era trágico.&lt;br /&gt;–Déjeme ver –dijo.&lt;br /&gt;Se puso a buscar. Buscó tres o cuatro veces. Me miró como si me viera por primera vez y volvió a buscar. Pasaba las páginas lentamente, rápidamente, leía uno a uno los nombres y luego ni siquiera se paraba a leer. Nada.&lt;br /&gt;–¿Cómo se llama usted? –me preguntó.&lt;br /&gt;Le dije.&lt;br /&gt;–No, no está.&lt;br /&gt;–No tiene por qué estar –le dije.&lt;br /&gt;Me estaba aburriendo.&lt;br /&gt;–¿Cómo dice que se llamaba su esposa?&lt;br /&gt;–¿A quién carajos le importa cómo se llaman los muertos?&lt;br /&gt;Me miró con lástima.&lt;br /&gt;–Ya sé que está alterado, pero no la agarre conmigo.&lt;br /&gt;–¿Y con quién?&lt;br /&gt;–Con el que la mató.&lt;br /&gt;Me puse a reír.&lt;br /&gt;–Estoy nervioso –le dije.&lt;br /&gt;Le dije el nombre de mi esposa. Volvió a buscar.&lt;br /&gt;–No, pues no está. ¿Está seguro de que así se llama?&lt;br /&gt;–Creo que sí.&lt;br /&gt;–¿Está seguro?&lt;br /&gt;–Sí.&lt;br /&gt;–Entonces va a tener que esperar a que venga el agente del Ministerio Público. Salió a comer y luego se tarda.&lt;br /&gt;Había esperado demasiado. La vida se me iba en esperar. Pero un Ministerio Público es un Ministerio Público. Me senté.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;- - - - -&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Borrador para &lt;i&gt;De vez en cuando la muerte&lt;/i&gt;, escrito entre 1990 y 1991. Se trataba de desarrollar el personaje de Cristina.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;Epílogo&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Entonces –dijo ella– no hubo asesinato. Eso significa que tampoco hubo asesino, y que no hay un misterio que resolver.&lt;br /&gt;–Un caso extraño, realmente –dijo McCall apagando otro de sus cigarrillos con olor a alquitrán; ella frunció la cara con desagrado–. Pero las cosas no son tan sencillas como usted dice. Por supuesto que nadie en su sano juicio diría que se trató de un crimen. Todo fue planeado de manera que alguien poco perspicaz, como los muchachos de Homicidios, dijera que no existe ningún misterio que resolver. Pero usted sabe tan bien como yo que hay un asesino suelto. No somos personas tan en su sano juicio como para negarlo.&lt;br /&gt;–No entiendo –palideció la mujer.&lt;br /&gt;McCall volvió a su sonrisa triste. “Es un hombre guapo”, se dijo ella, pero de inmediato descartó el pensamiento. En realidad, se corrigió, ese bigote entrecano, amarillento de nicotina, luciría bastante mejor en un rostro más vigoroso, el de Paul por ejemplo. Pero Paul estaba muerto. Muerto para siempre. Era una lástima que también McCall debiera morir. Todos los hombres que se habían acercado a ella, excepto uno, habían terminado igual, y estaba segura de que McCall no sería el último en confirmarlo; la sobrevivencia es un asunto arduo, y esperaba vivir una larga vida. Quizá no muy digna de vivirse, pero sí bastante larga. Como la de su padre, ese hombre viejo e indefenso por quien valía la pena soportar incluso la más larga de las vidas.&lt;br /&gt;McCall se puso serio de repente, y ella supo lo que diría de un momento a otro. Había que adelantársele o todo se iría al demonio: la conspiración, el medio millón, el reencuentro con su hijo y, por encima de todo, el honor de su padre y la venganza. Por otra parte McCall no era de los que se dejaban impresionar por un rostro bonito; con él no valía la pena intentar lo que con otros era su mejor arma.&lt;br /&gt;–¿Usted cree en Dios, McCall?&lt;br /&gt;Él se rascó la cabeza. La sonrisa había vuelto. Mientras sonriera ella tenía posibilidades de salvarse.&lt;br /&gt;–Usted ya está dando la respuesta en su pregunta –dijo–. Usted parte de que existe un dios, y sólo me da la posibilidad de responder si creo o no en algo que no está en cuestión. Debería preguntar si creo en la existencia de un dios.&lt;br /&gt;–¿Cree? –debía controlar el temblor de manos. Sólo unos pasos más hacia el buró y todo estaría bien de nuevo.&lt;br /&gt;–Lo he intentado –dijo McCall–, pero no se me da. Uno se acostumbra a tratar con la gente, con todo tipo de gente; eso lo hace a uno escéptico. Además, en mi oficio uno no busca tan lejos la respuesta de las cosas. El cielo está demasiado lejos.&lt;br /&gt;Un paso más.&lt;br /&gt;–En el fondo usted no es tan duro. Lo he visto hacer cosas... uh... muy violentas en los últimos días, pero usted no es eso. Tiene demasiada sangre fría y demasiada precisión para ser realmente así. Usted es un profesional, pero íntimamente es un hombre tierno. A veces me recuerda a mi padre.&lt;br /&gt;–¿Eso le decía a Paul?&lt;br /&gt;Ella dio un respingo. Miró a McCall a la cara. La sonrisa seguía allí, pero sus ojos eran fríos y afilados como la navaja de un peluquero.&lt;br /&gt;–No sé a qué se refiere.&lt;br /&gt;–Sí lo sabe. Sabe qué quise decir al principio con eso de que hay un criminal aunque no haya crimen. Lo sabe mejor que nadie.&lt;br /&gt;–Vamos, McCall –sonrió ella–. Es absurdo. Una cosa implica la otra. Si no hay crimen, no hay criminal. Además –intentó la expresión de ingenuidad que tantas veces la había sacado de problemas–, parecería que me acusa de la muerte de mi propio esposo.&lt;br /&gt;–Es lo que trato de hacer desde hace un par de horas –dijo–. Lo descubrí anoche, en la cena con Ruiz. Pudieron ser un poco más cuidadosos al hablar. Las paredes oyen, ¿recuerda?.&lt;br /&gt;–Esto ya se pasa de la raya. Ayer se portó usted grosero conmigo y con el señor Ruiz, pero él supo ponerlo en su lugar. No trate de tomarla conmigo ahora que estoy sola.&lt;br /&gt;Los ojos de McCall se suavizaron. Era un hombre extraño; sus reacciones eran difíciles de prever. Recordó lo que le dijo Paul en cierta ocasión: "Hay hombres que tienen en las venas nitroglicerina y miel al mismo tiempo. Son los más peligrosos". McCall era uno de ellos. Quizá por eso había llegado a agradarle. Lo del bigote no era importante, después de todo; combinaba con su cara redonda y con esos ojos grandes y ligeramente vidriosos. Aunque sin duda un bigote así se vería mejor en un rostro como el del pobre de Paul. McCall le gustaba; lástima.&lt;br /&gt;–Usted cree en muchas cosas, señora –la compadeció–. Pero no es capaz de creer en todas al mismo tiempo, aunque ninguna de ellas se oponga a las demás. Usted es una fanática, y créame que en el fondo la envidio. Yo nunca pude creer en nada durante más de quince o veinte minutos, mientras que usted es capaz de dar la vida por algo que pronto despreciará, pero en lo que cree con todo el corazón.&lt;br /&gt;McCall le dio la espalda y se dirigió con su paso desgarbado hacia la mesita donde estaba la estatuilla. Entonces él sabía que ésa había sido el arma; un hombre admirable. Y guapo. Guapo a su modo, se corrigió. No había tiempo que perder. Abrió el cajón rápidamente y, antes de que McCall alcanzara a darse vuelta, lo encañonó con la vieja Colt de su padre, el que había sido la verdadera víctima de aquella historia sin sentido. La vieja Colt que nunca sirvió para lo que debió servir. Su padre era un hombre débil y bueno; acabar con McCall era lo menos que podía hacer por él ahora que las cosas habían llegado tan lejos.&lt;br /&gt;–Otro error, señora –dijo McCall con tristeza al ver el arma; la estatuilla brillaba en sus manos–. Está admitiendo su culpa.&lt;br /&gt;–¿Y qué?&lt;br /&gt;–Nada. Pero hay pruebas suficientes para que a ningún juez le quepan dudas de que Ruiz es alguien muy parecido a una mala persona y usted... Bueno, usted aparecerá como una mujer confiada. Claro que eso no disminuye su cuota de responsabilidad con la ley.&lt;br /&gt;–Habla demasiado de la ley, McCall.&lt;br /&gt;–Eso dice el manual. Yo no inventé las palabras.&lt;br /&gt;–Perdóneme que no quiera seguir con esta plática, McCall, pero no me queda mucho tiempo. De seguro alguien más sabe ya lo que pasó, por ejemplo su secretaria –sonrió con desprecio–. Espero que entienda que el señor Ruiz y yo tenemos que desaparecer. Hay demasiado dinero de por medio y demasiada gente que puede salir dañada.&lt;br /&gt;–Y, por supuesto, están sus ideas.&lt;br /&gt;–Hay más de por medio que mis ideas. Se equivocó al decir que soy una fanática, McCall. Ni usted ni nadie me conocen.&lt;br /&gt;Jaló el gatillo.&lt;br /&gt;–Me parece que su padre le mintió –dijo McCall.&lt;br /&gt;Ella miró la pistola con desconcierto. No había disparado. Ruiz la había cargado el día anterior. Le dijo lo mismo que durante años le había dicho su padre: que era la mejor arma que hubiera salido jamás de manos de un armero, y que con ella hasta un tirador mediocre era capaz de matar a un hombre a cien metros.&lt;br /&gt;–Usted la arregló para que no disparara –le gritó a McCall con voz de niña resentida.&lt;br /&gt;–¿Y por qué tenía que hacer algo así? –preguntó McCall acercándose lentamente.&lt;br /&gt;–No me toque.&lt;br /&gt;–Todo fue una mentira de su padre –dijo–. No hubo intento de suicidio. La balacera fue real –señaló la cicatriz de su frente, que ya casi había desaparecido–. Pero nadie disparó esta arma. Debió descomponerse hace muchísimos años, si es que alguna vez sirvió.&lt;br /&gt;–Entonces, ¿quién…?&lt;br /&gt;–Ruiz y sus muchachos, por supuesto. Y su padre estaba detrás de todo ese embrollo. Es un viejo astuto. Y terriblemente cobarde; no se atrevió a matar a Paul y movió todo de modo que lo hicieras usted. Si descubrían el asunto usted iría a la cárcel. Lo peor es que así será: usted irá a la cárcel y él se quedará en el mundo exterior. No hay forma de involucrarlo en esta locura, por ningún lado que se le busque. Ni siquiera su testimonio, señora, será capaz de hacerle pagar por lo que hizo, aunque de todos modos dudo que tenga intenciones de delatarlo. No debió confiar ni en su propio padre. En él menos que en nadie. Tampoco en Ruiz. Es un hombre con demasiados intereses para enamorarse de una mujer como usted o como cualquiera. Ahora por favor deme la pistola.&lt;br /&gt;–Pero es que...&lt;br /&gt;–Por favor.&lt;br /&gt;Ella suspiró y le entregó el revólver. No era un final feliz, pero al menos todo había terminado.&lt;br /&gt;–Gracias –dijo McCall. Su cara era la de un ave rapaz.&lt;br /&gt;Eso era McCall, y eso había sido siempre: un ave rapaz. Apenas en ese instante se daba cuenta.&lt;br /&gt;–No hay de qué –respondió con cansancio.&lt;br /&gt;Había sido un mes largo y necesitaba reposo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-1946930943725798508?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/1946930943725798508/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=1946930943725798508' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1946930943725798508'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1946930943725798508'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/borradores.html' title='Borradores'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-6878833171726524641</id><published>2007-01-17T03:48:00.000-06:00</published><updated>2007-04-07T10:41:09.101-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Textos de otros'/><title type='text'>Mi asesinato favorito - Ambrose Bierce</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Traducción de Rafael Menjívar Ochoa, publicada en &lt;i&gt;Del amor de la muerte&lt;/i&gt;, Grupo Editorial Vid, Colección MECyF, México, 1999.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Habiendo asesinado a mi madre en circunstancias de singular atrocidad, fui arrestado y llevado a un juicio que se prolongó durante siete años. En un intento por presionar al jurado, el juez de la Corte de Absoluciones señaló que ése era uno de los crímenes más espeluznantes de todos los que le había tocado dictaminar.&lt;br /&gt;Ante esto, mi abogado se puso de pie y dijo:&lt;br /&gt;—Si Su Señoría me permite, los crímenes son espeluznantes o gratificantes sólo por comparación. Si estuviera familiarizado con los detalles del anterior asesinato de mi cliente, el de su tío, notará que en su último delito —si es que puede llamársele delito— hubo una tierna disposición y una filial consideración hacia los sentimientos de su víctima. La apabullante ferocidad de su anterior asesinato es inconsistente con cualquier hipótesis que no sea la de culpabilidad; y de no ser por el hecho de que el honorable juez ante el cual fue juzgado era presidente de una compañía de seguros de vida que cubría por riesgos de ahorcamiento, y en la cual mi cliente había adquirido una póliza, es difícil de entender cómo hubiera podido liberarlo sin pecar contra la decencia. Si Su Señoría quisiera escuchar acerca del particular, para información y mejor criterio de Su Señoría, este infortunado hombre, mi cliente, consentirá en provocarse el terrible dolor de contarlo todo bajo juramento.&lt;br /&gt;El fiscal del distrito dijo:&lt;br /&gt;—Objeción, Su Señoría. Tal declaración tendría el carácter de evidencia, y la parte testimonial del caso está cerrada. La declaración del prisionero debió ser presentada aquí hace tres años, en la primavera de 1881.&lt;br /&gt;—En el sentido estatutario —dijo el juez—, tiene usted razón, y en la Corte de Apelaciones y Asuntos Técnicos podría obtener una resolución favorable. Pero no en la Corte de Absoluciones. Objeción denegada.&lt;br /&gt;—Pido una excepción —dijo el fiscal del distrito.&lt;br /&gt;—No puede hacer eso —dijo el juez—. Debo recordarle que, para que pueda existir la excepción, primero debe pedir con oportunidad que se traslade el caso a la Corte de Excepciones, mediante una petición formal apoyada por sus alegatos. Una moción en ese sentido, presentada por su predecesor en la causa, fue denegada por mí durante el primer año de este juicio. Secretario, tómele juramento al prisionero.&lt;br /&gt;Formalmente juramentado, hice la siguiente declaración, que impresionó tanto al juez, a causa de la comparativa trivialidad del delito por el cual estaba procesado, que no hizo el menor esfuerzo por desestimar los hechos y, simplemente, instruyó al jurado para que me declarara inocente, con lo que abandoné la corte con mi reputación libre de mancha.&lt;br /&gt;—Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan, de padres honestos y de buena reputación, a uno de los cuales el Cielo ha tenido la piedad de conservarme para confortarme en mis últimos años. El 1867 mi familia vino a California y se estableció cerca de Cabeza de Negro, donde mi padre abrió una agencia de caminos y se hizo próspero más allá de cualquier sueño de avaricia. Él era entonces un hombre retraído, incluso taciturno, aunque el paso de los años han relajado de alguna manera la austeridad de su natural, y creo que nada, excepto el recuerdo del triste hecho por el que ahora se me juzga, le impediría manifestar una genuina hilaridad.&lt;br /&gt;“Cuatro años después de que estableciéramos la agencia de caminos, llegó un predicador itinerante y, no teniendo otra manera de pagarnos por las noches de alojamiento que le proporcionábamos, nos favoreció con una exhortación que tuvo tal poder sobre nosotros que, alabado sea el Señor, nos encontramos convertidos a la religión. Mi padre envió de inmediato por su hermano, el Honorable William Ridley, de Stockton, y a su llegada le cedió todo lo relacionado con la agencia, sin cobrarle un centavo por la cesión ni por los implementos de trabajo, consistentes estos últimos en un rifle Winchester, una escopeta recortada y una especie de máscaras confeccionadas con sacos de harina. La familia se mudó entonces a Roca Fantasma y abrió un salón de baile. Se llamaba El Organillo de los Santos, y las actividades de cada noche comenzaban con una oración. Fue entonces cuando mi ahora santificada madre, debido a la gracia de su baile, adquirió el sobrenombre de La Morsa Alegre.&lt;br /&gt;“En el otoño del 75 tuve ocasión de visitar el pueblo de Coyote, en el camino a Mahala, y tomé la diligencia en Roca Fantasma. Había otros cuatro pasajeros. A unas tres millas de Cabeza de Negro, unas personas a las que identifiqué como el tío William y sus dos hijos detuvieron la diligencia. Como no encontraron nada en el portaequipajes, se pusieron a revisar a los pasajeros. Actué en este asunto de la manera más honorable: me puse en la línea junto a los demás, con las manos en alto, y permití que me despojaran de cuarenta dólares y un reloj de oro. Nadie hubiera sospechado, por mi comportamiento, que conocía a los caballeros encargados del espectáculo. Pocos días después, cuando fui a Cabeza de Negro y pedí que me devolvieran el dinero y el reloj, mi tío y mis primos juraron que no sabían nada del asunto, y hasta llegaron a insinuar que mi padre y yo habíamos hecho el trabajo, en una deshonesta violación de la buena fe comercial. El tío William incluso trató de desquitarse inaugurando un salón de baile en Roca Fantasma. Como El Organillo de los Santos se había vuelto demasiado impopular, vi que de seguro quedaríamos en la ruina y que se daría al traste con una empresa fructífera, así que le dije a mi tío que estaba dispuesto a olvidar el pasado si me incluía en sus planes y si conservaba ante mi padre el secreto de nuestra sociedad. Este justo ofrecimiento fue rechazado, y me di cuenta de que sería mejor y más satisfactorio que él muriera.&lt;br /&gt;“Mis planes para tal fin fueron perfeccionados en poco tiempo y, al comunicárselos a mis padres, recibí su aprobación con satisfacción. Mi padre dijo que estaba orgulloso de mí, y mi madre me prometió que, aunque su religión le impedía apoyar a alguien que dispusiera de una vida humana, tendría yo la ayuda de sus oraciones para asegurar el éxito. Como medida preliminar para garantizar mi seguridad en caso de que me descubrieran, presenté mi solicitud ante la poderosa orden de los Caballeros del Crimen, y como resultado fui recibido como miembro de la sección perteneciente a Roca Fantasma. El día de mi iniciación se me permitió por primera vez examinar los registros de la orden y enterarme de quiénes eran sus miembros (todos los ritos de iniciación se habían efectuado con máscaras). Imaginen mi deleite cuando, al revisar la lista de miembros, encontré que el tercer nombre era el de mi tío, que era ni más ni menos que el vicecanciller de la hermandad. Tenía ante mí una oportunidad que iba mucho más allá de mis sueños más salvajes: podía añadir al asesinato la insubordinación y la traición. Era lo que mi buena madre hubiera llamado ‘un regalo de la Providencia’.&lt;br /&gt;“Por esos días ocurrió algo que colmó mi copa de gozo, aunque ya se encontraba llena: una verdadera catarata de deleite que se derramaba por todas partes. Tres hombres, extraños en la localidad, fueron arrestados por el asalto a la diligencia en el que había perdido mi dinero y mi reloj. Fueron llevados a juicio y, a pesar de mis esfuerzos para exculparlos y arrojar toda la responsabilidad sobre tres de los más respetables y linajudos ciudadanos de Roca Fantasma, fueron condenados bajo las más convincentes pruebas. El asesinato sería ahora tan inútil y tan gratuito como el que más.&lt;br /&gt;“Cierta mañana me eché al hombro mi rifle Winchester y, llegado al hogar de mi tío, cerca de Cabeza de Negro, le pregunté a la tía Mary, su esposa, si se encontraba en casa, agregando que estaba allí para matarlo. Mi tía replicó, con su peculiar sonrisa, que tantos caballeros habían llegado con tal motivo, y se habían ido de allí sin haberlo logrado, que debía excusarla si dudaba de mis intenciones. Me dijo que no le parecía que yo fuera capaz de matar a nadie, así que, como prueba de mi buena fe, apunté mi rifle y herí a un chino que iba pasando frente a la casa. Mi tía me dijo que sabía de familias enteras que eran capaces de hacer cosas similares, pero que Bill Ridley era harina de otro costal. Me dijo, de todas maneras, que podía encontrarlo del otro lado de la quebrada, en el corral de las ovejas, y agregó que esperaba que ganara el mejor.&lt;br /&gt;“La tía Mary es una de las mujeres con mayor sentido de la justicia que haya conocido jamás.&lt;br /&gt;“Encontré a mi tío arrodillado, ocupado en trasquilar una oveja. Viendo que no tenía pistola ni arma alguna, no tuve corazón para dispararle, así que me acerqué a él, lo saludé con mucha cortesía y le descerrajé un fuerte golpe en la cabeza con la culata del rifle. Me precio de dar buenos golpes; el tío William cayó de lado, luego se giró hasta quedar de espaldas, sus manos se relajaron y se quedó tirado, sin sentido. Antes de que recuperara el uso de sus miembros, tomé el cuchillo que había usado para su tarea y le corté los tendones de las piernas. Sin duda saben que, cuando se cortan los tendones, particularmente el de Aquiles, el paciente se ve imposibilitado de usar la pierna; es igual que si no la tuviera. Yo le corté ambos y, cuando volvió en sí, estaba a mi disposición. Tan pronto como comprendió la situación, me dijo:&lt;br /&gt;“—Samuel, estoy a tu merced, y eso te permite ser generoso conmigo. Sólo tengo una cosa que pedirte, y es que me lleves a mi casa y acabes conmigo en el seno de mi hogar.&lt;br /&gt;“Le dije que me parecía una petición harto razonable, y que así lo haría si me permitía meterlo en un costal de los que se usan para el trigo; me sería más fácil cargarlo y, si los vecinos llegaban a vernos, no llamaría tanto la atención. Él estuvo de acuerdo, y fui al granero por un costal. Sin embargo no era de su talla: era demasiado corto y mucho más ancho que él, así que le doblé las piernas, forcé las rodillas contra su pecho y, puesto de esta manera, cerré el costal sobre su cabeza. Era un hombre muy pesado, e hice todo lo que pude para mantenerlo sobre mis espaldas; lo llevé, tambaleándome, durante cierta distancia, hasta que llegué hasta un columpio que unos niños habían suspendido en las ramas de un roble. Lo puse en el suelo y me senté sobre él para descansar, y la vista de la soga me dio una feliz inspiración. En veinte minutos mi tío, aún dentro del costal, se balanceaba libre ante los embates del viento.&lt;br /&gt;“Yo había quitado la cuerda de su lugar, había amarrado un extremo en la boca del costal, había pasado el otro extremo por la rama y había alzado al tío William a poco más de metro y medio del suelo. Luego de amarrar el otro extremo de la cuerda también a la boca del costal, tuve la satisfacción de ver a mi tío convertido en un largo y hermoso péndulo. Debo añadir que él no estaba enterado de la naturaleza del cambio que se había producido en su relación con el mundo exterior aunque, para hacer justicia a la memoria de un buen hombre, debo decir que no creo que hubiera perdido mi tiempo en ofrecerle una explicación detallada.&lt;br /&gt;“El tío William poseía un carnero que tenía en la región excelente reputación como peleador. Siempre se encontraba en un estado de indignación crónica que era propio de su naturaleza. Algún enojo terrible, durante su juventud, había hecho más profunda tal predisposición, y había declarado la guerra contra el mundo entero. Decir que era capaz de arremeter contra cualquier cosa que se le pusiera enfrente apenas expresaría el carácter y los alcances de su vocación militar: el universo entero era su antagonista; sus métodos eran los de un proyectil. Peleaba como un ejército de ángeles y demonios; surcaba la atmósfera como un pájaro, describía una curva parabólica y descendía sobre su víctima en el ángulo de incidencia exacto para sacar el mejor provecho de su velocidad y peso. Su precisión, si se calculaba en toneladas métricas, era increíble. Se le había visto destruir a un toro de cuatro años con un solo impacto en la poderosa frente del animal. No se conocía pared de piedra que resistiera su embate. No había árboles lo suficientemente fuertes para detenerlo: era capaz de convertirlos en astillas y de pisotear sus hojas caídas. Este bruto irascible e incansable, esa centella encarnada, ese monstruo volador, se encontraba reposando a la sombra de un árbol cercano, soñando sueños de conquista y de gloria. Fue precisamente con la idea de convocarlo al campo del honor que yo había colgado a su amo de la manera antes descrita.&lt;br /&gt;“Luego de completar mis preparativos, le impartí al péndulo filial una ligera oscilación y, retirándome detrás de una roca contigua, alcé mi voz en un grito largo y desgarrado, cuya débil nota final fue opacada por un ruido parecido al gemido de un gato que pide perdón, que emanó del interior del costal. Al instante aquel formidable carnero estuvo sobre sus patas y captó de un vistazo toda la situación militar. En unos momentos había agotado, en estampida, las cincuenta yardas que lo separaban de su enemigo oscilatorio, que avanzaba y se alejaba de él como invitándolo al combate. De repente vi que la cabeza de la bestia descendía hacia la tierra como vencida por el peso de sus enormes cuernos; luego el relámpago ovejuno, confuso, blanco y brutal, se disparó por el claro en una dirección más o menos horizontal hacia un punto ubicado a unos tres metros y medio por debajo de su enemigo. De pronto cambió su dirección hacia arriba y, antes de que yo dejara de ver el lugar donde acababa de estar, escuché un espantoso choque y un grito desgarrador, y mi pobre tío salió disparado hacia el frente. La cuerda se alzó mucho más arriba que la rama a la que se encontraba atada. Detuvo su impulso con un crujido y se deslizó de regreso hacia el extremo opuesto de su arco, en una curva vertiginosa. El carnero había caído a tierra, convertido en un montón confuso de patas, lana y cuernos; pero, recuperándose y maniobrando mientras su antagonista se deslizaba hacia abajo, realizó una retirada táctica, sacudiendo la cabeza y rascando con las pezuñas. Cuando hubo retrocedido más o menos a la misma distancia desde la cual había lanzado su primer ataque, hizo una pausa, bajó la cabeza como si rezara para obtener el favor de la victoria y de nuevo se disparó hacia adelante, tan confuso a la vista como lo había sido antes: un rayo de luz blanca lleno de monstruosos temblores que ascendía cortando el aire. Apuntó esta vez hacia el ángulo derecho con respecto al primer golpe, y su impaciencia era tan grande que chocó contra el enemigo antes de que éste alcanzara el punto más bajo de su arco. Como consecuencia, mi tío voló trazando, una y otra vez, un semicírculo cuyo radio era igual a la mitad del largo de la cuerda que —había olvidado decirlo— era de unos seis metros de largo. Sus alaridos, que se escuchaban in crescendo cuando se acercaban y en diminuendo cuando se alejaban, hacían que la rapidez de sus revoluciones fuera más clara para el oído que para la vista. Era obvio no había recibido golpes en ningún punto vital. Su postura en el costal y la distancia a la que colgaba del suelo obligaría al carnero a concentrarse en sus extremidades inferiores y en la parte baja de su espalda. Como una planta que ha clavado sus raíces en algún mineral venenoso, mi pobre tío, allá arriba, moría lentamente.&lt;br /&gt;“Después de despachar su segundo golpe, el carnero no se retiró. La fiebre del combate bullía en su corazón; su cerebro estaba intoxicado por el vino de la furia. Como un pugilista que en su coraje se olvida de todas sus habilidades y pelea inútilmente con sólo la mitad de la extensión de su brazo, la furiosa bestia trataba de alcanzar al enemigo dando penosos saltos verticales, aunque a veces, sin duda, lograba alcanzarlo ligeramente, en general desviado por su furia sin objeto. Pero, cuando se acabó el impulso y los círculos que daba el hombre se hicieron más cerrados y menos veloces y lo acercaron al suelo, su táctica produjo mejores resultados, permitiendo una calidad superior en los gritos, que yo disfrutaba enormemente.&lt;br /&gt;“De pronto, como si las cornetas hubieran tocado retirada, el carnero suspendió hostilidades y se alejó, arrugando sus aquilinas narices, resoplando y, ocasionalmente, mordiendo un puñado de pasto y masticándolo con lentitud. Parecía que se hubiera cansado del furor de la guerra y hubiese resuelto cambiar la espada por el arado y cultivar con él las artes de la paz. Mantuvo el rumbo fijo, retirándose del campo del honor, hasta que se hubo alejado poco más de medio kilómetro. Allí se detuvo y se quedó parado, con la retaguardia vuelta hacia el enemigo, rumiando, aparentemente adormilado. Observé, sin embargo, que de vez en cuando giraba un poco la cabeza, como si su apatía fuera más simulada que real.&lt;br /&gt;“Mientras tanto, los gritos del tío William se habían ido desvaneciendo junto con el movimiento, y nada se escuchaba de él, excepto algunos gemidos muy suaves y, a intervalos más largos, mi nombre, pronunciado en un tono suplicante que gratificaba mis oídos. Resultaba evidente que el tipo no tenía la menor idea de lo que le había pasado, que se encontraba aterrorizado por algo que no entendía. La Muerte, cuando llega embozada en el misterio, puede ser de veras terrible. Poco a poco las oscilaciones de mi tío disminuyeron, y finalmente se quedó colgando, inmóvil. Fui hacia él y, cuando estaba a punto de darle el golpe de gracia, escuché una serie de golpes firmes que hacían temblar el suelo como una serie de pequeños terremotos. Me volví en dirección al carnero y vi una inmensa nube de polvo que avanzaba hacia mi con una rapidez tan inconcebible que podía resultarme de funestas consecuencias. A unos veinticinco metros se frenó un poco, y desde donde la nube surgió, volando por los aires, lo que al principio confundí con un inmenso pájaro blanco. Su ascenso era tan suave, tan natural y regular que no pude calcular su extraordinaria velocidad; me quedé embobado, admirando su gracia. Hasta el día de hoy queda en mí la impresión de que se trataba de un movimiento lento y deliberado, que el carnero —porque se trataba de él— volaba gracias a un poder que estaba más allá de su propio impulso, que era sostenido, en cada uno de los puntos de su vuelo, con un cariño y un cuidado infinitos. Mis ojos siguieron su viaje a través del aire con inexpresable placer, más profundo aún gracias al contraste con el pánico que sentí mientras se acercaba a la tierra. El noble animal navegaba con firmeza, siempre hacia adelante, su cabeza casi escondida entre sus rodillas, sus patas delanteras echadas hacia atrás, las traseras siguiéndolo como si se tratara de una grulla en pleno vuelo.&lt;br /&gt;“A una distancia de doce o quince metros, según recuerdo, alcanzó su cenit y pareció que por un instante se quedaba inmóvil; luego, echándose repentinamente hacia adelante sin alterar la posición relativa de sus partes, cayó en una curva cada vez más cerrada y a una velocidad cada vez mayor, pasó sobre mí como un suspiro, con un sonido parecido al zumbido de una bala de cañón, y alcanzó a mi pobre tío donde de seguro se encontraba la parte más alta de su cabeza. Tan terrible fue el impacto que no sólo se rompió el cuello del hombre, sino también la cuerda; el cuerpo ya muerto, estrellado de ese modo contra la tierra, fue convertido en pulpa bajo la temible testa del meteórico ovino. El impacto detuvo todos los relojes entre Mano Sola y el rancho de Dan el Holandés, y el profesor Davidson, distinguida autoridad en materia de sismos, que por casualidad se encontraba en los alrededores, rápidamente explicó que las vibraciones siguieron una dirección de norte a sudeste.&lt;br /&gt;“Para ser honesto, no puedo dejar de pensar que, en materia de atrocidades artísticas, el asesinato del tío William difícilmente podrá ser superado.”&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-6878833171726524641?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/6878833171726524641/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=6878833171726524641' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/6878833171726524641'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/6878833171726524641'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/mi-asesinato-favorito-ambrose-bierce.html' title='Mi asesinato favorito - Ambrose Bierce'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-1388881430984671113</id><published>2007-01-16T15:28:00.000-06:00</published><updated>2007-04-07T10:40:56.360-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Textos de otros'/><title type='text'>Retrato de una dama - T.S. Eliot</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt; &lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Versión de Rafael Menjívar Ochoa. Publicada en &lt;i&gt;Alkimia&lt;/i&gt;, San Salvador, en 2000.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Thou hast committed—&lt;br /&gt;Fornication: but it was in another country,&lt;br /&gt;And besides, the wench is dead.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;The Jew of Malta&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;I&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;En medio del humo y la niebla de una tarde de diciembre&lt;br /&gt;Permites que la escena —como sería natural— se componga por sí misma&lt;br /&gt;Con un “He reservado esta tarde para usted”.&lt;br /&gt;Cuatro velas de cera arden en el cuarto de las sombras,&lt;br /&gt;Cuatro aros de luz en lo más alto del techo:&lt;br /&gt;La atmósfera de la tumba de Julieta&lt;br /&gt;Preparada para todas las cosas que se dirán, que quedarán sin decirse.&lt;br /&gt;Hemos dejado, por ejemplo, que el Último Polaco&lt;br /&gt;Transmitiera los Preludios a través de los cabellos&lt;br /&gt;de ella, de las yemas de sus dedos.&lt;br /&gt;“Este Chopin es tan íntimo que creo que su alma&lt;br /&gt;Debe resucitar solamente para los amigos,&lt;br /&gt;quizá para dos o tres, que no perturben esa lozanía&lt;br /&gt;tan manoseada y cuestionada en la sala de conciertos.”&lt;br /&gt;—Y así se desliza la conversación,&lt;br /&gt;    veleidosa, con un cuidadoso y reprimido arrepentimiento,&lt;br /&gt;A través de los matices atenuados de los violines&lt;br /&gt;Que se mezclan con las remotas trompetas.&lt;br /&gt;Y comienza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“No sabe cuánto significan para mí, ellos, mis amigos,&lt;br /&gt;y qué curioso, qué curioso y qué extraño encontrar&lt;br /&gt;una vida conformada así, de desviaciones y finales&lt;br /&gt;(Pues sin duda eso no me gusta… ¿Lo sabía? ¡No está ciego!&lt;br /&gt;¡Qué amable de su parte!),&lt;br /&gt;Encontrar a un amigo con esas cualidades,&lt;br /&gt;Que tenga y que ofrezca&lt;br /&gt;Las cualidades en las que habita la amistad.&lt;br /&gt;¿Qué tanto significa para usted que diga esto?&lt;br /&gt;Sin esas amistades, la vida… ¡qué cauchemar!”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre el serpenteo de los violines&lt;br /&gt;Y las ariettes&lt;br /&gt;De trompetas fracturadas&lt;br /&gt;En mi cabeza un estúpido tom-tom comienza&lt;br /&gt;Absurdamente a martillar un preludio por sí mismo,&lt;br /&gt;Caprichoso monótono&lt;br /&gt;Que es al menos una bien definida “false note”.&lt;br /&gt;—Tomemos el aire en un éxtasis de tabaco,&lt;br /&gt;Admiremos los monumentos,&lt;br /&gt;Discutamos los últimos hechos,&lt;br /&gt;Pongamos nuestros relojes con los relojes públicos.&lt;br /&gt;Luego sentémonos media hora y bebamos de nuestras jarras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;II&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Ahora que las lilas florecen&lt;br /&gt;Ella tiene en su cuarto un jarrón con lilas&lt;br /&gt;Y gira una entre sus dedos mientras habla.&lt;br /&gt;“Ah, mi amigo, no sabe usted, no sabe&lt;br /&gt;Lo que es la vida, usted que la tiene entre las manos.”&lt;br /&gt;(Lentamente gira los tallos de las lilas.)&lt;br /&gt;“Usted deja que fluya, la deja fluir,&lt;br /&gt;y su juventud es cruel, sin remordimientos,&lt;br /&gt;Y sonríe ante situaciones que la juventud no puede ver.”&lt;br /&gt;Sonrío, por supuesto,&lt;br /&gt;Y tomo el té.&lt;br /&gt;“Aunque estos atardeceres de abril me recuerdan&lt;br /&gt;De algún modo mi vida enterrada, y París en primavera,&lt;br /&gt;Siento una paz inmensa, y encuentro que el mundo&lt;br /&gt;Es, después de todo, maravilloso y joven.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz regresa como la desafinación insistente&lt;br /&gt;de un violín roto en una tarde de agosto:&lt;br /&gt;“Estoy segura, siempre, de que usted entiende&lt;br /&gt;Mis sentimientos, segura siempre de que algo siente,&lt;br /&gt;Segura de que tiende su mano por sobre las aguas del abismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Usted es invulnerable: no tiene talón de Aquiles.&lt;br /&gt;Usted continuará y, cuando logre su permanencia,&lt;br /&gt;Podrá decir: en este punto más de uno ha fracasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ¿qué tengo yo, qué tengo, amigo,&lt;br /&gt;que pueda darle, y que pueda usted recibir?&lt;br /&gt;Sólo la amistad y la simpatía&lt;br /&gt;De alguien que se acerca al final del viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sentaré aquí, a servir el té a los amigos.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomo el sombrero: ¿cómo acotar, cobardemente,&lt;br /&gt;Lo que apenas me dijo?&lt;br /&gt;Me verán cualquier mañana en el parque&lt;br /&gt;Leyendo las tiras cómicas y la página deportiva.&lt;br /&gt;Noto con particular interés&lt;br /&gt;Que una condesa inglesa salta a la palestra,&lt;br /&gt;Un griego fue asesinado en un baile de polacos,&lt;br /&gt;Otro defraudador de bancos confesó.&lt;br /&gt;Mantengo el semblante,&lt;br /&gt;Permanezco impávido,&lt;br /&gt;Excepto cuando un piano callejero, mecánico y cansado,&lt;br /&gt;Reitera alguna canción desgastada hasta el absurdo,&lt;br /&gt;Que en el olor de los jacintos, a través del jardín,&lt;br /&gt;evoca las cosas que otras personas han deseado.&lt;br /&gt;¿Son correctas estas ideas, o incorrectas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;III&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La noche de octubre cae; regresa como antes,&lt;br /&gt;Excepto por la ligera sensación de estar confortablemente enfermo.&lt;br /&gt;Galopo las escaleras y giro la perilla de la puerta&lt;br /&gt;Y siento como si hubiera galopado sobre manos y rodillas.&lt;br /&gt;“Así que se va lejos. ¿Cuándo piensa regresar?&lt;br /&gt;Pero es una pregunta inútil.&lt;br /&gt;Apenas sabe usted cuándo regresará:&lt;br /&gt;tendrá mucho que aprender.”&lt;br /&gt;Mi sonrisa se desploma en medio del bric-à-brac.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Quizá pueda escribirme.”&lt;br /&gt;Mi seguridad parpadea durante un segundo;&lt;br /&gt;Ocurrió lo que imaginaba.&lt;br /&gt;“Me he preguntado con frecuencia, últimamente&lt;br /&gt;(¡Pero nuestro principio nunca ve nuestro final!)&lt;br /&gt;Por qué no nos hemos hecho amigos.”&lt;br /&gt;Me siento como el que sonríe y de repente, al volverse,&lt;br /&gt;se encuentra con su cara en el espejo.&lt;br /&gt;Mi seguridad palidece: de verdad nos encontramos a oscuras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Porque todos lo decían, todos nuestros amigos,&lt;br /&gt;Todos estaban seguros de que nuestros sentimientos serían&lt;br /&gt;¡Tan estrechos! Yo misma apenas puedo entenderlo.&lt;br /&gt;Ahora debemos dejárselo al destino.&lt;br /&gt;Usted escribirá cuanto desee.&lt;br /&gt;Quizá no sea demasiado tarde.&lt;br /&gt;Yo me sentaré aquí, y serviré el té a los amigos.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y deberé adoptar una apariencia y otra, cambiar,&lt;br /&gt;Encontrar una expresión… bailar, bailar&lt;br /&gt;Como oso bailarín,&lt;br /&gt;Gritar como una cotorra, farfullar como un mono.&lt;br /&gt;Tomemos el aire en un éxtasis de tabaco…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Bien! ¿Y qué si ella muere alguna tarde,&lt;br /&gt;Una tarde gris y humeante, una noche amarilla y rosada;&lt;br /&gt;Si muere y me deja sentado con una pluma en la mano&lt;br /&gt;Y con el humo que baja de los tejados de las casas,&lt;br /&gt;Vacilante, sin saber qué sentir&lt;br /&gt;Durante un momento, sin saber si entiendo&lt;br /&gt;o si fue algo sabio o estúpido, tardío o prematuro…?&lt;br /&gt;Después de todo, ¿no tiene ella la ventaja?&lt;br /&gt;Esta noche es la perfecta “tarde que muere”,&lt;br /&gt;Ahora que hablamos de morir…&lt;br /&gt;¿Y tengo el derecho de sonreír?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-1388881430984671113?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/1388881430984671113/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=1388881430984671113' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1388881430984671113'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1388881430984671113'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/retrato-de-una-dama-ts-eliot.html' title='Retrato de una dama - T.S. Eliot'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-1408428921644428959</id><published>2007-01-15T10:31:00.000-06:00</published><updated>2007-01-15T10:35:53.560-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ensayo'/><title type='text'>Manual del perfecto transa. Introducción</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado por PROMEXA, México, 1999.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTE LIBRO Y USTED&lt;br /&gt;Si adquirió este libro, hay dos posibilidades:&lt;br /&gt;1. Usted no es un transa; de lo contrario no necesitaría de un manual para aprender a serlo, y lo compró porque:&lt;br /&gt;a) Tiene la esperanza de triunfar en la vida, o por lo menos de mejorar su nivel de ingresos, gracias a los secretos que encontrará aquí.&lt;br /&gt;b)  Quiere protegerse de los que sí son transas, o que son más transas que usted.&lt;br /&gt;2. Usted es un transa, y lo que lo motiva a leer este libro es:&lt;br /&gt;a)  Aprender nuevas técnicas y conceptos para perfeccionar su oficio.&lt;br /&gt;b)  Convencerse de que usted es tan buen transa que sus métodos ni siquiera aparecen en este libro, y que su carrera no peligra.&lt;br /&gt;c)  Burlarse del autor.&lt;br /&gt;Si usted se encuentra entre las personas descritas en el apartado 1, inciso a), sepa de una vez que los transas nacen, no se hacen; es un talento inexplicable como el que mueve a los músicos, los poetas, los mecánicos automotrices y los políticos.&lt;br /&gt;Y desde luego que hay transas que se dedican a la música, la poesía y, más particularmente, a la mecánica automotriz y a la política; lo transa va más allá de los oficios, el sexo, la posición social, la religión o el equipo de fútbol al que se le vaya (también en el fútbol hay transas); lo transa es una categoría espiritual, un estado del alma al que sólo unos cuantos mortales pueden acceder.&lt;br /&gt;No espere, pues, ser un maestro de la transa con sólo leer este manual: nuestro objetivo es, si no tiene el talento natural suficiente, ayudarlo a que adquiera los conocimientos y las armas necesarias para que pueda ganarse la vida deshonestamente —como todos los transas—, con la conciencia de que está haciendo su mejor esfuerzo. Sea realista y comprenda de una vez que habrá gente mejor que usted en este duro oficio; pero, así como hay escritores, políticos y mecánicos de gran talento, también los hay de segunda fila, y todos tienen su lugar —modesto, pero necesario— en el orden natural de las cosas.&lt;br /&gt;Aplíquese, practique, ejerza la transa, y en muy poco tiempo estará colmado de satisfacciones: lo admirarán en el trabajo, se encontrará rodeado de mujeres que nunca soñó que le harían caso, será respetado por sus compañeros y sus hijos se avergonzarán de usted, la más alta recompensa que un perfecto transa puede pedirle a la vida.&lt;br /&gt;Si usted está entre los comprendidos en el apartado 1, inciso b), es decir los que quieren protegerse de los transas, probablemente este libro pueda ayudarlo a evitar algunas malas jugadas, pero no de todas (y más bien muy pocas), por los motivos que se explican en el mismísimo capítulo primero, unas cuantas páginas más adelante. Si cae en las garras de un transa después de leer este libro —y es seguro que así será—, podrá decir que ya sabía lo que le esperaba y, qué rayos, al menos no lo agarraron desprevenido.&lt;br /&gt;Si usted es un profesional de la transa, este libro no es para usted: se trata de un manual básico, para principiantes, dedicado a aquellas personas a las que la naturaleza les dio menos dotes que a usted, pero que desean progresar. Se dará cuenta de que hay muchas cosas que se le han pasado por alto al autor, y muy pocas de las que no deben ser divulgadas al público para que usted (sí, usted) siga ganándose la vida gracias a su talento.&lt;br /&gt;Si lo que pretende al leer este libro es burlarse del autor, bienvenido; pero sólo hágalo si adquirió este libro sin pagar un centavo, pues lo más probable es que en esta ocasión el transado haya sido usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;TRANSAS Y ESTAFADORES&lt;br /&gt;No se puede negar que hay verdaderos magos de la transa, en todos los estratos de la sociedad y en todos los oficios, pero no se deje llevar por las apariencias: la transa, aunque involucre millones y millones de pesos, y aunque requiera de cierto don para llevarla hasta sus grados de mayor sofisticación, en materia artística es sólo una actividad secundaria. La transa, para decirlo con todas sus letras, es apenas una pálida sombra de una de las actividades creativas más admirables del ser humano: la estafa.&lt;br /&gt;Encárelo de una vez: el estafador es un artista. El transa, a lo mucho, aspirará a ser un buen técnico. La diferencia entre uno y otro es la que hay entre Leonardo da Vinci y el señor que pinta bardas en las campañas electorales. El señor de las bardas cumple con su misión en la vida, y quizá hasta ejerza la transa creativamente (“¿Cómo que se gastó diez mil litros de pintura en una sola barda?”, “Es que le di dos manos para que se viera mejor”); pero Leonardo, con un simple pincel, ha llegado mucho más lejos de lo que ha llegado cualquiera con una brocha gorda.&lt;br /&gt;Hay una diferencia fundamental entre el estafador y el transa. El estafador trabaja solo: es un romántico. Sus únicas armas son su ingenio, su poder de convicción, su inteligencia y, sobre todo, su audacia. No hay nada ni nadie que lo proteja, excepto su capacidad para saber cuándo actuar, cuándo detenerse, cuándo retirarse y cuándo irse al diablo. No tiene credenciales que lo respalden —a menos que las haya falsificado—, altos puestos en el gobierno ni posiciones influyentes; desprecia las armas, el chantaje y la violencia; el dinero que gana con el sudor de su ingenio es, para él, muchísimo más que dinero: es una recompensa espiritual. El estafador es básicamente un solitario, como el vaquero que se enfrenta solo contra todo un pueblo repleto de bandidos… con la diferencia de que él es el bandido.&lt;br /&gt;El transa, ante todo, se aprovecha de su posición —social, administrativa o laboral—, que necesariamente es más alta que la del transado. El ejemplo más claro son los policías de tránsito que perdonan infracciones reales o imaginarias a cambio de un reconocimiento en metálico que estimula los procesos químicos que afectan la región cerebral dedicada al olvido.&lt;br /&gt;Llámesele soborno, mordida o cohecho, no sería posible que recibieran nuestra voluntaria contribución si no tuvieran la autoridad para levantarnos una infracción, cuyo monto sería mucho más elevado que el billete que les damos, o si por ley no tuvieran la capacidad y la credibilidad suficiente para llevarnos a la delegación y acusarnos ya no de pasarnos un alto o de darnos la vuelta en un lugar prohibido, sino de ataque a la autoridad, resistencia al arresto, cantar canciones patrias en estado de ebriedad, incitación a la rebelión en la vía pública, estupro y faltas a la moral.&lt;br /&gt;Si las negociaciones con el agente de tránsito fallan, y por algún motivo (decencia, quizá) no queremos estimular sus procesos cerebrales con una inyección en efectivo, no nos hemos librado de ser víctimas de una transa. Por el contrario, la dosis de medicina deberá ser masiva, pues habrá que aplicársela a un agente del ministerio público, cuyas tarifas son mayores porque es mucho mayor la dignidad de su puesto; los encargados del corralón, el guardia de la entrada, la señora que hace la limpieza, la secretaria del licenciado (que no tiene que ver en el asunto, pero que anda por allí viendo a quién se transa) y, claro, el policía que nos detuvo originalmente.&lt;br /&gt;El estafador es sutil. No se aprovecha de su posición en la sociedad, porque no tiene ninguna: se aprovecha de las debilidades humanas —todos los pecados capitales y la parte más interesante de los mortales—, y hasta es capaz de hacer que nosotros mismos le supliquemos que por favor se quede con nuestro dinero. El transa también se aprovecha de nuestras debilidades, pero sólo de las que tienen que ver con nuestra posición inferior con respecto a él. Es el caso de los funcionarios de cualquier nivel que piden propinas a cambio de realizar algún trámite (a pesar de que su obligación es que los trámites se realicen), del prestamista que cobra intereses del cien por ciento mensual, semanal o diario a personas que no tienen otra opción que aceptar, y del constructor que utiliza materiales de calidad inferior (y los cobra como si hubiera usado uranio en la mezcla) gracias al apoyo de un inspector que tiene el poder suficiente para que la construcción se efectúe o se clausure, y que con toda justicia recibirá una parte de las ganancias derivadas de la transa.&lt;br /&gt;Los transas, pues, son gente común y corriente que se encuentran en la posición adecuada para aprovecharse de la gente común y corriente que no se encuentra en ninguna posición. La carne de la que se nutren los estafadores, por otra parte, son los mismísimos transas.&lt;br /&gt;Está, por ejemplo, aquel tipo que en 1925 vendió dos veces la torre Eiffel a empresarios franceses. El tipo, de nombre Victor Lustig, logró convencerlos de que uno de los símbolos más importantes de Francia sería desmantelado, pues mostraba fallas estructurales graves. El gobierno (al que él representaba, según lo demostraban las cartas credenciales que había falsificado con gran primor) quería mantener el asunto en secreto, para evitar reacciones adversas de la ciudadanía; si se llegaba a difundir el asunto, lo más probable era que la torre Eiffel permaneciera en su lugar, así que cuidadito con decir palabra. Los cinco empresarios que participaban en la operación se callaron la boca (que a esas alturas ya tenían hecha agua): el negocio para el que supuestamente concursaban era el desmantelamiento de la torre Eiffel, cuyo material el ganador podría vender después. A precio de chatarra, de acuerdo, pero sólo hay que imaginarse lo que les redituarían los cientos de toneladas de chatarra de la torre para darse cuenta de que se trataba de un negocio de lo más redondo.&lt;br /&gt;La trama de la estafa era absurda, desde luego: los franceses de entonces (y de ahora) son capaces de declarar el alemán o el inglés como idioma oficial antes de tirar la torre Eiffel, así se esté cayendo en pedazos. Pero Lustig, gracias a sus dotes personales (con las credenciales falsas de por medio), convenció a transas verdaderamente experimentados de que podían hacer el negocio de su vida. Por supuesto que sólo uno de los participantes iba a llevárselo, como en todos los concursos de oposición; pero, qué rayos, ya habría modo de inclinar la balanza gracias a un interesante soborno que se le ofrecería al hombrecito gris que representaba al gobierno francés.&lt;br /&gt;El hombrecito gris, por su parte, les dijo que para entrar al concurso había que entregar una cantidad más o menos respetable de dinero, por supuesto a cambio de un recibo, magníficamente falsificado, con la firma del ministro del Interior, de Obras Públicas o algo así. Los empresarios ni siquiera dudaron: entregaron el dinero, recibieron a cambio un papel que no valía nada y se pusieron a esperar.&lt;br /&gt;Esperaron en vano: Lustig desapareció del mapa, junto con el dinero de los depósitos y el soborno que le había dado uno de ellos para obtener su favor. Y aquí es donde se puede notar muy claramente una de las diferencias entre un transa y un estafador. El transa hubiera seguido adelante para ganar más dinero, siempre más dinero; el estafador, modesto y nada deseoso de bienes materiales, se retiró en el momento oportuno. Sus ganancias no fueron despreciables, pero su satisfacción fue sobre todo espiritual: haberle vendido la torre Eiffel a una bola de transas. Los empresarios no presentaron denuncia alguna, de la pura vergüenza.&lt;br /&gt;Lustig probó suerte otra vez y vendió la torre Eiffel a otro empresario; éste seguramente era un mejor transa que los anteriores, porque no tenía sentido de la vergüenza: denunció al estafador, que debió huir a Estados Unidos para seguir ejerciendo su arte. Pero ésa es una historia que deberá ser contada en otra ocasión y en otro lugar.&lt;br /&gt;Está el caso de Enrico Sampietro, que tenía unas manos maravillosas a la hora de agarrar el pincel o el lápiz. Era capaz de copiar a la perfección un cuadro de Rembrandt, pero le faltaba lo más importante: talento para hacer sus propios cuadros, y que valieran la pena. Aunque dedicó su juventud a estudiar pintura, sus obras eran de lo más aburrido. ¿Qué hacer con tanta técnica y tan poco talento? Falsificar billetes, por supuesto. Falsificó todo tipo de moneda, en varios países, durante muchos años. Sus billetes eran simplemente perfectos… o casi perfectos, porque al final fue atrapado en México y cumplió una larga sentencia en Lecumberri.&lt;br /&gt;Con sólo sus manos y su audacia, Enrico Sampietro logró que lo persiguieran las policías de decenas de países, y fue considerado el mejor falsificador de moneda del mundo. Pasó a la posteridad como uno de los mejores estafadores de la historia, y se le recuerda con respeto. Hay transas famosos, pero, en lugar de ellos o su obra, la que pasa a la posteridad —sin respeto, por cierto— es la autora de sus días.&lt;br /&gt;Veamos en cambio cómo funciona una transa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Automovilista:&lt;/span&gt; ¿Qué pasa, agente?&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Policía:&lt;/span&gt; Se brincó un alto y venía a exceso de velocidad.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Automovilista:&lt;/span&gt; ¿Cuál alto? ¡Ni siquiera hay semáforo!&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Policía:&lt;/span&gt; No, pero como si lo hubiera. Aquí tengo un cronómetro y voy contando lo que se tardan las luces del semáforo, y usted se pasó cuando le tocaba al rojo.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Automovilista:&lt;/span&gt; ¡Está loco!&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Policía:&lt;/span&gt; Son las nuevas disposiciones. Como no hay presupuesto para comprar semáforos, nos dieron estos relojitos y nos dijeron que así le hiciéramos. Y si me dice loco otra vez, me lo jalo por falta de respeto a la autoridad competente.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Automovilista:&lt;/span&gt; Además yo no venía a exceso de velocidad: estoy estacionado aquí desde hace un rato.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Policía:&lt;/span&gt; Es que se le ve en la cara que corre mucho.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Automovilista:&lt;/span&gt; ¿Y qué?&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Policía:&lt;/span&gt; Pues que yo soy de la policía preventiva, y tengo que prevenir que provoque una desgracia por andar a exceso de velocidad. Además, ¿qué hace aquí estacionado?&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Automovilista:&lt;/span&gt; Estoy esperando a que mi esposa salga del banco. Mire, allí viene.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Policía:&lt;/span&gt; ¿La señora de la minifalda? No, pues ahora sí está en problemas: me los voy a llevar a los dos por faltas a la moral, porque con esa ropa su señora sólo provoca malos pensamientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así sucesivamente. Como se ve, entre la creatividad de los estafadores y la de los policías de tránsito hay una diferencia abismal. Los estafadores improvisan a cada segundo, adulan, convencen. Los transas simplemente tienen más autoridad que el cliente y lo ponen entre la espada y la mordida. Eso en el caso de que hubiera un “cliente”: la mayoría de las transas no tienen el calor humano que tienen las estafas.&lt;br /&gt;A lo mucho, los transas aprovechan el poder de su firma (que se les ha dado como funcionarios públicos o privados que son), realizan una transferencia y ya. Hasta en eso el mundo moderno se vuelve más funcional y frío, sin el contacto personal que solía haber en los viejos tiempos. En los niveles más altos, así como en los más bajos, no es pues el ingenio lo que caracteriza los modos de ejercer la transa. Vea el diálogo que sigue:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Funcionario:&lt;/span&gt; ¿Ya está aprobado el presupuesto?&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Secretario particular:&lt;/span&gt; Ya.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Funcionario:&lt;/span&gt; Bien. Toma el diez por ciento para ti…&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Secretario particular:&lt;/span&gt; Habíamos quedado en el quince por ciento.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Funcionario:&lt;/span&gt; Agarra el trece y que no se hable más.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Secretario particular:&lt;/span&gt; De acuerdo.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Funcionario:&lt;/span&gt; Entonces toma el once por ciento para ti y el resto transfiérelo a mi cuenta en Suiza.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Secretario particular:&lt;/span&gt; El trece.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Funcionario:&lt;/span&gt; Que sea el doce. Y cómprame un boleto a Río de Janeiro para hoy mismo, porque después de ésta sí me agarran. Ah, y háblale a mi esposa para decirle que no me espere a cenar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los niveles más bajos de la transa están los que aceptan pequeños regalos en especie (unas flores, un boleto para el fútbol) por hacer lo que de todos modos deben hacer. Para ellos este manual puede ser útil, pues sin duda se trata de personas que necesitan de ayuda para superarse: ¿cómo puede creer que unas flores o un boleto de sol para el fut son la recompensa que un buen transa pueda merecer?&lt;br /&gt;En los niveles más elevados están los sacadólares, los prestanombres, los secretarios de estado que otorgan contratos a sus propias empresas, los que abren cuentas secretas en Suiza con fondos de la nación, etcétera. Está de más decir que este manual no es para ellos, y más bien se les agradecería que publicaran uno para que al menos nos enteráramos de por qué estamos como estamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LOS MOTIVOS DEL TRANSA&lt;br /&gt;No se haga ilusiones: para un transa no hay motivos elevados. Lo único que lo mueve es el dinero y lo que se puede comprar con él, sea comida o poder. Están los que transan para sobrevivir (los policías de tránsito que ya mencionamos: sus sueldos son malísimos), los que transan por transar (sí, los hay que son compulsivos, y hasta se está planeando la creación de una organización totalmente lucrativa llamada Transas Anónimos) y los que transan para pertenecer al selecto grupo de los que dictan los destinos de los países y los pueblos.&lt;br /&gt;¿A cuál clasificación pertenece o quiere pertenecer usted? En este manual encontrará algunas pistas que le serán útiles, junto con algunos métodos que le ayudarán para lograr su objetivo —siempre pensando en su superación personal— y el contexto histórico de la transa para que no digan que es usted un ignorante que gana su dinero sin conocimiento de causa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-1408428921644428959?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/1408428921644428959/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=1408428921644428959' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1408428921644428959'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/1408428921644428959'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/manual-del-perfecto-transa-introduccin.html' title='Manual del perfecto transa. Introducción'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-498759856811286052</id><published>2007-01-13T14:32:00.000-06:00</published><updated>2007-01-13T14:45:52.386-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Breve recuento de todas las cosas. Fragmentos</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Novela aún inédita y en proceso de traducción por Thierry Davo para su publicación en FRancia. Los fragmentos se han tomado al azar; no necesariamente habrá continuidad entre ellos. Fue escrita entre 1998 y 2004.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;I. La rabia inútil&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Ahora, en este preciso día y en este preciso lugar, quizá en espera de alguna señal visible sólo para él, esos ojos vacíos se encuentran a veinte centímetros de la pared, abiertos, sensibles de un modo más bien mecánico a la insensible erosión en la pintura, a la creación de una pátina que tardará años en comenzar a notarse porque, a pesar de que algo en la luz prefigure el moho, todo a su alrededor es árido, podría decirse “un desierto” sin miedo al lugar común, porque ¿qué más desierto que un lugar que sólo sirve para contenerlo a él, un cuerpo sin conciencia? Si fuera capaz de sentir y de traducir a pensamientos sus sensaciones, si tuviera la voluntad necesaria para activar sus sensaciones, si generara pensamientos y contara con la capacidad de percibir o distinguir sensaciones, diría que hace mucho tiempo que no siente sus piernas, no del modo en que las siente un caballo o una mujer con dolor de pies, incluso un paralítico, que necesariamente tiene la noción de estar inmóvil e insensible. Cuando se levante –tarde o temprano deberá levantarse, se dé cuenta o no, lo quiera o no–, el cosquilleo y el dolor en las coyunturas deberían darle una nueva sensación en la cual concentrarse, pero no se concentrará, no se concentrará, no sentirá nada, no se concentrará, y si tuviera noción de ello seguramente lloraría como un niño, si no hubiera olvidado su niñez, si alguna vez la tuvo, si la niñez fuera un estado deseable y no un proceso larvático, una etapa hacia algo (pero ¿es que él se dirige hacia alguna parte que no sea hacia adelante en el tiempo, si el tiempo es secuencial?), sin más esperanza que la de llegar hasta el día siguiente y así hasta una indefinida adultez; si la niñez fuera algo más que contradicción y dolor, la certeza de una culpa ante cualquier acto futuro o imaginario, la carne del psicoanálisis, la carroña de la que se ceban los progenitores y los enfermeros psiquiátricos, y la iglesia, cualquier iglesia; si la niñez, en fin, fuera sólo sus juegos y no la violación y el incesto repentino, el síndrome de muerte en la cuna, los golpes en las mejillas y en los glúteos, la calle hostil –¿aún hay calles?–, el cuarto de las ratas, la mentira, los profesores que olvidaron su niñez porque fue lo peor que pudo pasarles y quieren que se sepa y se transmita hasta la última generación.&lt;br /&gt;La sensación de incomodidad en las piernas desde luego estará allí cuando se ponga de pie, y su cerebro transmitirá las señales adecuadas para que él las perciba, pero sólo las percibirá como un impulso eléctrico, no como pensamiento estructurado o como necesidad de que la sensación se acabe. La desagradable sensación de cosquilleo en las piernas debería ser un buen sucedáneo de la razón cuando la razón se ha perdido, pero él no tiene esa opción: está mucho más allá de las sensaciones, está en un lugar donde nadie puede tocarlo ni aun superficialmente, tocar una representación de lo que es en el fondo, en el oscuro y lejano fondo donde talvez brille el último brillo de su razón. No es que esté loco: está bien, de verdad, está mejor que nunca. Hablar de catatonia sería de risa loca, o de autismo o de algún tipo exquisito de esquizofrenia. Tampoco debe pensarse en desajustes neurológicos, de malas conexiones o de algún súbito cortocircuito que lo envió hacia muy dentro de sí mismo, es decir hacia ningún lugar que valiera la pena visitar. Talvez esté mejor que nadie, después de todo, de verdad que está bien, y talvez conserve la razón que estrenó el día en que dijo por primera vez “Buenos días” o “Me duele”, y en realidad la razón que se ha perdido es la del universo que gira a su alrededor, no la suya: talvez él es lo único cuerdo que queda en cualquier parte, y no es el universo quien lo castiga, sino él quien castiga al universo con su silencio, con su inmovilidad a veces, con sus movimientos de autista en ocasiones, con su estupidez inexpresiva que cualquiera que no supiera calificaría de seriedad porque de algún modo hay que llamar a las expresiones de cualquier rostro; castiga al universo, pero al universo parece no importarle –él está allí para que a nadie le importe–, no puede importarle, no debe importarle, o el universo dejaría de ser El Universo y se convertiría en la expresión de sus caprichos, en su juguete: existiría solamente para que su encierro fuese posible, y él sería Dios, y el universo su inútil obra.&lt;br /&gt;Pero ¿cómo podría ser Dios si se encuentra allí y solamente allí, y no en todas partes; específicamente allí, con la apariencia frágil de cualquier hombre al que puede aplastar una roca, deshidratar el cólera, dejar sin dientes el escorbuto, marcar la viruela y –si los tuviera– los recuerdos más tristes? ¿Cómo podría ser Dios él, que no sabe ni puede ni pretende saber por qué están rotas –eso parece, eso es– las conexiones entre sus ojos y el cerebro, entre el cerebro y su voluntad, entre la voluntad y sus manos? No podría ser Dios porque huelen su piel y su boca y sus pies y, si se le abriera en canal, olerían sus intestinos, a menos que Dios de verdad estuviera hecho a imagen y semejanza de sus hijos, y entonces tampoco sería Dios, sino un padre a secas, mortal y desechable.&lt;br /&gt;¿Qué fuerza hubiera podido apresarlo, encerrarlo, conducirlo a ese estado casi vegetal si fuera Dios? Aunque talvez –sólo talvez– él mismo accedió a que le pusieran ese uniforme, después de ser capturado, juzgado y condenado –si hubo captura, juicio y veredicto después de que condescendió a esa forma imperfecta y a esa materia deleznable en la que está más encerrado que en una simple celda–, porque hay antecedentes en la historia y porque la historia debe repetirse para que los actos no sean fortuitos; talvez –sólo talvez– dijo “Aquí se acaba” o su equivalente en el idioma de un ser único e infinito, y armó ese tinglado sin emoción y se recluyó para siempre, y simplemente dejó que las cosas pasaran sin él, que siguieran como estaban en el momento de comenzar su encierro, el universo, los universos, todo, presas de la inercia original del big-bang o de la chispa divina –si no son lo mismo– y que se fuera todo a la mierda: él ya había cumplido y ahora le tocaba vivir un séptimo día de proporciones cósmicas. Quizá allí, así, está siendo Dios: deja que las cosas se muevan como mejor les convenga, y la entropía y el polvo cósmico desatado, y las estrellas convirtiéndose en novas, colgadas de ninguna parte, como los focos excesivos de un viejo árbol de navidad, y el libre albedrío y cada átomo en su orden exacto. ¿Quién sería capaz de asegurar que él no es Dios? ¿Quién para juzgar su pasada grandeza, su pequeñez actual, su falta de ánimos? ¿Quién, en fin, para comprenderlo y decir “Ese hombre es esto y lo de más allá, aunque sea Dios que se esconde del destino, si Dios puede ser manipulado por el destino como nosotros, los demás”? Sólo, quizá, los ángeles malditos que lo han derrocado y puesto en una celda vulgar en la que no pasa nada, ni siquiera él, ni siquiera el aire, ni siquiera las rejas que cortan el paisaje –no hay ventanas ni paisaje– y le dan un sentido perverso al paisaje: el de estar afuera, intocable, imposible. (¿Quién ha visto la luna herida por barrotes y no ha llorado?) Pero ¿qué ángeles? Pero ¿por qué los ángeles? Pero ¿cómo y cuándo?&lt;br /&gt;Si él fuera Dios y estuviera preso, si alguien lo puso a recorrer el vacío que hay más abajo de la piel, mucho más allá de las percepciones y de la lógica de las cosas, debió ser más poderoso que la omnipotencia que se le atribuye, o quizá tan débil como la doncella –si aún quedan doncellas– que abate con su amor a bestias y vampiros. Quizá un coro de arcángeles que hizo cantar sus espadas hasta volverlo sordo y confundirlo, quizá la ira de todos los humanos y de todo lo que salió de sus manos –pero ¿qué podría la ira contra él, que le dio nombre?–, quizá el aliento virgen de la última vestal se le emponzoñó en el alma y fue llevándolo a ese estado tras siglos y milenios de incubación: si tan sólo hubiera a la vista un calendario o un reloj o una tabla cronológica podría saberse cuánto duró la incubación, cuánto la ira, cuánto el canto de las espadas de los ángeles, y desde hace cuánto está allí, y cuál es el motivo de su encierro. Pero talvez bastaría con acercarse, poner los labios cerca de su oído y preguntarle “¿Desde hace cuánto?” y “¿Por qué?” para que recuperara la conciencia y hablara como si apenas ayer por la noche hubiera decidido quedarse mudo: uno a veces no quiere hablar y por eso calla; uno a veces no quiere ver ni oír, y por eso se encierra; uno a veces no quiere nada y punto, y por eso se sienta en el suelo a observar la pared o cualquier cosa, la mente convertida en un torbellino de brumas y silencios. Quizá, si a alguien se le hubiera ocurrido decirle “Hola” o “¿Cómo has estado?”, él hubiera vuelto desde hace mucho del lugar donde se encuentra; quizá, si alguien le hubiera preguntado “¿Quién?”, él hubiera contestado “Luzbel, el más bello de todos, que ahora usurpa mi nombre”. Pero sería tan obvio que no valdría la pena abrir la boca para sacarlo del marasmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;II. Ágata&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;AGOSTO 26.&lt;br /&gt;No tengo un nombre, Ágata. No lo necesito.&lt;br /&gt;Quisiera ser viejo para necesitar de un nombre. Hay mucha vida en mí sin embargo, y no es cómodo. No es cómodo ver cómo cambias y te conviertes en una parodia de ti misma, mientras yo envejezco al ritmo habitual. Quisiera sentir miedo; me liberaría de estar a tu lado y de seguir amándote.&lt;br /&gt;Me canso. Respiro y me canso. El sudor es últimamente más denso, tu olor se me impregna con sólo pensarte y me produce arcadas. ¿Recuerdas cómo sudé entre tus piernas? A veces las gotas de sudor caían en tus ojos y, sobre todo, en tu boca. Tú casi no sudabas, pero siempre busqué tu humedad como se busca un desierto. Ahora tu humedad se desborda, y la evito.&lt;br /&gt;Me canso y no duermo. Me siento en tu mecedora a sufrir las horas que se me resbalan viscosas por la piel.&lt;br /&gt;Tu nombre es mi conciencia, ahora lo sé. Tu conciencia es mi duda. Aún lo es. Nunca supe por qué tu nombre era tu nombre.&lt;br /&gt;Si te hubieras llamado de otra manera, intuyo, las cosas hubieran sido iguales a lo que fueron. Duda de quien crea que una persona es su nombre: sólo busca una justificación por haberse equivocado de vida. Duda de quienes sientan vergüenza de su segundo nombre, de su apellido común y corriente, de los que respetan la heráldica y veneran a sus antepasados. Duda de mí, Ágata: no quiero un nombre. No quiero necesitarlo.&lt;br /&gt;Cuando decía “Ágata” de cierta manera, sonreías. Mi tono no era intencional, lo juro. Traté premeditadamente de decirlo así en muchas ocasiones, en más ocasiones de las que quisiera confesar, y no obtuve tu sonrisa. Me extraña, me duele, me perturba que sólo siendo espontáneo haya obtenido tu sonrisa. ¿Qué dejabas entonces para esta máscara que ha sido la guía de mis actos? ¿Qué hiciste durante todo este tiempo para entender que esto, esta máscara, era yo, profundamente yo, que lo superficial también puede ser esencia?&lt;br /&gt;Me estabas matando, Ágata. Me estabas matando en serio. Ahora tú sólo eres tu nombre; ésa es mi venganza. No necesito de un nombre: ése es mi orgullo, pero también mi dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;III. Nostalgia del cadáver&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Maquillar el cadáver. Pintarle las uñas. Ponerle un vestido que le luzca, de preferencia de color durazno pálido, su favorito. Arreglarle el pelo, peinárselo y luego adornarlo con cintas y flores, un detalle anacrónico que no podría lucir mal: Ágata –hay que decirlo– comenzaba a ponerse vieja, así los cadáveres no tengan edad. Colocarla después sobre la cama nuevamente, sonriente y con las manos cruzadas sobre el pecho. (Pero no tiene manos. Pero no tiene labios.) Las piernas alinearlas con delicadeza, un tanto curvadas, un tanto separadas para lograr cierto efecto perturbador, los pies quizá unidos por los talones en un ángulo de cuarenta y cinco grados –grado más, grado menos–, con una ligera desviación hacia la izquierda con respecto al ángulo del colchón para lograr un aire casual. (Pero las rótulas: ¿cómo colocarlas de nuevo? Y ¿cómo lograr que ajusten entre tanta carne rasgada, ligamentos cortados y ya inflexibles, materia al aire y sin piel que la contenga?) Que la luz llegue tenue desde el jardín a través de las cortinas de tul, y que el aire esté abolido para no perturbar su sonrisa sin boca, su mirada sin párpados y ya casi sin ojos, sus mejillas que ya ningún beso rozará sin el riesgo de que se desgarren, tanta muerte han acumulado.&lt;br /&gt;Veamos las sábanas. Es necesario, ya, cambiarlas constantemente, mucho más a menudo que en los primeros días. Es inútil intentar limpiarlas; no hay suficientes detergentes ni suavizantes en el mundo. Los fluidos son cada vez más densos y esenciales, y cada vez escapan del cuerpo con mayor rapidez, con mayor constancia, al menor cambio en el clima, sin motivo. Junto con las sábanas es también necesario cambiar el vestido, la ropa interior –el pudor es necesario: lo que la ropa interior oculta produce a estas alturas más terror que apetencia–, las flores y las cintas en el pelo. Con los colchones no puede hacerse nada, y colocar plástico entre éstos y el cuerpo es empeorar las cosas: se forman charcos, ella tiende a flotar como una Ofelia imposible y sin flores.&lt;br /&gt;El maquillaje se corrompe. Las uñas crecen con una rapidez desesperante, y es necesario despintarlas y volver a pintarlas –la acetona daña los dedos, el olor de la acetona corrompe aún más el ambiente– para mantener constante ese color rojo intenso que contrasta con los demás colores que surgen y se transforman a su alrededor. (Se habla de las uñas de los pies, desde luego. Son pequeñas y perfectas hasta la ternura. Cortarlas es difícil: se resisten a permanecer pegadas a los dedos, y el pegamento epóxico sólo fue una solución provisional que ahora lamenta.) El pelo se reseca. El cuero cabelludo es inestable. La boca huele, y la falta de los labios no alivia ese hálito de cosa que debe enterrarse. Los ojos siguen allí, pero no se sabe –es ésta una etapa ambigua que no estaba prevista: ¿qué puede preverse cuando se habla de un cadáver al que nadie ha llorado, ni siquiera quien amó tanto a su antigua dueña?– si se hinchan o se secan, si se vuelven de piedra o de luz, si brillan tanto que parecen opacos o si se han apagado de tal modo que pareciera que el sol y todo lo luminoso que vieron alguna vez se ha cristalizado en su interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;IV. El llanto perdido&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;el aire reseca los ojos que no parpadean, y la verdadera súplica tiene los ojos fijos y húmedos, como los suyos, que de tan húmedos parecen siempre a punto de llorar, de llover porque me han visto –quizá sea él quien necesita suplicar–, porque ven más allá de mi cuerpo y llegan más lejos de las fronteras finales de mi alma: ven todo lo que soy, y todo eso se resume en mi nombre, que pronuncia como un suspiro:&lt;br /&gt;ágata, dice a veces, y se va,&lt;br /&gt;y la mecedora lo extraña, y por eso sigue moviéndose como se movía en su presencia, impulsada por los latidos regulares de sus ojos, por la dilatación brutal de sus pupilas, por la contracción brutal y no obstante imperceptible de todo su cuerpo, por los latidos irregulares de su sangre:&lt;br /&gt;mi cuerpo se sincroniza con sus latidos, que me empujan irregularmente contra la mecedora, me separan de ella y hacen que me balancee, me aplastan nuevamente contra el respaldo, me succionan hacia él con tal fuerza que creo que voy a derrumbarme de cara contra el piso, como si quisiera derrumbarme a sus pies;&lt;br /&gt;y quisiera también apretar las manos contra los brazos de la mecedora para no moverme con toda esa violencia que sin embargo es embriagadora, pero las manos no me responden:&lt;br /&gt;siento perfectamente cómo mi voluntad le ordena a mi cerebro que le ordene a mis manos que aprieten hasta que los nudillos se pongan blancos y los tendones se tensen y los músculos duelan, pero no tengo manos, ya no tengo manos ni nudillos ni tendones ni músculos que hagan posible que me aferre a la mecedora:&lt;br /&gt;mis manos son suyas,&lt;br /&gt;son suyas porque él las vio&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;V. Sobre la continuidad del silencio&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;De pronto, nuevamente se acaba el tiempo –si alguna vez lo hubo–, o el observador parpadea, o las cosas retroceden a otra época, a otra hora, y ahora él está de pie con un plato en una mano, y en el plato hay comida, y agua en un vaso que sostiene en la otra mano. Quizá sea agua. Quizá sea comida. Su cuerpo sabe que debe sentarse ante la mesa, colocar el plato y el vaso frente a su pecho, tomar un trozo de pan y arreglárselas para trasladar con él la comida del plato a la boca.&lt;br /&gt;Es probable que en los primeros días o meses –si no está de nuevo en los primeros días o meses– el pan no alcanzara para consumir toda la comida, si puede llamársele comida a ese puré grumoso de color indefinible; habrá recurrido entonces a los dedos o habrá dejado en el plato —si tuvo dignidad— la comida restante.&lt;br /&gt;Es posible que a veces le sobrara pan, aunque el problema sería entonces menos grave: nada que un par de mordidas extra no resiolvieran. Ahora —desayuno, almuerzo, cena— el último trozo de pan que se lleva a la boca contiene la última porción de comida adherida, y esa porción no es un gramo mayor o menor que el primer bocado.&lt;br /&gt;El sabor, aunque el color y la textura no prometan lo mejor, sería bueno si tuviera la voluntad de activar sus papilas. Mastica dieciséis veces del lado izquierdo, dieciséis del lado derecho. Traga. Siempre la misma velocidad y presión, siempre la misma pasión: ninguna. El mismo tiempo para todos los desayunos, el mismo para todas las comidas, los mismos latidos del reloj para todas las cenas, para todos los sueños, para lavarse las manos, para orinar, para parpadear, para todo.&lt;br /&gt;Dormirá después de comer. Dormirá en paz.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-498759856811286052?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/498759856811286052/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=498759856811286052' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/498759856811286052'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/498759856811286052'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/breve-recuento-de-todas-las-cosas.html' title='Breve recuento de todas las cosas. Fragmentos'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-438085055892370108</id><published>2007-01-09T02:48:00.000-06:00</published><updated>2007-01-09T02:50:35.205-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuento'/><title type='text'>El cubano</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Del libro inédito de cuentos &lt;i&gt;Un mundo en el que el cielo cae y cae&lt;/i&gt;. Publicado alguna vez, en alguna revista.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por esos días el Coronel andaba fuera de la ciudad y había que esperarlo para que interrogara al tipo antes de que se muriera. Era un asesino profesional que había tratado de matar a un secretario de estado por orden de otro secretario de estado. El que lo había contratado renunció por razones de salud o algo así, y se fue a curarse tan lejos como le alcanzó el planeta. Pero el cubano tenía que morirse. A mí me tocó cuidarlo durante dos noches, por allá por el sur de la ciudad.&lt;br /&gt;El Ronco y el Perro lo habían pescado. Durante un par de días se dedicaron a darle de golpes, como por no dejar. Pero el cubano era un profesional y yo un novato, y no sabía cómo portarme sin hacer el ridículo.&lt;br /&gt;Se veía cansado. Nunca se puso de mal humor, y hasta creo que me agarró cariño. No delató. Tampoco hacía falta: había otros tres o cuatro que habían cantado más de lo que sabían. Había tanta gente metida en el embrollo del atentado que a la semana de investigaciones parecía que todo el país se había puesto de acuerdo para matar al secretario. Así que no era importante que el cubano hablara, y no habló. Aguantó los interrogatorios como el que aguanta ocho horas diarias detrás de un escritorio. Cuando el Coronel habló con él, el Ronco le puso una bala en la nuca. Así terminó nuestra amistad.&lt;br /&gt;Se llamaba Epifanio Cortés, nació en La Habana y llegado a Miami en 1962. Decía que no tenía nada contra la Revolución, pero que le gustaba la buena vida. Le dieron la nacionalidad gringa en 1969 y a los dos meses estaba en Vietnam. Tuvo suerte. Lo regresa¬ron a Estados Unidos cinco meses después, con una herida en una pierna. Me la enseñó. No parecía cosa del otro mundo, y él mismo decía que no era para tanto, pero que le dolía cuando hacía ejercicio o cuando el clima estaba húmedo.&lt;br /&gt;Me habló de las putas vietnamitas –“se ríen demasiado, así como sin ganas”, me dijo– y de cómo le perdió miedo a la muerte en una emboscada cerca de Saigón, al mes y medio de llegar.&lt;br /&gt;–Los vietcong eran gente –me dijo–. Parecían diablos, pero eran gente. Los tiros les dolían igual, y hasta más, porque estaban más hambreados. Los gringos se cagaban cuando había balacera y trataban de irse rápido. Pero yo vi la cara de un vietcong que tenía un balazo en la panza. No sé si yo se lo di; creo que no. Estuve viéndolo más de una hora, hasta que se murió. Las balas pasaban por todas partes y yo estaba agachado junto a él, apuntán¬dole a la cara y viendo cómo se moría. ¿Y sabes qué vi? Miedo. Yo me hubiera puesto igual con un agujero de ese tamaño, pero el que se estaba muriendo era él. Todo el tiempo estuvo diciendo cosas, a veces hasta gritaba, pero no le entendí. Creo que me estaba pidiendo un favor. No es cierto que todos se murieran calladitos, como en las películas. Este se murió hablando y asustado. Desde ese día dejé de sentir miedo. Me acordaba de él y se me quitaba el miedo.&lt;br /&gt;Decía que fumaba bastante, pero no había cigarros ni permiso de llevarle, así es que se pasó la primera noche retorciéndose los dedos y diciendo “coño” cada cinco minutos. La segunda noche tenía la boca seca, apretaba los dientes y los ojos se le ponían rojos, como cuando uno tiene fiebre.&lt;br /&gt;–Cuando me maten me gustaría que alguien estuviera conmigo –me dijo–. Quiero decir alguien que se asegure de que me dejaron bien muerto y me cierre los ojos y eso. No quiero que me consuelen, sólo que me estén conmigo. Debe ser feo morirse solo. Aquel vietnamita se murió hablándome; a lo mejor me estaba contando cosas importan¬tes. No sé si se murió feliz, pero por lo menos se murió acompaña¬do. Eso es lo que quiero.&lt;br /&gt;La segunda noche fue cuando más habló. Me contó de las noches “de antes” en La Habana, llenas de ruido, luces y mujeres. Trabajaba de afanador en un hotel de paso, y a veces espiaba por los resquicios de las puertas a las putas recién despertadas. Algunos de los clientes, a veces, le ofrecían dinero para que entrara al cuarto con ellos. Me dijo que nunca aceptó, pero de todos modos le daban buenas propinas. Después se dedicó a conectar putas y drogas, hasta que vino la revolución.&lt;br /&gt;–La Habana se puso triste –me dijo, y se quedó viendo una pared como si hablara de la muerte de su mamá.&lt;br /&gt;A eso de las cuatro de la mañana me habló de su hija, que tenía siete años y estaba muy desarrollada para su edad. “Vive en Minneapolis –me dijo–. Si tuviera una foto te la enseñaría”. Me dijo que iba a ser igual que su madre. Después dijo que matar gente no era tan malo. La gente le caía bien, pero algunos eran idiotas y querían romper el equilibrio de las cosas. En su negocio pagaban bastante, me dijo, pero eso no era lo más importante; más bien le parecía curioso y “atractivo” ver cómo se moría la gente. Allí estaba una persona, completa, con pasado, presente, familia y hasta títulos universitarios. De repente una onza de metal hacía que se convirtiera en nada. Nada adentro de los ojos, nada en la cabeza ni en las tripas ni en ningún lado. Como un coche descompuesto. Allí está todo el equipo, motor, ruedas y frenos, pero sin chispa.&lt;br /&gt;–¿Te doy un consejo? –me preguntó, y le contesté que sí–. No mates a nadie por odio. Es tonto. Si odias al muerto te vas a arruinar la vida. No vas a dejar de pensar en él. Tampoco mates por placer. Es de gente enferma. Mata por dinero. El que mata por dinero no es asesino. Tampoco mates por lástima. Cuando te veas en el espejo te vas a sentir como un estúpido. Mata por dinero.&lt;br /&gt;Y también:&lt;br /&gt;–No te burles de tus muertos. Son lo único que tienes. Respétalos. Son gente.&lt;br /&gt;Y también:&lt;br /&gt;–Si algo que no te huele bien no hagas el trabajo. Hay que seguir las corazonadas.&lt;br /&gt;Le pregunté si había tenido la corazonada de que lo íbamos a agarrar. Se encogió de hombros.&lt;br /&gt;–No siempre resulta –dijo.&lt;br /&gt;Le pregunté cómo conseguía a sus clientes, si tenía una red de contactos, y se rió a carcajadas.&lt;br /&gt;–Las redes son tonterías –dijo–. Alguien canta tarde o temprano. Si quieres dedicarte a esto busca un buen abogado. Siempre hay un buen abogado que te va a poner las cosas en bandeja de plata, y sin peligro. Los abogados saben mucho de la vida –y se rió casi hasta ahogarse.&lt;br /&gt;–¿Quién es tu abogado? –le pregunté.&lt;br /&gt;El me guiñó un ojo y se quedó callado un buen rato. Me caía bien.&lt;br /&gt;Me preguntó de mi trabajo. Le dije un par de mentiras que lo divirtieron. Me contó que hacía meses se había comprado un abrigo de mink negro, pero que sólo podía usarlo dentro de su casa; no podía llamar la atención llevando algo así en la calle. Lamentaba no haberlo disfrutado más.&lt;br /&gt;–¿Quién eres tú? –me preguntó cuando estaba amaneciendo.&lt;br /&gt;–Un policía –le dije.&lt;br /&gt;–Tú no eres un policía.&lt;br /&gt;–¿Qué soy?&lt;br /&gt;–Un artista –me dijo, y nos reímos como locos–. Tú y yo somos artistas.&lt;br /&gt;A esas horas se nos acabó el café. Habíamos tomado más de tres litros y cada media hora nos levantábamos al baño. No solté la pistola ni medio segundo, no le di la espalda ni me le acerqué a menos de dos metros. Pero sabía que éramos amigos y que no trataría de escaparse.&lt;br /&gt;A eso de las siete los ojos me ardían. Tenía tres días de no dormir. Él me contó que nunca había comprado una casa, que guardaba todo su dinero en el departamento de su mamá (“dentro de dos semanas cumple años”, dijo), que su hermana la mayor había pescado la polio a los tres años y no sé cuantas cosas más.&lt;br /&gt;De repente me ganó el sueño y cabeceé una vez, sólo una. Duró una fracción de segundo. Fue como si hubiera dormido una noche completa. Me desperté descansado, con la cabeza despejada y apuntándole a la frente. Él no había tenido tiempo de parpadear.&lt;br /&gt;–Méteme un tiro –me dijo.&lt;br /&gt;–No –le dije.&lt;br /&gt;–¿Somos amigos?&lt;br /&gt;–No –le dije.&lt;br /&gt;–Los otros no saben nada de mí. Méteme un tiro.&lt;br /&gt;–No –le dije.&lt;br /&gt;–Mátame tú.&lt;br /&gt;–Nunca mates por lástima –le dije–, ni por amistad.&lt;br /&gt;Se rascó la cabeza.&lt;br /&gt;–Tú y yo somos artistas –dijo.&lt;br /&gt;A las ocho y media llegaron el Ronco y el Coronel. Por la noche fueron a tirar al cubano a un canal de desagüe.&lt;br /&gt;–Así pasa al principio –me dijo el Coronel al día siguiente.&lt;br /&gt;–¿Qué? –le pregunté.&lt;br /&gt;–Nunca te acostumbras –me dijo–, pero después ya puedes dormir en paz.&lt;br /&gt;Me dio cien pesos para que me fuera al cine. Pasaron una de vaqueros.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-438085055892370108?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/438085055892370108/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=438085055892370108' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/438085055892370108'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/438085055892370108'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/el-cubano.html' title='El cubano'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-5359422967593806598</id><published>2007-01-09T02:28:00.000-06:00</published><updated>2007-01-09T02:31:30.125-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Los héroes tienen sueño. Capítulo 1</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado por la Dirección de Publicaciones e Impresos, Colección Ficciones, San Salvador, 1998.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Váyase –dijo el periodista desde dentro–. Por favor. Déjeme en paz.&lt;br /&gt;Se oía mal. De seguro había pescado una pulmonía por las horas que se pasó metido en la cisterna el día anterior. No sé si era inteligente, pero había burlado al Perro y al Ronco, y para eso por lo menos se necesitaba ser valiente. Pero cualquiera deja de ser valiente con una pulmonía entre pecho y espalda, y también inteligente.&lt;br /&gt;Había sido poco inteligente esconderse en su propia casa. El Coronel me dijo desde el principio: “Los periodistas son tontos. Éste leyó en algún libro de casos de la vida real que la policía busca a la gente en todas partes menos en su casa. Por eso se lo va a llevar la chingada, por andar creyendo”. O sea que después de una semana de andar detrásde él sólo hizo falta ir a su casa y sacarlo de la cama.&lt;br /&gt;Hubiera sido más fácil pescarlo el día anterior, pero el Coronel hacía cosas raras. “Hay tiempo”, dijo, y puso al Ronco a cuidar su casa para que no saliera. “Si sale, lo vuelves a meter”. Pero no iba a salir. Estaba demasiado asustado. En la universidad no le enseñaron qué hacer cuando estuvieran a punto de convertirlo en mártir. Estaba solo, y allí fue donde empezó a darme lástima.&lt;br /&gt;–Abre –le dijo el Coronel–. Tenemos cosas que hablar.&lt;br /&gt;El Coronel se volvió y me cerró un ojo. No lo hizo por complicidad ni por burlarse. Sólo me cerró un ojo. Así era él. Hacía cosas que uno nunca terminaba de entender. No las hacía porque le salieran del alma, sino porque le gustaba destantear a la gente. Pensaba cada mirada y cada movimiento. Pensaba hasta cómo respirar. No sé cómo hubiera reaccionado si yo también le hubiera cerrado el ojo, y no estaba allí para averiguar.&lt;br /&gt;Me quedé al lado de la puerta y apreté la Parabellum. El Coronel me había dicho que el periodista no iba a hacer nada aunque estuviera armado. Porque estaba armado. Uno sólo se le podía escapar a tiros al Perro y al Ronco. No creía en la gente inofensiva, así que apunté a la puerta.&lt;br /&gt;–Abre –dijo otra vez el Coronel.&lt;br /&gt;Parecía que le hablaba a su nietecita.&lt;br /&gt;La puerta se abrió y apareció el periodista con el revólver en la mano. Todavía tenía la ropa del día anterior, bien mojada. No podía ser por el agua de la cisterna; era sudor de fiebre. Temblaba como gato en un refrigerador. Tenía barba de varios días y se notaba que ya no le importaba morirse.&lt;br /&gt;–¿Puedo pasar? –preguntó el Coronel.&lt;br /&gt;Lo habíamos perseguido desde hacía una semana, le habíamos ametrallado el coche, estábamos a punto de matarlo y al Coronel se le ocurría preguntarle si podía pasar. Si algún día me preguntan lo mismo voy a contestar que no.&lt;br /&gt;El periodista se metió otra vez a su departamento sin contestar. Dejó caer la pistola en el piso y se acostó en la cama, que estaba a unos dos metros de la entrada. Cerró los ojos. De verdad estaba mal.&lt;br /&gt;El departamento era para dar pena: en un cuarto cabían una estufa, un comedor con tres sillas, una alacena y la cama. Lo que había del otro lado de la puerta que daba al baño olía mal. Temblaba tanto que podía romperse en pedacitos.&lt;br /&gt;–Espérame –me dijo el Coronel.&lt;br /&gt;Entró despacio, miró la pistola tirada en el piso y se sentó en la cama, cerca de la cabeza del periodista. Puso lo más parecido a una sonrisa que le hubiera visto: estiró la boca.&lt;br /&gt;–¿Por qué lo hiciste? –le preguntó.&lt;br /&gt;–Tenía que ayudarlos –dijo el periodista–. Ustedes los empezaron a matar. También me querían matar a mí.&lt;br /&gt;–Les ayudaste a que se escaparan.&lt;br /&gt;–Sólo quedan dos –dijo–. Yo sé dónde están. Se los entrego.&lt;br /&gt;–Eres tonto –dijo el Coronel–. Un periodista no se mete con guerrilleros ni para entrevistarlos. Los guerrilleros no existen.&lt;br /&gt;–No existen –repitió el periodista.&lt;br /&gt;–Ni modo –dijo el Coronel–. Pensábamos pagarte, pero les ayudaste a que se escaparan.&lt;br /&gt;–Ustedes me dispararon.&lt;br /&gt;–También es cierto. Pero si salías vivo te íbamos a pagar.&lt;br /&gt;–Mataron a la muchacha –dijo–. No tenían derecho.&lt;br /&gt;El Coronel levantó los hombros.&lt;br /&gt;–Ni modo.&lt;br /&gt;–Le entrego a los que faltan. Yo sé dónde los pueden encontrar.&lt;br /&gt;–Ya los tenemos. Tú eres el único que queda –se paró–. Mañana vas a salir en los diarios. ¿No te da gusto?&lt;br /&gt;El viejo me dejó con él. El periodista no me vio porque estaba llorando. Tenía lágrimas por todas partes. Como marica, pensé para darme fuerzas. Como pinche niño. No hacía nada para defenderse. Ni siquiera se tapaba la cara o pedía perdón, nada. Un niño por lo menos patalea. Él no tenía fuerzas ni para patalear. Entonces me di cuenta de que era la última vez que hacía algo para el Coronel. No tengo nada contra los trabajos sucios, pero lo que le habían hecho al periodista no era cosa de hombres. Había contactado a un grupo guerrillero de cuatro o cinco diablos creyendo que iba a hacer el reportaje de su vida, que ya tenía ganado el premio nacional de periodismo. Pero se lo contó a su jefe, su jefe nos contó a nosotros y empezamos a seguirlo. Agarramos casas, correos, todo. Identifica¬mos a cada uno de los guerrilleros y empezamos a mandarlos al diablo. El primero tenía que ser el periodista, pero se dio cuenta de qué iba la cosa. Se nos escapó dos veces. En la primera se murieron dos; en la segunda pescamos a una muchacha, con un balazo en la panza, pero viva. Parecía que le gustaba al periodista.&lt;br /&gt;Él se puso a jugarle al héroe. Les había fallado un asalto a una casa de cambios y no tenían dónde esconderse, así que les dio todo su dinero, los mandó a la finca de un pariente y se quedó en una casa de seguridad. Después se fue a su departamento. Allí lo estaban esperando el Ronco y el Perro. se agarró a tiros con ellos y se escondió en la cisterna.&lt;br /&gt;–Déjenlo –dijo el Coronel–. Ya saldrá.&lt;br /&gt;Y salió.&lt;br /&gt;A lo mejor pensó que sólo le íbamos a pegar en las manos con una regla. Nadie toca a un periodista. Eso dicen los periodistas. A la mierda los periodistas.&lt;br /&gt;La idea era que yo tenía que meterle un balazo. No sería la primera vez, pero a ése bastaba con soplarlo para que se muriera. No se puede matar a alguien que está llorando y que ni siquiera trata de meter las manos.&lt;br /&gt;–Yo pesqué a la muchacha –le dije–. Yo me la llevé y la estuve interrogando. ¿Quieres que te cuente cómo le hago para interrogar a la gente?&lt;br /&gt;Siguió llorando.&lt;br /&gt;–Ya la teníamos checada –dije–. Era la puta de todos. Se acostaba con todos. Socialismo, le dicen a eso. Todo es de todos. ¿No te dijo que era la puta de sus compañeros?&lt;br /&gt;Nada.&lt;br /&gt;–¿Tú también la probaste? Fuiste el único que no. No sabes cómo se movía. A lo mejor era por el plomazo que se movía así –el estómago se me volteó–. ¿Tú nunca la probaste?&lt;br /&gt;Siguió llorando. Quizá se puso a temblar más, pero era de puro enfermo. Me estaba oyendo y no le importaba lo que le decía. Me dieron ganas de decirle al Coronel que lo dejara morirse en paz, pero no me pagaban por dar consejos.&lt;br /&gt;–Creí que iba a aguantar más, pero no aguantó. Se murió. Mucho hacerle de puta de los compañeros pero el último no la aguantó. A lo mejor estaba muy usada.&lt;br /&gt;–Por favor –dijo.&lt;br /&gt;Eso era todo. Le puse el disparo en medio de los ojos. Casi no salpicó, así de mal estaba. Pataleó como niñito y las manos se le convulsionaron un rato.&lt;br /&gt;Cuando dejó de moverse yo estaba seguro de que ya no iba a trabajar con el Coronel. No tenía idea de lo que iba a hacer, pero estaba cansado de matar pobres diablos. Lo menos que uno puede hacer es decidir a quién mata y a quién no.&lt;br /&gt;Oí un ruido detrás de mí. Era el Ronco.&lt;br /&gt;–Dice el viejo que te apures. No tardan en llegar las patrullas.&lt;br /&gt;Miré al periodista por última vez. Parecía que todavía estaba llorando. Era un tipo tonto, hubiera dicho el Coronel. Era un pobre pendejo que había querido ganarse una buena noticia, lo bastante miedoso para entregar después a los que había entrevistado. Sólo era asunto de apretarle los tornillos. Después, de la pura vergüenza, se hubiera quedado con el hocico callado. Como quedó al final, pues. La única ventaja era que ya no iba a sentir vergüenza. Fue peor que matar a un bebé. Los bebés gritan. Él ni eso.&lt;br /&gt;–Apúrate –me dijo el Ronco–. Aquí está la propaganda.&lt;br /&gt;Regamos un montón de folletos mimeografiados que hablaban del ajusticiamiento del periodista por ser un infiltrado de la CIA, por delatar a la vanguardia del pueblo en armas y qué sé yo qué más. Querían que pareciera que él y los otros se habían matado entre ellos. Suena tonto, pero funciona.&lt;br /&gt;Corrimos a los coches cuando ya se oían las sirenas de las patrullas. Me metí en el Mustang verde del Coronel y me senté del lado del pasajero.&lt;br /&gt;El viejo manejaba bien con todo y la mano mala. Le gustaba trabajar directamente en la mayoría de casos, interrogar, soltar bala, todo. A mí se me hacía enfermo, porque para eso estábamos nosotros. Pero tampoco me pagaban por diagnosticarle enfermedades a nadie.&lt;br /&gt;La mano derecha del Coronel era un muñón morado, con pedazos de dedos que no paraban de moverse. Hacía quince años el guardaespaldas de un narcotraficante le había descargado una subametralladora. La mayoría de las balas le dieron en la mano derecha y dos o tres en el cuerpo. El Coronel entonces era un capitán a punto de convertirse en cadáver, y contestó disparando con la mano izquierda, a pesar de que no era zurdo ni en sus ratos libres. Así, chorreando sangre por todos lados, se metió en la casa del narco, lo despachó junto con otro par de guardaespaldas y todavía le alcanzó el ánimo para llamar por radio y reportar que todo había salido bien. Como pago lo ascendieron a coronel y lo pusieron al frente de la Sección.&lt;br /&gt;Por esas fechas la formábamos tres: el Ronco, el Perro y yo, además del Coronel. No le gustábamos a nadie. Hasta los federales trataban de no acercarse al final del pasillo principal del tercer piso, donde estaba la oficina. Decían que éramos malos, y a lo mejor. Una vez trataron de matar al Perro por un lío de dinero y cayeron dos jefes, tres pasaron a puestos en provincia y cuatro agentes alcanzaron a morirse. Nos tenían más miedo que a Ortega y su gente, y ya era decir. Ortega era igual de malo que el viejo, algunos decían que más, pero no era cosa de ponerse a averiguar: cada quien en su cueva y todos felices.&lt;br /&gt;–No hacía falta echarse al periodista –le dije al Coronel–. Se iba a morir solito.&lt;br /&gt;–Así es esto.&lt;br /&gt;–No iba a decir nada.&lt;br /&gt;–Pero así es esto.&lt;br /&gt;Nos estacionamos en la placita que estaba junto al edificio de la Sección. El Coronel se restregó el muñón en el pecho y miró a una muchacha que iba pasando.&lt;br /&gt;–Yo antes era así de joven –dijo.&lt;br /&gt;–Es bonita.&lt;br /&gt;–Mi nieta la mayor debe tener la misma edad. A lo mejor menos.&lt;br /&gt;–Ya no quiero trabajar –le dije.&lt;br /&gt;Me miró. Tenía unos ojos demasiado pequeños para no dar miedo, pero estaba acostumbrado y le aguanté la mirada.&lt;br /&gt;–¿Qué te pasa?&lt;br /&gt;No podía explicarle lo del periodista. Yo mismo sigo sin saber qué me pasó. Digo que fue por verlo llorar y temblar y que no haya tratado de defenderse, pero no sé.&lt;br /&gt;–Uno tiene que escoger a quién mata –le dije.&lt;br /&gt;Se pasó el muñón por la boca.&lt;br /&gt;–Si te largas ya no vas a matar a nadie.&lt;br /&gt;–Cada quién hace lo que puede–le dije.&lt;br /&gt;Bajamos del Mustang y dimos una vuelta por el parquecito. Había una pareja de estudiantes de secundaria besándose en una banca. Se besaban como si fuera el último día de su vida.&lt;br /&gt;–Deberían arreglar esos camiones –dijo el Coronel–. Echan humo del que da cáncer.&lt;br /&gt;No había ningún camión por ningún lado. Sentí el muñón en el hombro.&lt;br /&gt;–¿Estás seguro?&lt;br /&gt;Los muchachos de secundaria se levantaron. Las piernas de ella eran flacas, pero tenía cara de princesa. Era más alta que él.&lt;br /&gt;–Seguro –le contesté.&lt;br /&gt;El Coronel subió una pierna en la banca que los muchachos acababan de dejar. Parecía preocupado de que me fuera, pero igual estaba pensando si me iba a matar el Perro o el Ronco.&lt;br /&gt;–¿Sabes qué? –dijo–. Estos cabrones necesitan héroes.&lt;br /&gt;–Sí.&lt;br /&gt;No sabía qué me quería decir, pero nada me costaba seguirle la corriente.&lt;br /&gt;–Siéntate. Voy a hablar un rato. Antes hablaba con mi mujer porque no preguntaba nada, pero se murió. Mis hijos dicen son gente de bien. A veces hasta creo que no son de fiar. Mis nietos son otra cosa, y no sé qué cosa sean. El mundo se está poniendo demasiado moderno. A los nietos hay que quererlos, y que los entienda su madre, que para eso está.&lt;br /&gt;Nos sentamos. Quedamos frente a una pared del edificio donde estaba la Sección. Ladrillos pelones y antenas de todos tamaños en la azotea.&lt;br /&gt;–Sí –le dije.&lt;br /&gt;–No me estás oyendo.&lt;br /&gt;–Estaba hablando de los héroes y de sus nietos.&lt;br /&gt;Se rió. Más parecía que estuviera tosiendo. Levantó la mano mala.&lt;br /&gt;–El guardaespaldas que me hizo esto trabajaba para un diputado. Se llamaba Hilario Garza y era cabrón. Pero yo era más cabrón.&lt;br /&gt;–Sí.&lt;br /&gt;–Era al primer diputado que pescaban en algo así de chueco. No porque no hubiera otros, sino porque éste no supo hacerla. Yo era federal y me encargaron el trabajito. ¿Sabes cuántos hombres me asignaron? Ninguno. Capitán, vaya y captúrelo, me dijeron. Así de huevos. Se estaban jugando el albur: si lo trae, chingamos al diputado; si no, le pagamos el entierro al pendejo del capitán. A mí no me gusta que me paguen los entierros. Si me han de matar yo pago el cajón.&lt;br /&gt;De repente me di cuenta de lo viejo que estaba el Coronel, y eso que no pasaba de los sesenta.&lt;br /&gt;–Me hicieron muchas fiestas –dijo–. Hasta fue a verme al hospital el secretario particular del presidente. Me dijo que era un héroe. Me ofreció dinero y se lo acepté. Se lo llevaron a mi mujer en un sobre. Ella no sabía qué hacer con tanto dinero, creo que cinco mil pesos de aquel entonces. Hablaron de mí en los diarios. Por allí tengo los recortes. La noticia principal se la llevaron los de mero arriba, eso sí. Aparecían diciendo que se había acabado la corrupción y que no le iban a permitir a nadie que se enriqueciera a costa del pueblo, con fotos grandes, apretones de mano y todo. La misma gata, pero revolcada. Después se olvidaron y apareció otra cosa en el diario, algo de uno que mató a todas las novias que había tenido. Me cambiaron por un pinche asesino de viejas.&lt;br /&gt;El Perro apareció a la entrada de la placita y se detuvo con cara de preguntar. El Coronel le hizo una señal y el Perro se fue.&lt;br /&gt;–Me dieron la Sección y me ascendieron a coronel. Sólo le doy cuentas a dos personas y ninguna trabaja en ese edificio. A nadie más le doy cuentas. ¿Sabes por qué?&lt;br /&gt;–No.&lt;br /&gt;–Porque necesitan héroes. Necesitan creer que tienen héroes. Porque me tienen miedo, pero saben que me necesitan para que las cosas funcionen como tienen que funcionar. Los de ahora son puros cabrones corruptos. Ortega también es héroe, pero no deja de ser un cabrón corrupto. Yo siempre he vivido de mi sueldo. Me pagan bien, eso sí. Me tienen donde me tienen y me pagan bien porque me jugué el pellejo y salí vivo.&lt;br /&gt;No sabía dónde quería llegar, y tampoco me interesaba. Me paré.&lt;br /&gt;–¿Cuándo puedo pasar para lo de la renuncia? –le pregunté.&lt;br /&gt;–Oye bien –sentí frío–. Siéntate y oye.&lt;br /&gt;Me quedé parado.&lt;br /&gt;–A ti te mandaron a estudiar fuera. ¿Dos años?&lt;br /&gt;–Casi dos años.&lt;br /&gt;–Casi dos años. Estudiaste treinta mil tonterías con los gringos, medicina forense y cosas así.&lt;br /&gt;–Dos cursos de criminología.&lt;br /&gt;–Dos cursos. Además estuviste en la universidad. ¿Para qué te sirvió tanto quemadero de pestañas? ¿Para que te pasaras todos estos años siguiendo y matando gente? Para matar cristianos no hacía falta tanta es¬tudiadera. ¿Alguna vez has sacado unas huellas digitales?&lt;br /&gt;–No.&lt;br /&gt;–Pero mataste al pobre pendejo de hace rato. No te gustó, pero lo mataste, porque yo te dije. Estudiaste en la universidad y dos años con los gringos y te quedaste haciendo purititas cabronadas.&lt;br /&gt;Nunca había hablado conmigo más de cinco minutos, y la primera vez se estaba pasando de la raya. Pero no quería burlarse. Trataba de decirme algo; se lo leí en los ojos. No leí mucho, pero bastó. Era la primera vez en años que lograba saber qué había en los ojos del viejo.&lt;br /&gt;–¿Ya sabes qué quiero?&lt;br /&gt;–Que yo sea el próximo jefe de la Sección –le dije.&lt;br /&gt;–¿Y?&lt;br /&gt;–¿Por qué yo?&lt;br /&gt;Entonces hizo algo que no creí que fuera capaz de hacer: soltó una carcajada. Una carcajada simpática. No muecas, sino una carcajada.&lt;br /&gt;–Eres inteligente–dijo–. Me gusta la gente inteligente. Yo ya me voy a retirar. Sólo tú puedes hacerte cargo.&lt;br /&gt;–No me interesa –le dije–. Allí que quede.&lt;br /&gt;–El Perro y el Ronco son tontos. Golpean bien, disparan bien, saben gritar y son fieles. Pero son tontos.&lt;br /&gt;–¿Cuándo se retira? –le pregunté.&lt;br /&gt;–Seis, siete meses. Para fin de año.&lt;br /&gt;–No –le dije–. Quiero otra cosa.&lt;br /&gt;–No sabes hacer otra cosa.&lt;br /&gt;Era cierto. Toneladas de teoría criminológica, toneladas de prácticas, cursos de operaciones especiales, infiltración y no sé cuántas porquerías para convertirme en asesino de perio¬distas con pulmonía. Estuve tres años en la federal y hasta llegué a hacer trabajos buenos. En una de ésas le gusté al Coronel y me transfirieron. De teniente pasé a nada, pero me pareció un buen trato: entrenamiento un par de veces a la semana y trabajo muy de vez en cuando. Sólo operaciones encubiertas, infiltración de organizaciones y una red de delatores para dar miedo. De mi red no le daba cuentas ni al Coronel. Mi saldo era de catorce cadáveres comprobados a favor y varios raspones en contra.&lt;br /&gt;–Ninguna otra cosa –repitió el Coronel.&lt;br /&gt;–¿Y por qué yo?&lt;br /&gt;–¿Por qué no?&lt;br /&gt;–¿Por qué sí?&lt;br /&gt;–Eso es hablar tonterías. En primer lugar no hay otro. En segundo tú tienes mi escuela. Yo te ayudaría a resolver los asuntos delicados y a hacer política.&lt;br /&gt;Eso significaba que yo no era tan inteligente, y que si aceptaba el Coronel seguiría ordenando y yo disparándole a quien me ordenara, periodistas incluidos.&lt;br /&gt;–No me gusta –le dije.&lt;br /&gt;–En tercer lugar, si no aceptas van a poner a alguien de fuera y se van a cagar en lo que he hecho.&lt;br /&gt;–No soy héroe –le contesté.&lt;br /&gt;–Pronto vas a ser más héroe que yo –dijo parándose–. Tengo algo que los va a convencer de que eres el mejor de todos. Algo fino, de mucha altura.&lt;br /&gt;–¿Descubrir que la hija de un secretario de Estado se acuesta con un regenteador de putas?&lt;br /&gt;Me miró con sorpresa, si eso era sorpresa. Nunca le había hablado así. Nadie le había subido el tono desde que lo ascendieron a coronel.&lt;br /&gt;–Eso fue tonto –dijo.&lt;br /&gt;–Por eso. Ya estoy hasta acá de tonterías.&lt;br /&gt;Salimos del parque. Se veía preocupado. Dijo no sé qué cosas que no me interesó entender y luego me miró a los ojos.&lt;br /&gt;–¿Fue por el periodista? ¿Te ablandó el periodista?&lt;br /&gt;–No sé.&lt;br /&gt;–Bueno –dijo–. Bueno, bueno.&lt;br /&gt;–No me ablandé.&lt;br /&gt;–¿No quieres saber a quién le vamos a aplicar el trabajo fino? Lo firmas con tu nombre. En una de ésas hasta te condecoran.&lt;br /&gt;–No.&lt;br /&gt;–Pues tendrá que ser el Perro. Es el más antiguo. Él se va a llevar el crédito.&lt;br /&gt;–O el Ronco.&lt;br /&gt;–¿Tienes dinero?&lt;br /&gt;–Me gusta ahorrar.&lt;br /&gt;–Eres igual de tonto que el Perro, pero en sentimental.&lt;br /&gt;–Puede ser.&lt;br /&gt;–¿Te parece que te dé trescientos mil?&lt;br /&gt;–Suficiente –le dije.&lt;br /&gt;–Que sean trescientos cincuenta. Pasa a recogerlos cuando quieras. Mañana o pasado. Y no te vayas a asustar cuando veas en los periódicos que el Perro organizó el desmadre más grande de los últimos diez años.&lt;br /&gt;–Ya casi no me asusto.&lt;br /&gt;Se metió al edificio. Los guardias de la entrada se apartaron como si el viejo estuviera lleno de sarna. Y estaba lleno de sarna. Era de los duros. Ahora que está muerto creo que a lo mejor hasta se merecía una estatua. Pero no hubieran podido ponerle nada en la placa; hay cosas que la gente no quiere saber. Y ni siquiera hubieran podido poner que cayó en el cumplimiento del deber, porque no cayó en el cumplimiento de nada.&lt;br /&gt;Me costó dormir. No por el periodista; esas cosas dan pesadillas, pero no insomnio. Pensaba y pensaba si de verdad podía dirigir la Sección y si por fin iba a ser alguien. Pero un policía nunca puede ser alguien. Además había límites que ni el Coronel podía pasar, gente que podía mandar a desaparecerlo tan tranquilamente como él podía desaparecerme a mí. Un policía de lujo, pero nada más. Un policía no deja de ser policía. Si el Perro iba a ser el próximo, peor para él.&lt;br /&gt;Luego estaba la cuestión de mi retiro. Tenía dinero para ir pasándola durante un rato, a lo mejor un par de años, o tres o cuatro. Pero ¿a quién le importaba ir pasándola? No podía olvidar lo que era, y tampoco quería. Entonces ¿por qué renunciar? Hubiera sido más fácil no entrar a la federal desde el principio y ya hubiera estado echando hijos y barriga.&lt;br /&gt;Así me estuve hasta las cuatro de la mañana. A esa hora me levanté para limpiar las armas.&lt;br /&gt;Eran pocas, pero de lo mejor que se ha fabricado. Mi favorita siempre fue la Parabellum. Uno puede salir a la calle seguro de que va a regresar más o menos vivo. Un par de veces se me había encasquillado, pero teniéndola limpia y dándole cariño rinde más que diez kilos de jabón de espuma.&lt;br /&gt;Estaba el abuelo de la familia: un revólver MK 40 calibre .352, un Webley de los primeros. No tenía balas, y no me interesaba conseguirlas. Cuando la amartillaba se me atravesaba algo en el estómago.&lt;br /&gt;Había una Peacemaker que también me ponía de buenas. Y una Derringer, y una pistola carabina que le decomisé a un pasante de ilegales en la época en que trabajaba en la federal.&lt;br /&gt;Me dormí cuando los camiones llevaban corriendo un buen rato. Por primera vez en años no puse la Parabellum debajo de la almohada ni cerré con llave la puerta de entrada.&lt;br /&gt;–Acuérdate: nada de chistes –me dijo el Coronel en un sueño–. Sin mí no puedes correr ni existir.&lt;br /&gt;–Sólo a veces –le contesté.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-5359422967593806598?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/5359422967593806598/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=5359422967593806598' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/5359422967593806598'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/5359422967593806598'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2007/01/los-hroes-tienen-sueo-captulo-1.html' title='Los héroes tienen sueño. Capítulo 1'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-3411395170048006588</id><published>2006-12-31T18:02:00.000-06:00</published><updated>2006-12-31T18:04:56.183-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Historia del traidor de Nunca Jamás. Fragmento.</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Premio Latinoamericano de Narrativa EDUCA 1984, publicado por EDUCA, Costa Rica, en 1985, y por Cénomane, Le Mans, 1989, en traducción de Thierry Davo.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había una vez un policía feo con cara de policía que apareció volando volando entre los postes y los parquímetros del bosque y aterrizó al lado de una tienda con viejita en el mostrador y caramelos de miel en tarros de vidrio; un policía feo con cara de policía que le preguntó a donde creés que vas, es con vos el asunto, caperucito rojo de cas¬taños cabellos y ojitos de colibrí asustado —¿has visto los colibríes, primor?—; un policía feo con cara de policía que después de volar volar volar por toda la ciudad tenía que verlo a él y a nadie más y decirle te me haces sospechoso, a ver qué traes en tu cestita de mimbre, cartapacio de cuero maletita café, y la abuelita tan lejos pero tan tan lejos que como la extrañaba para decirle cualquier cosa que fuera del corazón, pero el lobo feroz llegó —otro lobo feroz, invisible a los ojos y con nombre de cosa fea—, el leñador no apareció y la abuelita se murió, urió, rió, ió, ó, na nada se señor po policía, y él de verdad que no sabia de esas cosas. Y como por cambiar de tema le dijo: Qué ojos más grandes tenés, lobo. Lo más grande son las orejas, bobito: sirven para comerte mejor. Y el lobo siguió diciendo: Me caés bien, pero me parecés sospechoso, a lo mejor por eso me caés bien. Enseñame lo qué traés en tu maleti¬ta café, cartapacio de cuero, cestita de mimbre con cositas para la abuelita clandestina. Y Javier ya no supo qué ni cómo pasó y ya no importa, porque si importara se acabaría el cuento y sólo le quedaría la vida real, que es menos real que los cuentos y duele y a veces no deja dormir, de verdad, no deja. Te vamos a pegar si no cola¬borás, ya sabés que los animales grandes del bosque somos como si fuéramos los papis de los animalitos inconscientes como vos, le dijo entonces el lobo, no te pongas pálido porque me da tristeza triste y pobrecito yo, que sólo cumplo con mi deber de lobo; mejor dame el cartapacio y si estás armado cuidadito, mis amiguitos tan lindos te están apun¬tando a la cabeza y no les gusta los movimientos bruscos, se ponen nerviosos y cuidado, que yo tampoco soy man¬co, no es por nada que me dicen Tim MacCoy, Hopalong Cassidy, pasame la maletita por favor, no hagás que sufra de impa¬ciencia y de desesperación. Y cuando uno dice la primera palabra ya no se puede pensar en callarse las que siguen, aunque no se sepa de lo que se habla o no se crea en lo que le han dicho a uno hasta ese mismísimo día o no se viva tan en paz como se ha vivido o no sea o. No importa, de verdad que no importa. Y no te mo¬vás por favor que va a salir movida la foto, y cuidadi¬to que yo soy un lobo muy listo y sé dónde llevan la pistola los animalitos irres¬ponsables como vos: ni siquiera alcanzarías a llevarte la mano allí por donde haces pipí, arribita de la bragueta, donde guardan la pistola los animalitos que llevan pistola, y a veces hasta los que no llevan, porque una pistola es más que un arma, es un estado del alma, es el miedo que te corroe, corazón de conejo, corazón que palpita de miedo y terror. Y Javier no tenía intenciones de llevarse la mano a ninguna parte, porque el bosque lo había rodeado y estaba perdido en medio de ninguna parte, con los animalotes sonriéndole como de hambre. Qué orejas más grandes, señor policía vestido de civil, dijo para aliviar la tensión. Ésas no fueron las primeras palabras que dijo, pero sí las segundas, y des¬pués vinieron todas las demás, las terceras y las cuartas, como en cadenita cadenita, hasta que pasó lo que todos ya saben, da¬mas y caballeros, y que aquí se cuenta: una catarata de ora¬ciones en las que no faltó, en algún momento de soledad, el padrenuestro y los tres avemarías que el cura le ponía de penitencia a Javier cuando era niño, porque te portaste mal, hijo mío, y Dios quiere que sus ovejas irresponsables paguen sus culpas aunque sea con palabras, que son menos peores que el infierno y sus eternidades, tú tú, niño pequeñito y asustado producto de la creación. Y Javier no podía arriesgarse a que. ¿A que qué? Y allí se cortaba el pensamiento, porque el infierno sería poco, creía, aunque lo vio solamente de lejitos cuando se murieron todos. Todos muertos, te dijeron, los que no hablan se quedan todos muertos, como congelados, como las estatuas de marfil uno-dos-ytrés, así, se que¬dan congelados porque el que se mueva pierde. Uno-dos-ytrés, así. Y yo la verdad no nací para morirme. Todos nacimos para morirnos, corazón, pero a vos te va a doler más: te podes morir tantas veces, de tantas formas y tan a lo tonto que ya me empezás a dar lástima, porque yo sólo quiero que me digas dos o tres cositas, bobito, sólo dos o tres chiquitas, no seás bobito, a nadie le duele decir tres o cuatro cositas, o siete. Es que yo no sé. Entonces vas a tener lo que siem¬pre quisiste, amorcito tan lindo, o sea un entierro de lujo con escolta militar y disparos de fusilería directo a la nariz, que son los honores que se le dan a los animalitos como vos. Y por unos carteles que qué le importaban, de puro estúpi¬do, de puro animal —animalito, animalito—, de puro puro se le ocurrió hacerlos, y sólo porque su hermano se lo pidió, y siem¬pre su hermano, cómo no a su hermano, su hermano que se murió / porque él lo cantó / aó aó. Pero eso lo supo después, porque su hermano antes—o sea mucho antes, en los años sesenta de ese bosque sin fechas— lo llevaba a las manifestaciones y después iba él solo, animalito sin noción del peligro y de la mortalidad; también veía pasar, después—o sea mucho después, casi ahorita—, las manifestaciones del así llamado Bloque Popular Revolucionario, del Frente de Acción Popular Unificada, de las Ligas Populares, y vio también el último desfile bufo de los estudiantes universitarios que acabó en balacera, no como en los sesenta que los cuilios sólo tiraban gases lacrimógenos que después le dejaban los ojos resplandecientes de llorar, y él podía pensar —sólo pensar— en partirle la jeta a ladrillazos a los guardias y policías, rico sentía de sólo pensarlo. Vos traés algo, ¿verdad?, le dijo el policía feo con cara de policía, por eso es que no me que¬rés dar la maletita café, dámela por piedad, así está mejor. Ajajay, estos carteles los hiciste vos solito y sin ayuda de nadie, no me digás que no es cierto y me de¬cepcionés: vos sos el subversivo, ¿me oíste?, el que manda a todos los subversivos, y aunque parezcás un animalito inofensivo sos el que planea todas las cosas feas que pasan en el bosque, como bombas y lobos feroces ametrallados y manifestaciones con gritos de patria o muerte, como si los animalitos supieran de patria, cuantimenos de muerte, que son cosa de gente seria. Y vos creíste, Javier, que una guerra, tu batallita particular con los animales grandotes podía ser a tu imagen y semejanza tan pequeñita; que nada podía sobrevivir si vos no seguías vivo, pero fijate que no te culpo: los traidores a veces se van al cie¬lo y juegan con los angelitos y le besan los pies a Dios Nues¬tro Señor, qué lindo. Porque nadie en general —ni en capitán ni en soldado ni en nada— sale vivo, es verdad, de las manos rasposas de los guardias, y por esa maletita subver¬siva Javier iba a pagar el purgatorio en la tierra, y ni siquiera merecido se lo tenía. Y un colaborador chiquitito chiquitito se convirtió en los cuarteles de la Guardia en un dirigente grandotote grando¬tote y con voz de estruendo y condenación. Firmanos por favor este papelito, aquí donde está la rayita que sirve para firmar (“Yo, Javier Saladrigas...”), y después grabanos esto que estás leyendo con tus propios ojitos de colibrí asustado para que salgás en la tele, y después vas a hablar con unos seño¬res muy simpáticos que te van a hacer preguntitas. Y en¬tonces vino el único momento de rebeldía, tontito rebel¬de, tontito Javier: ¿Y si no quiero?, dijiste. Y una patadita en medio de sus pati¬tas rebeldes y una carcajadota del animal grandote lo conven¬ció de que él era el que iba a hacer el papel de muerto y ellos el de los eternos vi¬vos en su película particular. Y el dirigente grandotote grandotote —pero no tanto como los animalotes que lo tenían preso— se convirtió en estrella de cine en la televisión, aunque les falto el maquillaje para que se viera hecho una chulada, qué lástima porque se le veían un par de barritos en la frente y lunares y todas las imperfecciones de un cutis descuidado, descuidadito que sos. Y después, un día antes de que pasaran por la tele el videotape —o sea el día anterior a que los diarios publicaran sus fotos a muchas columnas y pasara a la fama, clap clap— vinieron todas las malcriadezas que de niño no se atrevía a hacer: no señalés con el dedo que es de mala educación, te decía tu mamá, pero vos señalaste; no te gustó, pero señalaste casas y señalaste a tus amiguitos, aunque a Carlos no, ¿te acordás?, porque era el único que ya estaba muerto desde antes, desde el mismo día en que nació, porque todos nacen para morirse, es cierto, y él más que nadie. Y el policía feo con cara de policía agarró la maleta, vio lo que había adentro y la volvió a cerrar, y a varios metros apa¬recieron policías apuntándote, un montón, millones, aunque no pasaran de tres. Agárrenme a éste. Clic. Clic. (Las esposas.) Zámpenlo en el carro. Y adiós.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-3411395170048006588?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/3411395170048006588/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=3411395170048006588' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/3411395170048006588'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/3411395170048006588'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/12/historia-del-traidor-de-nunca-jams.html' title='Historia del traidor de Nunca Jamás. Fragmento.'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-8334042625744838799</id><published>2006-12-09T11:14:00.000-06:00</published><updated>2006-12-09T11:26:25.115-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>El momento de morir y otros momentos</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fragmentos de &lt;i&gt;Cualquier forma de morir&lt;/i&gt;. Publicado por F&amp;G Editores, Guatemala, 2006.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los suicidas, cuando se dan un tiro, no siempre se disparan a la sien o en la boca. Ese año hubo dos que se dispararon en la boca. Uno fue mi comandante, aunque se reportó como asesinato. El otro fue el Coronel. El primero era zurdo natural. El segundo era zurdo porque no le quedaba de otra. No sé si tuviera algo que ver lo zurdo con la forma de morirse, pero ese tipo de detalles no se olvida.&lt;br /&gt;Los demás se pusieron originales, a lo mejor porque era año electoral y querían quedar bien con el candidato, que también terminó con un tiro.&lt;br /&gt;El primero de la serie, unos meses antes de mi comandante, fue un empresario de transporte. El tipo estaba para un anuncio de pasta de dientes: bien plantado, buena sonrisa, buena casa, esposa con mucho dinero, hijos modelo, todo el numerito. Se disparó en el corazón con un revólver.&lt;br /&gt;Dos veces.&lt;br /&gt;En ese entonces no sabía lo que sé ahora, pero tampoco era tonto. Con una pistola automática de gatillo sensible a lo mejor puedan irse dos tiros con un solo jalón. A lo mejor. Con un revólver se necesita fuerza para cada disparo, y los muertos se ponen débiles después del primero. Hace falta voluntad para pegarse el primer tiro, y un milagro para el segundo. Hasta ahora no he encontrado un cadáver con tanta voluntad. [...]&lt;br /&gt;Hubo otro que tampoco se disparó en la sien ni en la boca, pero sólo lo consideraron suicida durante un par de días. Lo encontraron con un tiro en la nuca. [...]&lt;br /&gt;Otro comandante se dio un tiro en el cuello frente a la escuela de su hijita, a la hora de la salida. Más desagradable que la clase de matemáticas. Hubo docenas de testigos que declararon lo que había ocurrido. No dejaba de ser raro, porque en esos casos nadie ve nada, así le caiga el muerto encima, y es la primera persona de la que se sabe que se mata disparándose en el cuello.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La gente se pasa toda la vida teniéndole miedo a la muerte, y a la hora de las horas se da cuenta de que no era para tanto. O ni siquiera se da cuenta y hasta se la pasa bien en lo que se va al carajo. Claro que uno no es un experto mientras no le toque por lo menos una vez, y con una es suficiente.&lt;br /&gt;Todos se asombran cuando se enteran en los documentales de la segunda guerra mundial sobre los montones de judíos que se metían tranquilamente en la cámara de gas. Muchos hasta se sonreían y parecía que los estuvieran llevando a una fiesta. Y a lo mejor era una fiesta, pero a ellos les tocaba hacer de jamón de los sandwiches. Quizá hasta les habían dicho lo que les iba a pasar, pero se metían en la cámara de gas sin hacer drama. Y no porque quisieran que los asfixiaran y los convirtieran en lamparitas, sino porque uno sabe que se va a morir en algún momento, pero no cree que el momento sea ése.&lt;br /&gt;Por ejemplo la abuela. Sabía que se estaba muriendo y se quejaba de que había desperdiciado la vida criando a un montón de hijos y nietos que la habían abandonado o que no servían para nada. Siempre se había quejado de lo mismo, y ni siquiera el primo se salvaba, pero en la época en que se estaba muriendo lo decía en serio.&lt;br /&gt;Un día dijo “Voy a estornudar” y en vez de eso dio un suspiro y se quedó muerta. Seguro sintió los síntomas de la muerte, pero creyó que eran otra cosa y listo, adiós quejas, adiós abuela. [...]&lt;br /&gt;Mamá no se suicidó. Nada más no creyó que se fuera a morir si el autobús le pasaba por encima, porque la muerte siempre está en el futuro, y el futuro nunca llega. Por eso se cuidaba tanto y tenía tanto miedo, para que el futuro no le llegara. Lo que le llegó fue el presente a ochenta kilómetros por hora, y el futuro se le quedó en el pasado, que es a lo que vamos todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Has salido alguna vez a la calle sintiéndote contento porque todo lo que te pasa es bueno? Te atienden bien en el supermercado, te abren la puerta cuando entras al banco, no hay una pinche cola larga para llegar a la caja, y cuando llegas la cajera te sonríe y te dice buenos días. Llegas a tu casa y tu mujer te quiere y tus hijos no te chingan. Pones la televisión y están pasando una película que querías ver. Te acuestas y no tienes broncas para dormirte. ¿Te ha pasado?&lt;br /&gt;–No tengo mujer.&lt;br /&gt;–Digamos que te ha pasado. Ése va a ser un día que vas a recordar toda la vida. O a lo mejor no, porque uno es tonto y sólo se acuerda de lo malo. Pero todo el mundo tiene días así –había terminado de limpiar y armar la pistola–, y es por tener un día de ésos que todo el mundo hace cosas que no le gustan o que le aburren, se mete en líos, mata a otra gente o se enamora de la mujer equivocada. Sólo por la esperanza de que el día siguiente sea igual de bueno. Nunca hay dos días como ése, pero quién quita. Lo que tienes que preguntarte es cuánta gente necesita morirse para que tengas un día así.&lt;br /&gt;–Que yo sepa, ninguna.&lt;br /&gt;–Entonces no sabes ni madre. Nosotros somos los que nos morimos para que la gente tenga días así. El Ronco se murió para que alguien tuviera un día así. Se murió para que un pobre pendejo crea que lo mejor del mundo es que su pinche vieja lo quiera tantito. Tú eres de la misma raza, pero no estás obligado a entender. Tu papel es otro.&lt;br /&gt;–¿Cuál es mi papel?&lt;br /&gt;Puso el cargador y cortó cartucho. Lo siguiente era pegarse un tiro, y no quería que se muriera todavía. A lo mejor en su cerebro estaba algo que yo andaba buscando, y dentro de unos segundos ya no iba a tener cerebro. No me dio tiempo ni de respirar.&lt;br /&gt;–Ser testigo –dijo, y se mató.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-8334042625744838799?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/8334042625744838799/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=8334042625744838799' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/8334042625744838799'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/8334042625744838799'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/12/el-momento-de-morir-y-otros-momentos.html' title='El momento de morir y otros momentos'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-778879427400171267</id><published>2006-11-24T01:11:00.000-06:00</published><updated>2006-11-24T01:18:33.592-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Poesía'/><title type='text'>La mujer esqueleto</title><content type='html'>&lt;blockquote style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Poema escrito en 1990, publicado alguna vez en alguna parte. Pertenece al poemario inédito &lt;i&gt;Cosa personal&lt;/i&gt;. (Los poemas sí se han publicado en su mayoría, en revistas y lugares así.)&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;I&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La mujer esqueleto se desnuda&lt;br /&gt;con ansia vegetal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;   La mujer esqueleto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer esqueleto dice gracias&lt;br /&gt;por no llorar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;   Siembra esqueletos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer esqueleto masca dientes&lt;br /&gt;y goma de mascar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;   Sombra de un esqueleto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer esqueleto se nos muere:&lt;br /&gt;vocación de esqueleto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;II&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Boca sin boca:&lt;br /&gt;esqueleto&lt;br /&gt;Pasión de caderas&lt;br /&gt;y hielo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;III&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El perro que te ladra buenas noches&lt;br /&gt;tu perro personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sillón que se sienta a tus espaldas&lt;br /&gt;tu sillón personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El baño que te lame los sudores&lt;br /&gt;tu baño personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu furor tu leucemia tus vaginas&lt;br /&gt;tu cara personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las sábanas que huelen siempre a siempre&lt;br /&gt;tu cama personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dolores de espalda los dolores mensuales&lt;br /&gt;tu status personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tus libros tu diarrea tus impuestos&lt;br /&gt;tu cuándo personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu zapato tu dios tus vegetales&lt;br /&gt;tu nada personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu fémur esquelético tu sífilis&lt;br /&gt;Tu náusea personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu noche tus gruñidos tu carro tus pendientes&lt;br /&gt;tu náusea personal&lt;br /&gt;sí&lt;br /&gt;tu náusea personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu máquina de mierdas y de lágrimas&lt;br /&gt;tu idiotez personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu hermana la que canta tu tío el que te viola&lt;br /&gt;tu niñez personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu cosa personal tus pocas ganas&lt;br /&gt;tu cosa poca cosa personal&lt;br /&gt;sí&lt;br /&gt;tu cosa personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;IV&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Bagazo&lt;br /&gt;anónimo sin dueño&lt;br /&gt;sombra de un caballo triste&lt;br /&gt;sueño de un mal espectro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eclipse del cuerpo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;V&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La mujer esqueleto amor a solas&lt;br /&gt;sombras y hueso&lt;br /&gt;La mujer esqueleto casa aparte&lt;br /&gt;el rubor a destiempo&lt;br /&gt;La mujer esqueleto mala cosa&lt;br /&gt;mala sangre y aliento&lt;br /&gt;La mujer esqueleto que se moja y descose&lt;br /&gt;y baila ante un espejo&lt;br /&gt;La mujer de su casa y de sus dientes&lt;br /&gt;La mujer de las piernas sin sustento&lt;br /&gt;La mujer que se sangra y no se muere&lt;br /&gt;los ojos de relleno&lt;br /&gt;La mujer que se cansa a medio día&lt;br /&gt;La mujer de las tripas y los gestos&lt;br /&gt;La mujer sin embargo La mujer apellido&lt;br /&gt;La mujer de su padre y de su dedo&lt;br /&gt;La mujer poca vaca&lt;br /&gt;La mujer sin su peso&lt;br /&gt;La mujer de la bota y del canario&lt;br /&gt;La del muslo desierto&lt;br /&gt;La mujer que lloró toda una noche&lt;br /&gt;La que se fue muy lejos&lt;br /&gt;La que viene y se viene y se palpita y sangra&lt;br /&gt;La que se peina el pelo&lt;br /&gt;La mujer desvelada la mujer trapo en uso&lt;br /&gt;la mujer que va al cielo&lt;br /&gt;La que se antoja a ratos La que se entrega nunca&lt;br /&gt;La que saca a pasear a su hijo muerto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quién mujer cuando entonces&lt;br /&gt;Quién campana o complejo&lt;br /&gt;Cuándo bata y sostén&lt;br /&gt;o niña o descontento&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Largo su largo brazo&lt;br /&gt;su brazo de esqueleto&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-778879427400171267?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/778879427400171267/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=778879427400171267' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/778879427400171267'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/778879427400171267'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/11/la-mujer-esqueleto.html' title='La mujer esqueleto'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-466535121828785359</id><published>2006-11-19T02:36:00.000-06:00</published><updated>2006-11-19T02:39:19.786-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>De vez en cuando la muerte</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;blockquote style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fragmento. Publicada por la Dirección de Publicaciones e Impresos, San Salvador, 2002.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un día apareció en una delegación una muchachita asustada. No tendría más de catorce años. Era flaca, pequeña y tenía la ropa desgarrada.&lt;br /&gt;–Acabo de matar a mis tíos –le dijo al policía de la entrada–. Vengo para que me metan presa.&lt;br /&gt;Cualquiera, en las mismas circunstancias, se hubiera revolcado de la risa, pero el policía la tomó en serio y la llevó con el agente del ministerio público: la muchacha estaba cubierta de sangre desde los pies, que llevaba descalzos, hasta el cabello, largo y lleno de nudos.&lt;br /&gt;El agente del ministerio público la pasó con un médico antes de interrogarla. Después de los exámenes la bañaron y la revisaron minuciosamente. Había poco de su cuerpo que no tuviera cicatrices. Era un catálogo de golpes y heridas de todos los tamaños y colores.&lt;br /&gt;No tenía uñas, ni en las manos ni en los pies. Se las habían arrancado y en su lugar había costras, la mitad infectadas. Las palmas de las manos estaban desgarradas, como si le hubieran arrancado tiras de piel. El pecho, el estómago, las nalgas, la espalda, estaban repletos de cicatrices de quemaduras y de heridas de todos los tamaños y formas. Le habían grabado a cuchillo un nombre debajo del ombligo: Graciela.&lt;br /&gt;–¿Así te llamas? –le preguntó el médico.&lt;br /&gt;–No –contestó–. Así me decían.&lt;br /&gt;No hubo modo de sacarle su verdadero nombre.&lt;br /&gt;Tampoco hubo modo, al principio, de sacarle mucho más, excepto que había matado a sus tíos porque no la dejaban salir a la calle desde hacía un año. Que la golpearan y todo eso estaba bien, pero ella quería ir al cine. Según el médico las cicatrices eran recientes, cinco o seis meses las más antiguas.&lt;br /&gt;Graciela llevó a los policías a la casa donde supuestamente había matado a sus tíos. Era nueva y bien cuidada, con un jardín lleno de rosales. El interior estaba decorado con pompa y mal gusto: alfombras blancas de varios centímetros de espesor, muebles Luis XV, rebordes dorados, papel tapiz aterciopelado y muñequitos de porcelana por todas partes. El día anterior de seguro todo había estado arreglado y limpio. Lo que encontraron ese día fue mucho más que desorden y polvo: regados por la alfombra, sobre un piano Steinway, embarrados en las paredes, sobre las porcelanas, dentro de los trastos de cocina, debajo de las camas, en todas partes, había trozos de carne, vísceras y huesos que después se descubrió pertenecían a dos seres humanos y a un perro pequeño.&lt;br /&gt;–Yo los maté –decía la niña con candidez–. Anoche los maté.&lt;br /&gt;Encontraron las armas utilizadas para matar y descuartizar a sus tíos y al perro: un par de cuchillos de cocina, un hacha para picar carne, tres destornilladores, una cuchara afilada. Los legistas opinaron que la muerte se había producido mientras dormían, y que buena parte del descuartizamiento había ocurrido en la cama, pero no se atrevieron a especular sobre cómo pudo Graciela despedazarlos tan a conciencia en las diez o doce horas que dijo haber usado. Determinaron, y de eso no le quedó duda a nadie, que la niña no podía ser la asesina, a pesar de que todo estaba repleto de sus huellas. No tenía la fuerza suficiente para hacer toda esa carnicería. Ella insistía en que los había matado; un par de días después por fin explicó paso a paso cómo los había destazado, y el relato coincidió con la reconstrucción del forense.&lt;br /&gt;También contó cómo le habían producido las cicatrices. Dijo que sus padres la habían enviado con sus tíos un par de años antes para que estudiara la secundaria, desde un pueblo de la Huasteca. Pero nunca la mandaron a la escuela: la usaron para que ayudara a la sirvienta con los quehaceres y mandados. Lo verdaderamente malo empezó cuando la sirvienta resultó embarazada, fue despedida y Graciela se quedó sola con ellos.&lt;br /&gt;Al principio le daban un par de bofetadas si rompía una taza o si no limpiaba bien los anaqueles repletos de muñequitos; después empezaron a usar un fuete y al final ya no hacía falta ningún pretexto para que la desnudaran y, sobre la mesa del comedor, la quemaran con cera de velas o con cigarros, la marcaran con un abrecartas o le arrancaran las uñas. La tía, según Graciela, disfrutaba viéndola sangrar; el tío solamente cumplía los caprichos de su esposa.&lt;br /&gt;Buscaron a los padres de la niña, pero no dieron señales de vida; simplemente no existía el pueblo de donde decía provenir. Se buscó al verdadero asesino que, según la policía, no podía ser Graciela, pero no apareció. Los amigos y vecinos dijeron que los asesinados no tenían hijos, que vivían solos con su perro, que eran gente de bien –él era dueño de una ferretería, ella era ama de casa– y que no tenían idea de quién diablos fuera Graciela. En la casa no apareció una sola referencia a ella, ni un papel, ni una foto, ni una carta. Nada. Ni ropa, ni el colchón donde dijo que dormía, debajo de la escalera.&lt;br /&gt;El juez mandó a la niña a un hospital psiquiátrico; le encontraron todo un catálogo de desajustes. Como a los seis meses escapó y no se volvió a saber de ella.&lt;br /&gt;Con ese caso me había estrenado como reportero de nota roja unos veinte años atrás. Por ese entonces todavía creía que podía llegarse al fondo de las cosas. Mi jefe seguramente quiso darme una lección y lo logró: todo en ese caso era imposible, como si lo hubiera escrito un mal guionista.&lt;br /&gt;Entrevisté dos veces a Graciela, una en los separos (donde no podían consignarla por ser menor de edad) y otra en el psiquiátrico. Era una niña tierna y tímida, que lo único que quería era que alguien la invitara al cine y le comprara palomitas de maíz. Sin embargo, aun ahora estoy seguro de que era una criminal tan terrible como inocente.&lt;br /&gt;Nunca he olvidado el cuadro que todos los periodistas vimos, y que nadie mencionó en sus notas, en la casa donde se habían producido los asesinatos. Era la prueba de que Graciela era la culpable, si es que podía ser culpable de algo: en el suelo, tan llena de sangre como todo lo demás, sentada ante la televisión apagada, estaba una muñeca. Frente a ella había un platito lleno de dientes y muelas que, de lejos, parecían palomitas de maíz. Sobre la pantalla de la televisión colgaban unos objetos sanguinolentos por los que no me atreví a preguntar.&lt;br /&gt;Después de ese caso viví durante semanas con la sensación de que todo era absurdo, de que las cosas jamás serían lo que aparentaban ser. Tenía miedo de las personas que me sonreían y, sobre todo, de los niños.&lt;br /&gt;A veces, en mis frecuentes insomnios, me ponía a pensar en lo que yo era y en lo que debía ser. Un periodista, en ambos casos. Alguien que sale a la calle, mira lo que pasa allí y luego se lo cuenta a quien quiera saberlo.&lt;br /&gt;Ésa era la palabra clave: saber. Cuando era adolescente quise saber todo sobre el caso de Mauro C. El diario decía esto y lo otro, y debía ser verdad; alguien se había tomado el trabajo de ir e investigarlo para que yo lo supiera. Pero no sabía: únicamente leía lo que otro creía saber, lo que le habían contado a otra persona o lo que esa persona había visto. Sólo viendo las cosas por uno mismo se puede saber.&lt;br /&gt;No creo que lo pensara con esas palabras, pero en el fondo era lo que estaba latente cuando decidí ser periodista: quería saber, estar allí, donde ocurrían las cosas, y asegurarme de que lo que se escribía en los diarios –al menos lo que escribía yo– fuera tan cierto como la pared con la que uno se rompe la nariz. Mi primer caso importante, el de la niña, me enseñó que todo es relativo: era imposible que ella hubiera matado a sus tíos, pero no podía ser de otro modo. Y era inocente aunque fuera culpable. En mi nota sólo dije lo que dijo la policía. Con un poco de color, de acuerdo, o lo que a los editores les gusta llamar color. Pero no pude escribir la verdad. Yo mismo no creía en la verdad. Nadie creía en la verdad. Nadie podía creer en la verdad. Y, a final de cuentas, ¿quién quería creer en la verdad?&lt;br /&gt;Yo.&lt;br /&gt;Lo de Mauro C. y todo lo demás me habían dado la oportunidad de buscar un poco de verdad en alguna parte. ¿Por qué no? Quizá publicaba lo que la policía quería, pero no recibía un centavo aparte de mi sueldo. Todavía había algo por allí que no se me había roto y todavía tenía derecho de buscar un pedazo de verdad, daba igual si se trataba del asesino de las mujeres que se suponía que Mauro C. había matado o el texto íntegro de los acuerdos secretos de Yalta. Una verdad es una verdad. Lo de Mauro C. no iba a cambiar el mundo, pero había que empezar por algún lado.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-466535121828785359?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/466535121828785359/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=466535121828785359' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/466535121828785359'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/466535121828785359'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/11/de-vez-en-cuando-la-muerte.html' title='De vez en cuando la muerte'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-7708464747949894338</id><published>2006-11-07T13:08:00.000-06:00</published><updated>2006-11-07T13:10:57.592-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Cualquier forma de morir.Capítulo 1</title><content type='html'>&lt;blockquote style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado por F&amp;amp;G Editores, Guatemala, noviembre de 2006.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pero la luna no grita –dijo el Ciego.&lt;br /&gt;Serían las tres de la mañana y la música sonaba a orquesta de locos en el bloque de los Celis. Era la segunda fiesta de marzo, y apenas estábamos a mediados del mes. En febrero habían sido tres, y en enero ninguna, porque los habían encarcelado el día treinta. Cada una era más ruidosa que la anterior, y ponía cada vez más nerviosos a los presos y a los guardias.&lt;br /&gt;–¿Qué sabes de la luna, Ciego pendejo? –dijo el Cura desde su litera.&lt;br /&gt;Todo estaba oscuro. Se estaban gastando la electricidad del reclusorio. Había luna llena, pero no llegaba a alumbrar la celda. Apenas alcanzaba a ver al Cura frotándose la cabeza, justo en la coronilla. El cuero cabelludo le brillaba aunque hubiera poca luz, y en el resto de la cabeza le crecía un pelo ralo y desordenado. Parecía fraile de película hasta en el modo de reírse.&lt;br /&gt;–No sabré nada, pero no está gritando.&lt;br /&gt;–Y con ese relajo nadie va a oír –dijo el Cura.&lt;br /&gt;–Uno oye.&lt;br /&gt;Los invitados de los Celis sí gritaban. Las carcajadas más fuertes eran de las mujeres. Muchas carcajadas. Muchas mujeres. También habría guardias, presos importantes, a lo mejor hasta el director del reclusorio.&lt;br /&gt;–¿Y el sol?&lt;br /&gt;–El sol es como yo –dijo el Ciego.&lt;br /&gt;–¿Pendejo?&lt;br /&gt;–Ciego.&lt;br /&gt;Las carcajadas no podían ser de mujeres, porque a las fiestas de los Celis iba de todo, pero no tan de todo. Eran los maricas de la sección norte. Había presos que tenían mujeres durante el día, y con un poco de dinero durante la noche. Los Celis tenían su terreno de caza en la sección norte, y si los invitados y los guardias querían hacer algo más que emborracharse y meterse cosas por la nariz, tenían que hacerle con los maricas de la sección norte.&lt;br /&gt;Decían que ésa era maña de Santiago Celis, el mayor, que Francisco tenía todo en su sitio. La fama era que los Celis sólo hacían negocio con los que le entraban a todo y al parejo, y que podían ponerse violentos si los despreciaban.&lt;br /&gt;–¿Y tú? –me preguntó el Cura.&lt;br /&gt;–Aquí.&lt;br /&gt;–¿No te invitaron a la fiesta?&lt;br /&gt;Se tiró una carcajada boba. También me reí. Un trago no me hubiera caído mal. Se me ocurrió que podía ir al bloque de los Celis por lo menos para tomarme un trago. Pero no me habían invitado, el trago no es lo que más me emociona y tenía cuentas pendientes con ellos.&lt;br /&gt;–Hoy hay luna –dijo el Ciego.&lt;br /&gt;–Deja en paz a la pinche luna –dijo el Cura–. No hablas de otra cosa.&lt;br /&gt;–No se puede hablar de otra cosa cuando hay luna.&lt;br /&gt;–De tu hermana.&lt;br /&gt;Ahora el Cura estaba mirando el techo, con las manos en el estómago y las piernas dobladas. A veces me despertaba en las madrugadas y lo veía así, con los ojos abiertos. Nunca dormía. Si el Ciego se movía, el Cura le clavaba una mirada asesina. Si me movía yo, se sonreía. Le caía bien y me caía bien. Cuando llegué no traté de hacerme el duro ni el inteligente. Él era el más antiguo, él mandaba. Mandar lo obliga a uno a tomar decisiones, y yo no estaba para tomar decisiones, sino para esperar que todo volviera a ser lo que era y pudiera irme de allí.&lt;br /&gt;El Cura era feliz encarcelado. Decía que no entendía cómo la gente soportaba vivir afuera. Parecía que siempre había estado entre esas paredes, pero había llegado unos días antes que yo. Yo llevaba cuatro meses y ya quería irme. Al Ciego lo habían llevado a la celda dos meses después que a mí, la semana en que encarcelaron a los Celis, y era el que peor se lo tomaba.&lt;br /&gt;–A mi hermana le gustaba la luna –dijo el Ciego después de un rato–. Cuando había luna llena nos subíamos a la azotea y veíamos el cielo.&lt;br /&gt;–De las lunas la de octubre es más hermosa –dijo el Cura sin cantar.&lt;br /&gt;Se oyeron unos gritos en el bloque de los Celis. Un par de locas peleándose, seguro. Más carcajadas. Alguien se puso a llorar y a dar alaridos.&lt;br /&gt;–Es cierto. La de octubre es la mejor.&lt;br /&gt;–¿Por qué la mataste? –le preguntó el Cura como cada vez que quería enojarlo.&lt;br /&gt;La música se acabó de golpe y los gritos se hicieron más fuertes. También se oyeron voces roncas y vidrios que se quebraban. Nunca se habían divertido tanto. En la siguiente a lo mejor hasta hubiera muertos.&lt;br /&gt;–Ese día no había luna –contestó el Ciego.&lt;br /&gt;–Si vas a enojar quítate los lentes –le dije al Ciego–. La otra vez te pasaste dos semanas sin lentes.&lt;br /&gt;–No conoció a mi hermana.&lt;br /&gt;–Era puta –dijo el Cura.&lt;br /&gt;–Todas son putas –dijo el Ciego.&lt;br /&gt;Los gritos también se callaron. El silencio era peor que el ruido. Me zumbaban los oídos.&lt;br /&gt;–Ya era hora –dijo el Ciego–. No dejan dormir.&lt;br /&gt;–Tu hermana era puta –dijo el Cura–. Tú eres puta.&lt;br /&gt;Salí de la celda. Sabía lo que seguía y preferí ahorrármelo. No había nadie en el pasillo. Hasta el guardia de turno andaría en la fiesta. Al día siguiente los guardias iban a estar de mal humor y se iban a poner más pendejos que de costumbre.&lt;br /&gt;Encendí un cigarro. Me quedaban tres, pero podían durarme una semana. Oí cómo se rompía un plato dentro de la celda. El Cura le pegó al Ciego, pensé. Después siguió un grito, como si a alguien le hubieran arrancado una pierna. Después nada.&lt;br /&gt;–Ya duérmanse –gritó alguien al fondo.&lt;br /&gt;Desde las ventanas del pasillo se veía el bloque de los Celis. Todo estaba encendido. Me pregunté si habría comandantes de narcóticos. El mío, por ejemplo. En cuatro meses no había sabido de él, y hubiera sido una buena oportunidad para preguntarle cómo iba mi asunto.&lt;br /&gt;El que llegaba una vez a la semana era el abogado. Ponía cara seria, me veía a los ojos y me decía “Esto va muy bien” o “Van a terminar pidiéndote perdón”. Después se iba.&lt;br /&gt;No quería que me pidieran perdón. Quería que me sacaran. Hacía falta que alguien cargara la culpa, y me tocó. Hasta allí todo bien. No me iban a dar de baja, mi sueldo seguiría corriendo y me tocaba una compensación por cada mes en el reclusorio. Se iba a arreglar antes del juicio, me dijeron. Después un ascenso a teniente o algo así. Todo hubiera estado bien de no ser por el Cura y el Ciego con sus pleitos. Bien podían haberme tocado unos compañeros mudos. O muertos.&lt;br /&gt;–Mi hermana era puta, pero sólo yo lo digo –gritó el Ciego detrás de mí.&lt;br /&gt;Me volví. Los ojos se le veían más pequeños detrás de los lentes. Decía que antes de llegar a los cuarenta ya no iba a ver nada. Tenía veintiséis&lt;br /&gt;o veintisiete. Le daba terror que le dijeran que tenía que operarse y lo enojaba que hablaran de su hermana, para bien o para mal.&lt;br /&gt;–¿Qué pasó?&lt;br /&gt;–Maté al Cura –me enseñó un cuchillo lleno de sangre.&lt;br /&gt;–¿De dónde sacaste el cuchillo?&lt;br /&gt;–Lo cambié por mis otros zapatos.&lt;br /&gt;–Pendejo –le dije, y entré corriendo.&lt;br /&gt;Lo último que necesitaba era un acuchillado en la celda. Estaba acusado de matar a la mujer a cuchilladas y eso no me iba a ayudar. Yo no la había matado, pero allí estaba la confesión, con firma y todo. Hay gente que se toma en serio las confesiones firmadas.&lt;br /&gt;En la celda me tropecé con un pedazo de vidrio y me golpeé la rodilla contra la estufa. Pendejo, pensé. Pinche pendejo.&lt;br /&gt;El Cura estaba tirado junto al catre. El zumbido de los oídos no me dejaba oír, pero vi que se movía. Respiraba como motor descompuesto. Al menos estaba vivo.&lt;br /&gt;Me arrodillé. Un pedazo de algo roto se me clavó en la misma rodilla que acababa de golpearme. Con gusto lo hubiera pateado. Tarde o temprano el Ciego tenía que cansarse de lo mal que lo trataba. Si hubieran estado casados, hubiera conseguido el divorcio por crueldad innecesaria.&lt;br /&gt;Tenía una mancha en el estómago. Le aparté la chamarra y la camisa. Olía a mierda. Seguro tenía perforado el intestino. La muerte será lo que quieran, pero siempre hay mierda de por medio.&lt;br /&gt;Dio un brinco cuando lo toqué. Parecía que lloraba y que se convulsionaba, pero el zumbido en los oídos no me dejaba distinguir.&lt;br /&gt;–Pendejo Cura –le dije.&lt;br /&gt;Sin apartarme, metí la mano debajo de mi colchón y saqué la lámpara. Tenía bajas las pilas. Alcanzaron para darme cuenta de que se estaba riendo. Le di una cachetada.&lt;br /&gt;–Lo enojé –dijo–. Por fin lo enojé.&lt;br /&gt;Oí murmullos en el pasillo. Todas las luces se encendieron y varios presos protestaron.&lt;br /&gt;–Mierda –grité, y le di otra cachetada.&lt;br /&gt;En la puerta estaba un guardia borracho&lt;br /&gt;apuntándome con una pistola. Junto a él estaba el Ciego con el cuchillo en la mano y me señalaba.&lt;br /&gt;–Él fue –dijo–. Yo lo vi.&lt;br /&gt;Me paré. El Cura seguía riéndose. O quizá sólo tenía una manera cómica de morirse. El Ciego se apartó de la puerta y aparecieron otros dos guardias. No estaban borrachos, sino asustados. No me gustan los guardias asustados. No me gusta la gente asustada cuando tiene armas y yo no.&lt;br /&gt;–Este cabrón está vivo –les dije–. Llévenselo a la enfermería.&lt;br /&gt;–Sal despacito –dijo el guardia borracho–.&lt;br /&gt;Pon las manos en la nuca y sal despacito.&lt;br /&gt;Hice caso.&lt;br /&gt;–Contra la pared –dijo otro.&lt;br /&gt;Obedecí.&lt;br /&gt;–El Cura está vivo –les dije–. Él les va a contar qué pasó.&lt;br /&gt;–Fue él –dijo el Ciego, y me dobló de una patada la misma rodilla que me había golpeado–. Yo lo vi. Se puso como loco. Si no le quito el cuchillo, se sigue conmigo.&lt;br /&gt;La cara se me estrelló contra la pared y alguien me pateó la cabeza.&lt;br /&gt;Cuando desperté era de día. Estaba solo, en una celda pequeña, fría y sucia. Había una jarra de plástico cerca de la puerta. El agua sabía a cloro puro. La escupí. La rodilla me dolía, pero no era para tanto. No era peor que la sed ni peor que no saber qué había pasado. Sabía lo que iba a pasar: el Ciego tenía un problema conmigo.&lt;br /&gt;La puerta se abrió y entró el carcelero, un tipo con cara de violador de niños. Usaba la camisa de reglamento, pero los pantalones eran de mezclilla y llevaba sandalias en lugar de botas. Detrás venía un viejo con una gabardina corta.&lt;br /&gt;–Párate –me dijo el guardia.&lt;br /&gt;El olor de su boca era peor que su mirada, y su mirada bastaba para ponerse a gritar. Me paré rápido para que no tuviera que hablarme otra vez.&lt;br /&gt;Antes de llegar al estacionamiento tuve arcadas. El viejo de la gabardina esperó a que se me pasaran y me tomó del brazo. No me gustó su mano. No creo que le gustara a él. Era una mano fea.&lt;br /&gt;–Camina despacio –me dijo y me llevó a un Mustang verde, igual de viejo–. Respira hondo y después entra.&lt;br /&gt;Las arcadas se detuvieron y entré en el carro, en el asiento de atrás. El viejo se sentó a mi lado.&lt;br /&gt;–Vamos –le dijo al chofer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-7708464747949894338?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/7708464747949894338/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=7708464747949894338' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/7708464747949894338'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/7708464747949894338'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/11/cualquier-forma-de-morir-captulo-1.html' title='Cualquier forma de morir.&lt;br&gt;Capítulo 1'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-143845812606572524</id><published>2006-11-06T17:55:00.000-06:00</published><updated>2006-11-06T18:03:59.925-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Las puertas</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Del libro &lt;i&gt;Terceras personas&lt;/i&gt;. UAM, colección Molinos de Viento, México, 1996, y Cénomane, Le Mans, 2005, en traducción de Thierry Davo.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;   &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; line-height: normal;" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;¿Dónde están realmente los ciegos?&lt;br /&gt;¿Dónde estamos nosotros, su terrible pesadilla?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;   &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right; line-height: normal;" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-variant: small-caps;" lang="ES-TRAD"&gt;J. M. Basil&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;   &lt;p class="MsoNormal" style="line-height: normal;"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;         &lt;p class="MsoNormal" style="line-height: normal; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;La ciudad está como antes de que pasen los camiones de la basura, en la madrugada, cuando aún se duerme. Sin embargo anochece.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;   &lt;/div&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="line-height: normal; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;     &lt;/div&gt; &lt;p class="Prrafo1" style="line-height: normal; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-variant: small-caps;" lang="ES-TRAD"&gt;La ciega.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;                                                                           &lt;/div&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="line-height: normal; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Aquí tampoco hay nadie... (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Suenan seis campa­nadas&lt;/span&gt;.) Ya son las seis y no he comido nada. ¿Viejo? ¿Estás por allí, viejo? Anda, contesta. ¡Viejo! ¡Déjate de cosas o me voy a enojar! ¡Tú no te fuiste porque no tienes dónde ir! (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sale.&lt;/span&gt;) (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Suenan seis campanadas.&lt;/span&gt;) (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Entra.&lt;/span&gt;) Aquí tampoco hay nadie y no he comido. Ay, mis pies... (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se quita los zapatos y farfulla cualquier cosa.&lt;/span&gt;) Si no fuera por el hambre. (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se amasa los pies.&lt;/span&gt;) Mejor sigo buscando; debe haber alguien en algún lado. (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se pone los zapatos.&lt;/span&gt;) ¡Ey, ustedes, los de por aquí! ¡Salgan y ya déjense de bromas! ¡Viejo! ¿Viejo? Si supiera cómo se hace para mirar... ¡Una limosna por el amor de Dios! ¡Una limosna...! ¿Por qué se habrán ido? A nadie le importa si ya comí. Ese maldito viejo también se fue. Una limosnita por la salvación de su alma. Una limosni­ta para esta pobre ciega.&lt;br /&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Forcejea con dos puertas.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;Alguien que se apiade de esta pobre ciega.&lt;br /&gt;¡Condenadas puertas, ninguna se abre!&lt;br /&gt;¡Ábrete, puta! ¡Ábrete! ¡Puta! ¡Puta!&lt;br /&gt;Nunca había dicho así... El viejo se va a enojar...&lt;br /&gt;Putas... ¡Ey, putas! ¡Puertas putas! ¿Ya me oíste, viejo? ¡Dije puertas putas! ¡Viejo! ¡Una limosna por el amor de Dios!&lt;br /&gt;Me dejó sola.&lt;br /&gt;¡Me dejó sola...!&lt;br /&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Música de circo.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;¡Pasen y vean, señoras y señores, el espectáculo más grande del mundo! ¡Aquí los payasos haciendo sus gracias! ¡Allá los elefantes caminando en dos patas! ¡De aquel lado los acróbatas acompañados por las lindas señoritas! ¡Pasen y vean a los mabala... malala... balama... blamala...!&lt;br /&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se corta la música.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;Nunca he estado en un circo.&lt;br /&gt;Para qué, si no puedo ver todas las cosas que hay. El viejo dice que las mujeres del circo tienen el pelo amarillo... Debe ser así como rasposo... ¿Viejo? ¿Ya llegas­te&lt;br /&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Tantea una cerradura.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;Dicen que en el circo hay pulgas que bailan.&lt;br /&gt;Una limosnita...&lt;br /&gt;Para qué quieren que bailen, digo yo.&lt;br /&gt;Una limosnita por el amor de Dios... Una limosni­ta... ¡Una limosnita! ¡Se abrió!&lt;br /&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Entra.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;¿Señora? ¿Está la señora de la casa? ¿No me darían una limosnita de comida? ¿Señor? ¿Y esto? Qué raro... Tiene forma de... (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Lo tira, asqueada.&lt;/span&gt;) Tengo ham­bre. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;(Suenan seis campanadas&lt;/span&gt;.) Son las seis y no he comido. Siempre como a las tres. ¿Dónde estará la comi­da en esta cochina casa? (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Enciende la radio casi por error. Suena una pieza instrumental.&lt;/span&gt;) ¡Hay música! ¡Eso quiere decir que no todos se fueron! (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Tararea y sigue el ritmo; busca.&lt;/span&gt;) ¡Aquí sí debe haber comida! (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se acaba la música. La radio queda en silencio.&lt;/span&gt;) ¿Y ahora? A lo mejor se desconectó la radio... Sí, se desconectó... ¡Uf! ¡Esto apesta! (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Trata de tragar. Escupe. Contiene las arcadas.&lt;/span&gt;) Debería darle vergüenza, señora; dejar que la comida se descomponga y huela tan feo. no ponga esa cara, ¿me oyó? Ji, ji. Es una vergüenza, no tiene otro nombre. (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Risitas. Oye algo.&lt;/span&gt;) ¿Señora? ¿Es usted? Si hay alguien, que conteste. ¿Viejo? (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sale de la casa, tropezán­dose&lt;/span&gt;.)&lt;br /&gt;Una limosnita por el amor de Dios. Una limosnita por la salvación de su alma.&lt;br /&gt;Ya perdí la cuenta de cuándo se fue la gente. La gente no se va así porque así. Debe pasar algo grave, como un terremoto. Dejaron hasta los coches. (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;En la ventanilla de un coche:&lt;/span&gt;) ¿Señor? ¿Hay algún señor aquí? (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se dobla de hambre.&lt;/span&gt;) ¡Ay...! (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Suenan seis campanadas.&lt;/span&gt;) Ya son las seis y no he comido.&lt;br /&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Saca su campanita de ciega.&lt;/span&gt;) Lo peor es que aquí nadie me va a ayudar a cruzar la calle. Pero si los carros están muertos... (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Camina entre los coches, tocando la campanita.&lt;/span&gt;) No se muevan, malditos... No se muevan... No se muevan... ¿Y si cambia el semáforo? (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Regresa corriendo.&lt;/span&gt;) Los semáforos deben ser horribles. Del otro lado está mi casa, pero no tengo nada para comer. ¿Y si viene alguien y me ayuda a cruzar? (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Esconde la campa­nita&lt;/span&gt;.)&lt;br /&gt;Lo peor es que nadie me da limosna. Pero tampo­co hay qué comprar.&lt;br /&gt;Cuando era pequeña el viejo me decía que yo tenía cara bonita, como de artista. Después ya nunca me dijo. Si le hubiera abierto la puerta él estaría conmigo.&lt;br /&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Suena un teléfono.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;¡Hay gente! ¡Sí queda gente!&lt;br /&gt;¡Abra, señor, por favor! ¡Le digo que abra! ¡Contes­te el teléfono, que le están hablando! ¡Abra! ¡Ábrame, por el amor de Dios! (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Deja de sonar el teléfono.&lt;/span&gt;) ¡Ábrame! ¡Señor, por Dios...! ¡Señor...!&lt;br /&gt;Tengo hambre. (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Suenan seis campanadas.&lt;/span&gt;) Ya son las seis y no he comido nada. (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se sienta.&lt;/span&gt;) No debí pelear­me con el viejo, pero él me obligó. Las cosas son como son, y ni modo que le abriera la puerta. Y menos borra­cho.&lt;br /&gt;Cuando era niña me decía que tenía piernas de bailarina. El sí sabe cómo son las piernas de las bailari­nas. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;(Vals. Sigue el ritmo con la cabeza. Con las manos. Con el cuerpo&lt;/span&gt;.) El me enseñó a bailar sin moverme de mi lugar. Aflójate y siente la música, me decía... (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Baila.&lt;/span&gt;) Las luces... Los ojos que me miran... Los ojos viéndome a mí... a mí... a mí... (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cesa la música. Baila y tararea. Choca contra una puerta.&lt;/span&gt;) Está cerrada. (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Camina.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;Deben ser bonitas las piernas de las bailarinas. (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Tropieza sin caer. Sale. Se apaga la luz. Suena su cam­panita de ciega&lt;/span&gt;.)&lt;br /&gt;Una limosnita por el amor de Dios... Una limosnita por la salvación de su alma... Una caridad para esta pobre ciega...&lt;br /&gt;Hola, viejo... Una limosnita por la caridad... Sabía que te iba a encontrar, como cuando jugábamos a las escondidas... Una caridad... No te oigo... Una caridad... Habla más fuerte... (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Suenan seis campanadas.&lt;/span&gt;) Son las seis y no he comido, viejo... Sí, ya te perdoné... ¿Eh? ¿Vie­jo? Habla más fuerte, que no te oigo... Más fuerte, te digo... ¿Dónde se fueron todos? Ah... Te estuve buscan­do... No; todas las puertas están cerradas, menos una... Una limosnita por la salvación de su alma...&lt;br /&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se enciende la luz. La ciega camina, desfallecida.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;Dime otra vez como me decías antes... Anda... Cuéntame de las muchachas de pelo amarillo... Estás muy frío, viejo; mejor no me toques... ¿Dónde se fueron todos, entonces? Anda, dime como me decías antes... ¡Ah...! (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Se oye un teléfono.&lt;/span&gt;) ¿Oyes? Nos están hablando... Estás muy frío, no... ¡¡Estás muy frío!! (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Va cayendo al suelo, sentada. Llora.&lt;/span&gt;) Estás muy frío... Estás muy frío... Estás muy frío... Frío...&lt;br /&gt;Una limosnita por el amor de Dios. Una limosnita para esta pobre ciega. Una limosnita por la salvación de su alma.&lt;/span&gt;(&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sigue sonando el teléfono. Fade‑in: ruido de automóviles y conversaciones de calle. Música de circo.&lt;/span&gt;)&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-143845812606572524?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/143845812606572524/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=143845812606572524' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/143845812606572524'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/143845812606572524'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/11/las-puertas.html' title='Las puertas'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-115082858808337011</id><published>2006-06-20T12:35:00.000-06:00</published><updated>2006-06-20T12:40:23.193-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>El viejo no durmió esa noche</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;blockquote style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Del libro &lt;i&gt;Terceras personas&lt;/i&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo no durmió esa noche. Yo tampoco. Creo que no dormí, no sé, a lo mejor estaba delirando y en medio de los monstruos oía al viejo decir estupideces. El viejo sólo hablaba estupideces. Talvez ahora le esté diciendo estupideces a los gusanos y ellos se ríen cada vez que lo muerden.&lt;br /&gt;Pero no eran monstruos, eran los colores oscuros llenos de formas muy así, como cuando uno tiene fiebre. Una vez vi al diablo. También era un color, pero más fuerte, por eso supe que era el diablo.&lt;br /&gt;Creo que esa noche el viejo lloró. También puede ser que se estuviera riendo. A veces le pasaba. También cuando se reía se le salían las lágrimas. No me atreví a abrir los ojos porque me hubiera pedido dinero y si no se lo daba me hubiera amenazado con matarse. Como la vez que se puso la navaja en el pescuezo y me dijo que si no le daba dinero se lo cortaba. Córteselo pues, le dije, y él se rio y echó unas lágrimas como de plomo.&lt;br /&gt;No sé a qué horas abrí los ojos, pero el viejo ya estaba dormido. Cuando soñaba con él era gris, lleno de puntitos raros.&lt;br /&gt;Tenía la boca abierta. No aguantaba verle los dientes, no se los lavaba. Los tenía verdes, como los ojos, bien parejitos, bien recortaditos, parecían de plástico. Me daba asco pensar que tenía dientes de plástico.&lt;br /&gt;Me paré despacito para que no me oyera y él se enderezó y levantó la cabeza. Se rió de medio lado, como siempre que me pedía dinero. Un hilito de saliva le cayó en la camisa. Me dijo buenos días y después se puso a temblar. Lávese los dientes, viejo cochino, le dije, pero sólo pujó.&lt;br /&gt;Me dijo que si no sentía frío, que él se estaba congelando y no había podido dormir, que yo me veía tan a gusto que no me quiso despertar. ¿Y para qué me iba a despertar?, le pregunté, y me dijo que para platicar un rato.&lt;br /&gt;El viejo se rascó las verijas y me dijo que ojalá que no lloviera. El viejo era tonto. No sabe que en invierno nunca llueve. No sabía, quiero decir.&lt;br /&gt;Me dijo que si quería iba a comprar leche y pan para desayunar. Le dije que no, para ver qué contestaba. Entonces deme unos doscientos pesos para curármela, me dijo.&lt;br /&gt;Agarré la navaja y se la enseñé. No le gustó que se la enseñara porque se hizo para atrás. Ya sabía lo que seguía, viejo ladino. No se le olvidaba la vez que le dije que me daba asco verle los dientes y le puse la navaja en la boca, detrás de los dientes. Se los voy a arrancar a navajazos, viejo puerco, le dije, a ver si así se los lava. Ni así. Parecía perro asustado. Siempre parecía perro asustado.&lt;br /&gt;Doscientos présteme, me dijo, sólo ciento cincuenta. Me dio risa. Se los di, pero le dije que si se emborrachaba se quedaba afuera o en cualquier parte, que al cuarto no entraba borracho. Cada vez que se emborrachaba regresaba oliendo a mierda y no se acordaba de nada. Esa vez quiso que le diera cien pesos más y se puso necio. Entonces fue que me enojé con él. Le dije que era un viejo maricón y él me escupió y yo me enojé más.&lt;br /&gt;No sé cómo aguanté tanto tiempo al viejo. Se parecía a mi abuelo, un poco más alto y más viejo. Así era mi abuelo y después se murió. Cuando lo sueño mi abuelo es amarillo.&lt;br /&gt;Una vez el viejo se tomó la botella de loción que me regaló Rocío. Le dejó los labios bien resecos. Rocío también se murió, pero por puta.&lt;br /&gt;Mi abuelo tomaba alcohol de farmacia con jugo de naranja. Una vez me dio un poco y mi mamá lo regañó porque vio que yo estaba llorando y me compró un helado. De fresa, me acuerdo. De leche con fresa.&lt;br /&gt;El viejo llegó cuando Rocío acababa de morirse. Me hizo compañía. Viejo, vaya y cómpreme cigarros, le decía, y él iba. Siempre se quedaba con el cambio y por eso le daba el dinero justo. Una vez le di uno de a mil y lo dejé afuera toda la noche porque regresó borracho. Cuando se emborrachaba mucho lo dejaba afuera y al otro día me pedía perdón.&lt;br /&gt;Varias veces me robó dinero. Lo escondiera donde lo escondiera él siempre lo encontraba. Por eso me lo ponía en la parte de adelante del calzoncillo. El viejo podía ser cualquier cosa, pero no maricón. Yo lo quería. Ahora ya le perdoné que me haya escupido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los colores dicen más que las caras. Uno sabe lo que está soñando porque los colores no mienten. Aquí todas las caras son iguales, sin chiste. Afuera uno escoge si está enojado o contento o con cara de estúpido como el viejo. Aquí no. Ninguna cara dice nada. Como la cara de mi mamá, ni cuando el abuelo le pegaba, o mi papá. Mi mamá tiene cara de palo.&lt;br /&gt;A lo mejor yo también tengo cara de palo. Prefiero no ver el espejo porque los colores del espejo son muy sin gracia. El muchachito que se sentaba frente a mí en el comedor era el único que no tenía cara de palo, aunque no se riera nunca. Hablaba bien, casi como mujer. No era maricón, porque una vez lo soñé verde. Los maricones son azules y con brillos. Además las caras de los maricones tampoco dicen nada cuando vienen aquí. Una vez Ciro le pegó al muchachito, hasta lo mandó a la enfermería. Nadie le volvió a pegar, quizás por lástima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí todavía me quedan catorce o quince años. Para entonces ya no voy a saber cómo es la vida allá afuera. Sólo dan una hora para salir al patio. Después hay que estar todo el día en el pasillo. Conmigo nadie se mete. Una vez uno me preguntó y le dije por qué estaba aquí y nadie me molestó nunca. Yo no maté al viejo, pero cuando les cuento me dejan en paz.&lt;br /&gt;Tenía unos ojos bonitos, verdes y llenos de arrugas. Era lo único bonito que tenía el viejo.&lt;br /&gt;Ni que se hubiera caído el mundo.&lt;br /&gt;Unos siete años con buena conducta. Seis o siete. Quizás ocho. No sé. Lo peor es que aquí el tiempo no pasa. No pasa, en serio, no pasa. Ni aunque uno corra o platique hasta que le duela la cabeza. No pasa. Cuando es de día todas las horas son iguales, también cuando es de noche. Sólo cuando está oscureciendo o cuando va a amanecer son diferentes. Por eso me despierto temprano.&lt;br /&gt;Los colores no son aburridos, por eso me gusta dormir. Pero no siempre puedo soñar.&lt;br /&gt;De veras, ni que se hubiera caído el mundo. Ni que el viejo le hiciera falta a nadie. Pinche viejo. Le hubiera sacado las tripas. Yo lo recogí, yo lo cuidé la vez que se enfermó, yo le di para que se emborrachara. Se parecía a mi abuelo.&lt;br /&gt;Le hubiera metido la navaja por atrás. Al menos me hubieran agarrado por una razón justa. Porque a quién más le importaba el viejo. Cuando andaba en la calle lo miraban con asco, la boca le olía a mierda. Pero yo lo tenía en mi cuarto, vivió conmigo dos años. El Pecas está aquí porque mató a una señora. Ni siquiera la conocía y la mató. Yo sí conocía al viejo, le daba para comida y para trago, viejo cabrón. Si no fuera por él no estaría aquí. Pero él debe estar pudriéndose y a lo mejor así se le quita el olor a mierda. También Rocío. A lo mejor ya sólo quedan los huesos de los dos, y los huesos no apestan. No sé si apestan, quiero decir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las películas las cárceles se ven diferentes. Verdes. Bien verdes y llenas de rejas. Aquí hay puertas. Además los policías no tienen caras de malos. Son cabrones, pero no tienen caras de malos, y también se aburren. A veces se ponen a jugar damas con el Toques y el Payaso.&lt;br /&gt;Aquí no podría escaparse uno como en las películas. Los policías tienen cara de buena gente, pero no faltaría el que me diera dos balazos. Yo no sé disparar. El cuchillo sí sé usarlo, por la carnicería, pero la pistola no. El viejo olía a mierda y yo olía a sangre. Pero es preferible oler a sangre.&lt;br /&gt;Por lo menos deberían poner un reloj para que veamos que el tiempo sí pasa. Pero mejor no. Siempre estaríamos viendo el reloj y las horas serían más iguales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si tengo cara de palo o qué. Por lo menos nadie se mete conmigo.&lt;br /&gt;Con los colores uno no tiene tiempo de aburrirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ojalá que no se haga de noche. No sé si voy a poder dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada más salga de aquí voy a ir y le voy a pegar otra vez a ese sargento hijo de su chingada madre. Lo voy a dejar peor que la otra vez. Me encabrona que se coja a mi mamá. Mi mamá debe ser como todas las mujeres. Ni siquiera se esperó un año para estar segura de que mi papá no iba a regresar. Se murió el abuelo y a la semana ya estaba el sargento llegando todos los días. Hasta llevó una televisión, pero mi mamá nunca la encendía porque salía muy alta la cuenta de luz. El tenía una casa bonita. Una casa pintadita de blanco y rojo con cortinas de flores. Allí vivían su mujer y sus hijos. Mi mamá sabía que era casado, pero él le daba dinero y se la cogía. Mi mamá me mandaba a comprar tortillas de harina para que me tardara, siempre había bastante gente, pero yo me quedaba para oírlos. Una vez los vi. Me dio asco ver a mi mamá con los pies sobre las nalgas del gordo. El sargento casi no tenía pelos. Mi mamá se movía muy rápido, como si le gustara. Se veía ridícula, ella tan delgadita y con ese cerdo encima. Cerda ella. Respiraban como si se estuvieran muriendo. Así era Rocío, pero era diferente. Cada vez que me llevaban un puerco a la carnicería me acordaba de ellos, por eso los bisteces no me quedaban bien. Lo que más coraje me daba era que ni siquiera cerraban las cortinas, ni se desvestían bien. Mi mamá esa vez tenía el vestido remangado y el cerdo sólo se había bajado el pantalón. No me gustan los ojos de los cerdos.&lt;br /&gt;Eso sí, por lo menos el, viejo la tenía grande, no como la del sargento, que era del tamaño de la mía. A veces se le paraba al viejo cuando dejaba de tomar dos o tres días y se le hacía una como carpa. Una vez se le salió. La tenía negra. A lo mejor no se la lavaba. Le dije que se la iba a cortar para colgarla en la pared y se asustó, se la metió. Después se fue al baño y cuando volvió tenía todo mojado. Viejo cerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero las mujeres también escupen cuando se enojan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy caliente. Tengo ganas de metérsela a alguien, ya me aburrí de hacérmela, quiero meterla. Me duelen los huevos. Si estuviera Rocío se la metería.&lt;br /&gt;No entienden que a uno le den ganas. A otros los visitan sus esposas cada quince días, cada mes, también sus hijas. A mí nadie. Ni mi mamá porque le pegué a su sargento hijo de la chingada cerdo. Si él puede coger por qué yo no. Ya estoy cansado de hacérmela, se me pela, se me caen pellejitos como la vez que Rocío me mordió. Si no se hubiera muerto ella vendría. Pero pendeja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trajeron un policía nuevo. Dicen que el otro se fue porque el Payaso lo amenazó con matarlo. Parece que le hizo trampa jugando damas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi papá decía que mi mamá era puta, que le ponía los cuernos con cualquiera, y le pegaba. Al final la dejó, dijo que por puta. Yo creo que era cierto porque luego luego llegó el sargento cerdo. Me imagino que Rocío era igual. Por eso se murió, por puta. Acababa de coger cuando la mataron, y ni siquiera en un hotel de lujo. HOTEL, nada más. Le sacaron los ojos. El dueño del hotel luego dijo que ya antes la había visto llegar con hombres. A lo mejor hasta cobraba.&lt;br /&gt;Yo nunca me acosté con otra cuando vivía con ella. Antes sí, con la flaquita del edificio de junto, pero porque una vez la vi en calzones cuando salió de bañarse, y con mi prima la Nena, cuando le pegué al sargento y me fui con mi tío Eloy, y después sólo con dos putas.&lt;br /&gt;Al menos el viejo nunca me engañó en nada. Me tenía miedo, pero me quería. Ojalá hubiera sido mujer y treinta años más joven.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-115082858808337011?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/115082858808337011/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=115082858808337011' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/115082858808337011'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/115082858808337011'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/06/el-viejo-no-durmi-esa-noche.html' title='El viejo no durmió esa noche'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-114716439846152845</id><published>2006-05-09T02:44:00.000-06:00</published><updated>2006-05-09T02:46:38.466-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Traducciones'/><title type='text'>Instructions pour vivre sans peau(fragmento)</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Versión de Thierry Davo, publicada por la editorial Cénomane de Le Mans.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Ce que vous essayez de comprendre, au fond, c’est le sens de ce nœud dans votre gorge que vous camouflez derrière votre sourire implacable, celui que vous réservez à vos amis – vous n’avez pas d’amis – et à vos éventuelles maîtresses, ce sourire que vous avez passé votre vie à repasser devant votre miroir : une structure faite d’os, de muscles, de nerfs et d’âme qui vous sert à marcher à grands pas dans la rue et à rentrer chez vous avec un soupir de soulagement : le regard bien modulé, les joues distordues, délicatement asymétriques, un haussement imperceptible des sourcils et les dents aussi pures que la conscience d’un ange, même si cette blancheur, c’est ce qu’enseigne l’histoire des anges, est plus cosmétique que spirituelle.&lt;br /&gt;Vous ne parlez pas de ce dont vous avez réellement envie de parler. Vous parlementez, et vous le faites avec une certaine grâce. Vous négociez avec votre silence. Vous ne direz rien qui ne soit la stricte réponse à ce qui vous est demandé, et même ainsi, il sera nécessaire d’avoir recours à des pinces ou à des marteaux pour obtenir ce que, par ailleurs, nous n’avons nullement besoin d’obtenir : pour nous, il n’est pas nécessaire que vous parliez, et il est bon que vous le sachiez. Notre mission est tout autre, si l’on peut parler de mission, ou d’obligations, si l’on peut dire qu’il s’agit pour nous d’aller au-delà de notre volonté, à supposer qu’il s’agisse bien de volonté, et non de quelque chose de plus profond et en même temps de plus élémentaire, comme pour vous le fait de manger, ou bien, pour les autres mortels, rire et rêver (vous êtes mortel.)&lt;br /&gt;Bien que vous ayez besoin de dire certaines choses, vous avez, comme tous ceux qui viennent ici, la ferme intention de ne rien dire. C’est un jeu : vous êtes venu pour vous défaire de la vérité – de ce nœud qui vous étouffe - ; mais si cela est possible, vous mentirez, ou vous évoquerez les Hauts Faits de Votre Vie comme s’ils étaient insignifiants. Vous exalterez ce qui n’a pas d’importance, vous occulterez intentions et passions. Et si vous triomphez – c'est-à-dire si vous échouez et ne parlez pas – vous vous sentirez satisfait. Satisfait, mais pas heureux, car il ne s’agit pas non plus de bonheur. En aucun cas vous ne serez heureux. Même si vous dites tout ce qu’il est nécessaire que vous disiez, même si l’on vous arrache la peau, vous ne serez pas heureux. Et peu importe que vous parliez ou non, parce que nous obtiendrons de toute façon ce que nous souhaitons : vos secrets, qui sont la géographie de votre âme, le guide permettant d’en découvrir les moindres recoins.&lt;br /&gt;Ici, votre intimité n’a aucun prix, seuls comptent vos désirs et vos espoirs. Ici, votre costume – ce bouclier – n’est au plus qu’un prélude à votre nudité. Cependant, vos chaussures et vos sous-vêtements ne seront ni tachés ni éclaboussés. Vos cheveux non plus. Pas même votre âme.&lt;br /&gt;Sachez-le : vos mouvements seront minutieusement enregistrés et analysés. Personne ne jugera votre manière de déféquer ou de satisfaire aux exigences de votre corps, vos petits vices et vos grands vides ; nous sommes des observateurs discrets. Nous ne voulons que les clés de votre âme.&lt;br /&gt;Chacun désire quelque chose de différent : célébrité, conscience, pouvoir, sécurité, reconnaissance… Vous, ce que vous souhaitez, c’est que disparaisse ce nœud dans votre gorge. Vous voulez vomir, et c’est pour cela que vous êtes venu jusqu’à nous. Vous n’y prendrez aucun plaisir, mais si vous y parvenez, vous pourrez dormir sans craindre l’asphyxie et sortir dans la rue sans avoir l’impression que tout ce qui entre par vos yeux, vos oreilles, votre peau – la peau, cependant, est un thème à part – se dépose dans votre gorge comme le bouchon de cheveux et de graisse qui obstrue la canalisation d’un lavabo.&lt;br /&gt;Ne pensez pas en termes de psychanalyse. La psychanalyse tente d’exterminer les cadavres de l’âme et promet un bonheur d’autant plus grand que la douleur nécessaire pour l’atteindre aura été intense. Elle promet le purgatoire : un enfer provisoire face auquel le bonheur se réduit au panorama ennuyeux d’une éternité passée à chanter des psaumes en présence d’un être indifférent. Mais, qui souhaite être heureux ? Et qui peut être ce qu’il est, la seule chose qu’il puisse être, sans ses cadavres ? Non seulement ces cadavres si frais et pimpants qu’ils donnent envie d’être embrassés parce qu’ils ont encore entre les lèvres la chaleur du dernier souffle ; non seulement ceux qui sont déjà os et presque cendres, si vieux qu’ils seraient décoratifs dans les meilleurs salons ; mais aussi ceux qui sont en plein épanouissement, qui grouillent de couleurs et de bactéries, qui crèvent en pustules et explosent en odeurs affolées. Ces derniers seuls remuent l’âme et les souvenirs, obligent à penser à autre chose, à penser sérieusement, à chercher des chemins et des raisons, à fuir.&lt;br /&gt;Peut-être l’image des cadavres vous semble-t-elle vulgaire, mais c’est parce que les gens (s’il vous plait, pensez « les gens » entre guillemets) ont eu sur vous une influence négative. Et ce sont « les gens » - cet animal stupide – qui ont décidé pour vous, en choisissant entre la mort – vos cadavres – et une perception plus prophylactique de la vie, haleine fraîche le matin, football et quelques bières le dimanche. C’est pour cela que vous êtes certain que certaines choses ont bon goût si elles sont préparées d’une certaine façon et avec certains condiments, qu’elles ont mauvais goût si elles présentent un certain aspect ou proviennent de certaines sources ; que certaines couleurs ne sont pas appropriées à certaines choses, que l’odeur des cadavres est nauséabonde, sans parler de leur goût supposé qui, du strict point de vue des hyènes, ne doit pourtant rien présenter de mauvais ; que la matière fécale doit être occultée, voire niée, et que la fin ultime des choses – appelez-la corruption ou entropie- est une vision terrible : même en philosophie la pudeur et le dégoût sont plus forts que le besoin de savoir.&lt;br /&gt;En regardant d’un peu plus près le fond de vos désirs, vous verrez qu’on éprouve également du plaisir à être replié sur soi-même, en compagnie de milliers et de milliers de cadavres, un pour chaque acte de votre vie, un pour chaque instant de plaisir et d’angoisse, de luxure et de colère. Et ces cadavres, c’est votre vie. Si vous l’oubliez, vous n’aurez plus qu’à sombrer dans la folie ou mettre fin à vos jours – il existe des techniques notables, que nous pourrions vous enseigner -, ou encore vous résigner à la pire des possibilités, celle qu’offre la psychanalyse : la paix de l’esprit.&lt;br /&gt;Ce n’est pas la paix que vous recherchez, ni vous ni personne, même si c’est ce que vous proclamez dans les bars, les églises et dans la solitude des toilettes. La paix est stupide. La paix est immobile. La paix, c’est l’absence d’idées utiles. Idées utiles : celles qui font vivre compulsivement, avec dignité. Celles qui vous causent de temps en temps des insomnies et, peut-être, si vous n’y prenez garde, vous font pleurer jusqu’à ce que le vide – le vide, et non la paix – se transforme en rêve et vous permette de jouir au réveil de la douce impuissance de penser à votre nom comme à une donnée sans substance.&lt;br /&gt;Vous pouvez vomir vos cadavres, mais pas oublier le plaisir ou la terreur que provoquent leur souvenir ; ni la jouissance que procurent leur odeur et leur texture. Ni leur goût, bien sûr, le goût unique de la chair de votre propre espèce. Vomir ne vaut la peine que si votre objectif est de faire du vide afin que d’autres cadavres – plus frais, plus appétissants – occupent la place des anciens : il est indispensable de se renouveler.&lt;br /&gt;Ne dites pas que ces cadavres ne sont pas les vôtres, que vous les avez trouvés abandonnés dans votre cuisine, à côté du réfrigérateur, que vous n’avez pas eu le cœur de vous en débarrasser, et que vous les avez donc archivés, bien classés, au seul endroit où ils pouvaient trouver de la chaleur, un peu d’humidité et un contact humain : votre gorge. Vous avez assassiné chacun de vos morts. Vous les avez abandonnés aux intempéries afin que le soleil les dévore, ou vous les avez plongés dans la chaux vive, ou jetés à la mer, là où les cadavres, au bout de quelques jours, dévoilent leurs possibilités les plus intéressantes.&lt;br /&gt;La psychanalyse désire désespérément que vous vous défassiez de vos cadavres et que vous les remplaciez par une paix sans sépultures, ce qui ferait de vous un cimetière sans morts, image pathétique s’il en est. Il y a quelque chose d’essentiel dans une âme qui serait comme une ville après la peste, aussi tranquille, aussi agitée. Et aussi belle.&lt;br /&gt;Vous pouvez demander beaucoup plus, ou beaucoup moins, mais cela ne vaudrait pas la peine.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-114716439846152845?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/114716439846152845/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=114716439846152845' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/114716439846152845'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/114716439846152845'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/05/instructions-pour-vivre-sans.html' title='Instructions pour vivre sans peau&lt;br&gt;(fragmento)'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-114716380538446744</id><published>2006-05-09T02:34:00.000-06:00</published><updated>2006-05-09T02:36:45.406-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Instrucciones para vivir sin piel(fragmento)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Novela aún inédita en español, publicada por editorial Cénomane, de Le Mans, en 2004, en traducción de Thierry Davo.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que usted en realidad intenta entender es de qué se trata el nudo en la garganta que esconde detrás de esa sonrisa implacable, la que les dedica a amigos —usted no tiene amigos— y amantes eventuales, la sonrisa que durante toda la vida ha ensayado frente al espejo: esa estructura formada por huesos, músculos, nervios y alma que le sirve para salir a la calle con pasos largos y regresar con un suspiro de alivio: la expresión de los ojos bien modulada, las mejillas distorsionadas de manera suavemente asimétrica, un leve alzamiento de cejas y los dientes puros como la conciencia de un ángel, aunque la historia de los ángeles demuestra que ese blanco es más cosmético que espiritual.&lt;br /&gt;Usted no habla de lo que verdaderamente desea hablar. Negocia, y lo hace con cierta gracia. Negocia con su silencio. No dirá nada que no sea estricta respuesta a lo que se le pregunte, y aun así será necesario usar pinzas o martillos para obtener lo que por otra parte no necesitamos obtener: no es nuestra necesidad el que usted hable, y es bueno que lo sepa. Nuestra misión es otra, si puede hablarse de misiones o de obligaciones, si puede hablarse de hacer cosas más allá de nuestra voluntad, si lo nuestro es voluntad y no algo más profundo y básico, como para usted lo es comer, o como lo son reír y soñar para los demás mortales. (Usted es mortal.)&lt;br /&gt;Aunque necesite decir ciertas cosas, sus intenciones, como las de todos los que llegan aquí, son las de no decir nada. Es un juego: vino para deshacerse de la verdad —de ese nudo que lo ahoga—, pero si es posible mentirá, o dirá de los Grandes Hechos de Su Vida como si fueran poca cosa, magnificará lo que no tiene importancia, ocultará intenciones y pasiones. Y si triunfa —es decir: si fracasa y no habla— se sentirá satisfecho, aunque no feliz, porque tampoco se trata de ser feliz. En ningún caso será feliz. Aunque diga todo lo que es necesario que diga, aunque le arranquen la piel, no será feliz. Y no importa si habla o no, porque de cualquier manera obtendremos lo que queremos: sus secretos, que son el mapa de su alma, la guía para llegar a cualquier rincón de su alma.&lt;br /&gt;Aquí su intimidad no tiene valor, sino sus deseos y sus esperanzas. Aquí su traje sastre —ese escudo— es apenas un preludio para la desnudez. Aquí, sin embargo, sus zapatos y su ropa interior no sufrirán de manchas ni salpicaduras. Tampoco su cabello. Ni siquiera su alma.&lt;br /&gt;Sépalo: sus movimientos serán minuciosamente registrados y analizados. Nadie juzgará su manera de defecar o de satisfacer las exigencias de su cuerpo, sus pequeños vicios, sus grandes vacíos; somos observadores discretos. Sólo queremos las claves de su alma.&lt;br /&gt;Cada quién desea algo diferente: fama, conciencia, poder, seguridad, reconocimiento. Usted desea que desaparezca ese nudo en la garganta. Usted quiere vomitar, y por eso llegó hasta nosotros. No obtendrá placer de ello, pero si lo logra podrá dormir sin miedo a la asfixia y salir a la calle sin sentir que todo lo que entra por sus ojos y sus orejas, por su piel —la piel, no obstante, es un tema aparte—, se deposita en su garganta como el tapón de pelo y grasa que obstruye la tubería de un lavabo.&lt;br /&gt;No piense en psicoanálisis. El psicoanálisis intenta exterminar los cadáveres del alma y promete una felicidad más grande cuanto más intenso sea el dolor necesario para llegar a ella. Promete el purgatorio: un infierno provisional ante el cual el tedioso panorama de una eternidad de cantar salmos ante un ser indiferente es la felicidad. Pero ¿quién desea ser feliz? Y ¿quién puede ser lo que es, lo único que puede ser, sin sus cadáveres? No sólo sin esos cadáveres tan frescos y rozagantes que dan ganas de besarlos porque todavía tienen el calor del último aliento entre los dientes; no sólo los que ya son hueso y casi ceniza, tan antiguos que resultarían decorativos en los mejores salones, sino los que están en pleno florecimiento, que bullen de colores y bacterias, que revientan en pústulas y destellan olores enloquecidos. Ésos son los únicos que remueven el alma y los recuerdos y obligan a pensar en otra cosa, a pensar en serio, a buscar caminos y motivos, a huir.&lt;br /&gt;Quizá la imagen de los cadáveres le parezca vulgar, pero es porque la gente (por favor, piense entre comillas: “la gente”) ha tenido una influencia negativa sobre usted. Y es “la gente” —ese animal estúpido— la que ha decidido por usted al escoger entre la muerte —sus cadáveres— y un sentido más profiláctico de la vida, con buen aliento por las mañanas, fútbol y algunas cervezas los domingos. Por eso está seguro de que ciertas cosas saben bien si se preparan de cierto modo y con ciertos condimentos, que saben mal si presentan cierto aspecto o si provienen de ciertas fuentes; que ciertos colores no son los adecuados para ciertas cosas, que el olor de los cadáveres es nauseabundo, para qué hablar de su posible sabor que, visto desde la perspectiva de las hienas, nada tiene de malo; que la materia fecal debe ocultarse y acaso negarse, y que el fin último de las cosas —llámelo corrupción o entropía— es una visión terrible: hasta en la filosofía el pudor y el asco son más fuertes que la necesidad de saber.&lt;br /&gt;Si mira un poco más hacia el fondo de sus deseos, se dará cuenta de que también se regocija encerrado dentro de sí mismo, en compañía de miles y miles de cadáveres, uno por cada acto de su vida, uno por cada instante de placer y de angustia, de lujuria y de ira. Y esos cadáveres son su vida. Si lo olvida no tendrá más que volverse loco o quitarse la vida —hay técnicas notables en las que podríamos instruirlo—, o quizá la peor de las posibilidades, la que le ofrece el psicoanálisis: la paz del espíritu.&lt;br /&gt;No es la paz lo que usted busca, ni nadie, aunque así se proclame en cantinas, iglesias y en la soledad del baño. La paz es estupidez. La paz es inmovilidad. La paz es la falta de ideas útiles. Ideas útiles: las que hacen vivir convulsivamente, con dignidad. Las que le crean insomnio de vez en cuando y talvez, si se descuida, lo hacen llorar hasta que el vacío —no la paz— se convierte en sueño y al despertar disfruta la dulce impotencia de pensar en su nombre como en un dato sin sustancia.&lt;br /&gt;Puede vomitar sus cadáveres, pero no olvidar el placer o el terror de recordarlos y regocijarse en su olor y sus texturas. Y su sabor, claro, el sabor único de la carne de su propia especie. Sólo vale la pena vomitar si su objetivo es hacer espacio para que otros cadáveres —más frescos, más apetecibles— ocupen el lugar de los anteriores: renovarse es necesario.&lt;br /&gt;No diga que esos cadáveres no son suyos, que los encontró tirados en la cocina de su casa, junto a su refrigerador, y sintió pena ante la idea de deshacerse de ellos y por eso los archivó, muy bien clasificados, en el único lugar donde podían tener calor, algo de humedad, contacto humano: su garganta. Usted asesinó a cada uno de sus muertos. Usted los dejó a la intemperie para que se los comiera el sol, o los envolvió en cal o los arrojó al mar, el lugar donde los cadáveres, después de algunos días, muestran sus posibilidades más interesantes.&lt;br /&gt;El psicoanálisis desea con desesperación que usted se deshaga de sus cadáveres y los sustituya por una paz sin sepulcros, con lo que usted se convertiría en un cementerio sin muertos, una imagen harto patética. Hay algo esencial en un alma que sea como una ciudad después de la peste, igual de quieta, igual de agitada e igualmente bella.&lt;br /&gt;Puede pedir más que eso, o mucho menos, pero no valdría la pena.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-114716380538446744?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/114716380538446744/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=114716380538446744' title='18 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/114716380538446744'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/114716380538446744'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/05/instrucciones-para-vivir-sin.html' title='Instrucciones para vivir sin piel&lt;br&gt;(fragmento)'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>18</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-114681112278980227</id><published>2006-05-05T00:36:00.000-06:00</published><updated>2006-05-05T00:38:42.803-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Traducciones'/><title type='text'>Un monde où le ciel ne cesse de tomber</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;Traducción de Thierry Davo de "Un mundo en el que el cielo cae y cae"&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Personne ne joue comme Charlie Parker –répétai-je.&lt;br /&gt;Il jeta le saxo sur le lit. Il y eut comme un bruit de métal cassé.&lt;br /&gt;–Pour qui te prends-tu –me dit-il-. Tu ne sais même pas souffler.&lt;br /&gt;C’était vrai.&lt;br /&gt;Il s’assit à côté du saxo, sans oser le prendre. Dessous, il y avait une bouteille de bière vide. Il l’attrapa comme si ça avait été un bouclier ou une assurance-vie.&lt;br /&gt;–Tu sais combien de temps je m’entraîne? Tu sais combien d’heures je m’entraîne?&lt;br /&gt;–Ce n’est pas ça –lui dis-je.&lt;br /&gt;–Non. Je sais que ce n’est pas ça.&lt;br /&gt;Il regarda la bouteille à contre-jour. Elle était sale, couverte de graisse et de poussière.&lt;br /&gt;–Ce n’est même pas ça–dit-il.&lt;br /&gt;–Ca ne veut pas dire que tu joues mal.&lt;br /&gt;–Mais qui sait combien de temps j’ai dormi sur une bouteille vide. C’est ça, pas vrai? Et je ne m’en étais même pas rendu compte. Je ne me rappelle même plus quand je l’ai bue. C’est ça, hein?&lt;br /&gt;–Non plus -lui dis-je.&lt;br /&gt;–Je souffle comme toujours –dit-il. Où est le problème? Si tu veux j’achète un autre saxo. Donne-moi une avance et j’en trouve un pas cher.&lt;br /&gt;J’ouvris la porte.&lt;br /&gt;–Tu sais combien de temps je m’entraîne? –dit-il.&lt;br /&gt;Il était sur le point de pleurer.&lt;br /&gt;–Toute la journée, j’imagine.&lt;br /&gt;–Alors?&lt;br /&gt;–C’est comme ça.&lt;br /&gt;Que pouvais-je lui répondre d’autre?&lt;br /&gt;–Tu veux entendre quelque chose? –dit-il en saisissant le saxo-. Qu’on ne te raconte pas d’histoires. Au moins écoute-moi.&lt;br /&gt;Il ferma les yeux et introduisit le bec entre ses lèvres. Il souffla. Do. Ré. Mi.&lt;br /&gt;Fa. Sol.&lt;br /&gt;La.&lt;br /&gt;–C’est de Charlie Parker –lui dis-je.&lt;br /&gt;Il me fatiguait.&lt;br /&gt;–Je manque d’entraînement. Ecoute.&lt;br /&gt;Do. Do dièse. Ré. Ré dièse.&lt;br /&gt;Il retira le saxo de sa bouche. Il manquait de souffle.&lt;br /&gt;–Tu ne sais même pas souffler –me dit-il.&lt;br /&gt;Il posa le saxo sur ses genoux et le caressa. On aurait dit un animal battu. Il aurait suffit de souffler dessus pour qu’il fonde en larmes.&lt;br /&gt;–Tu as cent pesos? –me dit-il.&lt;br /&gt;Je jetai un billet sur le lit.&lt;br /&gt;–Cigarettes?&lt;br /&gt;Je lui lançai le paquet et il l’attrapa au vol. Je lui dis de le garder. Qui sait d’où il sortit une boîte d’allumettes et il alluma une cigarette. Il ne m’en offrit pas.&lt;br /&gt;–Tu sais à quel âge est mort Charlie Parker? –me dit-il.&lt;br /&gt;–Tu peux encore cirer des souliers –lui dis-je-. Joe Louis a fini comme ça. Je ne me rappelle plus s’il cirait des souliers mais il n’en avait pas honte.&lt;br /&gt;–Je peux encore –dit-il.&lt;br /&gt;De l’escalier j’entendis qu’il essayait d’extraire des notes du saxo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-114681112278980227?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/114681112278980227/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=114681112278980227' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/114681112278980227'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/114681112278980227'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/05/un-monde-o-le-ciel-ne-cesse-de-tomber.html' title='Un monde où le ciel ne cesse de tomber'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-114670048351653567</id><published>2006-05-03T17:48:00.000-06:00</published><updated>2006-05-03T18:03:20.936-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuento'/><title type='text'>Un mundo en el que el cielo cae y cae</title><content type='html'>&lt;blockquote style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Escrito entre 1990 y 1992. Publicado en varias partes, en varias versiones.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;–Nadie toca como Charlie Parker –volví a decirle.&lt;br /&gt;Tiró el sax sobre la cama. Algo sonó a metal roto.&lt;br /&gt;–¿Quién te crees? –me dijo–. Ni siquiera sabes silbar.&lt;br /&gt;Era cierto.&lt;br /&gt;Se sentó junto al sax sin atreverse a tomarlo. Bajo el sax había una botella vacía de cerveza. La agarró como si fuera un escudo o un seguro de vida.&lt;br /&gt;–¿Sabes cuánto ensayo? ¿Sabes cuántas horas ensayo?&lt;br /&gt;–No es eso –le dije.&lt;br /&gt;–No. Ya sé que no es eso.&lt;br /&gt;Miró la botella a contraluz. Se veía sucia, cubierta de grasa y polvo.&lt;br /&gt;–Ya ni siquiera es eso –dijo.&lt;br /&gt;–No quiere decir que toques mal.&lt;br /&gt;–Pero quién sabe cuánto tiempo he estado durmiendo encima de una botella vacía. Eso es, ¿verdad? Y ni siquiera me había dado cuenta. Ni siquiera me acuerdo de cuándo me la tomé. Eso es, ¿verdad?.&lt;br /&gt;–Tampoco –le dije.&lt;br /&gt;–Soplo igual que siempre –dijo–. ¿Cuál es el problema? Si quieres compro otro sax. Dame un adelanto y consigo uno barato.&lt;br /&gt;Abrí la puerta.&lt;br /&gt;–¿Sabes cuánto ensayo? –dijo.&lt;br /&gt;Estaba a punto de llorar.&lt;br /&gt;–Me imagino que todo el día.&lt;br /&gt;–¿Entonces?&lt;br /&gt;–Así las cosas.&lt;br /&gt;¿Qué más podía contestarle?&lt;br /&gt;–¿Quieres oír algo? –dijo agarrando el sax–. Que no te cuenten. Por lo menos óyeme.&lt;br /&gt;Cerró los ojos y se puso la boquilla en la boca. Sopló. Do. Re. Mi.&lt;br /&gt;Fa. Sol.&lt;br /&gt;La.&lt;br /&gt;–Es de Charlie Parker –le dije.&lt;br /&gt;Me estaba fastidiando.&lt;br /&gt;–Estoy fuera de práctica. Oye.&lt;br /&gt;Do. Do sostenido. Re. Re sostenido.&lt;br /&gt;Se quitó el sax de la boca. Le faltaba la respiración.&lt;br /&gt;–Ni siquiera sabes silbar –me dijo.&lt;br /&gt;Se puso el sax sobre las rodillas y lo miró. Parecía animal apaleado. Bastaba con soplarlo para que se echara a llorar.&lt;br /&gt;–¿Tienes cien pesos? –me dijo.&lt;br /&gt;Le tiré un billete en la cama.&lt;br /&gt;–¿Cigarros?&lt;br /&gt;Le tiré la cajetilla y la pescó al vuelo. Le dije que se quedara con ella. Quién sabe de dónde sacó una caja de cerillos y encendió un cigarro. No me ofreció.&lt;br /&gt;–¿Sabes a qué edad murió Charlie Parker? –me dijo.&lt;br /&gt;–Todavía puedes lustrar zapatos –le dije–. Joe Louis terminó así. No me acuerdo si lustraba zapatos, pero no le daba vergüenza.&lt;br /&gt;–Todavía puedo –dijo.&lt;br /&gt;Desde la escalera oí que trataba de sacarle notas al sax.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-114670048351653567?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/114670048351653567/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=114670048351653567' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/114670048351653567'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/114670048351653567'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2006/05/un-mundo-en-el-que-el-cielo-cae-y-cae.html' title='Un mundo en el que el cielo cae y cae'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-112414663156252435</id><published>2005-08-15T16:52:00.000-06:00</published><updated>2005-08-15T16:57:39.886-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Poesía'/><title type='text'>Sin título</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;Poema publicado en varios lugares, epecialmente en &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Alkimia&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;, El Salvador, 2000.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;I.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;¿Qué hago sin gato aquí,&lt;br /&gt;cierto y ecuánime,&lt;br /&gt;sin causa que juzgar?&lt;br /&gt;¿Qué hago sin cara propia,&lt;br /&gt;sin pies ni tambaleante? ¿Quién me busca&lt;br /&gt;y no halla mi teléfono en su mesita de centro? Soy apenas&lt;br /&gt;las señas particulares de alguien que me conoce,&lt;br /&gt;tarjeta de identidad que se descalza un pie&lt;br /&gt;y luego el otro&lt;br /&gt;y dormirá hasta que sea demasiado temprano.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;         &lt;p class="MsoNormal"&gt;(Mi carne no sabe a carne. La saliva&lt;br /&gt;se coagula y, oh, de nuevo es media tarde&lt;br /&gt;y no ha llegado la lluvia.)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;         &lt;p class="MsoNormal"&gt;¿A qué hora habré nacido, que no recuerdo la luz?&lt;br /&gt;¿A qué hora me habré muerto, que no me duelen las manos?&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;         &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;II.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Aún hay bancas en los parques.&lt;br /&gt;Aún hay parques&lt;br /&gt;y las estatuas gruñen en silencio su soledad patria.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="MsoNormal"&gt;Aún hay flores&lt;br /&gt;y aún no tengo nombre. Aún&lt;br /&gt;arranco flores para entender que alguien muere&lt;br /&gt;cuando el amor nos mira fijamente.&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;¿Y de qué se habla en el parque?&lt;br /&gt;¿Y a quién se espera en el parque? ¿Quién llega?&lt;br /&gt;¿A quién se pide perdón? ¿A quién se paga la entrada?&lt;br /&gt;¿Quién cobra?&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;         &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Hoy no hubo un reloj que me llamara&lt;br /&gt;y llegué tarde a la ceremonia de estar solo.&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;         &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;III.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Mañana será hoy, y así las cosas.&lt;br /&gt;Mañana no es mañana.&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;       &lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;(¿Qué hago sin gato aquí,&lt;br /&gt;donde dormir es muerte?)&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/div&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;11.XI.99&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-112414663156252435?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/112414663156252435/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=112414663156252435' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112414663156252435'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112414663156252435'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2005/08/sin-ttulo.html' title='Sin título'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-112386082649900506</id><published>2005-08-12T09:24:00.000-06:00</published><updated>2005-08-12T09:42:29.446-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Traducciones'/><title type='text'>Cimitero d’automobili</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;Traducción de Attilio Aleotti. Publicado en la revista italiana &lt;i&gt;Crocevia&lt;/i&gt; No. 1/2.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il Matto sapeva che sarebbe morto. Il dottore gli disse:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–O ti taglio la mano, o crepi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Lui si alzò e uscì dall’ambulatorio. Non storse neanche la bocca, come soleva fare a volte. Semplicemente si alzò e se n’andò. Aveva lasciato passare troppo tempo e l’unico modo di curarlo, era tagliare. Non gli piacque l’idea.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Fattela tagliare, Matto– gli dissi sulla porta–. E’ la sinistra, è una stronzata.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–E’ la mia mano– disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Erano quatto giorni che il Matto non andava a lavorare e il commissario mi chiamò. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Portami quello stronzo o vi butto fuori entrambi. C’è un operativo e vi voglio qui alle sette.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Certe volte il Matto spariva diversi giorni, poi tornava, come se niente fosse. La cosa più probabile è che restasse in casa a lavare i panni o andasse a puttane ad Acapulco, ma gli piaceva fare il misterioso. Non era strano che sparisse quando mancavano tre giorni a Natale.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Era nel suo appartamento. Dentro la tele urlava a tutto volume. Voci di cartoni animati. Era pallido e sembrava che non si fosse lavato da un anno, lui, sempre così pulito. Grondava sudore da tutte le parti. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Puzza di topo morto– dissi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Sul serio?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Quando puzza in questo modo è perché c’è qualcosa in decomposizione. Di solito sono persone. Assassini passionali, vecchiette che cadono nella vasca da bagno, suicidi, un po’ di tutto. Spiai nel bagno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Smetti di cercare– disse&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Mi mostrò la mano sinistra avvolta in un fazzoletto con macchie nere. L’odore veniva da lì. Era gonfia, con le dita grosse come salsicce, e dello stesso colore.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Mi hanno fottuto– disse&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Si sedette davanti al televisore e bevve un sorso da una bottiglia di brandy.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Vuoi un goccio ? – mi disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–No.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Hai visto gli Antenati?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ti porto dal medico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Hai visto i merdosi Antenati?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Sì.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Assomigli a quel cazzone di Barney – disse– e cominciò a ridere.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Accesi una sigaretta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Smetti di fumare. Quella roba uccide– mi disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–C’è l’operativo. Ti porto dal medico che ti veda e ti metta in mutua.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Fred l’Antenato era vestito da Babbo Natale e usciva da un camino.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Hai visto gli Antenati?– Mi tornò a chiedere.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Non riuscivo a staccare gli occhi dalla mano bendata. Lo stomaco mi andò sottosopra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Che t’è successo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Mi hanno fottuto – disse&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Chi?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Cosa importa? –disse in un soffio –. Mi hanno fottuto. Succede.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Una pallottola?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–No – disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Non riuscii a smuoverlo da lì. Era strano che non volesse dirmelo. Gli piaceva parlare di quanto gli accadeva. Era bravo a raccontare storie.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Si guardò la mano con compatimento. Un rivolo di sangue nera scivolò da sotto il fazzoletto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ti sta marcendo– dissi–. Ti porto dal dottore.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ormai non serve piangere– iniziò a svolgersi il fazzoletto–.Non mi fa neanche male.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Me la mostrò. Dovetti correre a vomitare. Non perché non avessi visto cose peggiori, ma perché era la mano del Matto. Scoppiò a ridere e quando tornai stava finendo l’ultimo sorso della bottiglia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Vediamo se arrivo a Natale– mi disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–E chi te lo ha fatto?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Che vada in culo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ti porto dal dottore.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Mi prenderanno in giro– disse, ma venne con me.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Lo portai con la sua macchina, non volevo che la mia s’impestasse. Quest’odore non lo dimenticherò, pensai.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–La vita è come una puttana di lusso– disse il Matto ad un semaforo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Come?– Domandai, per dargli corda.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Non lo so, ma è così.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Non parlò più.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Cancrena– Disse il medico legale –. Bisogna amputare. O ti taglio la mano, o crepi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Fin dove?– chiese il Matto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Fino qui– e indicò sotto il gomito.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Allora il matto si alzò e se n’andò via correndo. Quando giunsi al parcheggio non c’era più la sua macchina.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Perché c’è puzza di morto? – mi chiese il Turco, uno della squadra omicidi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Io non puzzo di niente – risposi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Presi una delle auto sequestrate e me ne andai a Cuemanco. Lì c’era un posto che piaceva al Matto, con alberi e prati pieni di fiori. Il Matto era strano. Certe volte passavamo di lì e mi diceva: facciamo un salto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Vi avevano trovato un cimitero d’automobili anni prima. Tutte rubate e saccheggiate, ordinate in file eguali. Erano circa settanta. Al Matto piaceva camminare in mezzo alle auto e sedersi dentro a qualcuna a guardare i prati.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Voglio che mi seppelliscano qui– diceva, e mi raccontava storie di suo babbo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Lo trovai lì, infilato in una LTD senza sedili. Teneva la pistola con la destra e guardava attraverso il parabrezza con gli occhi ben aperti. Mi parve puzzasse ancora di più. Accesi un’altra sigaretta e tacqui. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Smettila di fumare– mi disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Gettai la sigaretta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Stai male– gli dissi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Fa molto freddo. Niente va in cancrena quando fa freddo. Poi nei climi secchi non si va in cancrena.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–E i vermi?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Che si fottano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Andai a pisciare contro un albero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Mio babbo aveva una cicatrice nelle costole, di questa misura. Era brutta, come una bruciatura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Che gli era successo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Non lo so – stava sudando ed aveva la voce impastata –. Quando andavamo in spiaggia passavo tutto il tempo a guardargli la cicatrice. Non capivo come mia mamma lo potesse abbracciare con quella cicatrice. Mi vergognavo che lo vedessero in costume da bagno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Provai a toccargli la fronte, ma si ritrasse e mi puntò la pistola.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Stai male– gli dissi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Sai perché mi chiamano il Matto? – mi domandò.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Perché sei matto–. Gli risposi&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Scoppiò a ridere ed abbassò la pistola.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Una volta disarmai quatto banditi con solo le manine. Avevano delle pistolone grandi così. Con le sole manine, e li rincoglionii a furia di botte. Ero di servizio in banca. Mi dettero quattromila pesos di ricompensa. Con quelli comprai il televisore e delle camice.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;S’appoggiò con la testa sul volante e si mise a piangere.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ti fa male?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–No.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Sono le cinque – gli dissi. Alle sette devo essere in commissariato per l’operativo e tu vai dal medico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Fu allora che udimmo il motore. Sembrava una macchina sportiva smarmittata. Il Matto alzò la testa. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Vadano affanculo – disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Usci dall’auto impugnando saldamente la pistola, vigile, come quando dovevamo svolgere qualche lavoro delicato. Andò correndo fino dov’erano gli alberi. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Lo seguii. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–E’ un maggiolino –mi disse da dietro un pino – Romba come un Ferrari.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Andiamocene– gli dissi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Son due donne –disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Dall’auto scesero due ragazze e un cucciolo bianco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Samoyedo – disse–. Ho sempre sognato averne uno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Le ragazze camminavano nel prato, con il cane che correva e gli abbaiava attorno. Loro non gli davano retta. Parlavano gesticolando e ridendo. Avevano dei blue jeans e dei maglioni colorati. Erano vestite quasi eguali. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il Matto le guardava con la bocca e gli occhi ben aperti, sembrava contento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–A mia sorella mancherò – disse– Speriamo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Su, andiamo –gli dissi–. E che ti taglino questa stronzata.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–E’ la mia mano –disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Si sta putrefacendo – gli gridai– Morirai.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Mi guardò negli occhi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Non urlare – e tornò a guardare in direzione delle ragazze–. Ti hanno sentito.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il cucciolo cominciò ad abbaiare nella nostra direzione. Le ragazze si alzarono lentamente, impaurite. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Hai sputtanato tutto – disse ed uscì.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Le ragazze al vederlo con la pistola, corsero all’auto. Anche il cucciolo corse, senza smetter d’abbaiare. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Corsi dietro al Matto. Le ragazze stavano salendo sul maggiolino. Lui si girò e mi puntò la pistola. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Non t’avvicinare o t’ammazzo– mi gridò.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;S’avvicinò all’auto e prese di mira quella che guidava. Toccai la pistola, era al suo posto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ma chi cazzo sei?– sentii che gridava la ragazza –. Ma chi cazzo credi di essere?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il cucciolo abbaiava come un ossesso. Il Matto lo ammazza, pensai.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;La ragazza gli doveva aver detto qualcosa, perché abbassò un poco la pistola. Mi avvicinai lentamente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Non me ne frega niente – Sono già morto. Sono morto da quattro giorni. Non me ne frega niente. Tu non sei nessuno per dirmi ciò che è buono e ciò che è cattivo. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il motore della macchina s’accese. Il Matto alzò nuovamente la pistola. Colsi l’occasione per circondarlo e avvicinarmi da dietro. Ce l’avevo a cinque metri. Che le ammazzi, pensai, poi mi pentii. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il cucciolo smise d’abbaiare. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Vedi che non è difficile? – disse il Matto. Stava urlando, ma sembrava che sussurrasse–. Hai visto? Dì alla tua amica di uscire, poi esci tu.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Era a tre metri. Sentii una voce stridula, apparteneva alla ragazza che era alla guida. Non capii quello che disse. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Guarda – disse il Matto e mise la mano davanti al finestrino. Ancora una volta aveva abbassato la pistola –. Tu non hai mai visto niente di simile. Sei troppo carina. Tu profumi, ma io ho un profumo migliore – scoppiò a ridere –. Io ho un profumo migliore. Io profumo che è un meraviglia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Sentii un colpo. Aveva rotto un finestrino con la pistola. Le ragazze gridarono ed il cucciolo riprese ad abbaiare.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Matto– gli dissi. Chinò il capo senza girarsi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Non me ne frega niente – disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Infilò la pistola nella cintura. Mi misi dietro di lui. Le ragazze erano sbiancate.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt; Quella seduta al posto del passeggero assomigliava a qualcuna che non mi tornò in mente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Fate tacere il cane – le urali.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;La ragazza alla guida se lo mise sulle gambe e cominciò ad a accarezzarlo con le mani contratte. Il cucciolo tacque.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Vi faccio un regalo di Natale. disse il Matto, e si tolse il fazzoletto dalla mano –. Guardate, è la mia mano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Erano troppo terrorizzate per provare schifo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Matto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ti ho sentito – mi disse–. Non vedi che sto discorrendo con le signorine?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Andatevene – gli dissi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Col cazzo – disse il Matto–. Che guardino, che si fottano – guardo quella al posto di guida–. Cosa vuoi? – le domandò– Che cazzo vuoi?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Fu a un pelo dal toccarla con la mano marcia. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Guarisca – gridò isterica–. Si curi, la prego.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il Matto mise mano alla pistola. Estrassi la mia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Mollala o ti riempio di piombo–.gli dissi.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Si girò a guardarmi. Stava piangendo. Aveva la stessa faccia di mio figlio quando gli rubarono il gatto. Mio figlio, lo avevo abbracciato. Col Matto non potevo, anche se avrei voluto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Perché ?–mi chiese.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Continuai a tenerlo sotto tiro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Spostati Matto. Faccio sul serio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Forse sarebbe meglio così – disse e si allontanò tra gli alberi. Trascinava i piedi e sembrava che la testa gli pesasse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il cucciolo s’era addormentato sulle gambe di quella alla guida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Andatevene – dissi–. E non vi passi per la testa di raccontare qualcosa perché vi vengo a cercare. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Il pavimento era pieno di pezzi di vetro. L’auto lasciò le impronte delle ruote nel prato.Il motore rombava troppo per essere un maggiolino. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Hò gia provato a spararmi, ora, due volte – disse il Matto. Era in piedi al centro del cimitero delle automobili–. Puzza.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–C’e l’operativo. Andiamo o mi licenziano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Pensi che arriverò a Natale? – mi chiese.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–No.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Andò verso la sua macchina.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ormai..– disse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Non sentivo più la puzza. Avevo smesso di sentirla da un pezzo. Gli aprii la porta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Ricordi se ho spento la tele? – mi chiese entrando.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–L’ho spenta io.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Meno male. Consuma molta corrente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;Accesi la macchina. Il Matto non sapeva dove mettere la mano, aveva perso il fazzoletto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="IT"&gt;–Che freddo di merda –disse.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-112386082649900506?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/112386082649900506/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=112386082649900506' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112386082649900506'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112386082649900506'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2005/08/cimitero-dautomobili.html' title='Cimitero d’automobili'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-112386117766606512</id><published>2005-08-12T09:23:00.000-06:00</published><updated>2005-08-12T09:44:42.730-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuento'/><title type='text'>Cementerio de carros</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Publicado en varias antologías de cuentos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El Loco sabía que se iba a morir. El médico se lo dijo:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–O te corto la mano o te mueres.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Él se paró y se salió del consultorio. Ni siquiera torció la boca, como a veces hacía. Sólo se levantó y se fue. Ya había dejado pasar mucho tiempo y el único modo de curarlo era cortar. No le gustó la idea.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Loco, que te la quiten –le dije en la puerta–. Es la izquierda, no hay bronca.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Es mi mano –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Hacía cuatro días que el Loco no iba al trabajo y el comandante me llamó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Tráeme a ese cabrón o los corro a los dos. Hay operativo y los quiero aquí a las siete.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;A veces el Loco se desaparecía varios días y luego llegaba como si nada. Lo más probable era que se quedara en su casa lavando ropa o se fuera de putas a Acapulco, pero le gustaba hacerse el misterioso. No era raro que desapareciera cuando faltaban tres días para navidad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Estaba en su departamento. Adentro sonaba la tele a todo volumen. Voces de caricaturas. Estaba pálido y parecía que no se había bañado en un año, él siempre tan limpio. Sudaba por todas partes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Huele a rata muerta –le dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿De veras?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Cuando huele así es porque hay algo descompuesto. Casi siempre es gente. Asesinatos pasionales, viejitas que se caen en la bañera, suicidas, de todo. Me asomé al baño.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Ni busques –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Me enseñó la mano izquierda, envuelta en un pañuelo con manchas negras. El olor venía de allí. Se veía hinchada, con los dedos gruesos como chorizos y del mismo color que los chorizos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Me chingaron –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Se sentó frente al televisor y le dio un trago a una botella de brandy.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Quieres un trago? –me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–No.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Has visto Los Picapiedra? –me preguntó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Te voy a llevar con el médico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Has visto a los chingados Picapiedra?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Sí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Te pareces al pinche Pablo –dijo, y se empezó a carcajear.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Encendí un cigarro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Deja de fumar. Esas cosas matan –me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Hay operativo. Te voy a llevar al médico para que te vea y te dé una justificación.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Pedro Picapiedra estaba vestido de Santaclós y salía de una chimenea.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Has visto Los Picapiedra? –me volvió a preguntar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Yo no podía dejar de verle la mano envuelta. El estómago se me revolvió.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Qué te pasó?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Me chingaron –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Quién?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Qué importa? –dio un resoplido–. Me chingaron. Así pasa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Un balazo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–No –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;No pude sacarlo de allí. Era raro que no quisiera decirme. Le gustaba hablar de todo lo que le pasaba. Era bueno para contar historias.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Se miró la mano como con lástima. Un hilo de sangre negra se le resbaló por debajo del pañuelo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Se te está pudriendo –le dije–. Te llevo al médico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Ya ni llorar es bueno –se empezó a desamarrar el pañuelo–. Ya ni me duele.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Me la enseñó. Tuve que ir a vomitar. No porque no hubiera visto cosas peores, sino porque era la mano del Loco. Él se atacó de la risa y cuando volví estaba echándose el último trago de la botella.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–A ver si llego a navidad –me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Y el que te lo hizo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Que se vaya a la mierda.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Te llevo al médico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Se van a burlar –dijo, pero me acompañó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Lo llevé en su coche; no quería que el mío se apestara. Este olor no se me va a olvidar, pensé.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–La vida es como las putas caras –dijo el Loco en un semáforo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Cómo? –le pregunté por seguirle la corriente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–No sé, pero así es.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;No volvió a hablar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Gangrena –le dijo el legista–. Hay que amputar. O te corto la mano o te mueres.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Hasta dónde? –preguntó el Loco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Hasta aquí –y señaló abajo del codo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Entonces el Loco se paró y se fue corriendo. Cuando llegué al estacionamiento ya no estaba su coche.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Por qué huele a muerto? –me preguntó el Turco, uno de Homicidios.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Yo no huelo nada –le dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Agarré uno de los carros confiscados y me fui a Cuemanco. Allí había un lugar donde al Loco le gustaba estar, con árboles y unos prados llenos de flores. El Loco era raro. A veces pasábamos por allí y me decía: vamos un rato.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Habían encontrado un cementerio de carros hacía años. Todos robados y desmantelados, puestos en filas bien parejitas. Eran como setenta. Al Loco le gustaba caminar en medio de los carros y sentarse en alguno a mirar los prados.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Aquí quiero que me entierren –decía, y me contaba cosas de su papá.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Allí lo encontré, metido en un LTD sin asientos. Tenía la pistola en la derecha y miraba por el parabrisas con los ojos bien abiertos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Me pareció que olía peor. Encendí otro cigarro y me quedé callado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Ya no fumes –me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Tiré el cigarro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Estás mal –le dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Hace mucho frío. A nadie le da gangrena cuando hace frío. Además en clima seco no da gangrena.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Y los gusanos?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Que se jodan.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Fui a orinar a un árbol.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Mi papá tenía una cicatriz en las costillas, así como de este tamaño. Estaba fea, como si le hubieran quemado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Qué le pasó?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–No sé –estaba sudando y tenía la voz pastosa–. Cuando íbamos a la playa me pasaba viéndole la cicatriz. No entendía cómo mi mamá lo podía abrazar con esa cicatriz. Me daba vergüenza que la gente lo viera en traje de baño.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Traté de tocarle la frente, pero se hizo para atrás y me apuntó con la pistola.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Estás mal –le dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Sabes por qué me dicen el Loco? –me preguntó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Porque estás loco –le contesté.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Soltó una carcajada y bajó la pistola.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Una vez desarmé a cuatro asaltabancos con las purititas manos. Traían pistolones de este tamaño. Con las purititas manos y los dejé locos de tanto madrazo. Estaba en la Bancaria. Me dieron cuatro mil pesos de recompensa. Con eso compré la tele y unas camisas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Apoyó la cabeza en el volante y se puso a llorar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Te duele?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–No.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Son las cinco –le dije–. Tengo que estar a las siete para el operativo y tú te vas con el médico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Entonces oímos el motor. Parecía de un carro deportivo con el escape abierto. El Loco levantó la cabeza.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Van y chingan a su madre –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Se salió del carro con la pistola bien agarrada, alerta, como cuando teníamos que hacer algún trabajo delicado. Se fue corriendo hasta donde estaban los árboles.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Lo seguí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Es un vochito –me dijo desde detrás de un pino–. Suena como Ferrari.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Vámonos –le dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Son dos viejas –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Del coche bajaron dos muchachas y un cachorro blanco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Samoyedo –dijo–. Siempre he querido tener uno de ésos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Las muchachas caminaron por el prado, con el perro corriendo y ladrando alrededor. Ellas no le hacían caso. Hablaban moviendo las manos y se reían. Usaban pantalones de mezclilla y unos suéteres de colores. Vestían casi igual.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El Loco las miraba con la boca y los ojos bien abiertos, como contento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Mi hermana me va a extrañar –dijo–. Ojalá.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Vamos –le dije–. Que te corten esa chingadera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Es mi mano –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Estás agusanado –le grité–. Te vas a morir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Me miró a los ojos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–No me grites –y volvió a ver a donde estaban las muchachas–. Te oyeron.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El cachorro se había puesto a ladrar hacia donde estábamos. Las muchachas se levantaron despacio, alarmadas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Ya la fregaste –dijo, y salió.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Las muchachas lo vieron con la pistola y corrieron al carro. El cachorro también corrió, sin dejar de ladrar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Salí detrás del Loco. Las muchachas estaban subiendo al vocho. Él se volteó y me apuntó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–No te acerques o te mato –me gritó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Fue al coche y le apuntó a la que manejaba. Toqué mi pistola; estaba en su lugar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Quién chingados eres? –oí que le gritaba a la muchacha–. ¿Quién chingados crees que eres?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El cachorro ladraba como poseído. El Loco los va a matar, pensé.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;La muchacha debió decirle algo porque bajó un poco la pistola. Me acerqué despacio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Me vale madre –gritó el Loco–. Yo estoy muerto. Me morí hace cuatro días. Me vale madre. Tú no eres quién para decirme lo que es bueno y lo que es malo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El motor del coche se encendió. El Loco levantó otra vez la pistola. Aproveché para rodearlo y acercármele por detrás. Lo tenía a cinco metros. Que las mate, pensé, pero me arrepentí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El cachorro dejó de ladrar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Ves que no es difícil? –dijo el Loco; estaba hablando a gritos, pero se oía como si susurrara–. ¿Viste? Dile a tu amiga que salga y después sales tú.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Lo tenía a tres metros. Oí una voz aguda; era de la muchacha que manejaba. No entendí lo que dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Mira –dijo el Loco y movió la mano frente a la ventanilla; otra vez había bajado la pistola–. Tú nunca has visto algo así. Eres demasiado bonita. Hueles bien, pero yo huelo mejor –se carcajeó–. Yo huelo mejor. Yo huelo pura madre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Oí un golpe: había roto una ventanilla con la pistola. Las muchachas gritaron y el cachorro volvió a ladrar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Loco –le dije. Él bajó la cabeza sin voltearse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Me vale madre –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Se puso la pistola en el cinturón. Me paré detrás de él. Las muchachas estaban pálidas. La del asiento del pasajero se parecía a alguien que no recordé.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Callen al perro –les grité.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;La muchacha que manejaba lo agarró y se lo puso sobre las piernas. Empezó a acariciarlo, con las manos crispadas. El cachorro se calló.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Les voy a dar un regalo de navidad –dijo el Loco, y se quitó el pañuelo de la mano–. Miren. Es mi mano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Ellas estaban demasiado asustadas para asquearse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Loco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Ya te oí –me dijo–. ¿No ves que estoy platicando con las señoritas?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Váyanse –les dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Ni madre –dijo el Loco–. Que vean. Que se chinguen –miró a la que manejaba–. ¿Qué quieres? –le preguntó–. ¿Qué chingados quieres?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Estuvo a punto de tocarla con la mano podrida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Que esté bien –gritó ella histérica–. Que se cure, por favor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El Loco puso la mano en la pistola. Saqué la mía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Suelta eso o te plomeo –le dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Volteó a verme. Estaba llorando. Tenía la misma cara de mi hijo cuando se robaron el gato. A mi hijo lo abracé. Al Loco no podía, aunque quisiera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Por qué? –me preguntó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Seguí apuntándole.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Apártate, Loco. Va en serio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Tal vez hasta fuera mejor –dijo, y se fue caminando hacia los árboles. Arrastraba los pies y parecía que la cabeza le pesaba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El cachorro estaba dormido en las piernas de la que manejaba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Váyanse –les dije–. Y no se les ocurra decir nada porque las busco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;El piso estaba lleno de pedazos de vidrio. El carro dejó las ruedas marcadas en el pasto. El motor sonaba demasiado fuerte para ser un vocho.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Ya traté de pegarme un tiro, ahorita, dos veces –dijo el Loco; estaba parado en medio del cementerio de coches–. Se siente feo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Hay operativo. Vamos o me corren.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Crees que llegue a navidad? –me preguntó.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–No.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Fue hacia su coche.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Ya qué –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Ya no sentía el mal olor. Hacía rato que había dejado de sentirlo. Le abrí la puerta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–¿Te acuerdas si apagué la tele? –me preguntó mientras se subía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Yo la apagué.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Menos mal. Gasta mucha corriente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Encendí el coche. El Loco no sabía dónde poner la mano; había perdido el pañuelo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;–Pinche frío –dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;   &lt;span style="line-height: 150%;" lang="ES-TRAD"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-112386117766606512?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/112386117766606512/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=112386117766606512' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112386117766606512'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112386117766606512'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2005/08/cementerio-de-carros.html' title='Cementerio de carros'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-112345173098717746</id><published>2005-08-07T15:49:00.000-06:00</published><updated>2005-08-07T15:55:32.413-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ensayo'/><title type='text'>Algo sobre la muerte de Rafael Menjívar</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;Publicado en &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Forja&lt;/span&gt; (San José, Costa Rica) en septiembre de 2000 y por &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Alkimia&lt;/span&gt; (San Salvador) en diciembre de 2000.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;  &lt;p class="Prrafo1"&gt;&lt;span style="" lang="ES-TRAD"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;           &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="" lang="ES-TRAD"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="" lang="ES-TRAD"&gt;La muerte tiene una ventaja que es al mismo tiempo lo contrario: fija a las personas en el tiempo, en los diferentes tiempos en que esa persona estuvo en nosotros, con nosotros, en nuestra memoria, en nuestros deseos de que las cosas fueran de cierto modo, o que no fueran en absoluto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="" lang="ES-TRAD"&gt;&lt;/span&gt;La ventaja de esa fijación es que por fin puede pensarse en la persona que ha muerto como un todo, como una estructura terminada, de forma definitiva, si es que “estructura” sirve como algo más que como sinónimo (académico, pedante) de “vida”. (También implica dolor: es el precio: ¿quién quiere pagarlo?)&lt;br /&gt;Todo se explica de pronto –hay que tener voluntad para ello–, y lo que vimos treinta años antes tiene sentido en las últimas palabras del que ha muerto o en los silencios terribles de su agonía, en el recuerdo de una carcajada en algún momento indefinido del pasado. (Hay imágenes que no pueden ubicarse: son destellos que llegan y se van antes de que uno alcance a aprehenderlas; y es que talvez uno no comprendió su importancia en su momento, de allí la fragilidad del recuerdo.)&lt;br /&gt;Todo, también, tiene sentido cuando se hace la lista de quienes llamaron para enterarse del moribundo, de quienes no llamaron jamás, de quienes fueron sus amigos sólo a la última hora, de quienes lloraron sin saber por qué, pero con el corazón.&lt;br /&gt;¿Quién cargó su ataúd, quién quiso cargarlo, quién fue espectador, quién fue víctima? La estructura se cierra con ese último hecho. Y ése es el último hecho porque a la hora de las paletadas de tierra llora casi cualquiera, o casi cualquiera debe contener el llanto, porque es sobre la imagen que tiene uno de sí mismo que están cayendo esas paletadas: un día ese ataúd será el mío –lo es desde ya, qué le vamos a hacer–, un día habrá ciertas personas presentes o ausentes y vestidas de negro que también lloren en nuestro nombre, por nuestro nombre: están en nuestra muerte desde ya. (¿Quiénes son? Y ¿por qué precisamente ellos?)&lt;br /&gt;Todo es claro entonces. Uno puede decir: “Esta persona fue esto”, o “Esta persona fue esto otro”, aunque uno lleve el mismo nombre que el muerto. Y el hecho de llevarlo hace que, de algún modo, uno tenga una visión de sí mismo –parcial, de acuerdo–, una pista acerca de quién es, de qué está siendo, de quién fue y –¡vamos!– de quién será cuando llegue el momento en que suenen las paletadas sobre el ataúd propio y otro a su vez, con el mismo nombre a cuestas, se dé cuenta de que un ciclo se ha cerrado dentro de su vida, y que “la vida” significa que algo suyo, alguien que es él mismo, ha muerto y sin embargo apenas está muriendo, y así sucesivamente.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;        &lt;/div&gt; &lt;p style="text-align: center;" class="Prrafo1"&gt;&lt;span style="font-size: 18pt; line-height: 150%;"&gt;* * *&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;           &lt;div style="text-align: justify;"&gt;La desventaja de que una persona se quede fijada en el tiempo es la propensión a la solemnidad y al sensiblerismo.&lt;br /&gt;La solemnidad evita que uno vea al muerto de frente. En realidad lo que el solemne ve es su propia imagen en un espejo distorsionado, del que la miopía le impide ver el detalle. No habla del que murió, sino de sí mismo, de lo que quiere de sí mismo, para sí mismo, y sueña con estatuas y con los discursos –solemnes, claro– que se dirán cuando su cadáver descienda a la oscuridad. Un solemne no aceptará que se le incinere; quizá en su caso sí funcione eso de la incorruptibilidad que la naturaleza reserva a algunos elegidos: se han visto casos y se verán más, no quepa duda.&lt;br /&gt;La sensiblería estupidiza, si no es ella misma un síntoma de estupidez. (No tiene que ver con el IQ, sino con la inteligencia del alma.) El sensiblero llora, recuerda cualidades que el muerto no tuvo, y quiere verlo –¡ah, los espejos!– como se vería en su propio funeral si tuviera la oportunidad. (Al menos el sensiblero sabe que no la tendrá; sólo se rinde duelo antes de que sea demasiado tarde. Cuando esté a punto de morir tendrá miedo como cualquiera, humano o no, solemnes incluidos.)&lt;br /&gt;Rafael Menjívar (escribo mi nombre y siento que escribo también el de otros; eso hago) se fijó en el tiempo el 7 de agosto de 2000, día de su muerte, para quienes lo quisieron, y para los solemnes (que ya reconstruirán su historia a conveniencia) y sensibleros (que ya lloraron un fragmento de su propia muerte y obtuvieron un poco de paz de espíritu). Para mí, Rafael Menjívar (escribo su nombre y el de otros y siento que estoy escribiendo el mío), el aire sigue siendo más ralo que antes y he muerto casi cada vez que he respirado desde el 7 de agosto, porque lo que enterramos (¿qué nombres esconde ese plural?) fue un pedazo de lo que soy, de lo que seguiré siendo y lo que ya nunca seré.&lt;br /&gt;Ya pasará la sensación de ahogo. Siempre pasa. Eso es lo que dicen, y lo creo; hace menos de un mes y medio que un pedazo de mi nombre está muerto y hace falta acostumbrarse a que uno no obstante continúa desconcertantemente vivo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt; &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;   &lt;p class="Prrafo1" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 18pt; line-height: 150%;"&gt;* * *&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;                   &lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;El dolor es egoísta. Siempre. Sin excepciones.&lt;br /&gt;El doliente no puede pensar más que en sí mismo. Por eso es tonto esperar que los suicidas tengan compasión de sus familias (“Su hija lo encontró, pobre niña, por qué no pensó en ella”), o que los depresivos terminales hagan algo más que ver la pared, o que los bebés con cólico dejen de llorar, llorar, llorar.&lt;br /&gt;Puede no ser egoísta cierta aceptación de sufrir dolor a causa, digamos, de una causa noble: el héroe que salva a una o tres o cuatro personas del incendio, la madre que protege al hijo con su cuerpo en la erupción del Etna. O trabajar excesivamente para que las cosas mejoren –la situación económica propia, la miseria de tanta gente–, sin importar las consecuencias ni el cansancio que, de verdad, en algún momento dejará de sentirse.&lt;br /&gt;Pero llegado el dolor sólo hay egoísmo y retraimiento. Por eso detesto a los mártires profesionales: necesitan de los peores dolores o del deseo de las peores torturas para que su vida tenga sentido, y cada vez que dicen “Estoy dispuesto a...” sienten el dolor anticipadamente y se retuercen de placer. El pueblo, o la religión, o la patria –siempre una generalidad: ¿cómo puede individualizar un egoísta?– son el motivo declarado de su dolor futuro, que sin embargo disfrutan de antemano. Para el mártir el dolor no es un riesgo: es un objetivo.&lt;br /&gt;Los que verdaderamente “están dispuestos a...” no se andan con justificaciones: simplemente hacen lo que tienen que hacer, y saben que todo tiene un precio; si pueden, se abstendrán de pagarlo. No son gente enferma: son gente que vive a secas, al igual que la gente que “no está dispuesta a...”, esa mayoría respetable.&lt;br /&gt;Doy demasiadas vueltas para decir que en las últimas semanas he fumado de más, y que eso hace daño. No he podido dormir antes de las cinco de la mañana. Me la paso frente a la computadora –ah, el maravilloso enlace a 64k– y busco discos gratis en el web, escribo por trozos las correcciones de un libro que debí terminar hace un año –añado, quito, dudo, borro, reescribo, invento–, abro el programa de música y transporto a sonido de guitarra las variaciones Goldberg que conseguí en formato MIDI (hay que ajustar velocidades, tesituras, etcétera), tomo el cuaderno y hago anotaciones a mano, abro el libro sobre etnicidad y literatura en Guatemala que acaba de enviarme Mario Roberto Morales, leo y subrayo, ceno entretanto, almuerzo, busco en el web cosas que antes no me importaban y que cuando termino de bajar olvidé para qué servían. Llega trabajo por correo electrónico. Bajo los archivos, los reviso, traduzco, envío. Repito el ciclo, me acuesto en la hamaca y el único cambio es que leo un capítulo del &lt;i style=""&gt;Manual de caligrafía y pintura&lt;/i&gt; de Saramago; lo demás sigue, compulsivamente.&lt;br /&gt;Y de repente es de nuevo hora de despertar y otra vez la de acostarse, hora de comer, las horas del día tan iguales, el calor siempre el mismo, la tormenta eléctrica de hoy idéntica a la de cuándo. Es tanto lo que hago en estos días que no guardo registro sino en segundo plano, y es difícil que todo tenga sentido por sí mismo. Esa compulsión, lo sé, es un modo de asumir el dolor, o de impedirlo, y ya me harta. Estoy siendo egoísta: estoy encerrado en la muerte de alguien que llevaba mi nombre, aunque siempre había dicho que el proceso natural, que la última etapa de la vida y todas esas coas. Y no, no pienso en un dios; sería faltarme al respeto y faltarle al respeto a los otros Rafael Menjívar con los que comparto sangre.&lt;br /&gt;(Son las 5:13 de la tarde. ¿Cómo llegamos a las 5:13? Hace apenas un rato eran las once de la mañana del día de ayer. Sí, me digo como en los días anteriores, hoy me dormiré temprano. Estoy seguro. Y me da miedo, y a la vez me es indiferente, que el reloj marque de repente las 5:30 de la madrugada y que los pájaros canten después de un largo sueño, que envidio aunque no deseo. Y allí está el peligro: en el miedo, en la indiferencia, en la envidia de algo que no se desea. Quisiera decir que el verdadero peligro está en el reloj, pero no es cierto: él sólo hace su trabajo. No quiero pagar el precio del dolor. Debo fumar menos. Ah, cómo me extraño, cómo quisiera estar de nuevo conmigo.)&lt;/p&gt;     &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;   &lt;p class="Prrafo1" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 18pt; line-height: 150%;"&gt;* * *&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;                                       &lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;¿Qué se fijó de Rafael Menjívar en el tiempo el 7 de agosto de 2000, diez días antes del cumpleaños de Rafael Menjívar su hijo, un mes y dos días antes del de Rafael Menjívar, su nieto?&lt;br /&gt;Con él las cosas nunca fueron fáciles, y allí estuvo siempre su encanto: se puede saber qué fue, pero no a partir de ciertos actos, sino de todos; si esa afirmación debe expresar algo es admiración por una vida interesante. Jamás entró a trabajar a las ocho de la mañana –no por mucho tiempo, quiero decir, no definitivamente–, ni regresó a las seis de la tarde ni encendió la televisión ni abrió una cerveza ni leyó el diario mecánicamente más que como un cambio de rutina, y su rutina –nuestra rutina– era la falta de certezas: policías a veces alrededor de la casa, libros nuevos, gente interesante, a veces esconderse durante unos días por cosas que otros hacían, siempre el riesgo de la cárcel o el exilio o la muerte. Algo aprendimos: la vida puede terminarse hoy, en cualquier momento; hay que hacer las cosas que uno debe hacer antes de que “eso” llegue, qué diablos. El problema –lo veo cuando he pasado de los cuarenta años, ahora que mi padre murió entre otras cosas de cansancio– es que ese exceso de energía que se gasta cobra caro. Pero es difícil vivir de otro modo cuando no se sabe cómo.&lt;br /&gt;Rafael Menjívar, en fin, jamás se acostó a las nueve de la noche y se despertó con las gallinas. (El sonido más grato de mi niñez era la máquina Olimpia sonando a 120 palabras por minuto en el entresueño. Mi hijo habla de cómo extrañó ese mismo sonido cuando cambié la Olivetti por el teclado.) Tampoco tuvo un seguro de vida, una pensión, y los ahorros le sirvieron para morir, no para vivir el resto de su vida: la diferencia es inmensa.&lt;br /&gt;Mi perspectiva es limitada: Rafael Menjívar era mi padre, y esas relaciones nunca son transparentes, aunque lo intentemos. Menos fáciles son aún porque Rafael Menjívar soy yo, y es mi hijo que lleva el mismo nombre, y es mi hija que se llama Eunice, y mis hermanos, y sus amigos y sus enemigos, que los tiene aún en la muerte porque los mereció: la gente recta merece tener enemigos. (Es su premio. Es su victoria. Y son enemigos de todos nosotros, de Rafael Menjívar, porque es en nosotros en quien vive el que murió hace apenas unas semanas.) La amistad, por otra parte, es una decisión íntima; nadie hereda a los amigos como hereda algunas fotos o unos cuantos libros subrayados aquí y allá con marcador amarillo.&lt;br /&gt;Y desde mi perspectiva hay cosas que a nadie le interesan –son tan banales si no se las vivió...–, pensamientos tan íntimos que no se ponen en una nota que aparecerá en una revista, hechos tan complejos que necesitarían contarse en un espacio más largo, con otra intención talvez.&lt;br /&gt;Es poco entonces lo que puedo decir, más allá de nació el 3 de enero de 1935, en Santa Ana, decano de economía a los 28 años, rector de la Universidad Nacional a los 35, exiliado hasta el día de su muerte, ocurrida a los 65, homenajeado post-mortem en varias ocasiones, cerca de 30 libros publicados (muy pocos en El Salvador, qué triste, él que vivió y murió pensando en su país).&lt;br /&gt;Pero puedo decir que sus delirios con la morfina que le aliviaba el dolor del cáncer me mostraron quién era de verdad: era él mismo, la persona a la que conocí desde siempre y hasta ese día.&lt;br /&gt;Su obsesión en los días de agonía era el trabajo. Con el tío Juan, conmigo, hacía largas reuniones en las que los temas recurrentes eran la creación de un organismo que buscara la integración política en Centroamérica y la consecución de fondos para proyectos de investigación acerca de El Salvador. (Un par de veces, en los peores momentos, vio policías nacionales que trataban de llevárselo preso o que intentaban secuestrar a Diego, el hijo de mi hermana. Pasó pronto.)&lt;br /&gt;Durante un mes lo acompañé en las noches y platicamos otra vez de todo lo que platicamos desde que tengo memoria, y que la lejanía física había hecho menos frecuente. Las primeras veces fue difícil comunicarnos; la morfina lo hacía cambiar el objeto de atención a cada momento. Si hablábamos de literatura y ladraba un perro en la calle, comenzaba a hablar de perros; si un carro chirriaba las llantas, cambiaba a los accidentes automovilísticos o al cuidado de los frenos. En unos días descubrí que en realidad seguía hablando del mismo tema, que su discurso era por completo coherente; sólo cambiaba las relaciones que hay entre los elementos literarios a las relaciones entre los perros, los frenos y sus respectivos contextos.&lt;br /&gt;Las pláticas comenzaban a las once de la noche, y él las esperaba como veinte años atrás, en México, esperaba a que yo llegara del trabajo a esa misma hora, para conversar hasta muy entrada la madrugada.&lt;br /&gt;A veces me reconocía como su hijo; a veces yo era él y me hablaba como sólo podía hablarse a sí mismo, en voz muy baja. A veces yo era su hijo Rafael Menjívar, pero me hablaba como si yo fuera otro hijo, otro Rafael Menjívar al que acabara de conocer. A veces me decía de lo que sentía por mí como nunca lo hizo, creyendo que era otra persona a la que se lo contaba, o así supongo. Y gracias a eso sé que el dolor pasará, aunque ahora parezca excesivo: porque me dijo tantas cosas acerca de sus sentimientos, y yo de los míos, que dejamos nuestras cuentas claras. ¿Qué más se le puede pedir a un padre, sino que le diga a uno que lo quiere antes de morir, y poder decirle lo mismo?&lt;br /&gt;A veces, cuando se ponía mal, le colocaba una mano en la frente y le hablaba en voz baja. Casi siempre se tranquilizaba. Casi siempre. Casi. A veces lo llevaba al jardín en la silla de ruedas. Me pedía un cigarro, que tenía prohibido desde hacía una década pero que no abandonó sino hasta que el cáncer prometía ser incurable. Y ésos son los momentos que aún me duelen, los que no puedo quitarme de encima: mientras fumaba, miraba el jardín con una tristeza profunda, con una expresión en los ojos que no se parece a nada que haya visto, y que espero no sea la mía cuando llegue mi momento.&lt;br /&gt;De pronto se volvía hacia mí y podía darme cuenta de que había emergido de entre los vapores de la morfina, que estaba absolutamente consciente y que no podía hablar, que no quería hablar, que no quería que yo le hablara. Me acercaba y me sentaba a su lado y trataba de ver lo mismo que él, sin lograrlo.&lt;br /&gt;Era tristeza por haber vivido tan poco tiempo y por haber vivido demasiadas cosas. Le tomaba una mano y él lo aceptaba. Le daba otro cigarro y, después de fumarlo, me pedía que lo llevara a la cama; estaba cansado, quería dormir. Y dormía de un tirón, y a la mañana siguiente la respiración le fallaba por algo más grave que el par de cigarros que le había dado y que ese cáncer que no era pulmonar, sino en los huesos: ¿dónde más podía tenerlo?&lt;br /&gt;Desde hacía mucho tiempo mi padre estaba cansado. Desde 1983 no volvió a ser feliz. Y no fue gratuito que quien le cerrara los ojos, unas semanas después, fuera Tula Alvarenga, dirigente obrera, presa tantas veces en compañía de su esposo, Salvador Cayetano Carpio. La tía Tula permaneció al pie de su cama durante buena parte de siete días y de siete noches. Es amiga de la familia –es parte importante de la familia– desde mil novecientos cuarenta y tantos: ¿quién podía negarle el derecho de cerrarle los ojos a ese hombre ya sin carne que vio desde que era un niño con todo el futuro para vivirlo?&lt;br /&gt;Refraseo: ¿quién mejor para cerrárselos?&lt;br /&gt;Son otra vez las 5:05 de la mañana. Quiero dormir.&lt;br /&gt;Mi padre ha venido a mis sueños sólo un par de veces. La primera él estaba a punto de caer a un precipicio. Estiré la mano y no la tomó: se dejó caer luego de decirme que así estaba bien. En el sueño era joven, mucho más joven de lo viejo que me estoy poniendo. La segunda vez que me visitó, hace tres o cuatro días, salió de entre una multitud, alzó la mano y me saludó de lejos, sonriendo.&lt;br /&gt;Porque eso sí: murió sonriendo.&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt; line-height: 150%; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-112345173098717746?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/112345173098717746/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=112345173098717746' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112345173098717746'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112345173098717746'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2005/08/algo-sobre-la-muerte-de-rafael-menjvar.html' title='Algo sobre la muerte de Rafael Menjívar'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-112283406641902540</id><published>2005-07-31T12:16:00.000-06:00</published><updated>2005-07-31T12:22:19.160-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Ripio</title><content type='html'>&lt;blockquote style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;Del libro &lt;i&gt;Terceras personas&lt;/i&gt;, Universidad Autónoma Metropolitana, colección Molinos de Viento No. 96, México, 1996. La traducción de este texto al francés por Thierry Davo aparece en este mismo blog bajo el título "Reliquat".&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dios: un ente harto de vida que roba los segundos perdidos y los coloca, sin delicadeza, en un buche inmenso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un animal sabe cuándo debe morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No importa que deba morir, sino la certeza de que la muerte tiene una fecha.&lt;br /&gt;El deseo de ser fantasma: el horror de la esperanza. El sufrimiento en la muerte, pero al menos subsiste la conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un Auschwitz repleto de ancianos.&lt;br /&gt;Son la víctimas perfectas: se aferran con desesperación a los meses que aún les quedan, se retuercen.&lt;br /&gt;La hora de la muerte: una mancha en el pantalón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuál puede ser, realmente, el último pensamiento?&lt;br /&gt;Nadie vive su último segundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las ancianas cierran los ojos de los ancianos muertos. Noche de aullidos, siempre que la noche signifique tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El olor de un viejo triste, una uña enterrada, ojos llorosos que los remordimientos hacen considerar bellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quién recuerda la voz de un anciano?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un ángel anciano es una herejía. El infierno está lleno de viejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Aún no estoy lo suficientemente loca para hablar sola. A mi edad rezar ya no sirve de nada, pero me gusta pensar que todavía no se me olvidan las palabras para llamar a Dios”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo no odiar la mirada de un perro a punto de recibir un golpe? Y sin embargo el placer de descargar el golpe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tener un gato sólo para envidiar su gracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“No es un paso en falso. Es la forma más fácil de llegar al fondo de las cosas”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14531283-112283406641902540?l=lamanchaenlapared.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/feeds/112283406641902540/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=14531283&amp;postID=112283406641902540' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112283406641902540'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14531283/posts/default/112283406641902540'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lamanchaenlapared.blogspot.com/2005/07/ripio.html' title='Ripio'/><author><name>Rafael Menjivar Ochoa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06420215196935909890</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_I4smoUo73EI/SM8YbTiPL1I/AAAAAAAACbQ/9qRafVLnzoI/S220/fotoperfil.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14531283.post-112275080045019255</id><published>2005-07-30T13:06:00.000-06:00</published><updated>2005-07-30T13:14:55.856-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela'/><title type='text'>Trece (Fragmento)</title><content type='html'>&lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:78%;" &gt;Publicado por el Instituto Mexiquense de la Cultura, Colección Confines, Toluca, México, 2003. En proceso de traducción para su publicación por Cénomane, de Le Mans, en traducción de Thierry Davo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-align: justify;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;font-size:130%;" &gt;VIII&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Me he pasado horas y horas frente a este cuaderno y lo disfruto. En las épocas en que quería ser escritor me tomaba muy a la tremenda lo de la escritura: cuidaba cada coma y cada frase como si la historia de la humanidad dependiera de las palabras. Quemé todo lo que había escrito (¡ah, los rituales!) y nada ocurrió. Ahora escribo por placer, no por angustia, y porque ya no tengo que responder ante nadie de mis palabras ni de mis actos.&lt;br /&gt;Fijé un plazo y de pronto todo estuvo bien. Todo ha caído en su lugar y todo lo de la vida comienza a tener sentido. Veo colores, veo caras, oigo voces, siento el sabor de lo que pasa por mi boca. “Trece”, dije, y la magia de un número mágico –es decir definitivo– me dio una nueva visión de las cosas. “Ocho”, digo ahora.&lt;br /&gt;Han pasado cinco días. Hojeo el cuaderno y he escrito en cinco días más de lo que escribí en años. No me importa si vale la pena gastarme así lo que me queda de vida. Sé que no, y allí encuentro buena parte del placer que siento al escribir y de esta lucidez que me emociona.&lt;br /&gt;Aun así no puedo evitar el pensamiento de que, en efecto, estoy perdiendo un tiempo valioso que podría ocupar en… ¿qué? Me entra una prisa indefinible por hacer algo más que estar aquí sentado y escribir cosas que no tienen finalidad. Dentro de una semana, me consuelo, nada tendrá finalidad.&lt;br /&gt;“Vivir la vida”. Así se le llama a hacer cosas desesperadas que tampoco tienen finalidad: ruido en las discotecas, drogas para ser inmortal, alcohol para no sentir ni la borrachera, velocidad en la carretera para tomar conciencia del poder que da la fragilidad ajena, que es la propia. Escribir puede ser menos emocionante que todo lo demás, pero dentro de nueve días dará igual que haya ido a todos los museos o que haya poseído a todas las mujeres: me quedan ocho días, y en la existencia del plazo encuentro la intensidad que había perdido.&lt;br /&gt;Me doy cuenta, y paradójicamente me preocupa, de que no alcanzaré a corregir lo que he escrito; es un prurito que me queda de la época en que creí que tenía algún talento: uno por ciento de talento, noventa y nueve por ciento de sudor. ¿Quién lo dijo? Alguien que tenía el talento suficiente para crear frases humillantes. Dice el manual que uno debe escribir con locura, dejar que el texto repose y se asiente, retomarlo y corregirlo como si otro lo hubiera escrito, y seguir corrigiendo, y reescribir, y otra vez el cajón, y otra vez el reposo… Es un trabajo de paciencia, y tengo paciencia; lo que no me queda es tiempo. Tampoco quiero posponer lo que ya está decidido: perdería la lucidez y entraría nuevamente en el cauce de la vida, volvería a importarme el estilo, la distribución de las comas, ciertos énfasis, y no tendría nada de qué escribir.&lt;br /&gt;Quizá decida morir sobre este cuaderno, sobre la última hoja que escriba. Quedarán muchas páginas en blanco: hay quinientas, y mi letra es pequeña. Mi sangre, si se lo ve de un modo perverso, sería una firma interesante. Que la última imagen que me lleve sea la de este cuaderno, de las tachaduras, de la &lt;i style=""&gt;s&lt;/i&gt; que se confunde con la &lt;i style=""&gt;r&lt;/i&gt;, de la mezcla de letra cursiva con letra de imprenta, la &lt;i style=""&gt;a &lt;/i&gt;que se parece tanto a la &lt;i style=""&gt;e&lt;/i&gt;…&lt;br /&gt;No, no sería una buena imagen. Si uno está consciente de su último segundo, sería triste preguntarse si el que lea estas notas entenderá la letra, si comprenderá &lt;i style=""&gt;esa&lt;/i&gt; palabra que le da sentido a absolutamente todo, y de la que yo mismo no tengo noción. Quizá debí comprar una computadora portátil, escribir a gusto en un procesador de textos, cuya letra será necesariamente legible, corregir al final del día lo que haya escrito, imprimir. O dejar la computadora encendida para que quien la encuentre –quien me encuentre– vea que allí está la inútil memoria de un tipo que se la pasó escribiendo porque, a lo mejor, escribir era lo más importante para él.&lt;br /&gt;No deja de haber algo de Werther en el cuaderno azul y la tinta negra. La computadora está bien, pero las tachaduras tienen un cierto calor y son, en sí mismas, parte de la nostalgia por la vida. Puede ser que esa persona llamada A Quien Corresponda trate de ver si en la frase tachada hay una pista que indique claramente el porqué de lo que hice, o intente interpretar los glifos o los dibujos y notas al margen para buscar mis motivos. Y no los encontrará, porque no los hay. ¿Qué más claridad que la que dan los hechos simples y llanos? Un cadáver sobre un cuaderno basta para que cualquier razón, más allá del hecho, sea insuficiente o superflua. Pero que busquen en mi letra; talvez encuentren algo que se me pasó por alto.&lt;br /&gt;Me gustaría saber para quién escribo. Le estoy dedicando mucho del tiempo que me queda. Quizá sea para alguno de mis amigos, digamos M. Quizá, si él me encuentra, tire el cuaderno a la basura con horror y ni siquiera piense en leerlo; ¿quién puede creer que todas estas hojas garabateadas son un modo de decir “no se culpe a nadie de mi muerte”? Sí, M. sería capaz de tirarlo o, peor aún, de guardarlo sin leer. Sería un modo de negar mi muerte o los motivos probables de mi muerte.&lt;br /&gt;¿Qué diría mamá? Posiblemente se pondría furiosa; posiblemente se pusiera a llorar porque es lo que se espera de una madre. Pero ella sabría qué es lo que está pasando desde la primera hoja. Mamá sabe más de lo que supongo, y de lo que ella misma supone. También papá sabe, y mi hermana, aunque tratarán de no pensar en &lt;i style=""&gt;eso&lt;/i&gt;, es decir en &lt;i style=""&gt;esto&lt;/i&gt;. Que no se culpe a nadie de mi muerte, pues, pero que nadie trate de ignorarla o de fingir inocencia. O que la ignoren y que finjan, qué diablos: por algo he de morir. Porque todo lo que escribo aquí no explicará nada. No es un manifiesto, como debe serlo una nota de suicidio. Apenas son palabras de alguien en proceso de convertirse en la carne que la da sentido a una tumba.&lt;br /&gt;(Pienso en una tumba y pienso en &lt;i style=""&gt;El entierro prematuro&lt;/i&gt;, de Poe. Quemen mi cadáver. Por favor. No quiero que mi cuerpo se pudra aunque yo no esté en él. Que no quede nada de mí. Por favor. &lt;span style=""&gt;Los cementerios son museos perversos. No quiero ser una de las piezas de exhibición. Hasta ahora sólo he llegado al umbral, a la parte bonita, adornada por grandes monumentos, lápidas con faltas de redacción. No quiero pasar de allí: detrás de esa belleza se encuentra el horror. No quiero que siete años después, si vence el contrato, el enterrador haga su faena y alguien –quizá mi hermana– sienta que algo se le desgarra cada vez que la pala se clave en la tierra, que mi cadáver haga el camino de regreso y ella &lt;i style=""&gt;vea&lt;/i&gt;, me vea, se vea en lo que queda de mí. No quiero que reciba un saco con huesos, algo de pelo quemado, unos jirones de la camisa de cuadros que tanto me gustaba. ¿Hay algo más impúdico que ser desenterrado? No me gusta la idea de que todos sepan lo que me ocurrió allá abajo, lo que les pasa a todos mis compañeros de muerte: la galería de los horrores. La cara que recuerden de mí no será la misma, ni mi cabello, ni mis manos que alguna vez acariciaron a la mujer de la ventana. Mi boca ya no tendrá boca, y ellos lo sabrán, y el hecho de que lo imaginen será peor que si lo vieran. &lt;i style=""&gt;Saber&lt;/i&gt;, aun sin ver –especialmente sin ver–, será dolor, miedo, angustia. No quiero que piensen en mí, en algún momento,
